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Golondrinas

Una canción. Una constelación, siempre incompleta, de los artistas a través de los cuales podemos aprender una provincia. Por Carlos Zeta

Como a (casi) todo el mundo, también a mí me gusta cantar. Y mucho me hubiera gustado saber hacerlo. No digo “bien”. Apenas con el gramo de dignidad imprescindible para que no le echen a uno a patadas de las fiestas.

No pudo ser.

De suerte que no sé, no pude saber, cuál es la sensación que experimenta alguien que canta. Mucho menos sé qué se siente cuando se canta y se toca un instrumento; cuando la voz encuentra una madera, unas cuerdas, unas teclas y, entre ambas cosas, ocurre eso que para quienes miramos desde afuera conserva todavía algo de inexplicable.

En todo caso, siempre me gustó asistir a ese milagro como quien es invitado a ser parte de una conversación. Tal vez porque cantar sea también eso: decir algo que uno solo no podría decir, y hacerlo además con palabras y sonidos que otros dijeron antes y que otros, seguramente, volverán a decir después de nosotros.

Y cuando esa canción [es decir: esa conversación] rescata una tradición, un legado, una huella que vibra como sensibilidad indeleble en los entresijos de nuestra memoria cultural, esa conversación [es decir: esa canción] entrelaza —porque es inevitable que ocurra cuando lo que está sucediendo es un hecho artístico— todas las dimensiones temporales.

Entonces pasa algo extraño con el tiempo, y es que volvemos a ser niños mirando absortos esas brasitas negras que lustra la oscuridad, como Jaime en la casa de su infancia; volvemos a escuchar voces que creíamos perdidas y a recorrer lugares que, quizá, ya no existen sino dentro nuestro. Volvemos también a enamorarnos —como nos enamoramos todavía, apenas nos descuidamos— como la primera vez, es decir, como la vez que todavía no ha llegado.

Porque las grandes conversaciones de la música popular nunca están solamente en el pasado: esperan por nosotros en el porvenir.

Digo todo esto porque volví a escuchar una versión, tan bella, de esa joya invencible de Dávalos y Falú, “Las golondrinas”, por el cantautor Lucho Hoyos, y trato de comprender cómo es posible que, en su interpretación, puedan sonar —de un modo tan armonioso como estremecedor— tantas conversaciones al mismo tiempo. La de Jaime con Eduardo. La del poeta salteño con su infancia y con los cielos presentes y soñados. Los miles de conversaciones de quienes antes ensayaron ese canto en escenarios, en cocinas, en patios, en ritos solitarios, en trasnoches compartidas, en el lento silbido del que camina solo.

Y, por supuesto, la conversación de su voz y su guitarra: como dos caminantes que conservan su paso, cada cual, con sus gracias y sus búsquedas, pero los dos encontrándose y celebrándose hasta tocarnos el alma, como quería el Flaco de gran apellido.

Quizá por eso una canción nunca pertenece enteramente a quien la compuso ni a quien la canta. Tampoco a quien la escucha. Anda de uno a otro. Se posa un rato en nosotros y después sigue viaje. Cada generación le agrega una respiración, un recuerdo, alguna tristeza que antes no tenía. Y así una canción escrita hace décadas puede, una tarde cualquiera, venir a decirnos exactamente aquello que no sabíamos que necesitábamos escuchar. Creo que es por eso que hoy quise venir aquí a compartirles esta parrafada como un (pequeño) elogio del arte. Y de los artistas.

Porque nos están salvando. Con sus voces. Con canciones compuestas en las madrugadas del encierro. Con fotos, dibujos, pinturas, películas, coreografías. Con los viejos libros que vuelven limpios de polvo a rescatarnos cuando la noche se alarga.

Los artistas. A veces pienso que nuestra provincia también está hecha por ellos.

No solamente por sus calles, sus edificios, sus gobiernos, sus fechas patrias o sus geografías. Existe otro territorio, menos visible y acaso más perdurable, que alguien tuvo que enseñarnos a reconocer. Alguien tuvo que pintar ciertos rostros para que aprendiéramos a mirarlos. Alguien tuvo que contar ciertas vidas para que no desaparecieran. Alguien tuvo que ponerles palabras a nuestras derrotas y a nuestras pequeñas felicidades. Alguien tuvo que escuchar primero una música escondida para que después pudiéramos escucharla todos.

Y Tucumán… uff… tiene tanto de eso.

Hay una provincia que cabe en los mapas y otra que llevamos adentro, hecha de los cerros que vimos y de los que nos contaron, del olor de la tierra después de la lluvia, del verano interminable, de los patios y sus conversaciones, de las calles del centro y de los pueblos, de los ingenios y de sus heridas, del rubor incendiado de los lapachos, y el aroma invencible de los azahares.

De feroces genocidas.

Pero está hecha también de músicas, de libros, de pinturas, de películas, de voces. De cosas que quizá nunca vivimos y que, sin embargo, sentimos nuestras porque alguien tuvo el talento de incorporarlas a nuestra memoria. Tal vez una provincia sea también eso: la memoria sensible que sus artistas construyen para quienes la habitan.

Y acaso por eso les debemos mucho más de lo que creemos. Solemos decir que no tenemos tiempo para detenernos a pensar, a sentir, a volver sobre nuestros pasos apurados para hacerles el lugar que nuestras vidas necesitan. No que merecen: que necesitan. Lo mal que hacemos.

Hay momentos en que una pintura, una canción, un poema o una película dejan de ser aquello que contemplamos y se convierten, sencillamente, en una manera de reconocernos. Nos dicen de dónde venimos. Nos recuerdan cosas que habíamos olvidado sin saber que las recordábamos. A veces, incluso, nos revelan algo más difícil: quiénes podríamos haber sido, quiénes todavía podríamos ser.

Lola Mora, Timoteo Navarro, Ezequiel Linares, Ernesto Dumit. Juan Falú, el Chivo Valladares, el Pato Gentilini. Los Hermanos Núñez, el Popi Quinteros, el Topo Encinar. Gerardo Vallejo, Tomás Eloy Martínez, Raúl Serrano, Rosita Ávila, Larry Janzton, Leda Valladares. Inés Aráoz, Roberto Reynoso, Pablo Dumit.

Y siempre, siempre, la Negra Sosa.

Pronuncio esos nombres y se me escapan otros —porque toda memoria está hecha de olvidos— y comprendo que acaso sean ellos algunos de los duendes que asedian nuestra sensibilidad atribulada. Están, aunque no los nombremos. Vuelven, aunque hayan partido. Aparecen inesperadamente en una melodía, en una imagen, en una frase que alguien dijo alguna vez y que, sin saber muy bien por qué, guardamos durante toda la vida. Como dice mi amigo Pablo: la poesía salva / al que lo sabe y al que no.

Quizás el arte haga precisamente eso. No salvarnos de las grandes catástrofes —sería pedirle demasiado—, sino de algo más cotidiano y silencioso: de acostumbrarnos. De dejar de mirar. De pasar junto a la belleza sin advertirla. De creer que el mundo es solamente aquello que tenemos delante de los ojos y que una vida consiste, apenas, en atravesar los días.

Por eso necesitamos a los artistas.

Porque cada tanto alguno consigue interrumpir nuestra prisa y decirnos: mirá otra vez. Escuchá otra vez. Esto también sos vos. Esto también fuimos. Esto todavía podemos ser.

Y porque hacen algo más, tal vez: guardan cosas por nosotros. Para nosotros. Una tonada, un rostro, una manera de hablar, una luz cayendo sobre los cerros, una injusticia que nadie debería olvidar, la risa de una mujer, un amor perdido, una tarde cualquiera. Las guardan mientras nosotros estamos ocupados viviendo, y muchos años después nos las devuelven intactas. O distintas. Porque también nosotros somos distintos cuando regresamos a buscarlas.

Y todo esto, Lucho, mientras te escucho mentar a los inolvidables Jaime y Eduardo y esas golondrinas vuelven a cruzar, una vez más, el cielo de una canción. Entonces comprendo que nunca aprenderé a cantar. A esta altura, además, conviene que las fiestas permanezcan a salvo.

Pero puedo escuchar. Y acaso escuchar sea también una forma modesta de pertenecer a esa conversación. Mientras pueda hacerlo, habrá voces capaces de devolverme lugares, personas, tardes, palabras. Habrá artistas guardando algo de nosotros mientras el tiempo pasa. Y habrá golondrinas. Partirán, como parten siempre. Pero algunas volverán trayendo entre las alas aquello que creíamos perdido.

Eso vine a decirte: gracias, maestro. Por hacerme parte de tus conversaciones.

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