El acto de Axel Kicillof en Avellaneda, el 19 de septiembre, consolidó su proyección como candidato presidencial. Al mismo tiempo, reactivó interrogantes acerca de la estrategia del gobernador en un punto que no es menor en la política: el momento. ¿Se lanzó demasiado temprano Kicillof a la carrera presidencial? En una época en la que se sabe que en la mayoría de las democracias occidentales una porción cada vez más grande de los votantes decide al filo de la elección, ¿es un error haberse lanzado con tanta anticipación?
Hay algunas cuestiones a la vista. Todavía falta un año para la elección y Kicillof ya está padeciendo fuego cruzado. Lo cuestionan los sectores del peronismo que lo consideran un adversario por haber decidido que Cristina no sea más su jefa política. Lo cuestiona la izquierda trotskista que pretende quedarse con el voto de la izquierda peronista. Lo cuestiona la derecha mileísta. Son varios ataques en simultáneo que, en parte, se explican por la decisión del gobernador de mostrarse como presidenciable.
La otra cara de la moneda es que Kicillof considera que se está transformando en el faro del antimileísmo. Es ese sector de la sociedad, cada vez más amplio, que rechaza las políticas del gobierno nacional por diversos motivos, pero centralmente porque empeora su vida material. Es una franja —dicen en el axelismo— que necesita una referencia, alguien que se proponga como alternativa y que convoque con la mayor amplitud posible a un gran frente contra el gobierno de La Libertad Avanza. Kicillof —hasta por estilo personal— tiene condiciones para ser ese referente. Su táctica por ahora es jugar al catch all (atrápalo todo). Va desde las cenizas del radicalismo alfonsinista hasta Santiago Cúneo, que ya le piantó más votos de los que puede aportar por haber atacado a Myriam Bregman.
¿Es posible construir esa amplitud sin lanzarse con anticipación? Desde otros sectores del peronismo, con malicia, comparan a Kicillof con Horacio Rodríguez Larreta, que en 2021 o 2022 pisó el acelerador para proponerse como reemplazante de Mauricio Macri en el liderazgo de la derecha. Eso —sostienen los sectores peronistas enfrentados a Kicillof— terminó desgastando al entonces jefe de Gobierno porteño en lugar de fortalecerlo.
Hay comparaciones para todos los gustos. Carlos Menem lanzó su precandidatura presidencial en mayo de 1988, un año antes de las elecciones que lo consagrarían presidente. Es cierto que el mundo de finales de la década de 1980 parece hoy la prehistoria, ahora que la inteligencia artificial amenaza con reemplazar a la especie humana. Sin embargo, aferrarse a una idea fija, la de que ahora los candidatos se instalan y ganan las elecciones en las tres semanas previas a la votación, puede llevar a cometer errores.
Kicillof llegó ya al punto de no retorno del vuelo que emprendió cuando decidió que armaría su propia corriente dentro del peronismo y que no esperaría el respaldo de Cristina para ser candidato. El combustible ya no alcanza para retornar al inicio del viaje. Solo queda seguir hacia adelante. Hay ejemplos que van desde Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil, hasta Andrés Manuel López Obrador, en México. Son dirigentes que fueron candidatos presidenciales no durante meses, sino durante más de una década antes de ganar. No hay una regla fija.
El massismo
Cuando ya sabía que perdía el balotaje de 2023 frente a Javier Milei, Sergio Massa se mostró en una situación familiar, ese domingo 19 de septiembre. Estaba con su esposa, Malena, y sostuvo que se retiraba de la política. El tigrense enfrentaba su segunda derrota en una contienda presidencial —la primera fue en 2015— y se mostraba como quien decide cambiar de rumbo y darle otro sentido a su vida. El animal político terminó siendo más fuerte y Massa hoy apuesta a volver al redil.
En su entorno parten de varias premisas. La primera es que están realmente convencidos de que la catástrofe social que está generando Milei es tan grande que el oficialismo no tendrá forma de reelegir. Sobre ese razonamiento de base, su visión es que el candidato que quede parado frente al presidente en la segunda vuelta ganará por simple rechazo a la gestión oficial. Se aplicaría la idea de que las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierde el oficialismo. En ese contexto, Sergio tendría una nueva oportunidad. Lo que tendría que lograr es ser esa figura que quede parada frente al presidente en el final de la contienda y luego empujarlo al precipicio que el propio Milei cavó.
Lo importante, entonces, es ganar la interna. Massa sabe que no le resultaría fácil derrotar en una primaria a Kicillof, al menos por ahora. Así que necesita que su candidatura emerja de un acuerdo de cúpulas más que del voto del electorado peronista. Aspira a contar nuevamente con el respaldo de CFK para lanzarse y lograr que, de alguna manera, el gobernador bonaerense se baje. En la mesa de negociación hay también medallas de plata y de bronce, como puede ser aceptar la candidatura a la gobernación para reemplazar a Axel. Pero la apuesta central es conseguir la candidatura presidencial con el respaldo del cristinismo.
El cristinismo
En el cristinismo la apuesta central pasa por lo que diga el Comité de Derechos Humanos de la ONU sobre la violación de los derechos políticos de la expresidenta. La sentencia del amañado juicio de la Causa Vialidad transformó a CFK en una presa política y le arrebató sus derechos civiles y políticos de por vida.
En el entorno de la expresidenta toman como punto de comparación el recorrido de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, que pasó de la cárcel a la presidencia. Las últimas encuestas que muestran una recuperación de CFK en varios puntos del país, disputando el primer lugar en imagen positiva, alimentan esta visión de que resurgirá como el Ave Fénix.
Cristina es el liderazgo nacional-popular más importante después de Juan Perón. Es uno de los cinco presidentes de la historia argentina que logró reelegirse. Su envergadura es innegable. El peronismo todo, ¿no debería firmar un acuerdo que tuviese entre sus primeros puntos que, gane quien gane, la liberación de CFK es un objetivo estratégico? La prisión de Cristina es impulsada por los sectores que el país debe enfrentar para retomar un camino de un mínimo de soberanía y justicia social. Un gobierno que intente gobernar a los grupos económicos en lugar de ser su empleado. Y que reforme un Poder Judicial que está al servicio de esos grupos y de la potencia hegemónica del hemisferio.
El cristinismo —hay que decirlo— tiene en la mira a Kicillof. La decisión del gobernador de crear su propia corriente política en el peronismo resultó una afrenta imperdonable. ¿Será posible celebrar una PASO para salir del laberinto con el voto popular y no con un acuerdo de cúpulas? Por una multiplicidad de motivos, en ninguna tribu tienen una respuesta clara a esa pregunta.
Entre las cartas que se guarda la expresidenta hay varios potenciales candidatos que podrían contar con su aval: Massa, el gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, y Wado de Pedro, del círculo más cercano de CFK.
El nombre de Kicillof solo circula como el objetivo a derrotar. ¿Puede cambiar? Por supuesto que sí. Faltan muchos meses y el peronismo ya demostró varias veces que puede llegar hasta el precipicio en sus internas ancestrales, pero nunca se tira por la cornisa.
