Asesino serial, el mejor alumno

LECTURAS Hacerse un lugar entre los vivos. A partir de “Sopa de miso”, de Ryū Murakami, un recorrido por Lamborghini, Matsumoto y Busqued.

Un joven japonés pasea a un psicópata americano por la zona roja de Tokio solo para darse cuenta de cuánto odia su propio país. Así se podría sintetizar Sopa de miso de Ryū Murakami, una novela publicada originalmente en 1997 que salió este año en Argentina por Abducción editorial. Los dos protagonistas de Murakami son Kenji y Frank. El primero es un veinteañero que dejó su carrera universitaria para organizar recorridos sexuales con turistas gaijin (extranjeros a quienes se veía con recelo en el Japón de los años noventa por ser posibles transmisores de VIH). El segundo, Frank, es un turista estadounidense con apariencia de robot malogrado, a quien su joven guía asocia, instintivamente y sin razón objetiva alguna, con el reciente caso de violación, asesinato y descuartizamiento de una escolar.

            “No era la forma en que un japonés mataría a alguien”, le sugiere su novia Jun, con lo que refuerza aún más las sospechas de Kenji acerca de su cliente. Más allá de si resulta consistente o no una división internacional de los asesinos en serie, el punto en el que se planta Sopa de miso es en el karucha shokku, o choque cultural, entre yanquis y nipones en las postrimerías del llamado “Milagro económico japonés”. Marginados, cada uno a su manera, por su propia comunidad, Kenji y Frank conforman un par poco amigable que logra leerse mutuamente con una claridad inusual; más allá incluso de los principios morales más atávicos.

            El malentendido puede ser germen de sadismo. Entre los distintos psicópatas asesinos que imaginó Osvaldo Lamborghini por ejemplo, hay uno, el japonés Tokuro, que no consiguió entablar un tipo de comunicación exitosa con sus pares, como sí lo hizo el Kenji de Sopa de miso. Muy al contrario, la masacre narrada por Lamborghini en La causa justa (1986) tiene como disparador el malentendido. Tokuro, único defensor de la palabra empeñada, asesina a sus compañeros de trabajo en el tercer tiempo de un partido de fútbol (solteros contra casados), luego de obligarlos a realizar los actos eróticos que, borrachos, se venían prometiendo unos a otros, con desatada labia de macho lisonjero.

            La fábula de La causa justa representa el malentendido en el lenguaje llevado a su extremo más cruento. En una sociedad reprimida política y sexualmente, la única causa por la cual se podría seguir dando la propia vida (y sacrificar la ajena), parece pensar Tokuro (el único que “hablaba en serio”), es la causa de la palabra y su sentido literal. ¿En quién confiar si ni siquiera podemos fiarnos del lenguaje con el que nos comunicamos?

            Para volver a Ryū Murakami, su novela Sopa de miso también aloja una masacre en el centro. Y las explicaciones que da el narrador acerca de esta carnicería, de algún modo, también tienen que ver con la incapacidad nipona para relacionarse con las culturas ajenas: “Antes de que llegara Frank, este pub había sido como un símbolo de Japón, autorreprimido, renuente a interactuar con el mundo exterior, comulgando consigo mismo en cada respiración: hmmm, aaah. La gente que pasa su vida viviendo en este tipo de burbuja suele entrar en pánico cuando hay una emergencia, pierden la habilidad de comunicarse y terminan siendo asesinados”.

            Frank, en efecto, y contra todo cálculo del lector, termina siendo el asesino serial que Kenji olfateó desde el principio. Y castiga la falta de recursos comunicativos de los japoneses, a la que se refiere la cita anterior, ejecutando una matanza en el pub digna del manga más sangriento. Ante la posibilidad de dar aviso a la policía, Kenji recula; si lo hiciera, podría delatar su actividad ilegal como guía en el distrito rojo. Esta demora congracia al japonés con su psicópata americano Frank, quien, a cambio de la íntima complicidad que establecen, le relata su prontuario de asesinatos e instituciones transitadas desde la más tierna infancia.

            Es dulce y extraño leer la frase “este país de mierda” en alguien que no sea argentino, y descubrir lo evidente: que todo país defrauda. Es exactamente eso lo que dice Kenji (según la versión disponible de J. C. Cortés) después de una larga catarsis sobre el materialismo y la hipocresía de la sociedad japonesa, así como del maltrato que reciben los jóvenes por parte de las generaciones adultas. No es, en definitiva, el país el que defrauda, sino el sistema de clases de la sociedad de consumo.

            Este thriller gore del otro Murakami tiene mucho de crítica clasista: dos tipos de desclasados absolutos se encuentran y reconocen, superando cualquier barrera que sus prejuicios culturales (y nacionales) pudieran interponer. Sin embargo, hay dos cosas que los diferencian, y a su manera, los salvan: el psicópata asesino Frank sí encontró su rol social. Consiste en ser una suerte de virus en el organismo de la comunidad que, a base de homicidios, beneficiaría el proceso evolutivo de la humanidad. Por lo tanto, lo tiene muy en claro, debe seguir haciendo lo que mejor sabe hacer, asesinar gente (sobre todo a los que considera, por improductivos, los más dañinos: las personas sin techo). Un marginado que se reinserta en el sistema que lo había excluido con el afán de perfeccionarlo.

            Kenji, aunque comparte el mismo rechazo hacia la mayoría de la mediocre población, todavía no descubrió cómo “servir” a la sociedad y se escapa del rol de juez sobre la vida y la muerte de los otros. Quizás porque tiene una novia a la que ama: no es menor el rol que cumple Jun en la novela, quien con solo su presencia entre la multitud consigue sustraerlo de la imantación que ejerce sobre Kenji el amigo americano.

            Una novela japonesa anterior, El castillo de arena (1961) de Seicho Matsumoto toma el mismo tema del marginado vengativo, pero por el revés. Un artista exitoso asesina al único testigo de su origen de clase con el fin de preservar el éxito de su carrera. En este caso, la marginación social también tiene un trasfondo higienista, ya que, como se descubre al final de la novela, el culpable es hijo de un leproso que quiere ocultar su pasado. Fue política de Estado en Japón, hasta fines del siglo XX, la ley eugenésica que condenaba al aislamiento forzado a las personas con la “enfermedad de Hansen”. Y la discriminación se extendía a sus familias aunque no se hubiesen contagiado.

            El castillo de arena, si bien es uno de esos policiales tan enrevesados que al final al detective no le queda otra opción que explicárselo al lector, tiene una virtud, podría decirse, alegórica. Waga, un joven músico de vanguardia, está comprometido con la hermosísima y talentosa hija de un ministro de la nación y, a base de extorsiones, se gana también la complicidad del más exigente crítico de arte del país. Las relaciones carnales en el establishment político, artístico y mediático afirman sus bases en un subsuelo rellenado con cadáveres, y toda impureza en el origen de clase debe ser borrada a fuego y sangre. Quien descubre la trama, el detective Imanishi, es un trabajador; un policía maduro al que el cuerpo ya no le rinde como antes, y que apenas le alcanzan los ahorros para pagarse un tren de larga distancia.

            La historia de un marginado por el sistema que se vuelve un psicópata asesino, sin embargo, suena a novela del pasado. ¿Del siglo XX? Uno piensa en Magnetizado (2018) de Carlos Busqued, la novela de no ficción hecha a base de 90 horas de entrevistas a Ricardo Melogno. Él, que había asesinado a cuatro taxistas durante la última dictadura, sobrevivió tres cuartos de su vida en instituciones penales y psiquiátricas. Su único deseo, después de haber sido un monstruo y luego una cucaracha (le dice a Busqued al final del libro), es ser finalmente una persona.

            Hoy, los psicópatas más peligrosos no están entre nosotros, sino en las altas esferas de la política nacional e internacional, digitando los destinos del mundo. Uno vuelve a la entrevista de Enrique Symns al Indio Solari (Cerdos&Peces, diciembre 1986) y, con tan solo leer el título, siente la extraña dulzura de una certeza que estaba como olvidada: “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”.

Píxel / Revista Zoom

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