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No son libertarios, dejemos de llamarlos así

La palabra “libertario” no nació para defender un mercado sin límites. Durante más de un siglo nombró tradiciones de emancipación, igualdad y rechazo a toda forma de dominación. ¿Cómo terminó significando casi lo contrario? Por Américo Schvartzman

Todos los días streamings, diarios, canales y timelines llaman “libertarios” a figuras que sueñan con un mercado absolutamente libre, donde no existan Estados interventores, se pueda vender sin trabas armas, mentiras u órganos, y —si rascamos un poco— personas (niños en adopción, por ejemplo). Al mismo tiempo proponen limitar libertades esenciales a las personas o grupos sociales que esas figuras detestan ya sea por ideología, por prejuicios raciales, sexuales y/o religiosos. ¿Cómo llegaron a adueñarse de una palabra que, durante casi dos siglos, identificó a un pensamiento antagónico con ese tipo de ideas?

Breve historia de la palabra

Hasta donde sabemos, el neologismo libertaire nació en 1857 de la pluma del poeta y militante anarquista francés Joseph Déjacque, exiliado en Nueva Orleans. Lo usó en una carta verdaderamente feroz contra Pierre-Joseph Proudhon (padre filosófico del anarquismo), a quien le reprochaba sus ideas cavernarias contra las mujeres: «No se considere anarquista o séalo hasta el final», le decía allí. «Lloras contra los grandes barones del capital, y promueves una orgullosa baronía del hombre sobre la mujer». Y sobre todo, lo acusaba de ser «apenas un liberal y no un libertario». Al año siguiente Déjacque fundó en Nueva York el periódico Le Libertaire: antiautoritario, anticapitalista, antiesclavista y feminista. En las antípodas perfectas de lo que hoy se vende bajo ese rótulo.

En el mundo anglosajón la palabra inglesa libertarian había aparecido antes: ya en 1789, en un libro del historiador William Belsham, un whig británico, sin ninguna conexión con el anarquismo francés (algo así como un liberal conservador, en términos actuales). Las dos ramas corrieron en paralelo unas décadas. Una, libertaire, asociada al socialismo libertario, la autogestión obrera y la Comuna de París, siguió su camino; la otra, libertarian, quedó olvidada en el diccionario inglés. Pero resucitó en Estados Unidos a mediados del siglo XX. 

En 1947 Leonard Read, fundador de la Foundation for Economic Education, propuso la palabra libertarian para quienes creían en el mercado libre y la propiedad privada sin límites, distanciándose de un “liberalismo” que sonaba progre desde que lo usaban los demócratas del New Deal. En igual sentido, en 1955 el economista Dean Russell sugirió reservar la «honorable palabra libertarian» para los suyos. Pero fue Murray Rothbard quien en 1969 empezó a llamarse a sí mismo “anarcocapitalista” y terminó de moldear al libertarianism como hoy lo conocemos: Estado cero, mercado total, individualismo extremo. Rothbard llegó a sostener, en su Ética de la libertad (1982), que un padre no tiene obligación legal de alimentar a un hijo (con discapacidad o no), solo tiene la obligación de no asesinarlo directamente; con semejante vara “ética” ¿puede sorprender que el filósofo favorito de Javier Milei haya llegado a proponer la venta legal de bebés como ejercicio de libertad de mercado? 

El raro itinerario de estos “anarcocapitalistas” terminó con Rothbard aliado con el paleoconservadurismo racista de Pat Buchanan y reivindicando al segregacionista David Duke como modelo político. El libertarianism de Rothbard escondía el deseo de una sociedad todavía más jerárquica y desigual.

Más de medio siglo sin corregir el error

En 1963 el politólogo estadounidense Edward Cain, en su libro They’d Rather Be Right, propuso llamar directamente propertarian (“propietarista”, podríamos traducirlo) a esta nueva derecha que hablaba todo el tiempo de “libertad” pero solo para referirse a la propiedad: como escribió Cain, dado que su libertad es casi siempre propiedad, convenía inventar otra palabra para nombrarlos.

Veinte años después Murray Bookchin, destacado teórico del anarquismo social y el ecologismo libertario estadounidense, desarrolló el “comunalismo libertario” como alternativa democrática y descentralizada al Estado. En 1986, en un texto muy citado titulado The Greening of Politics, Bookchin denunció que “reaccionarios cínicos” y voceros de las grandes corporaciones se habían apropiado de la palabra libertarian. 

Bookchin atribuyó el origen del vocablo al gran Eliseo Reclus —padre de la geografía social y figura del anarquismo— cuando en los años 1890 en Francia el gobierno declaró ilegal la expresión “anarquista”. En realidad, como vimos, fue Déjacque quien acuñó la palabra en 1857; pero Reclus, más de tres décadas después, la revivió y la propuso en reemplazo ante la persecución legal. 

Un cambio de nombre para no ir presos

En 1894, después de una serie de atentados anarquistas en Francia (entre ellos el asesinato del presidente Sadi Carnot), el parlamento francés votó las llamadas lois scélérates (“leyes infames”), que criminalizaban la actividad anarquista. Decirse “anarquista” en público pasó a significar la cárcel como destino inmediato.

En ese contexto fue que Reclus sugirió adoptar otro nombre. Fue en su ensayo El ideal anarquista, donde Reclus escribió: «Se nos podría llamar libertarios, como se califican muchos entre nosotros». La propuesta prendió: distintas publicaciones y organizaciones europeas la adoptaron. La Revue Anarchiste cambió su nombre a La Revue Libertaire, y ese fue el uso que perduró en el mundo francófono durante todo el siglo XX. 

Ese uso de “libertario” renació el término como escudo legal para el anarquismo social, no como bandera del capitalismo sin Estado.

“Libertario”, un término bien nuestro

También en español circula desde hace tiempo el reclamo. Por ejemplo, para el crítico mexicano Ricardo García López (2025) «el libertarianismo no es libertario», y la traducción correcta al castellano sería “libertariano” y no “libertario”. Pero en el mundo de habla hispana, y en especial en nuestra región, el término tiene su propia historia y resonancias específicas, que no se vinculan necesariamente a la historia anarquista.

En el mundo hispanoamericano el término “libertario” nunca estuvo encerrado en un solo movimiento. Se usó durante más de un siglo para nombrar gestas o figuras ligadas a la emancipación de las personas, tuviera o no carnet anarquista. En libros y diarios del siglo pasado y del anterior se puede encontrar la expresión asociada a San Martín, Bolívar, Benito Juárez, José Martí, y muchas otras figuras a las que nadie asociaría con el anarquismo. Sobran muestras de este uso, pero me quiero detener en un caso preciso que vale la pena rescatar. 

En 1950, para el centenario de la muerte de Artigas, el poeta entrerriano Delio Panizza publicó en Buenos Aires su libro Artigas (fechado, con licencia poética, “en Montiel”, el monte entrerriano). Lo presentó ese mismo año en un acto en Montevideo. En el libro —que narra la epopeya artiguista íntegramente en versos— la palabra “libertario” o “libertaria” aparece doce veces en 144 páginas, siempre en el mismo sentido: el de la emancipación de los pueblos y de las personas. 

· Portada del “Artigas” de Delio Panizza (1950).

Ya en las primeras páginas, al contrastar a Artigas con las élites políticas de la época, Panizza escribe: 

Cuando entre cabildeos y entre intrigas

se confundían sabios y letrados

discutiendo los nuevos privilegios

él alzó el alarido libertario. 

Poco después, al describir la marcha del éxodo oriental: 

¿Adónde van? El índice de Artigas

señala el derrotero libertario. 

Y allí marcha el caudillo de la Patria

hacia irredentas cumbres de cobalto. 

Y sigue: 

Nada lo detendrá, porque en su mano

vibra como un espíritu

la espada de su sueño libertario.

Así continúa, como cuando explica el proyecto federal, donde Artigas actuaba «para afirmar su mando / en defensa segura de los pueblos / y de sus ideales libertarios», o en un pasaje sobre el fervor popular que despierta su causa: «En la esperanza tremante / de sus ansias libertarias / vibra el alma de los parias / alerta y obsesionante».

Nada de mercado ni de propiedad privada: para Panizza, como para tantos otros escritores de la región, “libertario” era sinónimo de emancipador, de quien rompe cadenas coloniales y sociales al mismo tiempo. 

· Los cantos libertarios de Carlos Molina (1956).

Payadas y tangos libertarios 

Lo que está claro es que en el Río de la Plata, tanto en una banda como en la otra, “libertario” nunca fue esa mezcla brutal de capitalismo salvaje y conservadurismo social. Todo lo contrario. El tango y la payada son testigos de esa herencia de lucha y belleza literaria. Hay libros dedicados a rastrear esa veta, como Poesía del tango. Pasión, transtierros y pensamiento libertario en el siglo XX del investigador Rafael Flores Montenegro (2021), que conecta a letristas como Discépolo, Manzi o Cátulo Castillo con la tradición del pensamiento anarquista. En esos ambientes, a los anarquistas argentinos y uruguayos de principios del siglo XX se los llamaba, sencillamente, “libertarios”.

El mítico payador anarquista uruguayo Carlos Molina reunió parte de su obra en el libro Cantándole al pueblo (1956), que subtituló Cantos libertarios. Allí, y con prólogo de Emilio Frugoni (fundador del socialismo uruguayo), Molina incluye unas décimas tituladas “Las rimas con libertario”, que parecen responder, más de medio siglo atrás, al uso bastardo que hoy se realiza:

Voy a contestarte, escriba,

viejo rufián, mercader,

que a mi espalda echaste ayer

el lodo de tu diatriba.

Perdonadme que no exhiba,

sirviente patibulario,

tu abolengo de sicario

porque solo escribiré

para enseñarte con qué

puede rimar “libertario”.

· El libro de Rafael Flores Montenegro sobre la vertiente libertaria en el tango (2021).

Otro enorme (y casi olvidado) cantor anarquista fue el bonaerense Martín Castro, nacido en Merlo en 1882 (de padre y madre entrerrianos) y fallecido en 1971. Conocido como el «payador libertario» o «payador rojo» por su militancia anarcocomunista y su compromiso con las luchas obreras, fue rescatado medio siglo atrás por Horacio Guarany y por Edmundo Rivero entre otros artistas populares que grabaron sus obras. Autodidacta, Castro improvisaba combinando la tradición gauchesca con un firme mensaje de justicia social y emancipación. Entre sus libros más conocidos se encuentran Armonías libertarias (1920), Guitarra roja (1928), Camino del payador (1949) y Hachando los alambrados (1959) esta última precisamente con Carlos Molina.

· Recorte del diario Crítica de 1926, con una destacada nota sobre Martín Castro.

El pez grande, el lobo y el cordero

¿Por qué el libertarianismo (empecemos a llamarlo así) termina siendo, en la práctica, enemigo de la libertad? Porque su receta es siempre la misma, desregular todo, sin distinguir entre quién tiene recursos para decidir y quién no. Un retroceso conceptual de siglos: ya Rousseau había señalado que se necesitan «leyes para garantizar que ningún ciudadano sea tan opulento como para poder comprar a otro, y ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse».

Se trata de una vieja verdad que la filosofía política lleva repitiendo hace siglos, con distintas analogías según la época. El filósofo Isaiah Berlin, en su célebre conferencia Dos conceptos de libertad (1958), retomó una frase del historiador R. H. Tawney para explicar el límite necesario de cualquier libertad. Tawney había escrito que la libertad del lucio es la muerte para los peces chicos (el lucio es un pez depredador de agua dulce en el hemisferio norte). Berlin lo llevó a los mamíferos: la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos.

Esa es la falla de fábrica del libertarianismo: cuando se elimina toda regulación en nombre de la libertad individual, no se libera a todos por igual. Se libera al que ya es más fuerte —la empresa grande sobre la chica, el empleador sobre el empleado, el que contamina un río sobre el que vive de ese río—. La deuda impaga de estos “libertarianos” no es solo con Déjacque o con Reclus, o con nuestros payadores o poetas, que usaron esa hermosa palabra para nombrar exactamente lo contrario. Es también con Locke, con Paine, con Lincoln, con Mill y con Rawls, liberales que entendieron que no hay libertad posible sin determinadas condiciones materiales de existencia. En alguna próxima nota me detendré en este punto.

Los nombres son importantes

Cuando las palabras pierden su sentido, decía Confucio, todo el orden social se resiente, y peor aún: «las personas pierden su libertad», según el visionario filósofo chino. Por eso siempre es buen momento para empezar a aplicar el principio también acá: llamarlos “propietaristas”, como sugirió Cain hace más de sesenta años, o “libertarianos”, para marcar la diferencia con la acción y la razón libertarias. 

Quienes inventaron y usaron el término soñaban con un mundo sin amos. Quienes hoy pretenden usarlo en este sentido espurio sueñan con un mundo sin Estado y con amos más poderosos que antes. No es lo mismo. Dejemos de llamarlos como si lo fuera.

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