Las guerras en Oriente Medio no han sido entre dos Estados, ni siquiera guerras regionales. Son escenarios de disputa hegemónica global y espacios donde se despliegan las contradicciones del orden internacional. La que se desarrolla entre 2023 y 2026 abarca geográficamente el arco que va de Gaza al estrecho de Ormuz y Bab el Mandeb. Impacta fuertemente en todo el mundo y es, probablemente, el episodio más significativo de reconfiguración geopolítica de la región desde la guerra de 1973 y la Revolución Iraní de 1979, con un impacto profundo en las relaciones de fuerzas globales.
En este artículo proponemos un análisis del conflicto que articule lo militar, lo geopolítico y las RR. II. Más allá de que es un conflicto de múltiples actores, nos centramos en Irán, que articula nuestra reflexión dado que (en el momento de escribir este artículo) su capacidad de supervivencia exitosa ante el ataque conjunto de EE. UU. e Israel puede inclusive ser calificada como una victoria en esta etapa del conflicto; de hecho, es de por sí algo de enorme importancia para el orden mundial.
Nuestra hipótesis es que la supervivencia militar y política del Estado iraní en condiciones de presión máxima (ataques preventivos israelí-estadounidenses, decapitación de liderazgo, sanciones) solo resulta explicable a partir de una arquitectura de disuasión asimétrica construida durante décadas, cuya lógica es radicalmente distinta a la de los ejércitos convencionales occidentales. Esa misma lógica asimétrica opera en el sur del Líbano, donde Hezbollah ha demostrado, una vez más, que la superioridad tecnológica convencional no alcanza para doblegar a una fuerza profundamente imbricada en el terreno y en la sociedad. Es parte de una previsión estratégica correcta que los aliados no pudieron o no acertaron a valorar.
En el momento de escribir este artículo, el escenario incierto de las negociaciones para una tregua se encuentra en un punto álgido. Las necesidades de EE. UU. de reordenar el escenario de acuerdo con sus intereses inmediatos sin haber conseguido ninguno de sus objetivos lo dejan en una situación incierta respecto de su principal aliado, Israel, y con un sabor a derrota política. Los puntos que se difunden del “memorándum de entendimiento”, ventajosos para Irán, son consecuencia de la situación militar y estratégica favorable que le ha permitido mantenerse firme en las negociaciones y plantear una contraofensiva en el terreno diplomático. Esto sería imposible sin el “empate estratégico” en el terreno militar, que, sorprendentemente para todos, logró Irán. Claro, una situación solo posible gracias a los graves errores de apreciación a partir de los cuales Trump tomó la decisión de involucrarse a fondo creyendo que “un cambio de régimen” al estilo Venezuela sería posible en este escenario, como le afirmaba la inteligencia israelí. Señalamos esto porque las perspectivas del acuerdo que se debería concretar esta semana son inciertas: puede darse o no. La cuestión será abordada en un segundo artículo que continúa este texto. Solo sabemos que Israel y el sionismo intentarán por todos los medios sabotearlo, ya que el texto que ha trascendido es claramente perjudicial para la estrategia en la que el Estado judío se encuentra inmerso.
PARTE I
Antecedentes inmediatos
Debemos hacer dos advertencias. Primero, que el conflicto de Medio Oriente tiene raíces muy profundas y es permanente desde antes de la Segunda Guerra Mundial; solo tiene frágiles pausas. O sea, acusar a tal o cual actor, en un momento histórico determinado, de “empezar una guerra” o “realizar una acción injustificada” es una acusación que se basa en el desconocimiento de la historia. En la “cuestión palestina e israelí” no hay una “paz” que sea violada por algún actor violento o terrorista aislado. Hay una guerra que, en zona gris o en términos convencionales, no se detiene desde los primeros conflictos sangrientos entre pobladores árabes y colonos israelíes en el Mandato británico.
Segundo, y esto es más reciente, la guerra con Irán es parte de la actual guerra iniciada el 7 de octubre en Gaza, pero también es la conclusión de tres estrategias convergentes. Una, la de Hamas: patear el tablero el 7 de octubre considerando que era la única forma de evitar la extinción silenciosa de los palestinos, jugando una última carta. Segunda, la iraní: establecer un cerco híbrido estratégico sobre el Estado judío, que implicaba una presión constante y un desgaste permanente mediante actores proxy que impidieran la estabilización regional de Israel, pero sin llegar a una guerra abierta. Tercera, ma non troppo, la estrategia israelí: eliminar definitivamente la cuestión palestina de la agenda regional y reconfigurar la región de acuerdo con sus necesidades geopolíticas, lo que pretende incluir una ampliación territorial notable y, sorprendentemente, aún indefinida incluso en sus propias leyes.


El 7 de octubre de 2023, la operación de Hamas no fue un ataque cualquiera: fue la demostración de que la política israelí de “gestión” del “encierro” gazatí —sin solución política, sin perspectiva de Estado ni nada parecido— había alcanzado su límite explosivo. La respuesta israelí fue la más destructiva en la historia de Gaza: para el segundo semestre de 2025, la ONU confirmó hambruna oficial en el norte de la Franja, con unos 73.000 muertos palestinos, la mayoría civiles, y una ofensiva sistemática que organismos de derechos humanos caracterizan como crimen de guerra e inclusive genocidio.
Pero no debemos olvidar que la política de ocupación israelí ya estaba orientada a hacer desaparecer Cisjordania antes del ataque encabezado por Hamas. La lógica de la colonización sistemática se aceleró de manera inédita. Durante 2025, Israel aprobó la construcción de más de 25.000 viviendas en asentamientos —un récord histórico—, elevó a 750.000 el número de colonos en territorio ocupado y avanzó en medidas de anexión diseñadas para hacer irreversible la desposesión palestina. La solución de dos Estados, de hecho, ya es imposible sin una derrota israelí; huelga aclarar la dificultad de que eso suceda en un plazo previsible.
Indudablemente, la ofensiva palestina y la decisión israelí de elevar la respuesta a niveles nunca vistos colocaron a Irán en una coyuntura estratégica. El “Eje de la Resistencia” —acuerdo sostenido por Irán con Hizbollah, Hamas, los hutíes, milicias de Irak y, con contradicciones, el gobierno de Assad en Siria— y la llamada “unidad de las arenas”, que implica que “si tocan a uno, tocan a todos”, obligaban a los persas a responder.
Sin embargo, estos mantuvieron una respuesta moderada ante la ofensiva contra Gaza y los durísimos golpes que sufría Hamas —aunque no está de más señalar su sorprendente capacidad de resistencia—. De hecho, el propio Hizbollah actuó atacando con cohetes el norte de Israel, pero más como presión para sentar a los israelíes en una mesa de negociación que como ataque total. Irán permaneció en la retaguardia como sostén estratégico del conjunto, mientras que solo los hutíes —quizás por su distancia respecto del escenario concreto de combate— demostraron una capacidad de golpear que sorprendió a propios y extraños, sin duda por su ubicación en un cuello de botella del comercio mundial como Bab el Mandeb, lo que debió preanunciar la situación actual en Ormuz.
Si la estrategia iraní era la “paciencia estratégica” —intentar mantener o reducir la escalada, evitando una guerra total y apostando a que el tiempo jugaría a su favor en un escenario híbrido—, Israel (y aquí vale aclarar: la actual administración israelí y la hegemonía construida en las últimas décadas) decidió responder a cada amenaza escalando el conflicto: más enemigos, más frentes de guerra, más golpes militares, más asesinatos selectivos y masivos, y la búsqueda de implicar a EE. UU. en una guerra total.
La decisión del gobierno israelí era romper la estrategia iraní obligando a una confrontación total en todos los frentes, apostando a que su superioridad militar, la dependencia ideológica de Occidente respecto del sionismo y el enorme poder de EE. UU. podrían lograr un resultado definitivo que cerrara el período de consolidación final del Estado judío y su hegemonía regional. Como vemos, una apuesta extremadamente elevada.
La “guerra de los 12 días” y el salto a la guerra directa
En la madrugada del 13 de junio de 2025, la Fuerza Aérea Israelí lanzó la Operación Rising Lion (“León Ascendente”): un ataque masivo contra las instalaciones nucleares de Irán (Natanz, Fordow e Isfahan) y su infraestructura militar. En el mismo operativo fueron asesinados el comandante de la Guardia Revolucionaria Islámica, general Hossein Salami; el jefe del Estado Mayor, general Mohammad Bagheri; y el director del programa de misiles, general Amir Ali Hajizadeh.
La operación fue calificada por Netanyahu como destinada a neutralizar la “doble amenaza”: el programa nuclear y los arsenales balísticos. Y constituyó claramente una guerra de agresión en términos del derecho internacional, a pesar de las sorprendentes declaraciones de algunos gobiernos europeos en sentido contrario. También dañó la capacidad de alerta temprana iraní, dejando expedito el camino para campañas futuras.
Irán respondió con la Operación Promesa Verdadera: decenas de misiles balísticos y más de un centenar de drones armados sobre Tel Aviv, Jerusalén y otras ciudades israelíes. Doce días de “intercambios de salvas”, con Estados Unidos apoyando activamente a Israel mediante destructores equipados con misiles SM-2/3 y operaciones de inteligencia, concluyeron con el alto el fuego del 23 de junio de 2025, negociado por Trump.
La guerra sirvió —más allá de haber causado mayores daños materiales en Irán que en Israel— para que los persas ajustaran sus tácticas y aprendieran a penetrar el escudo antimisiles israelí, lo que debe ser visto como un éxito de cara al presente.

La tregua resistió hasta el 28 de febrero de 2026, cuando EE. UU. e Israel lanzaron nuevos ataques mientras Teherán negociaba en Ginebra, incluyendo el asesinato del Líder Supremo Alí Jamenei, desencadenando así la segunda fase del conflicto. Una guerra de agresión sin ningún tipo de justificación en el caso estadounidense.
La segunda fase amplió dramáticamente el teatro de operaciones: Irán atacó bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak —lo cual es legal al tratarse de bases del agresor—, impuso un cierre selectivo del estrecho de Ormuz y coordinó acciones con Hizbollah en el frente libanés y con los hutíes en el Mar Rojo.
El conflicto dejó de ser una “guerra de 12 días” para convertirse en una guerra regional ampliada cuyo desenlace final permanece incierto al momento de escribir estas líneas. Irán demostró que sus doctrinas eran efectivas ante enemigos militarmente superiores y respondió con un éxito no esperado ni siquiera por los más optimistas, desarmando la idea de seguridad que EE. UU. proyectaba sobre la región mediante sus bases, lo que tendrá consecuencias profundas en el ordenamiento regional. Aunque debemos destacar que la estrategia iraní fue favorecida por graves errores de apreciación en la cúpula política estadounidense.
El frente libanés: tipo ideal de la asimetría como doctrina militar
El análisis de la campaña terrestre de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en el sur del Líbano revela una de las asimetrías más interesantes de la historia militar contemporánea. La aparente contradicción entre el enorme poderío tecnológico de Israel y la dificultad para asegurar un control estable sobre una franja de territorio de menos de 30 km hasta el río Litani no responde a una falta de eficacia convencional. Responde a factores doctrinarios, geográficos y estructurales claves para entender la teoría de la guerra asimétrica.


Frente de combate y objetivos de Israel en Líbano
El terreno que va desde la frontera israelí hasta el Litani es un laberinto de colinas rocosas escarpadas, valles profundos (wadis) y densa vegetación arbustiva. Esta compartimentación natural impide el despliegue rápido y masivo de columnas blindadas mecanizadas propias de la doctrina de guerra de maniobra occidental. Las FDI se ven obligadas a avanzar canalizadas por estrechos caminos de montaña, convirtiéndose en blancos predecibles.
El sur del Líbano está, además, salpicado de decenas de pueblos con construcciones defensivas que Hizbollah ha transformado en “villas fortaleza”, entrelazando estructuras civiles con posiciones de tiro fortificadas. La doctrina de la guerra urbana, desde Chuikov —el general soviético que dirigió la defensa de Stalingrado y sentó doctrina sobre guerra urbana— hasta el presente, nos advierte sobre las ventajas que la guerra urbana en un terreno semidestruido ofrece al defensor frente a un enemigo convencional.
Hizbollah no opera como un ejército regular que intenta defender una línea fija en la frontera. Opera bajo una doctrina de defensa elástica y desgaste profundo, tal como señala el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE): una variante regional del modelo de guerra de resistencia prolongada, perfectamente adaptada a la nueva revolución militar.
Se basa en redes de túneles tácticos que constituyen su principal activo subterráneo. A lo largo de casi dos décadas, Hizbollah construyó una infraestructura excavada directamente en la roca caliza del sur libanés. Estos túneles no son como los de Gaza —una ciudad aislada, sin posibilidad de movimientos ni retirada y carente de profundidad estratégica—: son complejos tácticos interconectados que permiten a los combatientes resguardarse de los bombardeos aéreos de precisión, almacenar armamento pesado y emerger en la retaguardia de las tropas israelíes una vez que estas han avanzado, invirtiendo el orden del contacto de fuego en un espacio urbano y rural de decenas de kilómetros.
De hecho, la toma del castillo de Beaufort —punto elevado, fortificado y estratégico desde la Antigüedad— podría ser solo una cesión táctica mediante la cual los libaneses dejan a las unidades israelíes acosadas en su interior, renunciando a una “defensa a ultranza” del terreno.
La estructura celular descentralizada completa ese cuadro. Las unidades del sur —como la Fuerza Radwan— operan de forma autónoma. No dependen de una línea de comando centralizada en Beirut para tomar decisiones. Aunque Israel descabece la cúpula política o militar —cosa que ya realizó y ante la cual Hizbollah se adaptó—, las células locales tienen órdenes preestablecidas, depósitos de armas propios y conocimiento palmo a palmo del terreno.
Este diseño es, en términos doctrinarios, estructuralmente resistente a los ataques de decapitación, que constituyen uno de los principales puntos fuertes de las fuerzas aéreas y de inteligencia israelíes. La doctrina libanesa ha evolucionado para absorber no solo el poderío militar convencional israelí, sino también su capacidad de destruir líneas de mando mediante inteligencia tecnológica.
Por último, Hizbollah ha incorporado la nueva guerra de drones, que le permite penetrar en el despliegue israelí y causar un goteo constante de bajas y pérdidas de activos militares que las FDI no pueden evitar.
La dificultad israelí en este frente radica en que, mientras las FDI buscan ocupar ciudades, establecer líneas y crear una “zona amortiguadora”, Hizbollah aplica la lógica inversa: ceder espacio geográfico temporalmente, mantener la capacidad de fuego indirecto y desgastar al invasor mediante emboscadas desde posiciones preparadas.
Las FDI han logrado penetrar más allá del Litani y capturar posiciones históricas como el Castillo de Beaufort. Pero fijar tropas para ocupar permanentemente ese terreno expone a Israel al clásico escenario de desgaste partisano. El objetivo formal de Tel Aviv —detener el lanzamiento de cohetes y drones para permitir el retorno de civiles al norte— no se alcanza simplemente controlando colinas. Y no está de más señalar —lo que constituye un crimen de guerra— la dimensión de limpieza étnica involucrada.
Para Hizbollah, el éxito no se mide en mantener posiciones, sino en conservar la capacidad de disparar proyectiles hacia Israel desde zonas más profundas: el valle de la Bekaa, el norte del río Zahrani o los suburbios meridionales de Beirut, mientras desgasta a un ejército hostigado en posiciones avanzadas.
Aunque las FDI cuentan con sistemas de protección activa avanzados —como el Trophy instalado en los tanques Merkava Mark IV—, la densidad de armas antitanque guiadas satura las capacidades defensivas blindadas, como ya se observó en Ucrania y antes, en menor escala, en Nagorno Karabaj.
El uso intensivo de misiles Kornet y municiones merodeadoras (drones suicidas lanzados desde posiciones enmascaradas) permite hostigar vehículos y puestos de comando israelíes desde varios kilómetros de distancia, sin necesidad de entablar combate cuerpo a cuerpo, donde la superioridad de fuego convencional israelí sería aplastante.
Esta combinación de fuego indirecto prolongado y saturación de sistemas activos es la versión libanesa de la misma lógica que Irán aplica a escala regional con sus drones Shahed y sus misiles balísticos, y constituye una de las causas de la cuasi paralización del frente en Ucrania.
La historia militar de la región demuestra que el sur del Líbano ha sido históricamente un cementerio para ejércitos convencionales. En 1982, Israel invadió velozmente hasta Beirut, pero la ocupación posterior del sur durante dieciocho años dio origen, precisamente, al nacimiento de Hizbollah y forzó la retirada israelí del año 2000.
En 2006, a pesar del uso masivo de fuerza aérea y artillería, la campaña terrestre demostró límites similares ante la resistencia de infantería ligera atrincherada. El patrón se repite entre 2024 y 2026.
Las FDI no lograrán “doblegar” definitivamente a Hizbollah porque, como señala la nota de HispanTV citada por Resumen Latinoamericano, aplican soluciones predominantemente técnicas y de fuerza táctica a un problema de resistencia político-militar profundamente enraizado en la geografía y el tejido social del Líbano.
Mientras la organización mantenga capacidad de absorción de daños, dispersión territorial y continuidad del fuego indirecto, la ocupación física del territorio se traduce en rendimiento decreciente y desgaste asimétrico, independientemente de la sofisticación tecnológica del ejército atacante. Por eso los israelíes se deslizan permanentemente hacia prácticas de limpieza étnica.
Un resumen del balance militar indica que unos 120 vehículos israelíes —muchos de ellos tanques— fueron dejados fuera de combate por las fuerzas de Hizbollah. Sin embargo —y esto puede explicar la diferencia de cifras en circulación— una cosa es “fuera de combate” y otra “destrucción total”. Es probable que las cifras occidentales más bajas se expliquen por la alta tasa de recuperación de vehículos semidestruidos, reduciendo las pérdidas definitivas al 20 % de los impactados. Israel no brinda cifras oficiales precisas.
En términos humanos, según Israel, sus fuerzas sufrieron 31 muertos frente a unos 2.500 libaneses, ignorando además a los civiles, la limpieza étnica y los desplazamientos forzados de población. Hizbollah y el gobierno libanés afirman haber causado unas 60 bajas israelíes y haber sufrido unas 1.000 propias. El total oscilaría entre 3.600 y 11.000 muertos, incluyendo civiles, y 1,2 millones de desplazados.
Los organismos internacionales —árabes y occidentales— recopilan unos 31 muertos israelíes confirmados con nombre, entre 1.000 y 1.200 bajas mortales libanesas, un piso de 3.500 civiles muertos y 1,2 millones de desplazados. Datos de fines de mayo obtenidos de Arab News, ISW, ONU y Security Council Report, todos referidos a esta última etapa de la guerra.
En esta primera parte hemos presentado el contexto y el escenario general, incluyendo el frente libanés, sin el cual no puede entenderse el desarrollo del conflicto. La siguiente entrega abordará específicamente el frente iraní y las consecuencias del “Memorándum de Entendimiento” que se anuncia para firmarse el viernes de esta semana en Suiza.
