,

Clorindo Testa: Entre la creación y las demoliciones

Una infancia marcada por un padre caprichoso. El descuido y abandono de su obra en Misiones. La circularidad del tiempo. Por Eduardo Silveyra.

INICIOS. Una incierta tarde de los años 70 me encontraba en una mesa del ahora mítico bar Bárbaro, rodeado de artistas y bohemios. Entre los contertulios variopintos se encontraban el cineasta Sergio Mulet, el fotógrafo y pintor Pedro Roth y Clorindo Testa. Yo no sabía bien quién era, pero lo escuchaba con atención, al igual que el resto, narrar que el capricho de su padre médico de llevar a su madre, la pampeana Esther García, a parirlo en Benevento, un pueblo cercano a Nápoles, debió haber influido en su amor a los barcos y en el carácter y vocación artística, por más que a los tres meses hayan regresado nuevamente a la Argentina. El contagio del espíritu renacentista de un Leonardo o Miguel Ángel, para abarcar distintas disciplinas del arte y concretar una sola obra, reflejan bien lo expresado por Testa en esa rueda, pues él abrazó con el mismo espíritu a la pintura, la escultura y la arquitectura, a lo largo de sus 90 prolíficos años. Y, al igual que aquellos antiguos maestros, solía formar equipos de trabajo para realizar sus creaciones.

Motivado por esas extensas travesías marítimas de un continente al otro —como él mismo confesara—, tanto en el vientre de su madre como con tres meses de edad, una vez terminados los estudios secundarios comenzó a estudiar en la Escuela de Ingeniería Naval en la ciudad de La Plata. También la realidad mostraba la fundación de la Empresa Líneas Marítimas Argentinas, es decir la marina mercante, por lo cual el futuro se avizoraba promisorio, con una industria naval y astilleros trabajando a pleno. Sin embargo, Clorindo no avanzó ni continuó en esa carrera y al poco tiempo entró en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de Buenos Aires. Allí se lo consideró un alumno destacado y, una vez recibido, se le otorgó una beca que lo llevó nuevamente a Italia, donde tomó a Le Corbusier como guía y adhirió a la propuesta modernista del francés, con quien trabajaría en su equipo como dibujante, siendo parte del Grupo Austral. Si bien comenzaba a hacerse un nombre como arquitecto, también su faceta plástica iba in crescendo, exponiendo pinturas en muestras tanto individuales como colectivas en galerías de La Plata y la ciudad de Buenos Aires.

PROVINCIAS. En el año 1953 el gobierno de Perón toma una resolución transformadora y democrática al provincializar los territorios nacionales de Tierra del Fuego, Chaco y Misiones, cuyas extensas dimensiones se encontraban bajo el control de Parques Nacionales, organismo administrativo que estuvo presidido durante muchísimos años por Ezequiel Bustillo, hecho que permitió que a su hermano, el arquitecto Alejandro Bustillo, le fuera adjudicada la mayor parte de las obras que se realizaban, obviando trámites burocráticos y concursos. Tal es así que en Misiones proliferan las obras de Bustillo por todos los rincones y que fueron desde recónditas comisarías cercanas a obrajes y salas de salud, hasta otras más notorias como el Cementerio La Piedad de Posadas, las plazas San Martín y 9 de Julio y la remodelación de la Casa de Gobierno provincial, por citar algunas. Todo ese mecanismo endogámico es dejado atrás y la democratización en la adjudicación de las obras necesarias para construir la administración de las nuevas provincias se pone en marcha.

Clorindo Testa, atento a estos cambios, crea un equipo de trabajo con los arquitectos Boris Davidovic, Augusto Gaido y Francisco Rossi. En ese contexto, el gobierno de la nueva provincia de Misiones proyecta el fomento del turismo y le da importancia vital en el Plan General de Obras Públicas, y llama a concurso para construir tres paradores turísticos en las localidades de Aristóbulo del Valle, San Pedro y San Ignacio, el cual es ganado por Testa y sus asociados. A los paradores en estos pueblos le sigue la construcción de centros de salud en El Soberbio, San Antonio, Candelaria y Posadas, y algunas comisarías como en Campo Grande y Santo Pipó.

Las construcciones de Testa se destacan por su alineamiento con la corriente arquitectónica del brutalismo, un movimiento que surge en Europa finalizada la Segunda Guerra y cuyo auge se dio entre los años 50 y 70 del siglo pasado. Las construcciones se caracterizan por el uso de materiales crudos como el hormigón a la vista y sin pintura, formas geométricas masivas y funcionales sin ornamentos. Se puede decir que el brutalismo fue la respuesta y la forma austera de la reconstrucción de Europa, creando en sí mismo modernidad y autoridad como estilo. Un estilo que Clorindo Testa adaptó a las singularidades selváticas de Misiones.

Créditos: Galeria Jacques Martinez

PATRIMONIO. Graciela de Kuna es una arquitecta e investigadora ya jubilada que vivió durante muchos años en Misiones. Durante sus años activos, y antes de mudarse a España, estuvo al frente del equipo que conformaba el Registro, Catalogación y Protección del Movimiento Moderno en Misiones, y en el cual, claro está, figuraba y daba cuenta del estado de conservación de la obra de Clorindo Testa y su equipo en la provincia. En una charla informal acerca de Bustillo coincidimos en el poco interés conservacionista de su patrimonio por parte de los mismos misioneros, ya se trate de árboles o edificios. Con los árboles se poda o se tala de modo un tanto indiscriminado, con el criterio de “total, acá todo vuelve a crecer”. Un edificio antiguo o viejo y con valor patrimonial se derrumba porque ya está viejo y se va a construir uno moderno y mejor en el mismo lugar. Esa política bastante desdeñosa ha sido la causante de la demolición de gran parte de la obra de Clorindo Testa en la provincia.

A partir de 1956 Testa y su grupo construyeron cuatro comisarías en los pueblos de Puerto Rico, Eldorado, Campo Grande y Santo Pipó, de las cuales ya no existe ninguna. La última en ser demolida fue la de Santo Pipó durante la gestión de la intendenta Mabel Cáceres, del Frente Renovador de la Concordia, quien nunca respondió los mensajes del grupo de Graciela de Kuna para impedir que el edificio fuera destruido y solo apareció para justificarse cuando todo ya era una montaña de escombros. De los distintos Centros de Atención Primaria en Salud (CAPS) solo están en pie tres: uno en Posadas, en Villa Sarita; otro en El Soberbio; y el último en Panambí, el cual se salvó de correr el mismo destino que la comisaría de Santo Pipó y fue declarado Patrimonio Histórico, aunque intervenido al ser pintadas sus paredes desnudas con colores estridentes, lo cual desvirtúa un tanto la obra.

De los tres paradores construidos en Aristóbulo del Valle, San Pedro y San Ignacio, solo está en uso el último, pero en manos privadas a pesar de ser declarado Patrimonio Histórico por la municipalidad. Los otros están abandonados y con diferentes grados de deterioro. El parador de San Ignacio lo administra Juan Colombres, quien lo adquirió en los tiempos posteriores a la pandemia y se dedicó a restaurarlo y realizar una puesta en valor con la intención de abrir un hostel, proyecto que concretó con muy mala fortuna. “Invertí bastante dinero —cuenta Colombres—. Como vio, no modificamos nada, restauramos y respetamos la arquitectura. La idea era abrir el hostel y darle vida al lugar, que es muy hermoso. Pero con el gobierno de Milei se volvió imposible: la gente no tiene un peso y lo que tiene lo usa en comer y no en hacer turismo. Ahora lo pusimos de nuevo a la venta”.

Camino por el terreno arbolado, recorro la edificación sólida. En un costado del parque amplio y verde se destaca una pileta de natación. Avanzando unos metros hacia la izquierda de la misma se ven unos mojones. Juan, un ruso correntino, flaco, espigado y con sus años encima, oficia de guía y cuidador del lugar. Me dice: “Están haciendo loteos para vender algunas parcelas, muy triste todo”. Nada más ajustado a la realidad que la última frase. Muy triste todo: el abandono, el descuido y el desdén. Tal vez esas sean las premisas de este tiempo, acendradas también hoy en Misiones.

CÍRCULOS. En tiempos marcados por la fugacidad de los discursos y las obras humanas, pretender conservar aquello considerado un bien patrimonial tanto artístico como arquitectónico no está mal en sí mismo. Aunque a veces tal pretensión entre en contradicción con el pensamiento filosófico del creador. En el año 2011 un grupo de arquitectos, enterados de la demolición de una casa construida por él, se entrevistan personalmente para anoticiarlo del suceso por venir. A la manera del irascible Cellini o el díscolo Caravaggio, quienes algunas veces destruyeron o vieron destruir sus creaciones, Clorindo, consciente de lo efímero de la vida y lo cambiante del tiempo, desalentó tal convocatoria. “No todo se puede conservar —les dijo—, además la obra ya no me pertenece”.

Créditos: Galeria Jacques Martinez

Esa circularidad del tiempo parece estar latente en la vida de Clorindo Testa. En el año 1962 proyecta la construcción del edificio de la Biblioteca Nacional sobre los terrenos del demolido Palacio Unzué, última morada de Perón y Evita, derruido por la Revolución Libertadora para impedir que se tornara un lugar de devoción popular. Diez años después, cuando comienza la excavación para construir el edificio, se descubrió el caparazón y los huesos de un gliptodonte, ese armadillo gigante que vivió a orillas del Río de la Plata, el cual fue a parar a las instalaciones del Museo de Ciencias Naturales en el Parque Rivadavia. Hacia finales de los 80 Clorindo concluyó y expuso su obra “Gliptodonte” en una muestra colectiva del Grupo de los Trece. La escultura está realizada en madera, papel y cerámica, a la manera de la reconstrucción de fósiles de los museos de ciencias naturales. En 1992 se inauguró el nuevo edificio de la biblioteca, una representación de un gliptodonte de cemento concreto, y en cuya entrada se exhibió dicha escultura, cerrando así la trayectoria de una circularidad del universo creado por el singular maestro, Clorindo Testa.

Compartí el artículo