La vida privada

FRAGMENTO. Tras una extensa obra poética y narrativa, Valeria Tentoni publica su primera novela. Compartimos un adelanto.

Sé que estoy soñando porque leo un libro que no traje, un libro que dejé atrás por accidente, olvidado en la mesa de luz. En el sueño, las palabras se deforman hasta aplastarse contra el fondo y desaparecer por completo, dando paso a las del libro que sí traje, el que podría leer ahora mismo si me lo propusiera, y quizás, incluso, tenga sobre la falda, abierto y abandonado a mi calor como un hijo dormido.

            Cuando despierto, el chofer me está sacudiendo del hombro. Tengo dos minutos antes de que arranque el co­lectivo para seguir su camino y, por el modo en que lo dice, puede que haya estado repitiéndolo desde hace un largo rato. Al verlo girar, satisfecho, ante mis ojos por fin abiertos, me incorporo y miro alrededor: los demás pa­sajeros duermen profundamente y en perfecto silencio. Bien podrían estar muertos. Al parecer, soy la única que baja en esta parada.

            El paisaje gotea a través del corazón que dibujo en el vidrio húmedo. Quiero asegurarme de estar llegando al lugar correcto, pero no logro reconocerlo antes de que el vapor vuelva a cerrarse sobre sí mismo, engullendo eucaliptos y postes de madera. Uso el minuto que resta para recuperar la mochila y peinarme un poco. Tengo sed, pero no queda agua en la botella, aunque no recuerdo en qué momento la bebí. Debo haber sido yo; no tengo de quién desconfiar, el asiento contiguo está libre.

            Bajo en la garita y quedo sola en medio de la ruta. Un paquete vacío de papel metalizado rueda junto a mi pie derecho. El colectivo se aleja, llevándoselo con él hasta desaparecer.

            El horizonte se detiene. Comienzan a cantar los pajaritos.

            Identifico el camino de tierra que tengo que to­mar no por el cartel, que quedó a mis espaldas, sino por ser la única huella a la vista. Cruzo el asfalto, que se suspende abruptamente frente a la tierra seca, sin atreverse siquiera a salpicada. Restriego mis ojos, me estiro. Un bostezo largo me hace lagrimear. Tengo bas­tante por recorrer a pie, llevo poco equipaje. No hice cálculos. No di avisos, tampoco, ¿a quién y para qué? Me palpo la campera: mis documentos en su lugar, la billetera completa. Semidormida, avanzo. La tierra se adhiere a la electricidad de mis zapatillas blancas, de­masiado limpias, una escarapela citadina que desde ya comienza a avergonzarme.

            Después de los alambrados, se revelan las grandes ex­tensiones de cultivos de maíz de las que Virginia Mount­weazel me habló en sus cartas, cuadrantes amarillos que parecen terminar en algún punto más allá de la vista. Los girasoles se alzan de cara al amanecer. Sospecho que esa es su manera de dar la espalda a los intrusos. Conforme avanzo, el sol va imponiendo sus colores, sucesivas capas de perfección que amenazan con ser la última y nunca lo son del todo.

            Bajo la luz recién nacida, en el aire purificado del pueblo que se aproxima desde el fondo, no veo ganado ni maquinarias. No es tiempo todavía de cosecha, aunque muy pronto lo será. No puedo saberlo aún, pero sí que por ese mismo camino llegaron mis cartas estos años. Las imagino flotando, una por una, delante de mí. El día nos empuja a todas por la espalda, en fila india. Un paso ade­lante, ni un paso atrás, camino como si estuviera aluni­zando. Lentamente, mi peso se equilibra con la fuerza de gravedad y mi temperatura corporal con la de la mañana campestre. Sigo caminando, la vista intermitente entre la tierra y los girasoles, la tierra y las espigas, la tierra y los cardos rusos.

            Al rato, quedo ante el almacén. Es tal cual lo imaginé: una típica esquina irregular con las paredes cubiertas por cáscaras de pintura rosa. La construcción es antiquísima; lo sé, igual que lo sabría cualquiera, porque arriba de la puerta los ladrillos han sido acomodados en arco hace más de un siglo. Ya nadie construye de esa manera.

            Es aquí donde llega el correo. El pueblo es tan pe­queño que no hace falta número ni calle. Alcanza con escribir el nombre del negocio y, renglón seguido, «favor de entregar a Virginia Mountweazel». Imposible que la confundan. De cualquier modo, y desde que a nadie por ahí se le ocurre quedarse con cosas que no sean suyas, los del almacén le dan el paquete con las cartas de la semana al primero que pasa, para que las reparta.

            Por la calle no anda un alma y me detengo frente a la puerta, que está abierta. Sale un vaho a lavandina. Adentro hay una mujer y no le doy tiempo a sorpren­derse. Casi sin modales encargo agua, fiambre, pan. Después pido permiso para pasar al baño. Tengo que recorrer un pasillo largo que se hunde detrás del mos­trador y las heladeras para llegar hasta un lavamanos diminuto en el que me puedo lavar la cara. Todavía hinchada por el sueño, tiene un aire inofensivo que me propongo conservar. Parece más joven de lo que en verdad es; siempre me lo dicen los demás y en este instante me lo digo a mí misma, el mentón arriba y el cuello de lado.

            Vuelvo del baño renovada y enérgica, pero me mo­dero y agradezco con una inclinación de cabeza. La due­ña, una mujer corpulenta a la que le cuesta moverse, me espera ocupada, preparando mi pedido. Hace grandes esfuerzos por no preguntar nada acerca de mí, acerca de mi visita a su pueblo. Mientras tanto su hijo, rubio y alto como un obelisco, juega con una de esas paletas de ma­dera que vienen con la pelota asegurada por un hilo. No lo vi al entrar, quizás lo hizo detrás de mí.

            Envuelto en el tufo del lugar, el chico cambia la velocidad de sus golpes de acuerdo a la velocidad de la conversación que mantenemos su madre y yo. La vista fija en la pelotita, mueve la boca al modo de los grandes pianistas cuando ejecutan grandes obras, con una especie de dictado secreto. Simulo que no me molesta, como si no estuviese sucediendo, los tres encerrados en ese cubo y la pelotita, incansable, rebotando. Su madre no intenta detenerlo, lo soporta igual que una vaca a la lluvia, pero por algún motivo no me inspira lástima ni ningún senti­miento parecido.

            Los hechos se desenvuelven de modo lento y rápido a la vez. La heladera tiembla con su motor recalentado, y las manos de la despensera dejan caer una lámina muy fina de plástico entre el queso y el fiambre. Saca después pan de una bolsa de papel marrón y crujiente. Recién cuando tengo el paquete en la mano pregunto por Mountweazel.

La vida privada, de Valeria Tentoni (Seix Barral). 208 páginas.

Valeria Tentoni nació en 1985 en Bahía Blanca. Es autora de libros de poesía como Antitierra, Hologramas, Piedras preciosas, Pirámide y Emociones lentas, reunión de su obra más reciente. Publicó los libros de relatos El sistema del silencio y Furia diamante, y los libros ilustrados Viaje al fondo del río, ¡Quién iba a decir!, Cabeza abajo y Dos trenes, un tren.
En 2022 obtuvo el Primer Premio en el Concurso Latinoamericano de Cuento Marta Brunet de la Universidad de Chile. En 2023 publicó el ensayo El color favorito. Dirigió proyectos como la Audioteca de Poesía Contemporánea y desde hace una década es editora del blog de Eterna Cadencia, donde además conduce el pódcast de entrevistas literarias Máquinas de escribir. Vive en Buenos Aires

Píxel / Revista Zoom

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