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La familia, la escritura y lo que no se puede forzar

ENTREVISTA. Gabriela Bejerman vuelve sobre la escritura como experiencia transformadora. En su nuevo libro, «Diario de familia», explora los vínculos, el duelo y la potencia de lo íntimo.

Poeta, música, performer, tallerista y traductora, Gabriela Bejerman fue protagonista de la escena cultural de los 90 con sus luminosas lecturas de poemas y su impulso a un proyecto como Belleza y Felicidad, un espacio vital para quienes buscaban expresiones artísticas fuera de las convenciones en esos tiempos neoliberales. 

            Autora de una obra de poesía que incluye títulos como Alga, Crin Aurelia, la totalidad de ese trabajo con el género está reunido en Pompa (1999-2022), una recopilación de trabajos de 350 páginas. Bejerman también tiene publicada narrativa como Presente perfecto, un libro compuesto por dos novelas breves. Además, LinajeHeroína, Un beso perdurable y El libro de escribir, en el que está su experiencia durante 20 años a cargo de talleres.

            Sus múltiples facetas la llevaron, entre 1997 y 2001, a coeditar, junto a Gary Pimiento, poeta, DJ y gestor de lecturas de poesía, la revista de literatura y artes visuales Nunca, nunca quisiera irme a casa. Si algo caracteriza a Bejerman es la combinación de intereses para crear su universo en el que la performance poética se expandió a la música. La exploración de lenguajes y formas expresivas no se reduce a la escritura, rebautizada como Gaby Bexn, en 2007, grabó un disco que combinaba música electrónica y poesía: Mandona.

            Su libro más reciente es Diario de familia (Bosque Energético), en el que no hay certezas sobre qué es una familia, hay preguntas y puntos de llegada a una idea cercana a eso que se arma y armamos, nos constituye, pero también nos agobia. Acompañar a la narradora es acompañarnos en este mundo de incertidumbre a dimensionar algunas pistas de lo que somos con otros en una forma que siempre es singular. 

            De esa multiplicidad de intereses, de la escritura como espacio para respirar de la vida cotidiana y de lo dinámico de la familia y los vínculos habló con Píxel en un bar de Colegiales cercano a su casa. Durante la charla se armó un mapa de recomendaciones con sus últimas lecturas: ¿Por qué son tan lindos los caballos?, de Julieta Correa; Diario de la menopausia, de Laura Wittner; y Diario de una mudanza, de Inés Garland.

            -¿Cómo fue la decisión de hablar de la familia?

            -En realidad encontré un espacio de escritura de mucha libertad donde poder convertir mi vida en otra cosa y tener un lugar de soledad y, a la vez, de acompañamiento porque pienso que siempre que escribimos estamos acompañados. El mismo acto de escribir implica un diálogo por más que sea en soledad, entonces siempre hay alguien escuchando. Un poco el secreto de escribir es imaginar que alguien te escucha con gusto. En el espacio literario es posible construir eso: un espacio de libertad, de confianza. Muchas veces escribía enojadísima y después, cuando lo leía, me reía entonces creo que la escritura también tiene ese otro factor que es el de transformarnos.

            -En El libro de escribir retomás las consignas de escritura, ¿el diario funcionó como una consigna ordenadora del día a día?

            -Totalmente. Incluso en un mismo día. Lo escribí en poco tiempo, en tres meses, y casi la mitad del libro se fue en la edición. No suelo escribir tanto, fue el género del diario el que me permitió esa verborragia y mantener vivo el deseo de escribir. El diario me inspiraba.

            -Al final hay un duelo. ¿La escritura fue acompañando lo que fue el cierre de un ciclo?

            -Sí, por eso para mí es una novela. Es una pregunta: qué género es. Dando taller la gente te pregunta mucho a qué género pertenece cada texto, es como una búsqueda de certeza en un mundo de incertidumbre. Hubo una construcción, una distancia y una edición desde el inicio, que fue un espacio de escritura más íntimo, a cuando se empezó a transformar en un libro que iba a ser publicado. Entonces fui tomando decisiones estilísticas. Por ejemplo, tiene una homogeneidad en la extensión de los fragmentos.

            -¿Cómo fue el momento de la edición, de los recortes?

            -Hubo cosas que fui decidiendo, algunos tienen nombre, otros no. Marido aparece como marido, hijastra lo mismo. Hubo un trabajo que fue decantando. Qué dejar afuera fue toda una decisión: cosas que eran muy personales, otras que no eran tan pertinentes y no ayudaban a que el libro fuera una totalidad. Pude renunciar a varias cosas y que quedara solo lo que me parecía potente. La estructura del párrafo puede parecer algo frío o formal y sin embargo es lo que hace que las cosas tengan ritmo y respiración. Ese fue el trabajo de las capas de corrección.

            -Y también hay un ritmo que te lo da la poesía. 

            -Me siento halagada cuando decís eso porque no es un libro tan narrativo y se va volviendo más poético cuando aparece el tema del padre, la muerte. Se vuelve más abstracto, aunque es muy concreto lo que se vive. Esa dimensión espiritual, del dolor y de la muerte y del amor lo van llevando hacia la poesía. La sutileza rítmica y sonora que me gusta trabajar también me ayudó a homogeneizar un poco la forma para ese fluir.

            -¿Qué lecturas te acompañaron en la escritura?

            –Diario de la dispersión, de Rosario Blefai. Me parece hermosísimo y conmovedor porque lo escribe cuando se está muriendo y casi no habla de la enfermedad. Te da escalofríos porque entendés que eso es el final. Lo escribe con esa sencillez, humildad y curiosidad tan minuciosa. Lo hace sin querer mostrarle nada a nadie, hoy en día todo hay que mostrarlo. Podés no hacer nada pero tenés que mostrar que parezca que lo hayas hecho. Hay algo de ese libro que me tocó mucho. En un momento dice “tengo este papel guardado hace 20 años y hoy le puse un poquito de aceite, lo puse en la pared y lo miré”. Eso es todo. En este mundo de la productividad, del éxito y del demostrar, ella es capaz de ir a esas cosas mínimas con una profundidad súper humana y una inmensidad de lo pequeño.

            La familia como un mapa dinámico:

            Hay una pregunta sobre qué es la familia que está abierta hasta el final del libro de Bejerman. La narradora de Diario de familia va construyendo distintas definiciones, las cambia y ese dinamismo permite que pasemos del agobio a la ternura sin perder la capacidad de reírnos de la ira que puede despertar la convivencia. Esa definición que no se cierra permite encontrar una llave: se trata de elegirse, de seguir, no abandonar y reencontrarse.

            -La familia que viene y lo que se va armando. Ella trae al padre y él trae a la hijastra. Cada integrante ahí va trayendo algo y acomoda y desacomoda a ese otro.   

            –Es una pregunta qué es la familia, quién soy yo dentro de esa familia, cómo puedo habitar eso que es un género social desde afuera y cómo se puede reinventar, habitar en ese mismo dinamismo del día a día pero también en un solo día.

            -En El libro de escribir y en Diario… planteás la importancia de que la escritura no sea algo forzado y vaya apareciendo. ¿Cómo trabajaste eso en este libro en el que la consigna era hablar sobre la familia?

            -Es tan amplio. Me iba anclando mucho en el presente de la escritura que es algo que descubrí desde que empecé a escribir siendo madre. Nunca había tomado talleres y en ese momento, al convertirme en madre, tomé taller con Rosa Goldenberg, ella es psicóloga y había venido a mis talleres varios años. Me ayudó a escribir en estado presente. Estas consignas de escribir desde el malestar y ver cómo el estado se transforma en el acto de escribir, me ayudaron a entender que escribir es una permanencia, una experiencia y está relacionada con el tiempo, con esa autopercepción. Encontré un camino del que nunca me fui porque quedé en la autoficción para siempre. El libro de escribir trabaja mucho con las experiencias propias que son un manantial de recuerdos, sensaciones muy precisas. Cuando nosotros queremos construir un texto de ficción, queremos dar detalles y nos cuesta mucho. Creemos que el argumento es todo y no. Con el argumento podemos hacer una figurita de cartón. No me va tan bien con el argumento, en un momento lo abandoné. La escritura misma va armando ese argumento.

            Menos virtuosismo y más presencia:

            Entre talleres, performances, crianzas y espacios de escritura parece transcurrir su día a día. Bejerman resalta que la escritura que logra conmover requiere trabajo, pero sobre todo presencia y entrega. Esa parece ser la invitación propuesta en los talleres desde hace décadas y los define como espacios inspiradores que alimentan su vínculo con la escritura.

            -¿Cómo ves el debate y el cuestionamiento a la literatura del yo?

            Creo que va ganando la literatura del yo. El tema es: la literatura del yo versus qué. No sé qué aportar a ese debate; no me interesa. En todo caso, hablo desde mi lugar como alguien que guía talleres: veo que escribir un texto de ficción que te toque, que llegue y en el que pase algo es muy difícil.

            Con el tiempo, podés escribir algo muy breve y lograr que el texto te conmueva, que te ponga en otro lugar. Cuando leo textos muy bien escritos, pero con ese artificio por encima de todo, no me pasa nada. Veo virtuosismo. Pero me importa cuando algo me afecta: para mí, la literatura es una experiencia transformadora.

            Tampoco la experiencia personal asegura que un libro vaya a ser bueno. Por supuesto que no. Una chica en un taller literario contó que en unas vacaciones le había pasado de todo —se perdió en la selva, se encontró con cocodrilos, la fueron a buscar en helicóptero— y, sin embargo, el texto que escribió no te causaba nada. Con eso no alcanza.

            -Hay algo de la contingencia que tiende a perderse entre tanto virtuosismo…

            -Sí, algo de verdad que es difícil de enunciar y ver. Esto implica laburo pero también una entrega o un sumergirse, una presencia. 

            -Decías que es una época del mostrar y dar cuenta en las redes sociales. Pero también de la puesta en escena. En tu recorrido, lo visual es muy fuerte: la música, la performance. ¿Cómo convive todo eso con la escritura?

            -Yo hubiera estudiado teatro pero por algún motivo no lo hice. Siempre me gustó el escenario y me mantuve en el escenario haciendo otra cosa que no es actuando sino haciendo poesía, música y perfo. Fue una manera de inventar un escenario propio y no ir a lo ya preestablecido sin que haya que negociarlo. El año pasado hice una diplomatura en Artes Vivas en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) para inspirarme y había muchas clases de teatro, danza, perfo, de todo. Siempre sigo haciendo lectura de poesía performática y ahora estoy volviendo a hacer música así que el escenario no lo abandoné del todo. La música siempre estuvo, ahora estoy más enfocada en hacer canciones. Yo veo todo más emparentado, pero es verdad que el tiempo literario es un tiempo más íntimo y que el encuentro con el lector es más íntimo. Cada uno lee en soledad. Es más susurrado.

            –¿Cómo funcionan los talleres en tu vida? ¿Son permanentes?

            -Sí, los talleres son muy inspiradores para escribir. Me llenan de energía. Tengo tantos años de dar taller que tengo mil recursos. Son talleres de ponerse a escribir y ver lo que surge de ahí. Hay un grupo y se nutre de lo que va pasando. Se autoalimenta. En el caso de este libro agradezco al género diario porque me senté a escribir de una manera que hacía tiempo que no escribía pero si no es por un género así escribo muy poco. No tengo una rutina, nunca la tuve. Son contextos también. Acá estoy enojadísima y no hay energía más potente que el enojo. Por suerte la pude sublimar.

Fotos: Ale Santa Cruz

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