Escribí una primera vuelta de estos párrafos en una revista literaria en Tucumán.[1] No era fácil hablar sobre el último libro de María Moreno. La sala completa la esperaba. Ella no llegó. Yo sabía que no iba a llegar. Seguramente me gustó la idea de fantasear con los organizadores: María entraría en silla de ruedas y sería una ovación. María no estaba, no había podido llegar, eso fue lo que anunciaron Sofía de la Vega, Blas Rivadeneira y Ezequiel Nacusse, los organizadores del festival internacional de literatura que le arrebatamos a los centros y nos vestimos de fiesta para aplaudirnos todos a la vez. El gesto performático de la ausencia trascendió entonces las páginas que en La merma[2] describen en detalle su cuerpo paralizado, ese al que sacó de la escena para cubrirlo de palabras escritas. “La vida da los argumentos más extravagantes” (2025: 15), escribe. María no estaba. Pero Camila Plaate se robó ese lugar. Nuestra Belén, esa noche fue nuestra María Moreno. En ese momento no conocíamos la película, tampoco adivinábamos que íbamos a querer un Oscar why not Hollywood para Tucumán. La voz temblorosa y desafiante, el cuerpo y la vocalidad ocuparon la sala entre el llanto y el aplauso tan encendido en ese acontecimiento de mutaciones y trashumancia: la militancia, la insurgencia, las mujeres, los cuerpos y los contrabandos de esos lados que necesitábamos conquistar estaban esa noche ahí, una y otra vez.
La escritura y la vida, dos dimensiones de la experiencia bio-gráfica (en términos de Derrida) que en la obra de Moreno no pueden leerse por separado. Ya lo había hecho en Blackout (2017), su autobiografía del alcohol y también lo había hecho en Oración. Carta a Vicky y otras elegías políticas (2018), al construir “en negativo” una autobiografía que justificara su no militancia guerrillera y en cambio la sostuviera en su militancia feminista, esa que se hace evidente en los 80 y de la que hoy es referente ineludible. “Por fin pertenezco a un grupo vulnerable y hablo en primera persona y no en nombre de otros” (2025: 22), dice en La merma. La condición de estar en el grupo de los damnificados a los que antes les hubiera dado voz, cambia la posición de enunciación. Ella ahora forma parte del mundo “disca” como le dice.
Un mundo que a mí también me resulta familiar, porque es el mundo de mi hijo Martin. Entiendo la experiencia de las palabras que Moreno trae: parálisis cerebral, bipedestador, retraso mental, rehabilitación, disartria, epicrisis, entre otros. Elegante y amorosamente ella nombra como “poética del síntoma” (2025:77) lo que resulta ser, en realidad, mucho más cruel y doloroso, que romántico. Entiendo esa experiencia en el cuerpo de mi hijo, un cuerpo que debo cuidar y asistir, como las enfermeras, las cuidadoras y su hijo Manuel asisten el cuerpo de Moreno. Entiendo esa poética en los informes de especialistas que afirman que mi hijo tal cosa o mi hijo tal otra. La lectura de La merma (2025) también me desafía en lo que tiene de bio-gráfico para mí, no quiero pasar eso por alto, porque no hablo desde un lugar desafectado, sino desde el corazón de esa cruda realidad que es la discapacidad a la que amablemente ahora llamamos “neurodivergencia” y a la que salvajemente vemos cómo se puede reprimir sin reparos en las puertas del Congreso de la Nación o, peor aún, cómo se le puede robar el 3% de lo que les corresponde (¡alta coimera!).
Entre las muchas escenas que Moreno va plasmando sobre el momento en el que sufre el ACV, el traslado en ambulancia, los días de internación en la terapia intensiva, los días de internación en la clínica de rehabilitación neuropsiquiátrica y el alta. Quiero detenerme en esos sueños recurrentes en los que secretamente vuelve a caminar y nadie lo percibe, describe algunos de esos sueños y remata el apartado diciendo “pero nunca soñé con que andaba en silla de ruedas” (2025:33) que es lo que sucede en la realidad, que es la tapa del libro, que son las fotos que ella misma sube en su cuenta de IG, que es lo que esperaba ver llegar el público al FILT. Y un poco para acompañar este pensamiento en el que los sueños de una persona discapacitada traen otra realidad, y también en un recurso de escritura muy morenista en el que la acumulación muestra su veracidad, es que nos trae otras figuras de la esfera pública que sufren —como ella— la imposibilidad de utilizar alguna de sus extremidades.
A ellos, los hace hablar en su nombre, invirtiendo aquella idea clásica del testimonio que la convirtió a Moreno en una letrada solidaria y sorora. En esa noche en Tucumán, el giro nos sorprendió una vez más: Camila trajo las palabras de María en voz primera. Ahora es ella la que busca solidaridad en los otros, porque, aunque nos tenga acostumbrados a la provocación y el detalle en primera persona de sus zonas más bajas y soeces, como aquella escena tan inolvidable como terrible de Blackout (2017) en la que comienza a tener una hemorragia mientras está bebiendo con sus compañeros de redacción, todos hombres (2017: 301). ¡Joder! Ha perdido la mano derecha y también la movilidad autónoma de su cuerpo. Lágrimas y sangre, ese es el padecimiento personal. La dimensión real del cuerpo y de la escritura.
En los sueños de estos discapacitados, no aparecen las prótesis ni los muñones, ni las sillas eléctricas, porque en sus autopercepciones la vida es la de la del cuerpo sano. No puedo descifrar qué pasa con la autopercepción de Moreno. Pero me arriesgo a pensar que ella puede lidiar mejor con la condición de un cuerpo mermado que con la idea de un cuerpo envejecido. “Se me había olvidado —escribe— que no era la silla lo primero que veían o no veían en mí, la invisibilidad no se debía a mi condición de “disca” sino a mi vejez” (2025:39). Y ese argumento de que la vejez es más visible que la discapacidad en Moreno, se hace real para mí con una anécdota personal. Estoy leyendo La merma (2025) mientras espero que mi hijo salga de kinesiología. En ese centro de rehabilitación vemos permanentemente niños en sillas de traslado —no le decimos silla de ruedas, ni sillas eléctricas, tampoco les decimos cochecitos—, niños con bastones canadienses o andadores. Cuando sale Martin, viene con su andar particular, su dificultad para caminar, su renguera. Le muestro la foto de tapa del libro y le digo, “mirá ella anda en silla de ruedas” y el muy tranquilo me contesta, “es que es muy vieja”.
Vejez y discapacidad son palabras duras que contrastan mucho con esa mujer de pelos largos y rubios, con camperas de cuero con la que asociamos su figura. Esa rockstar que en los 70 se desafiaba a sus compañeros de redacción con una prosa sobrecargada de metáforas y enumeraciones y un vaso de whisky siempre pronto. Esos amigos y amantes, con los que se formó y emborrachó hasta perder la conciencia, los machos del periodismo de los 70, los machos de la narrativa argentina. Habla de ellos ya en Blackout (2017) y abre con ellos La merma (2025): “Ahora todos han muerto, escribe, y de mí queda solo la mitad” (2025:12). La mitad izquierda, apunto yo. Pienso en algo más o pienso en mí misma: en esta vida con merma yo soy la traductora.
Moreno se va llamando a sí misma “machona, marimacho”, una categoría tan vetusta como incisiva, de otro tiempo, como aquellos amigos que ya no están. Anacrónica en su dicción, pero vigente en el pensamiento de Moreno cuando en el Tomo V de la Historia Feminista de la Literatura Argentina (2020) se pregunta “¿cómo traducir queer?” Y se responde, provoquemos traduciendo como “piel”, “pellejo”, “cuero”. Y aunque en ese momento ella lo está pensando en relación al cuero de otros, en La merma (2025) es casualmente su propio cuero el que está en peligro. Ella, la machona, en su cuerpo y escritura, es su propia definición de queer. Otra vez ese juego entre la bio-grafía.

Ahora bien, a medida que avanza la lectura del libro y que ella va desplegando sus argumentos nos vamos preguntando cuál es la merma. Al principio es el movimiento, no puede utilizar la mano derecha, pero aprende con la izquierda; no puede caminar, pero aprende a manejar una silla de ruedas eléctrica; no puede escribir, ha perdido y se lamenta, su enumeración barroca, pero vemos cómo en la progresión de su escritura ella va recuperando su estilo. Aquí la escritura es una marca de realidad que yo compruebo en la progresión de la escritura de mi hijo Martin que no puede agarrar bien la lapicera porque el tono de sus miembros superiores es mucho más laxo que lo normal, pero que fue capaz de mandarle por escrito un mensaje de IG a la mismísima María Moreno, para decirle que ella era la mejor de la Argentina. Cuento esta intimidad con mucha vergüenza, pero también con un poco de risa, porque siempre me sorprende constatar que un cuerpo disca puede mucho más de lo que nosotros, los normales, imaginamos. Y digo también que la salud en la escritura de Moreno es una marca de realidad en la experiencia de haber acompañado en el taller de Mandarinas bajo el sol, la recuperación de una paciente que —operada de un tumor en el cerebro— eligió rehabilitarse también en la escritura. Pude comprobar en el acompañamiento de V., como esas palabras planas, literales, sin dobles sentido, iban volviéndose profundas y metafóricas con la práctica. Como a Moreno, para V. la síntesis como procedimiento de escritura fue perdiendo su literalidad para volverse barroca a medida que recuperaba movilidad en las manos y plasticidad en su cerebro.
Lo que pareciera permanecer intacto es la lucidez de Moreno, aunque el cuerpo no responda a sus órdenes. La enfermedad habilita la ficción del propio fin. Moreno le llama “Operación” al dispositivo en el que ella, después del ACV se imagina “morir ejecutada por miembros de las organizaciones armadas de los años 70” (2025:61). Y quizás el elemento más provocador de su escritura es la zona de silencio que rodea a su hijo Manuel, su privacidad nunca violada, ese límite insondable en la vida de Moreno, que siempre la salva y que se explicita en la dedicatoria de este libro: “A mi hijo Manuel porque me salvó la vida y la sostuvo más allá de lo posible”.
¿Cómo se termina La merma (2025)? Quienes estamos al cuidado de una persona con discapacidad solemos repetir y repetirnos que un diagnóstico no es un destino. Nos emociona escuchar historias maravillosas de personas que superaron o conviven satisfactoriamente con sus adversidades y lo hacen con constancia, sacrificio, empuje y heroísmo, claro que sí. Yo todavía lloro cada vez que el Facebook me recuerda esa primera caminata de Martin en el aeropuerto de Tucumán cuando tenía 2 años y 10 meses. Pero, así como nos entusiasmamos con los avances, creo que, en todos los casos, aprendemos a convivir con los altibajos, lo inmanejable, lo disruptivo que puede ser que las cosas no salgan como las planeamos. Me pregunto en qué diseño de vida la discapacidad puede ser una posibilidad y me arriesgo a pensar que en ninguno. Y pienso una vez más en ese sistema de prestar la voz, del acontecimiento de una noche y de la traducción del mundo que hago entre la crítica y mi modo material de maternar.
Pero entonces ¿es posible cerrar un libro cuya última palabra aún no está escrita? Creo que no y entonces aplaudo la lucidez de María Moreno, nuestra rockstar disca, la que nos quedamos esperando en Tucumán. La que escuchamos en la voz de Camila. Porque al no poder escribir las palabras del final, lo que hace es agarrar la silla eléctrica y salir a la calle para refregarnos en la cara su cuero queer, su cuerpo discapacitado, su ser marimacho. Hay algo en eso de la literatura que lo puede todo. Un bucle extraño para pensar la discapacidad desde ese lado en el que vamos de la mano imaginando la canción de la esperanza.
[1] https://lapapa.online/nuestra-rockstar-disca/
[2] Moreno, M. (2025): La merma, Random House, Buenos Aires.
