Única y salvaje vida

LECTURAS Sobre las cosas fáciles de comprender y las cosas que no se pueden saber, a partir de un poema de Mary Oliver y los nuevos libros de Yamila Bêgné y Olivia Gallo.

Cada vez estoy más convencida de que ser una chica de treinta y pico de años en esta ciudad y todavía no haberse vuelto totalmente loca de remate es un logro que se construye un poco por esfuerzo y un poco por milagro. Sobre todo, por milagro.

            Vamos como esquiadoras diminutas con nuestros trajes fluorescentes subiendo y enfrentando un cerro imbatible, nevado e infinito. Empecinadas en llegar, entrecerramos los ojos cuando hay tormenta; a veces tenemos que parar. Vemos cómo algunas desisten en el camino y miramos de reojo a otras que nos superan ampliamente en velocidad y destreza. Aunque creo que, en esta carrera, en el fondo todas sospechamos (casi que estamos del todo seguras) de que no existe tal meta. ¿Cuál es, en todo caso, esa meta? ¿Adónde estamos yendo? ¿Qué significa, si es que hay algo parecido, el éxito final?

            Mary Oliver, la poeta de Ohio que etiquetaron como “la autora de una poesía demasiado fácil de comprender”, tiene un poema hermoso al cual a veces vuelvo como quien vuelve a su cama de la infancia y duerme una siesta con el sueño pesado que alcanza un nene después de jornada completa. Se llama “El día de verano” y empieza así:  

            ¿Quién creó al mundo?

            ¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?

            ¿Quién dio forma al saltamontes?

            Me refiero a este saltamontes,

            el que acaba de saltar en la hierba,

            el que ahora come azúcar de mi mano (…)

Mary Oliver

            La voz del poema se hace la pregunta más existencialista que puede hacerse una voz (¿quién creó el mundo?) pero lo hace con un gesto que enfoca hacia lo más pequeño: observando a un saltamontes. Unos versos después, enumera los dones que tiene aquella voz:

            Yo no sé con certeza lo que es una oración.

            Sin embargo, sé prestar atención

            y sé cómo caer sobre la hierba,

            cómo arrodillarme en la hierba,

            cómo ser bendita y perezosa,

            cómo andar por el campo,

            qué es lo que llevo haciendo todo el día. (…)

            Leo que en el año 2050 desde la Tierra no se van a ver más las estrellas. Lo asegura la protagonista de La música de las esferas, novela que publicó este año Yamila Bêgné, bajo el sello Omnívora Editora. ¿Cómo que no vamos a poder ver más la luz de las estrellas?

            Jazmín, la protagonista, lo dice en la primera carilla, así como quien no quiere la cosa. Es 2025, 20 de junio, 23.42 h: la hora del solsticio de invierno. Y durante esa noche, Jazmín recuperará lo que es suyo. En la Buenos Aires nocturna, donde aún sí se ven las estrellas, los planetas y los satélites, la obsesión astronómica de la protagonista nos abre el cielo y nos hace conocer a Eris y Disnomia: un casi planeta y su luna.

            A lo largo de la novela, confirmamos que compartir las obsesiones a veces es peligroso, que hay personas que nos las roban y las creen suyas; que hay un sistema al cual no le importa tanto de dónde vienen esas ideas, y que ese mismo sistema prefiere creer que se le ocurrieron primero a un hombre. No se comparten los conocimientos con cualquiera: tristemente, hay que tener cuidado. Jazmín compartió su estudio sobre ese planeta enano y su luna, y un hombre, al principio encantador, luego un cubo de hielo, se lo robó. En la noche más larga del año, en una ciudad por momentos casi lisérgica, la protagonista avanza hasta recuperar su obsesión, sus conocimientos. Sus papeles: sus dones.

            El poema de Mary sigue y termina:

            Dime, ¿qué más debería haber hecho?

            ¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?

            Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?

            La voz va desde el saltamontes, luego hasta sí misma y por último se dirige, como una flecha a toda velocidad, directo a quien está leyendo el poema: ¿qué estás haciendo? ¿qué más deberías estar haciendo, aparte de ser bendita y perezosa, y de saber cómo caer ágilmente en la hierba?

            Las mujeres que parecieran no tener tan claro qué hacer con sus únicas, salvajes y preciosas vidas son las que aparecen en los cuentos del último libro de Olivia Gallo, Hermosos caminos planos (2026, Editorial Blatt & Ríos). En el cuento “Transparente es un color”, una odontóloga bastante infeliz le escribe a una mujer que se llama igual que ella y no conoce: sólo sabe de su existencia por una red social. Se imagina cómo es la vida de su homónima, seguramente mejor que la de ella. Le cuenta su historia, sus desamores, su desazón.

            En “La flecha”, una ex competidora de arco y flecha vive encerrada en el departamento de su novio. No sale, el hombre con quien convive dice que no es necesario. Hasta que de repente, la protagonista empieza a correr. Primero por la cocina, después por el living, sale a la calle y no puede dejar de correr: “no sé a dónde voy pero por qué habría de saberlo”. En “El mes bueno de un mal año”, dos mujeres apenas acarician su deseo, lo rozan con la punta de los dedos para después alejarse, consumidas por la narrativa general: lo que hay que ser, el statu quo del hoy.

            Los cuentos de Gallo me dejaron con una sensación bastante parecida a la incomodidad. Me hicieron pensar sobre el sentido de las cosas, sobre qué buscan estas mujeres en esta ciudad donde no sé si alguien sabe muy bien a dónde está yendo, silencian sus deseos, viven de los otros, callan y siguen. A veces más conscientes, otras más en piloto automático. Me hicieron pensar también en si es cierto que estamos yendo a algún lado, o si simplemente la vida es dar vueltas en círculos hasta que algo en esa línea se quiebra, dejándonos en pampa y la vía por un lado, pero expuestas a un abismo que puede llegar a ser algo nuevo.

            Otra noticia por estos días sobre el futuro no muy lejano me deja rumeando, pero esta vez no la leo en una novela, sino que está en todos lados: los ingenieros que renuncian en Anthropic deciden dedicarse a “trabajar por fuera de la industria para crear conciencia pública sobre los riesgos que representan las inteligencias artificiales”. Hay una expresión que dijo uno que me paraliza: “vi el abismo”. ¿Se hace algo con eso?

            Otro ingeniero renunció y se fue a vivir al bosque a escribir poesía. Al final, pareciera que “la poeta que escribía demasiado fácil” lo supo desde el principio. No hay mucho más para hacer con nuestras únicas, preciosas y salvajes vidas: aprender a tirarse en la hierba. Observar un oso, un cisne y como dijo Oliver en otro poema: “sólo tienes que dejar que ese delicado animal que es tu cuerpo ame lo que ama”. Amar lo que una ama, abrazarlo y amigarse con eso, aunque a veces no sea más que contemplar un planeta enano, soltar con fuerza una flecha, correr sin un destino claro.

Píxel / Revista Zoom

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