Silvana Rabinovich (Rosario, 1965) es Maestra en Filosofía por la Universidad Hebrea de Jerusalén y profesora e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde vive. En el último viaje al país, en julio, presentó en Buenos Aires y en Rosario su libro La Biblia y el dron. Sobre usos y abusos de figuras bíblicas en el discurso político de Israel y el documental La Gran Palestina, del cineasta mexicano Rafael Rangel. La exhibición de la película en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) fue tachada de acto terrorista por el gobierno nacional y abrió un nuevo capítulo en la caza de brujas denunciada el 26 de junio por organismos de derechos humanos contra quienes critican el genocidio en Gaza.
-El rector de la UNR y presidente del Consejo Interuniversitario Nacional, Franco Bartolacci, pidió disculpas a la comunidad judía por la proyección de La Gran Palestina y anunció acciones jurídicas contra los responsables. ¿Qué implica esa intervención para la universidad pública?
-Pensé que el rector lo iba a aprovechar para otra cosa. Tiene aspiraciones políticas, podía hacerse ver como alguien que entiende la libertad como debe ser. Pero respondió más allá de lo que esperaban. Se asustó, me parece. Nadie le reclamó que pidiera perdón a la comunidad judía… Dos judíos presentamos la película. En una universidad, donde hay libertad de cátedra y libertad de expresión, ¿hay que pedir permiso para una actividad? El don de la película es mostrar aquello que no se permite ver, es romper un cerco mediático. ¿La Universidad no está para eso? ¿Cuándo la están haciendo pedazos desde arriba, como está planeado y como lo dicen? La motosierra quedó corta como metáfora. La película está hecha con videos y fotografías de palestinos, lo que no llega en las redes sociales ni, por supuesto, en los medios. No haber entendido que el deber de la Universidad es dar una palabra, la parresía de Michel Foucault, me parece grave. Y discutir si hay o no hay genocidio en Gaza es inmoral.
-La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, el Servicio de Paz y Justicia, Hijos Capital, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Llamamiento Argentino Judío y la Federación de Entidades Culturales Judías denunciaron a la DAIA por presentar los cuestionamientos al gobierno de Netanyahu como expresiones de antisemitismo. ¿Cómo analizás esa cuestión?
-El problema empieza antes. En 2020 Alberto Fernández adoptó la definición de antisemitismo de la IHRA (siglas en inglés de la Alianza Internacional para la Recordación del Holocausto), un error craso. Es una definición muy restringida, judeocéntrica: semita sería solamente el judío y antisemita el judeófobo y no entra la islamofobia o la arabofobia, que también son partes del antisemitismo. Además, los ejemplos que da asimilan la crítica al Estado de Israel con el antisemitismo. Fue muy claro que esa definición iba a tener el cauce judicializable que se ve por ejemplo en el caso de Vanina Biasi. Estudié este expediente y concluí que fue la crónica de la creación de un chivo expiatorio. Aquellos que la acusaron le fueron poniendo las trampas para ir llevándola a afirmaciones que ella no hizo y que hacían ellos. En todo caso habría que imputar de antisemitismo a los acusadores, pero al juez Daniel Rafecas no le interesó mi análisis.
-¿Cómo ves la posición de los intelectuales y académicos argentinos ante Gaza?
-En la academia hay gente que no acepta el genocidio, que no lo defendería, pero no hablan porque dicen que tienen familia en Israel o cosas que no pueden perder. No voy a juzgar a nadie. En 2008, cuando fue la Operación Plomo Fundido, me dije “ya basta”. Venía de traducir los textos políticos de Martin Buber, donde él, estando dentro del sionismo, dice que es un error fundamental la idea del Estado Judío. Entonces escuchaba a muchos intelectuales argentinos, gente que se toma muy en serio a sí misma, decir “no en mi nombre”. Pero, ¿a quién le importa mi nombre? Lo que hay que hacer es detener la masacre. Hay gente que no habla porque no está dispuesta a perder cosas, es el pánico moral del que habla Ilan Pappé. Cuando es el afecto, lo respeto más; cuando es el privilegio, el prestigio, las publicaciones, me tiene sin cuidado. El otro pánico moral se vio cuando dimos La Gran Palestina en Rosario: es la gente que ante algo que desestructura todo el saber no soportan el vacío ni el silencio y lo llenan con una serie de certezas que son fruto del pánico, como el silencio de los otros. La disputa por quién sabe más o es más altisonante en su discurso contribuye a que no se puede tocar esto para lo que no nos alcanzan las palabras.
-¿Qué perspectivas ves en la conciencia pública sobre el genocidio?
-No podemos siquiera pensar después de Gaza. No hay un después, no solo porque siguen matando y porque matan todos los días: Ben Gvir y compañía se preparan para la entrada triunfal. ¿Pensar que Gaza haya pasado qué quiere decir, que terminaron la tarea? ¿O que fueron suficientes tres años para masacrar una población y destruir todo registro de su vida, de sus formas culturales, sociales, religiosas? Nunca vamos a ser los mismos. Somos cómplices, nos chorrean las manos de sangre. Habrá quienes serán juzgados, pero todos somos responsables. Por eso “no en mi nombre” no alcanza. Ya en 2008 Yoav Gallant (Ministro de Defensa de Israel entre 2022 y 2024) se ufanaba de haber logrado el cálculo 1 a 100: por cada israelí cien palestinos. Ese hombre es el que el 7 de octubre de 2023 dijo que los palestinos no iban a tener agua, alimentos ni electricidad, que los iban a tratar como animales humanos. El genocidio se venía gestando, no fue que unos seres satánicos decidieron matar ese día a unos jóvenes que estaban de fiesta, como pretenden que pensemos.
-¿El trauma del Holocausto funciona para que haya consenso en la sociedad israelí acerca del genocidio en Gaza?
-Por supuesto, es completamente funcional. Desde 1960, cuando secuestran a Eichmann, el Holocausto pasa a ser religión de Estado, religión civil. Los sobrevivientes del Holocausto eran gente despreciable para los fundadores del sionismo, después les parecieron gente rentable. A fines de los años 50 los judíos del norte de África y los países árabes estaban muy en contra del gobierno laborista de Ben Gurion, que entonces echó mano al secuestro de Eichmann y logró un respiro de una década. El Holocausto pasó a ser lo que cohesionó a la sociedad israelí. Hoy cuando los chicos terminan la escuela van a lo que se llama Marcha de la vida, una visita a Auschwitz donde presencian una exhibición de aviones de guerra. La relación directa del Holocausto y el traslado a Palestina no se sostiene de ninguna manera pero se instituyó en la escolarización de los israelíes. El militarismo está desde la infancia temprana en la educación israelí y se refuerza con el libro de Josué, el de la conquista de la tierra. En esa lectura la Biblia tiene lugar de título de propiedad sobre la tierra, cuando en realidad, si enseña algo, es a devolver la tierra cada 50 años, porque solo a Dios pertenece. Pero no se puede cuestionar al Estado de Israel, cuando dentro del sionismo el mismo Buber dijo que era un error fundamental.
-La ultraderecha asume hoy esa causa. ¿Por qué?
-Los gobiernos más antisemitas son sionistas. Separar al judaísmo del sionismo es el primer paso para entender el proyecto actual, aunque tomen la Biblia y les pongan nombres bíblicos a las armas y a las operaciones militares. El sionismo es profundamente antijudío. Por eso la ultraderecha lo ve con tan buenos ojos. Milei dijo algo con la que estaría de acuerdo si invirtiera el orden: ‘la moral judeocristiana está en la base del capitalismo’. Pero yo diría que es al revés, el capitalismo está en la base de esa pretendida moral judeocristiana. El judeocristianismo tiene por motivo expulsar al Islam de su cercanía con el judaísmo. Esto vino bien con la deriva actual, una teología política colonial que proviene del sionismo cristiano. El sionismo pretendidamente judío, que para mí no tiene nada de judío, se monta en ese lugar.
-¿Cómo entender, finalmente, la relación entre sionismo y judaísmo?
-El sionismo es contrario al judaísmo. En el judaísmo Dios es el único soberano. No puede haber una entidad que le dispute a Dios la soberanía, y el Estado es eso. Hablar de un Estado judío, como hace a fines del siglo XIX Theodor Herzl, el padre del sionismo político, es de una ignorancia muy grande del judaísmo. El antisemitismo europeo no tiene lugar entonces para los judíos. No es solamente contra los judíos, es también contra los musulmanes. La izquierda suele decir que los verdaderos semitas no son los judíos sino los palestinos, pero esas categorías son antisemitas de base: si vamos al nacional-esencialismo nos subimos al caballo del enemigo. Herzl tenía claro en los inicios del sionismo que él iba a dejar contentos a los antisemitas de Europa porque iba a sacar a los judíos de Europa.
