Hace poco leí la última columna de Grimanesa Lázaro en La Agenda. Me encantó lo que planteaba: en el Festival Internacional de Literatura de Tucumán había escuchado a una poeta jujeña decir que no podía escribir sobre lo más típico de su provincia como ser las llamas (hablamos de los animales andinos, por supuesto). Quizás para quienes son de Buenos Aires esto les sonará raro, pero los escritores de provincia estamos todo el tiempo pensando cómo ser particulares y no un cúmulo de etiquetas regionales puestas desde afuera. En el noroeste argentino estamos pegados al folclore, a la tierra, a los lapachos, a la luna, a todo un imaginario ancestral (y precioso) al cual parecemos y, por mucho tiempo, estuvimos obligados a representar. Ocupar un lugar en el campo literario argentino siendo de provincia era sinónimo de hablar de “tus temas”.
A Grimanesa le inquietó la declaración tan decidida de la poeta jujeña. ¿Al fin y al cabo, por qué en el siglo XXI un escritor provinciano no puede escribir sobre lo que ve todos los días o al menos de lo que más conoce? A lo largo del ensayo pone en tensión los términos regionalistas, el interior y los dichos de otros escritores sobre este tema. Yo quedé un poco angustiada y pensé en el carácter de silenciamiento doble autoimpuesto a los provincianos: por un lado, el supuesto mal gusto de escribir sobre lo que uno más conoce y la sumisión que supuestamente conlleva hacer aparecer nuestro folclore y, por otro, la corriente “anti apropiación cultural” que no permite a otros escribir sobre lo que uno no vivió, es decir, por ejemplo, una mujer de una gran ciudad no podría escribir la vida de un pescador en un pueblo de 200 habitantes. Me preocupa que estos mandatos, por un lado y por el otro, generen una forma de censura, un achicamiento en las formas de contar un lugar.
Vuelvo al texto de Grimanesa que cierra con esta frase: “hace falta una nueva generación de escritores de provincia que, cuando la llama los llame, pueda escribir sobre ella sin preguntarse primero si está cumpliendo o traicionando un papel asignado”. La obra de Lázaro atiende a esta idea de sacarse los prejuicios, de avanzar a un fluir provinciano, de libertad en el uso de los materiales que conoció y tiene a mano. No tiene vergüenza de escribir los nombres propios de los lugares cuando escribe.
Grimanesa nació en Tartagal, Salta, estudió Medicina en Tucumán (¡Y también un poco de Letras, donde la conocí!), ahora ejerce de neuróloga en Buenos Aires y publicó tres libros de narrativa con Blatt & Ríos. Los leí todos —Niña y basurero (2021), El cuerpo de Viviana (2024) y, el último que salió en agosto, Me dijeron que se llama Tadeo (2026)—. Los tres contienen una mixtura propia de los universos que recorrió Grimanesa y, también, los tres tienen una forma única, incómoda, quizás, para los lectores más tradicionales: son cuentos largos, novelas cortas, a su vez en un mismo libro puede haber textos de diversas dimensiones. Me divierte esa “desprolijidad”. Pienso que Lázaro escribe con el ímpetu que le pide su mano y no que busca llegar a una forma.
En Me dijeron que se llama Tadeo repite esta estructura. Son cuatro cuentos: “Casaquinta”, “Cenizas”, “El mandado” y “Tadeo”. Esta vez el libro es un “sanguchito” porque los textos del comienzo y del final tienen casi cien páginas cada uno, mientras que los dos del medio no llegan a veinte páginas juntos. Este formato genera el peligro de que los textos del medio pasen un poco desapercibidos, pero también es interesante leerlos como los caminos que nos llevan a otro lugar de los textos.
En la contratapa, los editores escribieron “este libro será una vuelta de tuerca a su narrativa anterior”. No sé si comparto esa lectura, porque tampoco creo que Lázaro haya modificado por completo sus búsquedas; es más, creo que mayormente las continúa, cosa que me alegra mucho. Me dijeron que se llama Tadeo me permitió volver a los suburbios, a la clase media baja, a lo familiar, a las enfermedades, a la indiferencia que ayuda a vivir. Supongo que la vuelta de tuerca de la que hablan se refiere principalmente a dos factores: por un lado, los cuentos también pasan en Buenos Aires (antes se concentraban solo en el Norte argentino) y, por otro, se agrega, por momentos, una variante fantástica. Esto último sí es una novedad significativa, ya que los libros anteriores se caracterizaban por ser bastante realistas, tanto por las tramas como por la manera de contarlas.
“Casaquinta” es un ejemplo de este cambio a lo fantástico: los fantasmas aparecen en el relato sin aviso, sin generar terror. Son personajes con acciones y pensamientos concretos. El narrador y protagonista, un hombre jubilado, se compra un campo en Tucumán. Esta decisión está movilizada por la mudanza de su mujer a España para estar cerca de su hijo que emigró allí. Ya instalado, conoce a los vecinos, Pascal y su familia, quienes van a ser los que ayuden al protagonista en su nueva vida.
Hay algo en este punto de partida que me llamó mucho la atención: aunque la familia sea tucumana y eso suponga cierto conservadurismo, las relaciones no se dejan llevar por eso; una pareja de mayores se separa para seguir su deseo, ninguno declina ante el otro. También, volviendo al inicio, Grimanesa plantea una nueva forma de escribir sobre la provincia y despliega una multiplicidad de capas, entre lo moderno, lo viejo, entre lo rural y lo urbano. La provincia no es solamente un campo lleno de basura, es también tener un hijo en España.
Lo que va a cambiar la vida del hombre realmente es el encuentro con una avioneta con tres cuerpos al lado de un altar de San La Muerte en su terreno. Los cuerpos son los fantasmas, pero no son oscuros, sino que, aunque un poco molestos, generan relaciones especiales con el hombre: Benja, el niño, es el que más lo acompaña y lo hace reflexionar sobre su propia paternidad, después está la mujer que aparentemente espera un amor que nunca se le dio, y el piloto, el más taciturno de los tres. Habitar ese nuevo territorio, un monte peligroso, no es lo que parece.
“Cenizas” es otro cuento que continúa la lógica fantástica, también es uno de los cortitos. Aquí los espacios comunes de Lázaro están invertidos: la acción transcurre en la casa de los Britos en Buenos Aires mientras se espera la visita de Sofía, la única hija, que se fue a estudiar geología a Tucumán. El cuento se va a centrar en los preparativos que debe asumir la pareja para recibir a su hija y una amiga misteriosa.
El segundo breve es “El mandado”, que pasa al realismo y a una zona totalmente urbana, pareciera ser algún lugar del Conurbano. La historia vacila entre el trabajo de entregas que debe cumplir la narradora-protagonista y la agonía que está padeciendo Pimienta, su perico. Otra vez, Grimanesa elige personajes con oficios de clase media baja, personajes con trabajos sencillos que les permiten alimentarse y pagar las cuentas. Hay que buscarse la vida para sobrevivir. Eso en mayor o menor medida aparece en toda su obra.

“Tadeo”, el último cuento que también alude al título del libro, tiene como narradora a una mujer joven que sigue las vidas de su tía, su prima y, después, de su sobrino. A diferencia de los anteriores, no hay una coincidencia entre el protagonista y el narrador. Lo cual, por momentos, genera una extrañeza porque la narradora narra situaciones de la que ella no es parte, como un narrador omnisciente. La familia protagonista está un poco deshecha: una mujer viuda, su hija esquizofrénica y su nieto superdotado. Se percibe que Grimanesa aprovecha no solo sus conocimientos médicos, sino también su experiencia de tratar con las personalidades más singulares para crear personajes muy únicos. Podríamos decir que en este cuento Grimanesa vuelve a su realismo clásico porque la vida de los personajes es tan cruel e ilógica como sabemos que es la realidad. Tadeo, el niño superdotado, crece y tiene un vínculo especial con la narradora. El cuento avanza y, sobre todo, Tadeo también. Una persona casi con superpoderes en el contexto menos favorable. La pregunta que hay dentro del relato es qué hacer con esa “descolocación”, sobre todo cuando se está rodeado de personas que aceptan con resignación lo que les toca, incluso lo que es especial.
Grimanesa usa sus mundos narrativos como esos juegos para niños de bloques de construcción: mezcla los colores, cambia los formatos, pero siempre usando el mismo material, que también tiene una misma forma de encastre. No le preocupa que en su materia prima haya algo de eso que llaman “costumbrismo”, y por eso mismo, como Tadeo, nos descoloca.
Imagen de portada:
Paisaje tucumano, de Gabriel Chaile.
Píxel / Revista Zoom
