En el principio hay una muchacha que va por un libro rumbo a la aventura. Por lo que cuenta, pronto se sabe que ha renunciado a su trabajo de oficina en la ciudad, que se ha puesto en marcha sin avisar ni a su madre y que rumbea por un camino de tierra hacia un pueblito en el que no ha estado nunca. En el almacén del pueblo, sin embargo, han recibido las cartas que a lo largo de tres años le escribió a Virginia Mountweazel, la autora de ese libro. Es el único que escribió, de joven, ya hace muchos años, unos diarios en los que narra su quehacer: Mountweazel signa la aventura. “Sobrevoló el mundo entero en misiones de reconocimiento fotográfico y escribió esos cuadernos después, una de las obras maestras del siglo según elogios unánimes que no saben bien a dónde ir a parar, porque nadie la trató en persona”, cuenta nuestra narradora, que va al encuentro de su heroína. Entiende, maomeno, según la última carta que recibió, que está habilitada para visitarla en una isla sin nombre, que ni figura en los mapas: lleva añares viviendo sola, una ermitaña en medio del río que corre a orillas del pueblo. Así que ahí va la lectora, a cruzar su Rubicón, con el ejemplar original plagado de subrayados y diez hojas de preguntas y anotaciones: “Leí sus diarios treinta y nueve veces”, le dirá, cuando se encuentren.
Son algunas de las coordenadas iniciales de La vida privada (Seix Barral), primera y fabulosa novela de la escritora, poeta y periodista Valeria Tentoni, que nació en Bahía Blanca en 1985 y vive desde hace más de veinte años en Buenos Aires, donde se recibió de abogada para nunca jamás ejercer, porque mucho antes de recibir el título supo que lo suyo era más bien escribir: “Vos nunca vas a ser mediocre, chancha ridiculísima”, le dijo alguna vez Alberto Laiseca, con quien hizo un taller ya en 2008. “Cuando todavía yo no era tan miope”, dice ahora Tentoni en el Mar Azul, el bar de Tucumán y Rodríguez Peña, con el tránsito de un viernes por la tarde que amenaza con meterse por las ventanas. “Mientras lo escribía me rondaba una pregunta: ¿quién tiene más poder sobre un libro, quien lo escribe o quien lo lee?”, apunta Tentoni. Es que La vida privada trabaja con esa expectativa, el tironeo entre la fascinación de la lectora por conocer a la autora de aquel libro fundamental en su vida, y la voluntad de Mountweazel de aislarse del mundo, sin interés por encontrarse con nadie ni por escribir, porque lo único que escribe son las respuestas a las cartas que recibe. “Pensé que era una buena oportunidad para trabajar con un personaje lector puro, que no escribe ni tiene pretensiones de escribir, y ver hasta dónde me podía llevar esa figura –dice Tentoni–. Y no es que resuelvo esa incógnita, pero trato de llevarla al extremo, en un arco que puede ir desde el absurdo hasta el terror, con alguien que se desquicia a partir de una lectura”.

“La primera idea para este libro apareció en 2016, tras una entrevista al músico Daniel Melero en la que se refirió a los orígenes de la cartografía a partir de su disco Atlas”, anota Tentoni en la lista de agradecimientos. Supo, entonces, que los cartógrafos a veces colocaban en sus mapas alguna isla inexistente, un indicio para detectar si otros cartógrafos copiaban estos mapas originales o si habían hecho realmente los relevamientos. “Y luego di con el personaje de Virginia Mountweazel, que yo desconocía –dice Tentoni–. Que proviene del mundo de las enciclopedias, una trampa de copyright que se usó en los años 70. Se trata de insertar adrede un error para hacer patente el robo o el hurto. Eso viene de los primeros cartógrafos, que se habían inventado ríos, islas, montañas. Y fue lo que me contó Melero en una entrevista en la que hablamos también mucho de Borges. Eso es lo que tiene el periodismo cultural, que es un oficio en el que a partir de una entrevista te quedan ideas que sirven. Me parece que quienes lo ejercemos somos en general personas curiosas, que disfrutamos del arte. Hay muchísimas cosas que pagan mejor, pero yo lo hago entre otras cosas para aprender. Y de hecho me da de comer”.
Tentoni edita desde hace diez años el blog de la editorial Eterna Cadencia, en donde también hace un pódcast de entrevistas a escritores. Entre los poemarios que escribió están Piedras preciosas y Emociones lentas; sus volúmenes de cuentos se llaman El sistema del silencio y Furia diamante; también publicó libros ilustrados (Viaje al fondo del río, ¡Quién iba a decir!) y el ensayo El color favorito. En el adn de La vida privada hay también un cuento en el que ya aparecía Virginia Mountweazel; cuando el escritor Federico Falco lo leyó le sugirió que esa era una historia que podía seguir desarrollándose. “En el libro además está el lado milagroso de la pandemia, que nos dio tiempo y silencio, y a la vez abrió espacio para la imaginación –dice Tentoni–. Muchas personas lo pasaron muy mal, y yo también, pero a la vez ahí leí muchísimo, muy tranquila, y también escribí como nunca. Salí de la pandemia prometiéndome que nunca iba a dejar ese ritmo para concentrarme en escribir, pero la economía es otra y no tengo posibilidad de vivir así. Quizás en otro momento, pero ahora no”.
“Yo quería escribir una novela que anduviera entre la iniciación y la aventura, para caracterizarla grosso modo –dice Tentoni–. Y la verdad es que me divertí mucho imaginando el escenario, los personajes, los principales y los secundarios, su caracterización. En las entrevistas, los escritores suelen hablarme de los personajes que viven en su cabeza, y yo la verdad es que un poco desconfiaba de esa idea. Pero efectivamente hay algo como de convivencia con una identidad de orden imaginario que por momentos se impone en tu voluntad: para mí fue un disfrute ir conociendo a los personajes por sus acciones, mientras los escribía. La protagonista hace cosas que me sorprendieron, eh, cosas que estuve tentada de borrar y dije ‘a esto lo dejo’, peripecias a las que se arroja permanentemente”.
Hay elementos que prefirió dejar libradas a la imaginación: no sabemos el nombre de la narradora y tampoco cuál es el lugar específico en el que se desarrolla la historia (el río es marrón, la isla es selvática, ¿el litoral?). No hay referencias temporales, aunque Tentoni la imagina en los 70, comienzos de los 80, pre internet y fiebre tecnológica. “Por lo general intento escribir sin anclar mucho a época ni a territorio, y no sé por qué me incomoda tanto –dice Tentoni–. Hay escritores que lo hacen súper bien: el poeta Sergio Raimondi, por ejemplo, que trabaja específicamente la geografía del puerto de Bahía Blanca, con el imaginario portuario y nombres científicos muy claros, produce una obra que se lee en Alemania. A mí eso no me sale; prefiero que esté todo como flotando en un universo paralelo, que por supuesto se informa de la realidad; sé en qué isla se inspira la de este libro, también la biblioteca que inspiró su escenografía en la novela. Pero son y no son. Una vez entrevisté a Anthony Browne, que es un genio, y le pregunté por qué ilustraba con monitos; y me dijo algo que me quedó picando: quería que todos los niños y las niñas que lo leían se pudiesen identificar con los personajes. Me pareció muy astuto: si hacía un niño negro, o caucásico, el lector podía sentir que hablaba de otras personas. En la novela yo quería que la primera persona que narra estuviese muy pegada a quien leyese, y sacarle el nombre me permitía dar un pasito más en pos de esa cercanía”.
La alusión a la biblioteca permite enfocar en los personajes secundarios: ahí está Merino, el bibliotecario que le habilitó un mundo, el que le pasó el libro, que cada tanto se le aparece en la isla, le habla en su cabeza; y Ottis, el lanchero, que la lleva y la trae entre orillas: “Usted se preocupa mucho por las palabras. Con razón es amiga de la gringa. Siempre pidiendo nombres, que cómo se llama tal pájaro, que cómo se llama tal bicho… A las cosas hay que dejarlas en paz”. Y sin embargo los encuentros entre las dos protagonistas son siempre tensos: la distancia entre lo que imagina y encuentra la muchacha, las ganas de seguir ermitaña de Mountweazel, que dice: “En realidad, escribí una sola vez. Si quiere que le sea sincera, y ya que es una persona tan determinada a sacarme respuestas, le dirá que no me sentí cómoda hablándole a los aires. Con las cartas, en cambio, me siento más a gusto”.

Los bocinazos, los escapes de los colectivos y las motos, las puteadas de los conductores invitan, enfáticos y convincentes, a partir hacia la isla de Mountweazel. En el Mar Azul hay una biblioteca para los parroquianos, de la que Tentoni ha elegido Los siete platos de arroz con leche, las causeries que Lucio V. Mansilla publicaba en el diario Sud-América hacia 1888. Durante la pandemia, dice, leyó fascinada El Quijote y El corazón de las tinieblas, y piensa que esos libros también tienen que ver con las sustancias que conforman el suyo. “Cuando escribo me gusta profundizar sobre algunas preguntas, sin cerrarlas del todo; el interrogante acerca de la admiración me súper interesa, es una energía muy vincular y particular entre dos seres humanos –dice Tentoni–. Qué mira del otro, qué intenta capturar, cómo vampirizar algo de otro modo de vivir, y cómo eso intoxica la propia vida, en el buen y en el mal sentido. La obra de arte es una búsqueda muy romántica, muy antigua, muy anacrónica, pero yo creo en el fondo, profundamente, que el arte puede cambiarte la vida. No tengo ninguna intención de entrar en la indolencia de repetir que el arte es un divertimento o un decorado en la vida de las personas. Y ahí sí me identifico con la narradora, porque hay libros que a mí me han cambiado la manera de pensar, ensayistas que han modificado el modo en el que entiendo la civilidad, como Vigilar y castigar, de Foucault. Yo no soy la misma persona después de haber leído Bartleby: ese cuentito de Melville cambió por completo mi cosmovisión, mi modo de discutir con la realidad. Y tampoco es una exageración pensar que una obra de arte te puede enloquecer, correrte de tu normalidad. Porque, de hecho, las obras de arte vienen a eso, a ponerte un signo de pregunta a tu normalidad: ¿esta normalidad, esta vida que tenés, es lo que te gusta? ¿De verdad es lo que querés hacer con tus veinticuatro minutos de vida en el planeta?”
Imagen de portada: Valeria Tentoni. Foto: Alejandro Santa Cruz
Píxel / Revista Zoom
