¿Por qué hay inflación?

Cambian los términos, las teorías o pseudoteorías son bautizadas y rebautizadas, los eufemismos se apoderan del pensamiento, y un inabarcable tráfico de información mezcla horizontalmente a auténticos y falsos pensadores, quienes se citan unos a otros en una verdadera pandemia autoreferencial.
Es saludable desconfiar: determinados innovadores no son sino consultores de empresas, gente que dice lo que otros quieren escuchar, especialistas en manipulación.

Los avances tecnológicos son tomados como descubrimientos asombrosos e inesperados. Las invenciones de Watt no son sino mejoras de descubrimientos anteriores, y éstos de otros todavía anteriores, sin los cuales Watt sólo hubiera pasado a la historia como un industrial del montón.

Con las teorías económicas sucede algo parecido.

El monetarismo pasa por un descubrimiento maravilloso, cuando no es más que la adecuación a lenguaje actual de las teorías de Hume, Quesnay y Mirabeau, siglo XVIII.
Para los monetaristas, la inflación es un mal que se soluciona “apagando” la economía y cuyo origen está en la cantidad de dinero en circulación: hay que bajar el gasto público, subir las tasas de interés y devaluar la moneda nacional frente a otras consideradas dominantes, convirtiéndola, para quienes la poseen en el mercado interno, en un bien caro y escaso.

Es la teoría de moda desde los 80, porque es funcional al poder económico mundial y no porque Friedman, el Broda del siglo XX, haya descubierto la pólvora.
Friedman se atrevió a muchos excesos.

Uno de ellos, repetir la idea de “sociedad civil”, citada hasta el hartazgo por imbéciles de distinta laya como si la sola repetición fuera capaz de crearla. Si la sociedad es una asociación, y la sociedad civil es un continuo atómico y anárquico de entidades que representan a algunos, a pocos o a nadie, la sociedad civil no existe, o existen infinitas e inabarcables sociedades civiles pero nunca “la sociedad civil”.
Según otros, la inflación es un problema más complejo, de esos que no pueden abarcar los contadores.

Tenía mucha razón el recientemente fallecido John K. Galbraith cuando declaró que el mérito de los monetaristas (la sociedad Mont Pellerin) fue ubicar a sus mentores en las más afamadas universidades del mundo y en los medios de comunicación, fenómeno que provocó que todo el mundo terminara hablando al mismo tiempo de lo mismo, y que no hubiera otra salida que la teoría monetaria.

Fue cuando Cavallo cayó del cielo.

En la Argentina, la inflación no puede explicarse por la expansión del circulante, ni por el encaje bancario, sino por el aumento de precios, provocado por unos grupos económicos que con la devaluación-pesificación hicieron un “colchón” de ganancias no equiparable al de ningún país desarrollado.

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