PASIONES IRLANDESAS

Breves retratos de algunos irlandeses e irlandesas, que vivieron e incidieron política y culturalmente de manera apasionada por estas latitudes sureñas.

CAMPBELL 

Los primeros irlandeses en llegar a las costas del Río de la Plata lo hicieron como soldados u oficiales del ejército inglés, derrotado en las fallidas invasiones de 1806 y 1807. Algunos fueron hechos prisioneros y otros desertaron antes de la reconquista y se integraron a la vida del territorio invadido, principalmente en tareas rurales, tal como sucedió con el marino Peter Campbell, quien afincado en Entre Ríos, se empleó en una estancia donde no tardó en adaptarse a los usos y costumbres de sus nuevos compañeros, los gauchos y los paisanos. 

Campbell había nacido en 1782 en el pueblo de Tipperary. Sin mucho futuro, a los treinta años se alistó en el Regimiento 71 Highland de Gran Bretaña y en 1806 llegó al Río de la Plata como sargento de uno de los batallones. Herido en una refriega, desertó y fue socorrido por la familia criolla Gómez y Farías. Ya en las estancias entrerrianas, se destacó como jinete. Como tal participó en partidas de caza y domas. Peter, castellanizó su nombre y pasa a ser Pedro. Así, no tardó mucho en ganar fama como un audaz hombre de acción. En tierras de Gualeguaychú, se asoció con los hermanos John y William Parish Robertson, en una empresa de acopio de cueros y a tripular pequeñas embarcaciones con las cuales realizaba un incierto transporte fluvial y una certera piratería. Esos oficios bravos,  le hicieron ganar fama de cuchillero y de haber vencido a decenas de hombres en duelo, no los despenaba –como diría Borges- pero les causaba heridas graves. Vestido de gaucho, era uno de ellos. 

Al producirse la Revolución de Mayo de 1810, Campbell tomó contacto con Artigas. La admiración fue mutua y produjo años después que llegará a convertirse en un hombre de máxima confianza del oriental. En 1811 se enroló en la balandra “Americana”, navío al mando del francés Ángel Hubac, un ex ayudante de Liniers, con el cual, más tarde se unió en la guerra contra los realistas de Montevideo, aunque después, como hombre de la causa federal, lo ha de enfrentar en varios combates. En abril de 1814, participó, junto a otro irlandés, en la liberación de la isla Martín García y en la victoria del combate naval de Montevideo. En diciembre de 1814, cuando el general José Artigas ya estaba enfrentado con el gobierno de Buenos Aires, Campbell decidió defender los ideales federales del caudillo oriental. No dudó en ofrecerle sus servicios y se pasó a sus filas con una pequeña embarcación. Artigas lo puso al mando de su escasa fuerza naval, otorgandole también patente de corso, para que así pueda operar sobre los ríos Paraná y Uruguay. A pesar de contar con una tripulación de hombres a caballo poco experimentados en la navegación, Campbell tuvo éxito en varias batallas y abordajes. Aplicaba para ello la táctica de las “montoneras”, empleando embarcaciones de poco calado y un puñado de hombres alternativamente jinetes, infantes o marineros armados de sables y fusiles, que saltaban al abordaje de las naves enemigas y continuaban el combate en las riberas de los ríos. ¡Toda una innovación, digna de Clawsevitz! 

En mayo de 1818 se produjo una sublevación en la provincia de Corrientes, la misma depuso al gobernador artiguista Juan Bautista Méndez e instaló en su lugar al capitán José Francisco Vedoya, quien respondía al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon. Ante esto el caudillo oriental convocó a las tropas de Andrés Guacurarí y a la flota de Campbell, entre ambos expulsaron a Vedoya del gobierno provincial. Vuelta la calma, Andrés Guacurarí es nombrado Gobernador de Corrientes y al asumir como tal, designa a Campbell Comandante General de la Marina de la Liga Federal, fuerza que contaba con los lanchones “Carmen”, “Victoria” y “Correntina” y las lanchas artilladas, “Artigas” y el “Oriental”. Sin embargo, las derrotas de las tropas de Artigas y sus aliados, en los campos de batalla de la Banda Oriental y en las provincias que componían la Liga Federal, comenzaron a sucederse una tras otra. Esto no hace flaquear al aguerrido Pedro Campbell, que da batalla donde puede en nombre del primer sistema federal del continente americano. 

En contingencia atroz, los últimos jefes artiguistas que presentan combate son Estanislao López y Francisco “Pancho” Ramírez, al promediar el mes de febrero de 1820. Tras ser derrotado en Tacuarembó, el mismo Artigas había cruzado el río Paraná para insistirle a las provincias que no abandonase la Liga Federal y sus postulados. En la batalla de Cepeda del 1° de febrero de 1820, Campbell pone a disposición de López y Ramírez las pocas naves que aún le quedan. El triunfo de las tropas federales sobre las de Buenos Aires en esa contienda cumplía en parte los viejos principios de Artigas y abría un paréntesis en la hasta entonces inexpugnable supremacía del centralismo porteño sobre las decisiones políticas. 

Pero las cosas no se detienen ahí, el 13 de febrero de 1820 se produce el tercer choque entre Campbell y Hubac en las bocas del río Colastiné. El irlandés intenta quedarse con la flota unitaria, pero fracasa. En la batalla fueron destrozadas varias naves porteñas y Hubac pierde la vida en la defensa de la suya. Meses más tarde, luego de ser precariamente reparados los navíos federales, el infatigable Campbell lucha contra las fuerzas de Manuel Monteverde, el apoyo naval con el que contaba Pancho Ramírez, que seducido por Frutuoso Rivera ya había traicionado a Artigas.

Los tiempos sombríos se presagian en los centelleantes atardeceres correntinos y el 3 de agosto de 1820, Monteverde se apodera o hunde en el río Corrientes las cuatro embarcaciones con las que Campbell aún contaba: “Carmen”, “Victoria”, “Correntina”, y “Esperanza”. Derrotado, se ve obligado a retirarse a pie hacia la ciudad de Corrientes, donde fue detenido, hasta que pudo exiliarse en el Paraguay junto con su jefe y amigo. En tierras guaraníes falleció en 1832. Tanto él como Artigas, murieron desterrados.

WALSH

Tanto John William Cooke como Rodolfo Walsh, tienen ascendencia irlandesa. Pero no se puede aseverar que a Walsh le deleitará en grado sumo el whisky como a Cooke, pero sí compartían la pasión por el ajedrez. Aunque esto también se puede relativizar, ya que Cooke asiduo concurrente al Club Argentino de Ajedrez, no iba tanto para disputar una partida de trebejos desplazándose por las casillas negras y blancas, sino a las de póker, realizadas al margen, en un cuarto donde entre el humo del tabaco, las fortunas cambiaban drásticamente de dueño. No importa saber si los antepasados de Walsh vinieron en los barcos arribados en 1840, cuando en Irlanda, una hambruna desatada por Inglaterra como método de dominación, obligó a una importante masa poblacional a abandonar su tierra, haciendo de la Argentina el quinto país en el mundo con migrantes originarios de la isla. Historia que ninguno de los dos ignoraba y que tal vez, haya ocasionado entre otras cosas, la identificación y militancia nacionalista. 

Pero esto no sucedió solo en ellos; son muchos los hijos y nietos de irlandeses que se sintieron identificados y se comprometieron con los postulados de  raíces cristianas encarnadas en el peronismo. Podemos hablar de Lucía Cullen y su compañero José Luis Nell, quien también es uno de los fundadores del MLN Tupamaros de Uruguay y participante de la fuga de 106 presos políticos del Penal de Punta Carretas, en Montevideo.  Imposible olvidar a Joe Baxter, que comienza su militancia en el nacionalismo católico y tiene un paso por el peronismo combativo, aunque su recorrido sinuoso, lo llevará a integrarse al ERP y posteriormente a combatir en Vietnam, donde por su desempeño es condecorado por Ho Chi Min. 

No es el objeto en cuestión precisar que lazos mantuvieron todos ellos con la comunidad de sus ancestros, pero sí podemos aseverar, que hay un punto vital en la vida de Walsh que por vivencias manifestadas en su literatura siempre se mantuvo ligado a sus orígenes. La muestra de ello son los cuentos en los que se puede vislumbrar una tonalidad biográfica, en la llamada «serie de los irlandeses», serie que comprendía los relatos «Irlandeses detrás de un gato» (Los oficios terrestres, 1965), «Los oficios terrestres» (Un kilo de oro, 1967) y «Un oscuro día de justicia» (1968), compilados luego en un solo libro titulado Los irlandeses. Ese lazo comunitario, parece extenderse ya en la adultez de Walsh. Cuando vivía en La Plata, junto a su mujer y sus hijas, solía encontrarse en el desaparecido Bar Rivadavia, para jugar al ajedrez y beber una cerveza con un amigo escritor y poeta, también de ascendencia irlandesa, Enrique Dillon, el cual en medio de una partida disputada el 18 de diciembre de 1956, le dice: Hay un fusilado que vive. El fusilado, es un sobreviviente de los fusilamientos de los basurales de José León Suárez, en la noche del 10 de junio, una vez fracasado el levantamiento del General Valle. El mismo es el teniente de fragata Jorge Rodolfo Dillon, primo hermano de Enrique, el cual había participado del intento de derrocar a la dictadura instaurada por la Libertadora y salvado su vida por milagro. Se puede decir entonces, que los lazos mantenidos más allá de la infancia y la adolescencia, junto a la pasión por el ajedrez, obraron en cierto punto como un hilo conductor con el cual Rodolfo Walsh escribió tiempo después Operación Masacre, obra que marca un antes y un después en la investigación periodística.

ELIZA LYNCH

Eliza Alice Lynch, conocida como Elisa Lynch y también como Madame Lynch por sus detractores. Nació en el condado de Cork en Irlanda un 19 de noviembre de 1833, en tiempos donde a las mujeres irlandesas se las casaba con hombres generalmente diez años mayores, para asegurarles una estabilidad económica, tanto a ella como a los futuros descendientes. Con el modo patriarcal de este mandato, se pretendía encontrar una línea de fuga a la pobreza con que los ingleses sometían a toda Irlanda. Eliza no pudo escapar a esa determinación arraigada socialmente y dueña de una belleza singular, con 15 años cumplidos, no tardaron en encontrarle al candidato ideal con cuál casarla. El consorte, no fue otro que el médico militar francés, Xavier Quatrefages, 25 años mayor que ella, quien se la lleva a París apenas concretada la boda. La estancia en la capital francesa duró un suspiro, pues el médico Quatrefages fue destinado al frente africano, precisamente a la guerra de Argel. Si a Eliza aun la atormentaban los recuerdos de la hambruna vivida durante su infancia, en ese entonces vivía el tormento de la guerra, en un presente doloroso de sangre y pólvora, que deterioró el matrimonio hasta disolverlo. 

Acuciada por esa realidad adversa, decide regresar a Inglaterra, y aunque casada, el marido olvidadizo nunca declaró la unión matrimonial ante las autoridades militares francesas, por lo cual, su estado civil estaba en el limbo. No era una mujer ni casada ni soltera y siendo aún una adolescente, se vió obligada a vivir la existencia de una cortesana de lujo. En esa contingencia, conoce en una fiesta bonapartista a Francisco Solano López, por entonces hijo del presidente del Paraguay. El ardiente paraguayo se siente atraído por esa muchacha de fulgurante cabellera roja y ojos azules. El amor centellea en su corazón y al cabo de unos encuentros, deciden partir rumbo a Asunción. Sí la travesía oceánica estuvo colmada de las dulzuras amorosas que se prodigan los amantes, al arribar a tierra guaraní, Eliza se encontró con un fuerte rechazo social, pues se cuestionaba la posibilidad de que el hijo del presidente se casara con una extranjera divorciada. Para las señoras de la alta sociedad paraguaya, la llegada de esa pelirroja llamativa y que vestía a la última moda parisiense, tenía los ecos del peor de los insultos. 

Despreciada por «prostituta» y envidiada por elegante, Eliza reacciona ganándose el cariño de las mujeres del pueblo – en cierto punto ese era su origen- trayendo a maestras europeas para iniciar la educación femenina, hasta ese momento casi nula. Esa muestra de libertad abre una brecha con las mujeres de la oligarquía criolla, las cuales no pueden competir con su refinamiento y osadía, para enfrentar modelos culturales arcaicos, como tampoco con las fiestas y conciertos que organiza en su mansión, a la cual concurren diplomáticos de alto rango.

Con el mismo ímpetu con el cual llevaba adelante políticas emancipadoras para las mujeres, cuando estalla la Guerra de la Triple Alianza, en 1865, no hesita en crear milicias femeninas y vistiendo uniforme militar con el grado de Mariscala, participa en varias batallas, donde también las milicianas atienden a los heridos. Esa conducta aguerrida, la vuelve símbolo de los soldados. El 1º de marzo de 1870, Francisco Solano López es vencido y muerto en el Combate de Cerro Corá. En esa escaramuza pelea codo a codo junto a él; su hijo Panchito intenta defenderla, por lo cual, también es asesinado en un combate a brazo partido con los soldados brasileños. 

Eliza salva su vida al ser respetada su condición de súbdita de Inglaterra, razón por la cual los oficiales enemigos ordenan su traslado a Asunción. Antes de iniciar el cautiverio, pudo cavar la fosa donde enterró los cuerpos del mariscal López y el de su hijo Panchito. Después de permanecer unos meses en prisión, Eliza es deportada junto a sus hijos a Francia. El desprecio sufrido por las señoras oligarcas, como también el otorgamiento de derechos a las mujeres del pueblo, permiten trazar un correlato con la historia de Eva Duarte, quien un siglo después y antes de ser Eva Perón y ser también llamada prostituta por las “señoras de la alta sociedad”, debutó como actriz de radioteatro, en el programa Mujeres Célebres, interpretando precisamente a Eliza Alice Lynch. Tal vez, el fantasma verosímil de la irlandesa, fue también una fuente inspiradora y tributaria de su rebeldía revolucionaria.

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