Todo lo que ganó Milei

Más allá de las razones del triunfo de Milei, Juan De Andrade analiza en esta nota las razones por las que ese triunfo sorprendió a propios y ajenos.

Milei ganó. O al menos, en lo estrictamente electoral y siendo rigurosos, salió primero, porque todavía faltan una o –muy probablemente— dos instancias. Lo cierto es que ese primer lugar configuró, como ya lo documentaron innumerables zócalos de televisión, un sinfín de textos como este mismo, tweets de todo tipo y declaraciones públicas de la más diversas figuras públicas, un “shock”, un “batacazo”, un golpe al corazón del sistema político argentino.

Más allá de las hipérboles esperables y de las opiniones en caliente, o de las interpretaciones que quizás en un tiempo resulten apresuradas o erradas, lo cierto es que, incluso para aquellos que venimos siguiendo de manera más o menos constante la actividad no sólo de Milei sino de aquellos que lo militan, el 30% (que en un principio rozaba el 33%) conseguido por el economista libertario resultó realmente sorprendente.

 La sorpresa y el shock generan, entonces, preguntas. Y entre esas preguntas sobresalen dos: ¿por qué lo votan? Y ¿quién lo vota? No voy a intentar acá responder eso, simplemente porque las razones pueden ser –y son interminables, y requieren un despliegue de palabras más amplio de lo que estos espacios soportan.

 A lo que sí me interesa aproximarme es a las razones de la sorpresa. No porque me parezca extraño que la gente se sorprenda –yo mismo lo estoy, y al mapa de Argentina con las dieciséis provincias pintadas de violeta ya lo habré visto casi cincuenta veces y sigue impactando—, sino porque, justamente, la sorpresa es amplia, y alcanza incluso a sectores que se identifican con sus ideas y lo militan. Por un lado, había existido en el último mes una caída en la intención de voto de Milei, de la que se habían hecho eco diferentes consultoras. Asumo que eso, sumado al deseo de una parte de la población –y de los distintos sectores políticos— de que alguien con las ideas radicales de Milei perdiera apoyos, contribuyeron a una cierta relajación que, previsiblemente, se empezó a esfumar el domingo 13 a partir de las seis de la tarde, cuando la información extraoficial empezaba a prever una buena elección de La Libertad Avanza. Aún más, y ya entrando en un territorio más complejo, creo que operó, en la opinión pública en general, una especie de doble subestimación: por un lado, se subestimó a la militancia, frecuentemente caricaturizada u homogeneizada a partir de algunos referentes puntuales, activos mayormente en redes sociales; y se subestimó a los votantes, a raíz de los malos resultados en las elecciones provinciales, homologando estos desempeños a una eventual candidatura nacional de Milei. Si bien es algo que merece mucho más desarrollo, creo que es un camino posible para entender la sorpresa.

 
Hace un rato pasaron las 22.30. Afuera del Libertador Hotel, el búnker donde Javier Milei espera unos resultados que, al menos de manera extraoficial le traen buenos augurios, va creciendo la cantidad de gente. Las horas antes pasaron entre algunos cantitos, gente que mira números de boca de urna y que comenta por lo bajo que les está yendo bien. Hay una tensa espera. Hace pocos minutos apareció, en una de las pantallas, Victoria Villarruel, precandidata a vicepresidenta, pidiendo que el gobierno muestre los datos que tiene, que para ellos son buenos. Finalmente, se escucha –pero no se ve— en uno de los parlantes la voz de Julio Vitobello, secretario general de la Presidencia y encargado de dar, finalmente, los números. Sólo se llega a escuchar una cosa: que el primer lugar es para Javier Milei. Todo el resto de su alocución es tapada por una explosión de gritos, abrazos y cantitos. Milei está primero. Empiezo a caminar, a rodear la valla que separa a los militantes de la entrada del hotel. Una señora me pregunta cuánto es el porcentaje. Chequeo en el celular. Es 32,5%. No parece sorprenderle. Me muestra, en su celular, un tweet de hace unos meses, en los cuáles pronosticó un 31%. Está contenta, pero no sorprendida. Es, quizás, de las pocas personas que no lo está.

Los lugares

Hay más cosas que se suman a los análisis, y tienen que ver con la procedencia del voto de Milei. Contra algunos pronósticos que indicaban que podía ser un fenómeno “porteño” –después de todo, hacía sólo dos años que había obtenido 17% allí, en la CABA—, Milei ganó en 16 de los 24 distritos, llevándose tanto bastiones peronistas como de Juntos por el Cambio. No logró ganar ningún partido del Conurbano bonaerense, pero en varios –por ejemplo, en La Matanza, Berazategui o Esteban Echeverría— sus candidatos a intendente superaron a los de la principal coalición opositora. Si en las elecciones provinciales que se sucedieron a lo largo de estos meses La Libertad Avanza no había logrado grandes resultados –y, de hecho, había tenido algunos decididamente malos, como el 4% de Ricardo Bussi en Tucumán—, los números que obtuvo el domingo dejan entrever que detrás del ausentismo y de los votos en blanco presentes en las provincias había una preferencia oculta –al menos en parte— por la candidatura libertaria (que evidentemente sus candidatos locales no lograron traccionar). De hecho, en Junio de este año, luego de las elecciones legislativas en Corrientes, una militante de uno de los partidos que apoya a Milei a nivel nacional había publicado un hilo en Twitter “explicando” que Milei había “ganado” las elecciones en esa provincia sin siquiera presentarse. Más allá de que el argumento era cuanto menos extravagante, y que se viralizó a partir de las críticas o las burlas, su razonamiento terminó dándose de manera bastante expresa en algunas provincias como Misiones o Santa Cruz, en las cuales Milei llevaba una boleta “corta” –es decir, sólo su candidatura a presidente- y en las cuáles el voto en blanco en las categorías legislativas terminó siendo la opción más preferida. Todo esto propone –y necesitaría un análisis más profundo- una transversalidad al menos geográfica en el voto de Milei, que aparece lejos de estar concentrado en el AMBA o en los grandes centros urbanos del país.


Faltan unas dos horas para que se conozcan los resultados. Todavía es escasa la gente alrededor del búnker; es fácil llegar a la valla que separa a la gente de la entrada. Cerca de mí, una mujer revisa –como todos— su celular. De vez en cuando tira números que no son oficiales pero que no se van a alejar mucho de lo que vamos a saber un rato después. ¡Milei treinta puntos!, exclama, y los que están alrededor aplauden y festejan. Pasa un rato y le dice a una persona que tiene al lado, pero en voz alta, por lo que nos enteramos todos: “¡En La Matanza va primero El Dipy!”, en referencia al mediático cantante de cumbia que compite por la intendencia de ese lugar que tan indistintamente llaman “la madre de todas las batallas”, y que en los imaginarios de la política se suele erigir como todo (o al menos, mucho) de lo que está mal en la Argentina.


El futuro


Entonces, lo cierto es que Milei (aún) no ganó las elecciones, pero parece haber ganado otras cosas. Primero, la confirmación de erigirse como la figura capaz de atraer a esos desencantados con la política, que atravesaron los últimos ocho años de crisis económica viéndose progresivamente no sólo en una situación peor en términos de ingresos, sino también huérfanos en términos de representación. Ganó en volumen a lo largo del país, sacándose de encima rápido cualquier acusación posible de que se trata de un fenómeno atado a una región geográfica en particular. Adicionalmente parece, al menos en principio, atravesar distintas clases sociales: no es sólo una clase media más o menos acomodada, pero tampoco son únicamente las clases bajas precarizadas.
Inevitablemente, en la cantidad de especulaciones previas, y propias de cada ciclo electoral, aparecía la idea, ya citada antes en este texto, de que Milei se iba a desinflar, que era lo que en parte mostraban algunas encuestas, y que estaba reforzada por los tropiezos provinciales y los conflictos internos. Más allá de eso, existía la idea –correcta— de que ya había logrado un triunfo, que consistía en haber movido la discusión pública hacia lugares más radicalizados, o haber introducido ideas extrañas al temario político argentino (ideas que, por otro lado, también son marginales en casi todo el resto del mundo).
Llegados a este punto, creo que Milei ganó, además de todo esto, una base de seguidores constante, que lo acompaña a eventos multitudinarios –el cierre de campaña en un Movistar Arena colmado fue un ejemplo de ello—, que defiende de manera tenaz la mayoría de sus ideas –sin privarse de matizar o relativizar algunas de las que resultan más polémicas— y que puede servirle tanto eventualmente como base de apoyo para un posible gobierno que ya se advierte conflictivo, como lo admiten y plantean varios seguidores suyos, o incluso, en caso de que no llegue a triunfar, como parte de un movimiento capaz de ponerle límites a un eventual gobierno de Juntos por el Cambio o del peronismo.  

Ya pasaron los números. Milei, que empezó con el 32 y medio de las preferencias, ahora está bajando y se terminará de estabilizar alrededor del 30%. Es, con todo, un resultado considerablemente mayor al esperado, y eso se nota en la gente que festeja en la Avenida Córdoba, que en este momento ya cuenta con sólo un carril abierto a la circulación. Mientras se espera por la palabra de Milei, a las personas que están ahí desde temprano se les suman aquellos espacios más organizados, identificados activamente con Milei. Buscan todos acomodarse en un punto en el que puedan ver la pantalla, y mientras tanto, cantan: al más inmediato después de los resultados, aquel “Que se vayan todos” rescatado de la crisis del 2001 se le suceden dedicatorias a los “todos” antes referidos: hay referencias al peronismo, claro, pero también se escucha que “hay que saltar, hay que saltar, el que no salta es radical” y se personaliza, ya sea nombrando o no, a ciertas figuras: están los insultos a Cristina Fernández de Kirchner pero también a Viviana Canosa, que fue de las primeras “mileístas” antes de pasar a horrorizarse por sus propuestas, y la canción comodín, que enfatiza que “el que no salta es un traidor”, y que muy probablemente tenga como destinatarios a antiguos compañeros de ruta de Milei hoy distanciados y en espacios políticos que, como todos, por ahora quedaron debajo del economista.
Se suma gente en autos y en camionetas; hay bocinazos de varios que pasan, pero hay también quiénes frenan en doble o triple fila, se bajan y se suman a los festejos.
Habla Milei, festejan sus palabras nuevamente, se ríen con algunas acotaciones un tanto cómicas del ahora candidato. Mientras me estoy yendo, veo a un hombre que se baja de un auto filmando con su celular. Sin dejar de hacerlo, felicita a una mujer que, a todas luces, parece pasar por ahí de manera casual. “¡Bien por haber venido! ¡Gracias por estar acá!”, le dice, visiblemente emocionado.

 


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