Los 100 años de Aníbal Sampayo

PERFIL | En su obra poética y en algunos ensayos, desarrolló su pensamiento sobre el río, el trabajo, la tradición y el lugar del ser humano, desde una matriz artiguista que dialoga con la filosofía política contemporánea.

Este año se cumple un siglo del nacimiento de Aníbal Sampayo, y la excusa es buena para hacer algo diferente con él: pensarlo, además de escucharlo.

            Sampayo es una melodía que tarareamos sin saber de quién es. Sus canciones se volvieron populares dejando a un lado su nombre. Y hay fascinantes anécdotas vinculadas a su obra: desde Spinetta que cuenta que la primera canción que aprendió a tocar fue “Kychororó” (“Me la acuerdo casi como si fuera un tema mío”, dice en el libro Martropía, de Juan Carlos Diez, 2006) hasta los carceleros que terminan cantando con Sampayo en una comisaría entrerriana (lo cuenta Aníbal en su libro El canto elegido, 1985).

            Sus hits, como los pájaros de su canción, no conocen de fronteras. Obras de Sampayo fueron grabadas por Mercedes Sosa, Víctor Jara, Jorge Cafrune, José Larralde, Liliana Herrero y Quilapayún, entre muchos otros. Artistas de Brasil o de Japón, de todo el planeta, descubren sus obras y las recrean (como este dúo español y su versión de “Abre los ojos amor”).

            Y pese a todo, su figura sigue siendo mucho menos conocida que sus creaciones.

            Su labor creativa se ramifica en direcciones que a primera vista parecen no tocarse: canciones que él mismo llamaba “inofensivas” y devinieron clásicos populares; piezas didácticas para gurises sobre aves regionales e instrumentos típicos; la monumental cantata a Artigas, además de otras todavía inéditas; juguetonas como “Mi picazo parejero”; o trágicas como “Cerro de la matanza”; retratos de gente real, en sus oficios y penurias (muchas con sus nombres reales); cantos de militancia pura y dura, ligadas al MLN Tupamaros y a Raúl Sendic (opción a la que entregó esfuerzos casi sacrificiales) incluso en cambios de estrategia, como “Orientales al frente”, de 1971, cuando el MLN se suma al Frente Amplio; y canciones excelsas, sublimes, en que su voz poética alza vuelo como “Cielo en flor”, “Compañero río” o “El árbol y el viento”.

Partitura de «Ky chororo», editada en
Buenos Aires en 1963

           Esas categorías no se excluyen. En una canción pueden habitar distintos registros, como en “Garzas viajeras” (“Novias leves del azul, salpicando el cielo van”) y el compromiso social (“Vida de pobre de esperanza se sostiene / Doblando el lomo pa’ que otros doblen los bienes”). En el fondo de sus creaciones aparece la pregunta que vertebra toda su obra:

De qué sirve la belleza de ese río majestuoso
que despeina su melena en cascada de cristal
si allí cerca la miseria de los ranchos va gritando
porque el hombre es explotado por el hombre sin piedad,
(“Calero”, de 1971)

Un artista completo que pensó desde las orillas

El empujón para mirar su obra desde la filosofía me lo dio él mismo, con un ensayo poco frecuentado: “Nuestra canción del Litoral”, de 1966, y luego con “El canto, una misión vital”, publicado en la revista Folklore en 1973, con Aníbal ya preso.

            También escribió sobre toponimia regional y otros textos ligados a su compromiso social y político. En ellos muestra lo que sus canciones ya permitían intuir: un pensador situado, no solo un músico regional.

            En el corazón de su música palpita la idea: el ritmo no nace de una elección estética consciente, sino de la vida material, del cuerpo, del trabajo, del clima. La cultura no es creación libre del espíritu, sino consecuencia de un modo de habitar. Así explica el origen del sobrepaso litoraleño, el “rasguido doble”, a partir de las manos encallecidas de los hacheros:

            “A causa del trabajo rudo sus manos se vuelven inhábiles, callosas y duras, haciéndoseles dificultoso el punteo arpegiado de la guitarra y suplantando este difícil modo digitado por el más seguro y cómodo movimiento del rasgueado (…) que se acopla con perfección a los sonidos del agua y al canto de las aves”, escribe. O cuando le explica a León Benarós, en la revista Folklore, su “Kychororo”: “En esa canción quise acercar el rumor de nuestro río al paisaje y al hombre (…) Hay un mestizaje que recibe toda una herencia de sangre. Pero la tierra termina conformando el sentir del hombre que la habita”.

El río no es paisaje: es condición

“Como todo elemento natural, tiene su propio ritmo: pausado y ondulante, factor preponderante que determina en el hombre de las riberas, su influyente fuerza creadora”.

            No hay ser humano frente a la naturaleza, sino dentro de un sistema de relaciones que lo precede y lo incluye: el entorno, el trabajo, las dichas y desdichas, los vínculos cotidianos.

            Esa intuición vivida la documentó rastreando un siglo y medio de tradición musical guaranítica en la región. De ahí su idea del folklore: no una foto fija, sino una dinámica viva, condicionada —no determinada— por el medio y las condiciones de vida. Por eso advertía contra la escritura rebuscada, “que hace que el mensaje no sea comprendido por la mayoría (…) que el pueblo no tenga que consultar un diccionario para saber de qué trata la letra”. Viejo consejo, tan aristotélico como artiguista.

            La cultura no puede ser mercancía, y la tradición no se agota en la repetición porque muere. Es continuidad viva. Ni siquiera defendiendo el folklore fue Aníbal un tradicionalista cerrado.

La cantada dedicada a Artigas.

La orilla como elección

Si el río es condición, la orilla es elección. En sus canciones no habla desde arriba ni desde lejos: su propia trayectoria de trabajador incluyó “los más disímiles oficios: desde tornero hasta payaso, desde torero hasta mecánico, desde peón hasta mensual de la zafra de azúcar”. Sus héroes son pescadores, niños trabajadores, vecinos con historias mínimas. Lejos de lo pintoresco, representan lo digno.

            “Los problemas de los hombres de mi país son los de todos los hombres del mundo. Pero hay gente que solo vio el paisaje y no al ser humano. El artista tiene el deber no solo de reflejar: debe comprometerse con una solución”, decía en 1972. El compromiso le costó ocho años de prisión y cinco de exilio.

            Cuenta Schubert Flores, autor de una monumental biografía de Sampayo de la que acaba de editarse el primer tomo de 500 páginas, que Aníbal prometió no regresar al Uruguay mientras hubiera un solo preso político. Fue el último de los grandes artistas en volver. Esa tozudez construye una ética y una dignidad que no se exhiben: se viven.

            En su obra también hay figuras excepcionales —de Artigas al Che, de Sendic a Delio Panizza, de Torrijos a Evita—, pero son “héroes” por darlo todo por los demás: “quienes más aman al hombre / son los que hacen más por él”, dice en una de sus canciones. En ellas nunca organiza el mundo en torno al yo: siempre es relacional, y la cultura es sedimentación colectiva. El individuo no funda comunidad; la comunidad hace posible al individuo. Y después, tiene que elegir.

El cantar tiene su modo
la copla su voluntad
pero el canto individual
debe ser canto de todos
el verso tiene acomodo
si el cantor quiere amoldarse
más el canto debe alzarse
sin que lo salpique el lodo.

(“Canto necesario”, 1981)

            La horqueta del destino

La ética se vuelve política, porque no se trata solo de cómo vivir, sino de cómo organizar la vida en común. Su canción expresa su utopía sin vueltas:

Allí se reparte el pan como lo enseñó Jesús
y los libros son los rayos de un sol que a tuitos da luz (…)
Ni ruletas ni casinos ni conciencias que comprar
Coimas ni politiqueros… El trabajo es la verdad (…)
Naides arriba ni abajo, ni unos poco y otros más…

Y ahí deja de narrar o denunciar para proponer, planteando una bifurcación moral:

Esta horqueta es el destino que parte al camino en dos.
Aquel… va pa la derecha / y éste… rumbo al corazón.

El artiguismo de Sampayo

El poeta entrerriano Raúl Fernández definió al artiguismo como “la revolución de Mayo en su faz social”.

            Tradición compleja, de múltiples lecturas, abriga un pensamiento propio, que puede ser sistematizado y reconocido. Autores como Arturo Ardao o Leonardo Rodriguez Maglio lo trabajaron no como reliquia del pasado sino como proyección hacia el presente: una filosofía política crítica de la centralización del poder, un federalismo popular que articula libertad, igualdad y autonomía social en formas concretas de organización. No un conjunto de consignas sueltas, sino un sistema coherente orientado a confederar pueblos autónomos, priorizar la protección de los más débiles, cuidar lo común e impulsar la deliberación ciudadana.

            Y en la obra de Sampayo palpita esa filosofía.

Portada de El canto elegido (1985)

Canciones como banderas  

            En sus últimas entrevistas quedan sus reflexiones más despojadas. Sobre los errores propios decía en 1994: “Los que entramos combatiendo las injusticias, a veces no lo hicimos por los mejores caminos, hemos tenido errores. (…) El análisis no puede ser superficial, la vida tiene etapas”.

            Sobre su artiguismo: “Soy artiguista, ese hombre estaba adelantado cientos de años a su época (…) Cuando nos decía «ilústrense», cuando fundó la primera escuela para que «sus» gauchos supieran leer y escribir, porque el conocimiento es lo que libera en primer lugar al hombre (…) Artigas hoy sigue vivo, en su pensamiento. Y sigue siendo un enemigo para muchos”.

            Y sobre su fe terca en el pueblo, pese a todo: “No hay cambios sin el pueblo. Ni por violencia ni por nada. Sólo el convencimiento del pueblo cambia las cosas (…) Los pueblos son los que cambian, los que buscan sus mejoras, y eso se hace con conciencia”.

            A cien años de su nacimiento, sigue siendo esencial escucharlo. Y en esa escucha persiste sin respuesta la pregunta que atraviesa su obra, la del río majestuoso y la miseria de los ranchos. Quizás no haya que responderla sino insistir en hacerla, desde la misma orilla, con sus canciones como bandera.

(Para seguir escuchando y conociendo a Sampayo)

Píxel | Revista Zoom

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