Juan Bautista Yofre: El espía de la tercera edad

Los archivos secretos de la dictadura, sus zonas oscuras y el nombre de Juan Bautista Yofre en el centro de una trama que todavía guarda demasiados misterios. Por Ricardo Ragendorfer.

Bien a tono con las aflicciones de los adultos mayores bajo el régimen libertario, este hombre de 79 años no gana para disgustos. Es que acababa de ser despedido sin aviso de la Escuela Nacional de Inteligencia (ENI), siendo nada menos que su director. 

Eso trascendió durante el alba del pasado 16 de septiembre por un posteo de la periodista Silvia Mercado en X (antes Twitter), y que, ese mismo jueves, fue confirmado por un artículo de Natasha Niebieskikwiat en el diario Clarín. 

Lo cierto es que, 48 horas después, fue repuesto en el cargo.  

Se trataba de Juan Bautista Yofre (a) “Tata”, un sujeto cuya biografía está plagada de zonas oscuras. 

Una en especial merece ser explorada: el ocultamiento de los archivos del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército (B/601), el principal órgano represivo de la última dictadura. 

Tal cuestión también reactualiza un recuerdo personal.

Bitácora de un genocidio

En este punto, es necesario regresar a una tarde del otoño de 2014 en el bar Los 36 Billares. Allí transcurría mi cita con, diríase, una fuente: Carlos Españadero, un antiguo esbirro del B/601 (actualmente preso por delitos de lesa humanidad).

En aquella ocasión, se mostró razonablemente locuaz.   

Resultaba extraño estar con él; era como la frase de Rodolfo Walsh, pero con el sustantivo al revés: “Hay un fusilador que vive”.

Esa vez, se refirió al secuestro, en 1977, del jefe de Inteligencia del ERP, Javier Cocoz, entre cuyos informantes estaba el director del diario El Cronista Comercial, Rafael Perrota. Éste, al cabo de unos días, corrió la misma suerte en manos del capitán Héctor Vergéz, un ícono del terrorismo de Estado. 

Entonces extraje de una carpeta algunas fotocopias saturadas en tinta de un texto mecanografiado. Al pie de las hojas se leía: “Estrictamente secreto y confidencial”. Era un acta del B/601 que contenía la transcripción completa del interrogatorio a Perrota.

Españadero, sorprendido por el hecho de que ese documento estuviera en mi poder, me miró por el rabillo del ojo, antes de preguntar:

—¿Vos lo conocés al Tata Yofre?

—No personalmente, ¿por qué?

Su respuesta fue: 

—Porque estos papeles los maneja él.

Obtuve estas fotocopias a principios de 2003, junto con otros documentos de idéntica procedencia. A saber: la trascripción completa de un interrogatorio a Julio Gallego Soto (un antiguo operador de Perón en el exilio que también fue secuestrado bajo la sospecha de ser informante del ERP); una evaluación de sus contestaciones (su remate es sobrecogedor: “Se recomienda la disposición final del causante”, con todo lo que ello significa) y un informe de inteligencia sobre los integrantes del staff de la revista Confirmado (su director, Horacio Agulla, fue asesinado en 1978 por la Armada).  

La colección documental provenía del periodista Fernando Carnota, con quien en esos días yo trabajaba como columnista (junto con Marcelo Gantman y Lorena Maciel) en el programa Unidos y Dominados (América), conducido por el recordado Juan Castro. Entonces hicimos un informe alusivo al respecto. 

Cabe mencionar que dichos papers le habían llegado a Carnota a través de otro periodista, Fabián Doman.

Cuando Carnota me lo dijo, recordé que, en junio de 1997, el programa Fenómeno Real, de Mauro Viale, supo emitir una dramatización muy bizarra del interrogatorio a Perrota, usando como guión la transcripción mencionada.

El productor periodístico de dicho ciclo no era otro que Doman. 

También en aquel año, hizo llegar otra copia de esos documentos al diario Clarín, que le fue derivada a María Seoane, una de sus periodistas.

Ya durante el amanecer del nuevo milenio corría el rumor de que el archivo del B/601 estaba en venta por medio millón de dólares.

Ahora, en Los 36 Billares, Españadero insistía:

– Esos papeles los maneja Yofre.

Corazón otario 

Ya en la primera línea del currículum de este individuo se desliza su naturaleza cívico-militar. O a la inversa; porque tras cursar sin concluir sus estudios en el Colegio Militar de la Nación, cambió el uniforme por la boina blanca de la UCR, secundando a su hermano mayor, Ricardo, quien pertenecía al ala desarrollista de dicho espacio partidario. 

Su currículum también dirá que, en 1976, empezó su carrera periodística en Radio Municipal y en el diario Clarín, aunque omitiendo un tercer empleo: agente “inorgánico” del B/601. Allí entró con una recomendación inobjetable, la del subsecretario de la Presidencia, ya con el general Jorge Rafael Videla en el Sillón de Rivadavia. Éste no era otro que el hermano Ricardo.

Allí, Juan Bautista hizo excelentes migas con el general Carlos Alberto Martínez (a) “Pelusa”. Era el jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), en cuya estructura estaba el B/601. A él, justamente, se le atribuía la arquitectura del plan sistemático de exterminio.

A comienzos de la década siguiente, el ejercicio de la delación le insumía a Tata gran parte de su tiempo. 

Ya concluida la dictadura, retomó el oficio de periodista, recalando en el diario Ámbito Financiero.

Su salto a la gloria se inició, con la cadencia de un road movie, en 1989 a bordo del “Menemóvil”, cuando cubría la campaña de Carlos Menem, quien, subyugado por él, al llegar a la Casa Rosada lo nombró director de la SIDE.

Permaneció apenas unos meses en ese puesto, pero los suficientes como para poner a “Pelusa” al frente de la Escuela Nacional de Inteligencia, además de contratar a otros insignes represores.

De dicha gestión se “llevaría” un souvenir: los archivos del B/601, con todos los secretos del terrorismo de Estado. Y ello, entre otros beneficios, le permitió escribir —ya durante la primera década del siglo en curso— tres libros (Nadie fue, Fuimos todos y Volver a matar), en los cuales intenta embellecer las atrocidades de lo que él denomina “guerra sucia”. 

Esa breve incursión en el mundillo del espionaje (entre julio y diciembre de 1989) se entrelazaría con ciertos laberintos de su vida privada, signados por líos de polleras.

Tal fue el caso de su escandalosa separación de la periodista de Clarín, María Laura Avignolo. Una ruptura tan ríspida, al punto de verse obligado a ordenar un seguimiento sobre ella. Y recurrió para tal fin a un experto en la materia: el represor del Ejército, Pascual Guerrieri, asimilado por él a la SIDE.

Su siguiente matrimonio con la actriz Adriana Brodsky pareció más venturoso. Pero tampoco tuvo un final feliz. Él mismo detalló la razón en una entrevista radial: “¡Hubo dolo! —le confió a un sorprendido “Chiche” Gelblung— Porque ella me dijo que no podía tener chicos. Y los tuvo. Después me explicó cómo hizo para tener un chico mío. ¡Eso es dolo!”. Un caballero.

Pero nada fue comparable con el problema que le deparó su siguiente ex pareja, la productora de modas Andrea Luz Sanguinetti de Ridder.

Secretos en oferta

Ya corría 2006. Y el Tata transitaba por la vida dándose dique, en las mesas del Florida Garden, con su expertise en el mundillo de los agentes secretos. Pero en salones más selectos solía entretener a sus interlocutores —en especial, a las del sexo opuesto— con anécdotas de su no menos efímera fase diplomática, cuando, entre 1990 y 1992, Menem le confió las embajadas argentinas en Panamá y Portugal. Pues bien, fue en aquellas circunstancias cuando la buena de Andrea Luz cayó rendida a su encanto. Aunque eso le duró poco.

Unos meses después, muy contrariada, ella acudió al juzgado federal de Jorge Urso para denunciar un delito de acción pública. Y por todo argumento, le puso ante los ojos una prueba irrefutable: 19 hojas con el índice completo del archivo perteneciente al B/60. A continuación, aseguró que su contenido estaba repartido en 19 jackets debidamente “encanutados” en la baulera del elegante edificio de la Recoleta, habitado por Yofre.

La policía allanó aquel domicilio unos días después, pero se fue con las manos vacías: alguien, en el interín, había puesto los rollos a buen resguardo

Andrea Luz no la sacó barata. Ocurre que, al poco tiempo, alguien ingresó al registro de la Dirección Nacional de Migraciones una prohibición apócrifa de salida del país a nombre de ella. Ese alguien era un amigote de Yofre, el oficial de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Iván Vázquez. 

Mientras tanto, el represor Vergéz —a quien Yofre supo conchabar en la SIDE— me recibía para una entrevista en un austero departamento de la calle Rodríguez Peña 279. El otrora todopoderoso jefe del campo de concentración La Perla, en Córdoba, temía por su futuro inminente, puesto que ya estaba a punto de ser arrestado por los casos de Cocoz y Gallego Soto, entre otros. Y, aunque reconoció —en off— su responsabilidad en tales crímenes, sentía gran pesadumbre hacia su propio ser. También dijo estar económicamente quebrado, y ofrecía documentos no desclasificados a cambio de dinero. Y esto lo expresó frotándose la yema del pulgar con la del dedo índice.

Hay quienes lo señalan como socio de Yofre en el asunto.

Tanto es así que aquella posible vinculación fue tratada durante el juicio oral que se le hizo por los citados crímenes, en 2013.

Esa vez también declaró Tata de muy mala gana.

Y cuando la fiscal Gabriela Sosti quiso saber de dónde obtenía datos de inteligencia para sus libros, le respondió: “Me caen del cielo, doctora”.

Y Vergéz lanzó una solitaria carcajada. 

Poco después, ya condenado a 23 años en ese juicio, el represor dijo que los archivos habían sido vendidos a fines de la década del ’90 al presidente Carlos Menem a cambio de 250 mil dólares.

Obviamente su palabra no vale ni un centavo.

Por lo menos Yofre los usa —según dicen— con fines literarios.

Pero el misterio continúa. 

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