Historias en la arena

ENTREVISTA. De Homero a Hebe Uhart, la antología «Con vista al mar», de Juan Bautista Duizeide, recorre una tradición literaria marcada por playas, viajes, naufragios y memorias personales.

             “El máximo capricho fue pensar que hay una literatura de playa y que podía armar algo con esa etiqueta tan lábil”, dice Juan Bautista Duizeide. Ese algo se llama Con vista al mar, una formidable antología de variadísimos escritos en torno a estas orillas, a veces doradas y a veces oscuras, territorios que, apunta, “acaso solo admiten definiciones borrosas, provisorias, sometidas al eterno vaivén ritual de las mareas”. El volumen, publicado por Adriana Hidalgo, reúne en sus páginas al encuentro de Ulises y Nausícaa en la Odisea de Homero con Lavalle, un viaje dominguero de la infancia de la poeta Ana Claudia Díaz. O un tramo accidentado del arreo hacia la costa del narrador de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, con el descubrimiento azorado de una huella humana en la arena de la isla de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Cuentos, tramos de novelas, cartas, poemas de sesenta y dos autores de aquí y de allá, en la geografía y en el tiempo: Sasturain, Hebe Uhart, Damián Huergo, Alfonsina, Enrique Raab; Kawabata, Bashō; Mutis, Martí; Whitman, Melville, Stevenson, Emily Dickinson, Jack London, Virginia Woolf; Pérez Galdós, Pardo Bazán, Blasco Ibáñez; Katherine Mansfield; Proust, Schwob, Maupassant; Calviño, Pavese. Un prodigio en 510 páginas, destiladas de un material con el que podría componer otros tres o cuatro tomos.

            Duizeide es un erudito en narrativas de navegación, y de hecho a esta antología la anteceden otras dos, marineras: Cuentos de navegantes (2008) y Abordajes literarios (2020). “En esos dos libros consideraba al mar desde los barcos, con sus navegaciones y sus luchas, los naufragios –sitúa Duizeide–. Y ahí caí en la cuenta de que estaba en otro sistema, en el que también está el accidente geográfico playa, claro, pero la playa para un navegante significa algo distinto que para el que va de paseo. Me resultó muy interesante descubrir que, si bien hay muchísimos textos situados en ese territorio, no exista un género específico, identificable. Si uno piensa en relatos de navegantes enseguida aparecen Conrad, Stevenson, Lowry: eso no existe para la narrativa playera”.

            –Y al mismo tiempo fue como volver sobre mis propios pasos, porque yo antes de ser navegante fui un chico de la playa. Al mar lo empecé a imaginar desde ahí, por esa cercanía, y también por la literatura del mar, que me hizo querer vivir algo parecido. Esto es: no quedarme en la playa, atravesar los mares, navegarlos.

Juan Bautista Duizeide. Foto: Alejandro Santa Cruz

             Nació en Mar del Plata en 1964, se crió en Necochea y al terminar la primaria se fue a La Plata para cursar en el Liceo Naval Almirante Brown. Durante varios años, luego, piloteó por los océanos barcos cargueros, petroleros, pesqueros: inolvidable el temor al atravesar por primera vez el Estrecho de Magallanes. Eso fue hasta comienzos de los 90, cuando el menemismo liquidó a la marina mercante. “La literatura clásica de navegantes, que es anglosajona y va desde mediados del siglo XVIII hasta las entreguerras (sigue existiendo, pero va cambiando), se correspondía con el esquema de La Ilíada o La Odisea, héroes que eran navegantes, viajaban desde la metrópolis a la periferia, tenían una serie de aventuras y regresaban enriquecidos material o simbólicamente –sitúa Duizeide–. Y por más que haya muchas narraciones de navegantes que tienen que ver con lo fantástico, lo humorístico, con las historias de amor, subsiste un fondo que tiene que ver con la épica y la lírica. Los relatos de playa son muy variados, no hay una línea que los recorra. Marcelo Metayer, uno de los autores de la antología (el cuento “Cartas en la arena”), dijo que el libro lo hizo pensar en un mosaico hecho con pedacitos de texturas, de materiales y colores muy distintos entre sí, que terminan formando una imagen unitaria: me pareció muy atinada esa observación. Lo que sí aparece bastante, creo, es el balneario como conformación tardía en la cultura occidental. También creo que lo kitsch está muy presente en las narraciones que tienen que ver con la playa, que después pueden ser cómicas, de amor, políticas, en fin, mucha variedad”.

            –También puedo pensar en el libro como un invento para seguir mirando el mar –se ríe, Duizeide–. Hay un cuento, “El bote”, de Stephen Crane, que es una cumbre del impresionismo literario y permite pensar los dos sistemas. Son unos tipos de un barco que naufragó y navegan en ese bote a lo largo de la costa hasta que ven una playa. Pero no pueden desembarcar, porque hay unas olas gigantes, y saben que si lo intentan lo más probable es que se den vuelta y que un par se ahoguen. En esa situación ven a la gente en la playa que hace su vida, turistas, y los saludan porque piensan que se están divirtiendo, y no que están padeciendo un naufragio.

            Contrastes que le interesan. Ahí sitúa también “Tumbas de Yorkshire”, un relato de Dickens publicado en 1851 en el diario Housebold Words, donde se entreveran los veraneantes de una playa que está poniéndose de moda con pescadores que viven muy duramente. “Lo que no encontré fue un relato que contara de esas playas del Mediterráneo en la que aparecen cadáveres –dice–. Que me parece el gran relato marinero de hoy. Ahí se vería el sistema del éxodo forzado por mar, una nueva odisea. Hablo del tema en la presentación de una de las partes del libro. Me parece que no podemos pensar hoy las playas sin aludir a la contaminación o a la aparición de cadáveres. El primer cadáver que vi en mi vida fue en la playa de Necochea. Y no sé si sería de los vuelos de la muerte, porque era muy al sur, pero por la época podría haber sido”.

            Estructuró al libro a partir de los títulos de La mer, de Claude Debussy, y de Poème de l’amour et de la mer, de Ernest Chausson: “Pensé en qué música sonaba en la época de la belle époque en los balnearios de Europa e inventé unas divisiones en función de los nombres en esas piezas, ‘Del alba al mediodía’, ‘Juego de olas’, ‘Diálogos con el viento’. Eso también fue caprichoso, porque primero lo armé y luego me dije ‘bueno, a ver qué textos dialogan con esos títulos’. Y lo que sí es un poco un descubrimiento de una línea es el último apartado, ‘Del mar y del amor’: ahí está el tema de la playa como lugar del encuentro con la ninfa, que puede ser una mujer joven, o una mujer vieja, o un encuentro entre mujeres, o entre hombres. Un encuentro de algún modo erótico, ¿no?, junto al lugar donde nació la vida. Ahí incluí un canto de La Odisea, por ejemplo. En algunos casos el tema se trabaja adrede, como hace Joyce en el Ulysses, y en otros aparece más inconscientemente, como en ‘Playa’, de Salvador Benesdra, un cuento fabuloso en el que trabaja lo siniestro, porque está relacionado con la oscuridad y las desapariciones”.

Juan Bautista Duizeide y Ángel Berlanga. Foto: Alejandro Santa Cruz

            –Intenté que hubiera una serie de diálogos, a veces de la familia, a veces chocantes, que el lector encontrará o no. Quería que hubiera muchas épocas, muchos estilos distintos, locaciones distintas, clásicos y autores jóvenes. Y quería que algunas cosas específicas aparecieran: el mundo de las playas en invierno, el de los que van a hacer la temporada, diferencias de clases. Yo siento que las antologías son trabajos autorales, que no es algo que se hace de taquito. Me refiero, por ejemplo, a la Antología de la literatura fantástica que hicieron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo: ellos trabajaron claramente interviniendo los textos, con la idea de que son algo disponible, que pueden cortarse y disponerse en el orden que se quiera. Los escritores argentinos que más me interesan hicieron antologías: Borges, Piglia, Walsh, Viñas. Son libros que se prestan para abrirlos en cualquier página y leer lo que te engancha, sin seguir el orden dispuesto por el autor, y está perfecto. Siento que es un género que antes estaba más en boga. Acaso porque esta es una época un tanto narcisista, con cierto auge de la literatura del yo.

            En 2004 publicó sus dos primeras novelas, En la orilla y Kanaka. Lleva escritos, desde entonces, más de veinte libros, entre ensayos (Alrededor de Haroldo Conti), cuentos (Noche cerrada, mar abierto), crónicas (Crónicas con fondo de agua), otras novelas (Vuelta encontrada, Sobre un cuerpo ausente). Desde hace años da talleres de escritura y de lectura: en breve dará uno sobre Julio Verne y el mar. Vive en una isla en el Tigre, a la vera del arroyo Gambado. Orillas y playas remiten al agua, elemento hoy, aquí, en estado fatal: privatización de la navegación en el Paraná y de AySA, modificación de la Ley de Glaciares, enajenación de puertos, saqueo pesquero, Lago Escondido. “Yo me temo que sea una batalla perdida –dice–. Hay ciertos niveles de conciencia, pero no alcanzan a componer una masa crítica. Demasiado tiempo, demasiadas derrotas, una serie de derrotas concéntricas. Si uno piensa en los puertos, la liquidación de la marina mercante, el agua que podría requerir la refrigeración de un centro de inteligencia artificial, o la minería a cielo abierto… todo se centra en el agua, y entramos a una definición de territorio de sacrificio. Con nosotros adentro. Y está el cambio climático: esta semana las crecidas en la costa atlántica fueron desastrosas y, a la vez, el Gambado se secó y no había forma de salir de la isla. Es la venganza del agua”.

            Con vista al mar lo condujo a un descubrimiento autobiográfico: “Yo me consideraba alguien más vinculado al sistema mar, y sin embargo mi biografía tiene que ver con largos años, los más formativos, con el sistema playa. Mi primer trabajo no fue en un barco, fue ser encargado de un balneario en Villa Gesell. Aprendí a caminar en la playa, mis vacaciones eran en la playa. Así que redescubrí eso que tenía un poco negado: el origen. Vengo de dos familias que tenían que ver con el turismo, en Necochea y en Mar del Plata. Como decía, al mar lo soñé desde la playa, y recién después fue una realidad. Uno tiene a veces cuestiones de su propia vida absolutamente en sombras, y hacer la antología me sirvió para darme cuenta. Y decir: Che, pero esto también soy yo”.

Imagen de portada: Juan Bautista Duizeide. Foto: Alejandro Santa Cruz.

Píxel / Revista Zoom

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