“Hace más de 500 años esperamos la verdadera libertad”

Extracto de la entrevista que la periodista y escritora argentina le realizara al presidente boliviano, reelecto el pasado domingo por el 63% de los votos, para su libro Evo en la mira. El líder aymara repasa su llegada al poder, habla de Chávez y Fidel Castro, y sentencia: “Bolivia no puede volver a estar de rodillas”.

Conocí al presidente Evo Morales cuando siendo dirigente sindical en El Chapare y vino a Argentina a mediados de los años ‘90, lo entrevisté y lo escuché en sus intervenciones en un congreso de movimientos sociales, organismos humanitarios, intelectuales, estudiantes y trabajadores, reunidos para discutir los nuevos tiempos de América Latina y la lucha contra el modelo neoliberal que arrasaba con los derechos de los pueblos de la región. Entonces sostenía muchos de los principios que serían la base de su programa y propuesta política, cuando ya era candidato presidencial y por lo cual fue elegido en primera vuelta en diciembre de 2005. Y en 2008 respaldado por casi el 70% de los votantes.

El presidente Evo Morales sabe a lo que se está enfrentado y por eso eligió dar un fuerte contenido indigenista y antiimperialista a las celebraciones del Bicentenario. En el momento en que lo entrevisté estaba preparándose para la celebración del 25 de mayo en la población El Villar (a 235 Km. de Sucre), donde iba a rendir homenaje al cumplirse los 200 años del primer grito de libertad en América, que se dio en 1809 en Chuquisaca, rememorando la figura extraordinaria de Juana Azurduy de Padilla. En ese mismo lugar se había montado el cuartel general de la guerrilla que emancipó finalmente a Bolivia de España entre 1809 y 1825.

–¿Cómo imagina festejar el bicentenario?

–Sólo podemos festejar el bicentenario si logramos nuestra segunda y verdadera independencia. Debemos pensar por qué han sido esas grandes luchas de los últimos tiempos. No fueron sólo por demandas del momento, fueron por independencia, porque los pueblos nuestros entendieron que sin independencia verdadera, sin soberanía, no hay ninguna posibilidad de justicia, de igualdad, de mandarnos nosotros mismos, de crear nuestras formas propias de economía, de tomar nuestras propias decisiones. En eso estamos y el capitalismo, como estamos viendo, no acepta esta voluntad de los pueblos y entonces nos ponen en la lista de los enemigos. Así ven ellos la democracia.

–¿Cree que de alguna manera hoy se lucha en América Latina como en otros tiempos coloniales se luchó contra el imperio español?

–Sí. Ahora contra la decisión de Estados Unidos, que nos puso bajo su dependencia y en Bolivia eso fue muy fuerte durante todo el siglo pasado. Y ahora quiere venir por mucho más en este tiempo, justamente cuando nosotros queremos llegar siendo libres a festejar nuestros bicentenarios de independencia. Serán festejos vacíos si no habremos podido independizarnos. Pero hemos hecho mucho en estos tiempos. Bolivia no está sola en la pelea. Nos acompañan las mayorías a nivel nacional y los hermanos latinoamericanos a nivel internacional. Nuestros pueblos están peleando, juntos. Luchan democráticamente para la segunda liberación en América, que tiene que ser ahora para toda la vida.

–Como diputado usted sufrió una fuerte persecución de Estados Unidos y los gobernantes obedientes a Washington.

–Sí, había sido elegido por propuesta de los compañeros en El Chapare. Fue muy fuerte para mí la emoción que me eligieran y gané en 1997 con muchos votos, más del 70 por ciento. Era entonces diputado por el Movimiento al Socialismo (MAS) y ya me habían pasado muchas cosas con los que nos perseguían en El Chapare. Las agencias de Estados Unidos manejaban con toda libertad al país. Y nosotros vivimos sobre nuestros cuerpos esa injerencia, la persecución constante, las masacres a pueblos indefensos. Y denunciábamos una y otra vez y nadie nos hacía justicia. También yo denunciaba cómo el gobierno de Sánchez de Losada intentaba cocalizar el conflicto, como si el tema de nuestros reclamos fueran la hoja de coca o los cocaleros, a pesar de que él sabía que nuestra hoja de coca no era droga. Nada decía él de que los reclamos eran para recuperar los recursos como el petróleo, de resistencia contra el ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas), contra sus intentos de enviar el gas boliviano a Estados Unidos por Chile (y entonces ya no sería gas boliviano), ni tampoco hablaba del ingreso de tropas norteamericanas al país. Todo eso que también creaba descontento en sectores de las Fuerzas Armadas, que tenían conciencia de adónde querían llevar a Bolivia.

Esa protesta, los bloqueos, eran una decisión del pueblo boliviano contra las privatizaciones y los recursos enajenados. Era contra los planes militares de exterminio y dominación. Por eso mi país vivía un momento fundamental y el gobierno respondía con más y más represión y muerte. Ante todas estas situaciones pensamos en esos momentos que esa era la hora del pueblo y que no podíamos permitir que siguieran adelante estos proyectos mientras la miseria avanzaba. Y fueron momentos decisivos donde estábamos juntos aymaras, quechuas y otras comunidades, trabajadores y tantos sectores y organizaciones, porque se trataba de una lucha frontal contra un modelo de muerte para el pueblo. Recuerdo un momento en que los ayllus estaban haciendo una huelga de hambre pacíficamente para pedir reivindicaciones y los desalojaron violentamente, y así no les dejaron más salida que unirse a esta gran protesta. Los expulsaron como se expulsa a todos los pobres del sistema. Llegó el momento en que estábamos todos y hasta nuestros pobres jubilados, todos. El gobierno de Sánchez de Lozada tenía la orden de Estados Unidos de derrotar militarmente la protesta, porque se jugaba la suerte del modelo y de las transnacionales. Y mandó tanques de guerra y órdenes de exterminio en lo económico y militar de los movimientos sociales e indígenas. En ese proyecto tenemos que ubicar a la Iniciativa Andina, el Plan Colombia, el Plan Puebla-Panamá. Y el presidente perdió y Estados Unidos con todas sus maniobras también perdió. Estaban preparados como en otros tiempos para matar zurdos, o gente que los enfrente, que no se deja arrasar. Y entonces identificaban a indígenas, campesinos, como los enemigos del sistema y también a todos los que se rebelaban justamente y trataron de eliminar toda resistencia. No pudieron.

–¿Cómo ha sido la relación con Estados Unidos desde que llegó al gobierno?

–Ellos siguen en la misma línea. En la última entrevista que tuve con Thomas Shannon, dijo que había sido una reunión muy fina. Le recordé que él había sido el primer representante del gobierno de George W. Bush que vino a verme (como responsable para América Latina) al poco tiempo de mi llegada al gobierno. Le dije claramente que él me había hablado de una relación con respeto y que iban a respetar a nuestro gobierno. “Usted –le dije– me habló de muchas cosas en ese momento en que parecía que iban a cumplir los compromisos de respeto a la autodeterminación.” Nosotros no mentíamos en nada. Teníamos un programa y lo íbamos a cumplir porque el pueblo lo había votado. Le dije también: yo creí en usted porque nosotros, los aymaras, cumplimos siempre nuestra palabra. Pero lo que he visto es que han conspirado ustedes en forma constante. Los indígenas somos de una cultura del diálogo, lo que hablamos lo hacemos. Yo lo he demostrado. He ido a Estados Unidos y expliqué con claridad de qué se trata el tema de la hoja de coca y lo que significa para los pueblos andinos. He dicho todo lo que tenía que decir. Los aymaras siempre vamos con la verdad. Y luego denunciamos las conspiraciones, el golpismo y pensamos que si entregábamos pruebas iban a tomar medidas. Él dijo: “nos hemos equivocado, hemos cometido errores.” Pero
eso no es cambiar y le dije finalmente. —Miren, sigan conspirando, nosotros ya sabemos cómo defendernos. Ahora la decisión de cambio es de ustedes— Esa fue nuestra conversación. Tienen que aceptar nuestro derecho a ser pueblos libres.

–¿Y qué sucedió con Obama?

–Nosotros nos alegramos de la llegada de Barack Obama al gobierno, por el pueblo de Estados Unidos, por los que querían un cambio, y lo dijimos. En la Cumbre donde nos encontramos, él amablemente se acercó a saludarme. Y tuvimos una reunión cerrada. Le hablé con la verdad, le dije: “Yo he soportado la agresión permanente del gobierno de Bush. Nos sucedió de todo, atentados, descubrimos cómo se financiaban las acciones contra el gobierno. Tenemos las pruebas de cómo se han desviado los fondos que el pueblo norteamericano cree que son para ayudar a los pobres. Cuando nosotros vivimos los horrores del golpe civil en septiembre, donde mataron a campesinos inocentes y todos esos sectores eran financiados por sus instituciones, hubo una condena fuerte contra ese golpe. Todos los países de Unasur repudiaron el golpe, la ONU, todos, menos el gobierno de Estados Unidos. Ahora estamos viviendo el nuevo programa de desestabilización y separatismo. Usted defendió la democracia y por eso le entregamos nuestras pruebas y posiciones para que personalmente pueda verlo y nos entienda.”

Después de dos días en esa Cumbre tan fuerte donde hablamos muy claros los presidentes, él mismo se acercó y me dijo: “Evo, todo lo que necesite, lo ofrezco de mi parte. Hace unos días me llamó la señora delegada de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, para pedirme mantener una relación directa. Nosotros tenemos la puerta abierta. Los ministros se lo han explicado a los embajadores. Fuimos siempre con la verdad. Pero no volveremos a la situación de injerencia y de intromisión. Creemos que lo que nos pasaba a nosotros era ya un límite. Si cuando llegamos al Palacio Quemado teníamos el Grupo Militar adentro instalado… La historia de lo que han hecho en todo este tiempo contra mi gobierno, de lo que hicieron antes, es una historia colonial y criminal. Una historia de injerencia de tal gravedad que prácticamente podemos decir que Bolivia estuvo cautiva y su pueblo también. No podemos tolerar eso. No vamos a permitir más humillaciones y dolores para nuestro pueblo. Hace más de 500 años esperamos la verdadera libertad.

–Ahora, años después de su llegada al Palacio Quemado, ¿qué es lo que más lo impresiona de su relación con el poder?

–No es el poder. El pueblo es el poder. Sólo gobernar. Pero cuando llegué como presidente no podía dejar de pensar en todo lo que habíamos vivido. La mayoría, que éramos los pueblos indígenas, no teníamos derecho de caminar por la acera, y cuando llegábamos a algunos lugares nos querían tratar como a animales, tirarnos desinfectantes como DDT, haciendo avergonzar a los niños de ser hijos de indígenas. Matar a un indio no se pagaba como un crimen. Habrán muerto tantos que nadie supo. Y cuando llegamos, cuando ya habíamos estado en las calles al frente de las rebeliones y llegamos, recuperamos nuestra estima, nuestra fortaleza y dignidad.

Ahora apostamos a un cambio muy profundo. Yo pensaba cuando estaba en el Palacio Quemado los primeros tiempos, en todos los presidentes que pasaron por allí, que no sabían lo que era tener hambre, frío, ni cómo era trabajar casi desde que se empieza a caminar, sin horarios, sin descanso desde las cuatro de la mañana. Así trabajaban todos los comunitarios. Es imposible que entendieran lo que pasaba ese pueblo allá afuera, allá lejos. Ellos no vivieron Bolivia. Así que empezamos a tratar de hacer las cosas más simples. Tomamos las medidas más urgentes. Pensamos en ayudar a las madres y a los niños, el bono Juanito Pinto. Más de 60 mil madres lo tienen. Las pensiones para miles de bolivianos que no tenían nada de nada, después de haber trabajado tanto. Tomamos muchas medidas en lo social, pequeñas y más grandes, como esa entrega de tierras que estamos haciendo ahora.

El que ha tenido todo siempre no puede entender lo que significa que el Estado diga “mira, esto es tuyo”, por primera vez en su vida. Sentirse mirado. Eso es mucho. Nadie puede imaginar hasta qué grado es la injusticia en Bolivia. El pueblo siente que ha llegado a la presidencia, al parlamento, que tienen quién escuche y quién interprete lo que está pasando. Y sabe que nos ven desde afuera con respeto. Los medios atacan, pero como cuando yo era niño, esos diarios no llegaban a las comunidades y la televisión… La mayoría, que no sabe español, no entiende. Nos salvó nuestra propia cultura de ser esclavos de esos medios y de la desinformación.

–¿Cree que fue importante que usted llegara a la presidencia cuando estaba en marcha un proceso de integración continental al que su gobierno adhirió?

–Fue vital esa integración, para todo, como la ayuda que recibimos de Venezuela en los primeros tiempos, del presidente Hugo Chávez y el pueblo tan solidario. Y Brasil, Argentina y todos los otros gobiernos y pueblos. Y Cuba, ese país tan golpeado y solidario. Sabemos que todos juntos podemos salvarnos. No nos dejaron solos cuando los golpes, porque fueron unos detrás de otros, sin descanso desde el primer día y desde antes. Fue duro. La solidaridad lo es todo. Nuestro pueblo lo sabe. Ahí está la alfabetización, los hospitales… Nunca, nunca había existido todo eso. Los que tenían como esclavo al pueblo ¿cómo podían alegrarse por la recuperación de la dignidad, porque aprendieran a leer y defenderse?

–¿Cómo es su relación con Fidel Castro?

–Él es el gran ejemplo de solidaridad y hermandad. Siempre he encontrado sabiduría y mucho respeto. Nada que uno pueda sentir como una intromisión. Es la figura más importante. Su lucha y su experiencia, sus conocimientos, todo. Y es muy fuerte. Una vez comentaba yo que había quienes me decían que los Estados Unidos podían ser muy duros con nosotros, bloquearnos por ejemplo. Y recuerdo que Fidel me miró algo sonriente y me dijo. “Pero Evo, tú tienes un país donde hay gas, petróleo, minerales, comida, alimentos, agua. ¿Qué puede pasar si te bloquean? Mira a Cuba ¿Qué teníamos nosotros? Nada. Y seguimos resistiendo.” Le dije: “Con su pueblo y con nuestro pueblo, que hace más de 500 años resiste, y con todo lo que tenemos, Bolivia no puede volver a estar de rodillas.”

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