Extractivismo y profundización del saqueo

El gobierno aprobó la liberación de semillas modificadas que requerirán mayor uso de pesticidas. Entrevista a Cecilia Gárgano, especialista del CONICET. Por María Soledad Iparraguirre

Si bien a escala global, Argentina genera pocas cantidades de gases de efecto invernadero –responsables de la contaminación medioambiental que llevó al mundo a una crisis climática sin precedentes—, la profundización de prácticas extractivistas, incrementa la emisión de dichos gases y socava nuestra soberanía. En este contexto, mientras Argentina lidera el ránking de países que mayor cantidad de pesticidas utiliza, la Subsecretaría de Bioindustrias, Biotecnología e Innovación del gobierno, de La Libertad Avanza (LLA), aprobó días atrás la comercialización de dos variedades de maíz resistentes a cuatro agroquímicos. El correlato será el aumento en las cantidades y variedades de pesticidas que se emplean en las pulverizaciones aéreas y/o terrestres en los campos. Los herbicidas son el glifosato –pilar del modelo sojero—, el glufosinato de amonio (quince veces más tóxico que el primero), el 2,4-D y un compuesto a base de ariloxifenoxipropionato. Todos ellos generadores de malformaciones, diabetes, cáncer y daño neurológico, entre otras graves enfermedades.

Desde el arribo de la soja transgénica en 1996, por Felipe Solá, durante el menemismo, Argentina lleva hasta ahora aprobadas (durante los susesivos gobiernos) casi ochenta semillas modificadas genéticamente para resistir agrotóxicos. El ingreso de la soja habilitó a su vez la venta masiva del paquete tecnológico de la multinacional Monsanto, el glifosato Roundup Ready, herbicida cuya neurotoxicidad fue comprobada en laboratorio por el científico del CONICET, Andrés Carrasco.

Una matriz dependiente y extractivista

“La crisis climática existe y es concreta, pero además, hay que definir cómo afectará a una actividad tan central para nuestro país como la agricultura, de la que dependen negocios millonarios de grandes conglomerados pero también nuestra soberanía alimentaria”-, señala Cecilia Gárgano, doctora en Historia e investigadora de la Universidad de San Martín y del Conicet. Gárgano explica que la matriz agraria históricamente determinante en la Argentina es un dato a tener en cuenta en un contexto global crítico respecto del uso intensivo de recursos naturales y la propia dependencia de esa matriz de los capitales fósiles, es decir, aquellos no renovables, como el agua, el gas y el petróleo. La especialista dice que la agricultura es cada vez más vulnerable por su modo y finalidad de producción, y ya no solo por la crisis climática.

“Se ha ido configurando un agroextractivismo que, básicamente, es la organización de la producción agrícola en base a regímenes de especialización en monocultivos. En nuestro caso es la soja transgénica, o producciones que no están destinadas al consumo alimentario (por lo menos, no al consumo humano sino a la generación de biocombustiles o alimento para ganado en otras latitudes). Esta organización de la producción por un lado es intensiva en el uso de combustibles fósiles y ahí tenemos una ligazón estructural a la crisis climática, y es intensiva en el uso de agrotóxicos y fertilizantes químicos, que también está asociado al cambio climático”, indica Gárgano.

Cecilia Gárgano

 “La extensión de la frontera agrícola que no sólo desplaza cultivos sino también bosque nativo y poblaciones, socava las propias bases que la sostienen porque va depredando el territorio, va impidiendo que la naturaleza mantenga los propios tiempos que requiere para recuperarse, va dejando un mapa de contaminación a su paso y de saqueo y profundización de la pobreza”-, señala la docente e investigadora. “-En este marco general hay dos cuestiones a tener en cuenta; por un lado lo que pasa con el agro extractivismo en general, esta forma de producción en Argentina y en otros países, práctica intensiva en el consumo de agua dulce, que utiliza unas altísimas cantidades de petróleo y de agua, genera entre el veinte y el treinta por ciento de los gases de efecto invernadero, que están obviamente asociados al calentamiento global. Es una agricultura que en el mundo ocupa más del setenta por ciento de la tierra agraria global, hablamos de más de mil quinientos millones de hectáreas, y sin embargo solo produce el treinta por ciento de los alimentos que consume la humanidad. Si llevamos esto a Argentina el contexto propone profundizar esta matriz extractivista y agroextractiva en particular. No casualmente en la década de los 90, se profundizó el núcleo duro del extractivismo, con el ingreso de la soja transgénica, la explotación de hidrocarburos y la megaminería metalífera a cielo abierto. Hoy, a pesar de que han saltado todas las alarmas sociales, ambientales y económicas de estas formas productivas que cada vez están más en agenda, lo que se propone es profundizar más la matriz extractiva. Este avance no tiene  nada que ver con lo que estamos viendo en las calles; el extractivismo no tiene licencia social, lo vimos en Mendoza en la lucha por el agua, lo vemos en Neuquén, en el NOA, en los territorios fumigados. Las patologías de la salud en los territorios afectados son muy similares y van desde La Matanza hasta el Norte argentino. Esta profundización del extractivismo no casualmente irá de la mano de un incremento de la represión de la protesta social”,- sostiene Gárgano.

Mapa del Agronegocio

Creado en 2021, a partir de un trabajo conjunto del Laboratorio de Investigación en Ciencias Sociales (LICH), dependiente de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, (CONICET), el Mapa Extractivista se presenta como herramienta de consulta y caja de resonancia de la denuncia de los conflictos asociados al extractivismo, particularmente centrado en las investigaciones e información recabadas en la provincia de Buenos Aires. El territorio bonaerense se ha ido convirtiendo en los últimos años en epicentro de conflictos socioambientales variados como respuesta al modelo agropecuario hegemónico.

“El mapa incorpora casos de investigación sobre los que venimos trabajando, así como registros audiovisuales de los mismos, pero fundamentalmente se dedica a reunir y sistematizar diversas fuentes (notas periodísticas, informes institucionales, papers, entre otros registros) disponibles. En este sentido, busca oficiar de herramienta para rearmar el rompecabezas que conforma el agronegocio y contribuir a desarmar una de sus operaciones más efectivas: la presentación de los daños ambientales, sanitarios y sociales como hechos aislados y/o accidentales. Si bien en general estos efectos aparecen en forma solapada, decidimos organizar los conflictos relevados en base a tres ejes: contaminación por plaguicidas, cursos de agua y escuelas afectadas. Se trata, en definitiva, de una cartografía que busca visibilizar la conflictividad existente, indica Gárgano. En la provincia más densamente poblada del país, los investigadores llevan relevados cerca de cien conflictos vinculados a la matriz agraria. El Mapa del Agronegocio representa un espacio en construcción abierto a la inclusión de datos que actualicen permanentemente el registro y busca sistematizar las resistencias por la afectación en el uso intensivo de plaguicidas en cursos de agua, escuelas y residentes rurales y urbanos.

Apostar a tejer nuevos lazos sociales

Ante el interrogante sobre cómo avanzamos, la docente sostiene que debemos pensar que los mecanismos que sostienen el extractivismo –que se profundizarán de la mano de la extrema derecha—, se establecen a partir de dos operaciones que son homogeneizar y fragmentar los territorios. Homogeneizarlos y aplanarlos en su biodiversidad y en sus modos de producir, y fragmentarlos, es decir, tratar cada uno de estos reclamos de manera aislada y particular, con toda una batería de herramientas jurídicas y burocráticas que avalan este funcionamiento, como la inversión de la carga de pruebas, que obliga a las poblaciones a demostrar los daños en sus cuerpos y sus territorios y quedar atrapados en largos laberintos jurídicos. Lo que nos queda en este contexto tan difícil es darlo vuelta. Eso significa apostar a volver a tejer los lazos sociales, y que esa salida apueste a la diversidad. La Agroecología también viene ofreciendo alternativas viables mientras politiza el clima y el acceso a la tierra. En tiempos de desmantelamiento, el acceso a la tierra tiene que seguir estando en agenda”, concluye.

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