El escamoteo de una vida

LECTURAS «Malas lenguas», de Alan Pauls: entre la lectura en clave, la expectativa del chisme y la pretensión de verdad de toda biografía.

En las primeras páginas de su Life of Samuel Johnson (1791), James Boswell da cuenta de que, durante los años que transcurrieron entre la muerte del biografiado y la publicación de su obra, ya habían aparecido otras varias memorias y biografías de personas cercanas al polímata inglés Samuel Johnson. Se trata de un ajuste de cuentas necesario para un Boswell que se pasó horas y horas, durante dos décadas, anotando sus conversaciones con Johnson desde el día en que lo conoció. La más “voluminosa” entre aquellas otras biografías publicadas antes de la suya, admite Boswell, es la de Sir John Hawkins, “un hombre a quien, durante mi prolongado trato con el Dr. Johnson, no recuerdo haber visto en su compañía sino una vez, y estoy seguro de que no más de dos”. Dado que basa su biografía en las conversaciones con Samuel Johnson y en el registro que hace de su retórica ejemplar, para Boswell, el valor de una biografía se mide, en parte, por la capacidad para caracterizar al biografiado; pero, sobre todo, por la calidad del tiempo compartido “con natural camaradería y familiaridad” (“with companionable ease and familiarity”).

            Algo de esta despreocupada y familiar vida en común es lo que narra Malas lenguas de Alan Pauls (Random House, 2026), ya no en relación al protagonista de una biografía, sino con un personaje lateral: uno de esos nombres apenas mencionados al pasar en el largo índice onomástico de toda vida escrita.

            El narrador de Malas lenguas está obsesionado con la biografía que escribió una colega suya (“nuestra amiga”), amante ocasional y competencia perenne, acerca de Baldó, un famoso profesor, director de la biblioteca Naldoni, y libertino eximio por las fiestas de máscaras que ofrecía en su departamento de la ciudad y los veraneos orgiásticos en su quinta de retiro. Pero la obsesión del narrador tiene menos que ver con la (a pesar de todo lo mencionado) plúmbea personalidad del director de la biblioteca, que con la de un joven poeta encargado de la sección Manuscritos Raros, cuyo nombre, Bernal, apenas aparece en la biografía de “nuestra amiga” y ya se está esfumando de las letras de molde.

            La desaparición verdaderamente importante en la novela, sin embargo, es el abandono de Bernal hacia el narrador; haber desertado de su vida en común, así como de sus sábanas. Por eso, lo que en un principio parece la historia de una rivalidad entre dos inescrupulosos profesionales del género biográfico, rápidamente se revela como el prolongado lamento de un amante herido.

            Reponer, hasta donde se pueda, la presencia física de Bernal pasará a ser, entonces, el móvil principal de Malas lenguas, cuyo narrador, en tanto escritor, él también, de biografías, adscribe a una escuela mediúmnica: los objetos personales y los lugares en los que alguien vivió, asegura, pueden transmitir algo de la esencia de esa persona ausente. La frienemy del narrador, en cambio, milita otra tendencia biografista: no solo es capaz de desterrar del texto a Bernal, con quien también ha intimado y de quien (según malicia el narrador) ha obtenido información clave para su investigación; sino que también se toma la libertad de convertir pasajes licenciosos de la vida sexual de Baldó en olimpiadas grecolatinas. Es así como practica un biografismo de la elipsis: tanto por exterminio como por alegoría, una persona o una situación pueden desaparecer o ser desfiguradas. No queda claro si por autocensura o por mero gusto de la alquimia (si es a causa de un contexto represivo o simplemente responde a un régimen de representación conscientemente pacato), pero a la biografista esta operación le produce enorme orgullo y goce estético. El propio narrador, a pesar de vivir su sexualidad con libertad, relata los numerosos encuentros eróticos mediante ambigüedades, evasivas, pronombres relativos y metáforas de dudosa celebridad (“mástil de carne”, por ejemplo). Un deliberado pudor del pornógrafo que, si bien se preocupa por recuperar la vida e intimidad de un personaje, escamotea una porción no menor de su experiencia vital.

            Si hay un goce que la novela expresa es el de la escritura en clave. El name dropping es exuberante en Malas lenguas y casi enteramente inventado. Artistas, editores, coleccionistas, críticos, investigadores, pero también ciudades, barrios y pueblos son ostensiblemente ficcionales y despojados de referentes identificables fuera de la cubierta del libro. Sí es cierto que son reconocibles, por características superficiales, algunos personajes secundarios que remiten a Borges o a Lugones (tanto al poeta como al comisario). Y, entre los topónimos, Hurlingham y Hungría (quién sabe por qué azar geográfico) son de los pocos nombres que escapan a la desfiguración. Pero quien busque reconocer en la trama una versión de rencillas y miserias de la realidad literaria más cercana rápidamente fracasará: antes que la estrategia de escritura, lo que la novela pone en evidencia, y al mismo tiempo defrauda, es la lectura, chismosa y paranoica en partes iguales, a la que está acostumbrado un lector promedio de biografías.

            El régimen de la alusión que propone la novela se alimenta de sobreentendidos y mensajes entre líneas. Malas lenguas organiza la expectativa de una lectura en clave, pero termina frustrándola. Los nombres falsos prometen ocultar personas reales; sin embargo, a medida que avanza el relato, queda claro que remiten al mundo cerrado de la ficción. El mecanismo de la alusión pierde entonces su objeto: ya no hay secreto por descubrir sino el funcionamiento mismo del secreto. Para ser justos, esa decepción responde a una consigna del propio narrador, que reconoce como valores en la biografía de Baldó “el éxito incipiente de los seudónimos, las fiestas de disfraces y el anonimato, tres pasatiempos que una cultura como la nuestra, tan celosa de la autenticidad, difícilmente se habría permitido antes”.

            En este entrevero de biografía y ficción, existen ejemplos singulares, como Fijman, poeta entre dos vidas (1992), de Juan-Jacobo Bajarlía. En “la vida apócrifa”, escribe Bajarlía, “todo se hace verosímil”. El desdoblamiento del poeta maldito, caracterización que hace de Jacobo Fijman, se completa en una tercera realidad construida a base de anécdotas apócrifas: “Los amigos le dirán que hizo tal o cual cosa. Todos lo creerán, incluso el mismo Fijman, quien ya no sabe dónde termina una realidad para comenzar la otra, la del espíritu. Su propia confusión pasará a los amigos. Es una confusión que induce a tomar por exacto un dato apócrifo (…) El mundo real se vuelve imaginario, y la imaginación el metro para aceptar y medir la condición humana”. Esta teoría mística, con toda su solemnidad, es la presentación, en el libro de Bajarlía, de una serie de anécdotas apócrifas (algunas, incluso, con más de una variación), una suerte de mitología social que se fue forjando sobre Fijman con los años y entre amigos y lectores. Es, en definitiva, un museo del chisme en miniatura, una hagiografía oral del poeta que no contrapone verdad e imaginación. Pauls desaconseja ocuparse de la autenticidad de lo que se cuenta sobre una vida, pero en el camino, quizás, esté desatendiendo también el estatuto de verdad que puede tener toda ficción.

            Se ha dicho que el fuerte de Malas lenguas lo construyen el fraseo y la voz. Las oraciones largas (largamente comentadas por la crítica) se ramifican, y el mismo narrador se pierde en esa enramada. Es un fraseo que pone a prueba la flexibilidad de la sintaxis así como la jerarquización del relato, porque en él confluyen y se enredan sucesos centrales con anécdotas menores. Quizás este rasgo de estilo explique la dilución del efecto dramático en la novela; la pasión de fondo, que es el despecho del narrador por el abandono del entrañable Bernal (poeta de dientes podridos), llega puntual a la cita del último capítulo, pero en un triunfo pírrico contra una sucesión enmarañada de desvíos y conflictos menores. Lucio V. Mansilla se perdía y uno iba con él. Pero no cualquiera sabe perderse sin perder al lector.

            En cuanto a la voz, aspira a ser ponzoñosa. Elogia a quienes escriben «con perfidia y fruición» e invita al lector malintencionado (ya frustrado por la falta de chismografía, de novela en clave y de sexo explícito) a buscar consuelo en la lengua bífida que promete el título Malas lenguas. Pero esa voz termina siendo menos venenosa que nostálgica. Cómo olvidar aquel maestro en el arte de la injuria que fue Carlos Correas, y La operación Masotta (1991), donde anota indelebles frases del desprecio cultivado. Como cuando dice de Oscar Masotta, su víctima biografiada: “Para sus amigos íntimos, leerlo era otra manera de tenerlo presente; por eso a veces no lo leíamos”.

Píxel / Revista Zoom

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