CACHO OTERO Y OTROS HOMBRES DE CABALLOS

Breve crónica sobre Vicente “Cacho” Otero, célebre contrabandista uruguayo, torturado y desaparecido en la ESMA durante la dictadura.

Vicente “Cacho” Otero nació en Uruguay a mediados de los años 20’ del siglo pasado, pero es difícil precisar dónde. Ese dato faltante en su biografía forma parte de la leyenda que él mismo se había encargado de construir. Era sabido que en el territorio uruguayo era dueño de una estancia, sobre las costas del Río Negro que desemboca en el Uruguay. El campo, más que estar dedicado a la producción ganadera o agrícola, era una de las bases para las actividades de contrabando, que llevaba adelante en el delta del Paraná y en el río homónimo. Otero había amasado una fortuna trayendo en aviones particulares whisky y cigarrillos desde Panamá. 

Pero no solo esa mercadería, demandada por las clases pudientes de ambas orillas, había contribuido a edificar su riqueza. En los años de los gobiernos peronistas que fueron de 1945 a 1955, el ya conocido como Cacho Otero, se dedicaba a transportar opositores al gobierno de Perón hacía tierras uruguayas, donde al amparo de la embajada británica se había constituido un foco opositor y de propaganda anti peronista, conformado principalmente por gente perteneciente a la armada y al radicalismo. El dirigente radical Miguel Ángel Zabala Ortiz, que tuvo un rol protagónico en diversos atentados y en la matanza concretada el 16 de junio de 1955 en Plaza de Mayo cuando aviones de la armada dejaron caer sus bombas sobre población civil, lo consideraba el rey del contrabando y a la vez “casi un hombre del partido” por los servicios prestados. Cuando la autoproclamada Revolución Libertadora concretó el golpe, Cacho Otero se encontraba alojado en la cárcel de Villa Devoto por delitos vinculados a sus actividades ilegales. Apenas asumió el general Aramburu como presidente, lo premió con un indulto. 

Ya para entonces, Otero era dueño de una gran fortuna y contaba con el visto bueno de las autoridades para seguir aumentandola. Para ello contaba con pistas de aterrizaje de sus aviones no solo en la estancia uruguaya, sino también en la provincia de Mendoza, donde a principios de los 70’ se le inició una causa por contrabando y fue defendido por el abogado mendocino Conrado Gómez, al cual lo uniría un destino trágico.

Conrado Gómez, era conocido por defender presos políticos y en su juventud había militado en el Partido Comunista, aunque después tuvo un acercamiento con sectores de la izquierda peronista. A sus actividades como abogado, también añadía su pasión por el turf, ya que era dueño de 20 caballos de carrera. Es posible que esa actividad lo haya vinculado a Cacho Otero, quien enriquecido, ya no sentía atracción por una actividad peligrosa como la de contrabandista y se había dedicado a la cría de caballos de carrera, además de tener  studs en los hipódromo de San Isidro y La Plata. 

Conrado Gomez junto a su familia.

Otero era famoso por el arreglo de carreras en ambos circos turfisticos, donde tiraba al bombo a los caballos favoritos para que ganaran los suyos con sport que solían pagar $70 para arriba, motivo por el cual fue varias veces suspendido por la Comisión de Carreras. Cultor de la elegancia y los modales caballerescos, a Otero le gustaba exhibirse y hacer gala fanfarronesca de su fortuna en la noche porteña, de la cual era un animador que no pasaba desapercibido. Según cuenta el pianista cordobés Armando Aranjuelo, un virtuoso que animaba con su música la selecta nocturnidad del Tabaris o el Saint Moritz entre otros lugares,  en un reportaje publicado por La Nación en noviembre de 2003 da cuenta que: 

Cacho Otero tenía la costumbre de llegar al lugar donde yo tocaba, en Juncal y Rodríguez Peña, y lo hacía cerrar para el resto del público, convirtiéndolo en una función privada. Como era un salón todo espejado, desde mi piano podía observar todo. Así, una noche, una descuidada vendedora de jazmines logró entrar al bar, se acercó a la mesa de Otero y le pidió que le comprara una florecita. Cacho Otero le preguntó: «¿Cuánto vale toda la canasta?». Se la compró íntegra, y lo último que vi al empezar a tocar el piano, fue a la pobre mujer arrodillada y besándole las manos como gesto de agradecimiento. 

En el año 74’, Otero se encontraba otra vez tras las rejas en Devoto, y, aunque resulte paradojal, salió de la cárcel gracias a un indultó del ya presidente, Juan Perón. Es por esos años que funda la revista de pronósticos turfisticos La Fija, como una competencia a la clásica Palermo Rosa. Lo cierto es que, si tentado por la suma de dinero ofrecida para la operación, o por ganas de revivir una cuota más de adrenalina semejante a las vividas en su ya pasada juventud, Cacho Otero conviene en transportar un contrabando de armas y equipos de comunicación, para la Columna Norte de Montoneros, conducida por Rodolfo Galimberti. Hablamos de una operación concretada meses después del golpe del 24 de marzo de 1976. Es posible que la información de la misma haya llegado a los servicios de información de la marina y que le haya servido de excusa al almirante Massera -que al igual que Otero era un amante del turf- para darle la orden al marino y ex integrante de Guardia de Hierro, Jorge Radice, para secuestrarlo con una patota a sus órdenes, una mañana en la esquina de Riobamba y Corrientes, esquina donde estaba el edificio con la redacción de La Fija. 

Otero, al igual que otros detenidos, sufrió la tortura en los sótanos de la ESMA y mediante esa práctica, sus caballos y campos en Zárate, fueron traspasados al almirante Massera. En la operación de traspaso de las propiedades, no solo intervinieron Jorge Radice, que ligó cinco caballos como pago a su tarea, sino también conspicuos guardianes, como Daniel Adrogué, Luis Alberto Bragagnolo y Genaro Contartese, a través de sociedades comerciales creadas especialmente para la apropiación de bienes de detenidos desaparecidos, tal como denunciara la periodista Susana Viau, en una nota publicada en marzo de 1998 en Página 12. 

Si la pasión por el turf del almirante genocida tuvo como víctima paradojal a Cacho Otero, otrora colaborador de la marina, la otra víctima fue el abogado Conrado Gómez, quién para enero de 1977, viendo los peligros que corría, había desistido de seguir defendiendo presos políticos. Ese abandono de la profesión le permitió dedicarse de lleno a la cría de caballos de carrera y a un stud con más de veinte ejemplares que animaban las reuniones de La Plata y Palermo. Su determinación, de abandonar la profesión para preservar a su familia, llegó demasiado tarde y tuvo la mala fortuna de cruzarse con la ambición de Massera y el instrumento de la misma, la patota de Jorge Radice.

Sin embargo, otros testimonios dicen que Gómez era un excelente abogado, que continuó defendiendo presos políticos, cuando ya era evidente que esa defensa podía costarle la vida. Como ya citamos, en su juventud había militado en el PC, después se había acercado a la izquierda peronista y a Montoneros. Como penalista había defendido a más de un “pesado”, entre los cuales estaba Vicente “Cacho” Otero. Había ganado mucho dinero y era dueño de diversas propiedades, además de los veinte caballos de carrera. Caballos de los que Massera se apoderaría, a través de una maniobra gestada una vez más por Jorge Radice en los sótanos de la ESMA. Allí le prepararon a Ruger -con ese alias circulaba Radice en la ESMA- documentos a nombre de Héctor Juan Ríos y Conrado Gómez fue obligado a firmar un poder para que el marino, haciéndose pasar por un emisario suyo, fuera a buscar los caballos a Paso de los Libres. 

Museo ESMA

El nombre falso volvería a jugar nuevamente en la creación de la empresa Wilri, así llamada por William Wahamond y “Ríos”, a la que otro prisionero, de nombre Victorio Cerrutti, cedería las propiedades de Cerro Largo con una pistola en la cabeza. El 28 de enero de 1977, dieciocho días después de que Gómez fuera secuestrado, un oscuro escribano de apellido Dárdano, certificaría ante el Jockey Club argentino, que la firma, arrancada en las mazmorras  de la ESMA, era auténtica. Los caballos correrían en Palermo y La Plata, preparados por Aldo Maver, un cuidador mendocino que Gómez había traído a la Capital y que no vacilaría en traicionar a su protector y patrón, lo que le valió ir preso y condenado, junto con la banda de los marinos comandados por Radice. Fueron esos caballos, ofrecidos como prueba por Federico Gómez, uno de los hijos de Conrado, los que sirvieron para juzgar y  condenar al falso Ríos, a sus cómplices y al ex comandante de la Armada, Emilio Eduardo Massera, en una de las diferentes causas que tuvieron que enfrentar en vida, unos como simples delincuentes y otros como genocidas.

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