No fue archivista y tampoco historiadora sino una Madre de Plaza de Mayo que salió en búsqueda de su hijo, detenido desaparecido en Ensenada, y registró como fotógrafa sus acciones individuales y las de organizaciones de derechos humanos además de conservar papeles y documentos de múltiples gestiones. Adelina Dematti de Alaye (Chivilcoy, 1927 – La Plata, 2016), “la madre fotógrafa”, creó así un archivo que se extendió desde el ámbito personal a la memoria colectiva. Los martes Adelina, el libro publicado por Ediciones Bonaerenses, da cuenta de la construcción de ese legado y lo reinstala en el presente.
El Fondo Adelina Dematti de Alaye conserva más de 4000 fotografías en blanco y negro y en color sobre papel, tiras de negativos y registros digitales y se encuentra desde 2008 en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, después de ser donado por la propia Adelina. Las imágenes y los textos se intensificaron a partir de fines de 1977, con el comienzo de la búsqueda de Carlos Esteban Alaye, el hijo desaparecido, hasta mediados de la década del 2000; el libro no es una simple edición del material sino una producción que habilita –y requiere explícitamente, además– nuevas transmisiones, acordes con un archivo “inquieto y en expansión”, como dicen los editores.

Foto de Santiago Hafford para el diario El Día. La Plata, 6 de diciembre de 1999 (FID1596).
El fondo no quedó inmovilizado después de su donación. Entre 2010 y 2013, Adelina Dematti de Alaye se acercó todos los martes al Archivo Histórico Provincial para conversar sobre el acervo que había reunido, con lo que se agregaron cincuenta horas de entrevistas; el libro refiere a ese ritual desde el título y es el resultado además del trabajo de un equipo interdisciplinario de investigadores que puso en diálogo las grabaciones con los documentos para reconstruir una historia de vida y de lucha.
La organización colectiva de la búsqueda junto a otras Madres y familiares ocupa un lugar central en la narración. La cámara de Adelina documentó los pasos que llevaron al uso del pañuelo blanco, la participación en rituales religiosos, las rondas en las plazas, las marchas de la resistencia y el Siluetazo, entre otras acciones, y su testimonio a través de escritos propios y de las entrevistas rearman la memoria personal y colectiva. “Organizar y describir su archivo se convirtió en un momento de conversación y de transmisión”, dice Alicia Sarno, directora del Archivo Histórico Provincial, en la introducción del libro.


Por tener memoria
Adelina se formó como maestra en las escuelas normales de la provincia de Buenos Aires y luego como profesora de jardines de infantes. Se casó y tuvo dos hijos con los que en 1974 se instaló en La Plata, separada de su esposo en la década anterior. Su vida dio un vuelco cuando un grupo de tareas secuestró y desapareció a Carlos Alaye, el 5 de mayo de 1977; meses después se jubiló para dedicarse a la búsqueda de su hijo.
Carlos Alaye terminó la secundaria en la Escuela Nacional de Educación Técnica número 3 de La Plata, donde fue delegado, actuó en la lucha por el boleto estudiantil y militó en la Unión de Estudiantes Secundarios. En 1976 se casó con Inés Ramos y se mudó a Ensenada, de acuerdo con la política de proletarización. Poco después se integró a Montoneros; cuando desapareció, esperaba el nacimiento de su hija Florencia.
Los martes Adelina repone las preguntas y los problemas de los familiares ante la desaparición: “¿Cómo entender lo que estaba pasando? ¿Cómo enfrentarse al verdadero alcance de la dictadura?”. Adelina tenía la costumbre de guardar fotografías de la familia, con nombres, fechas y comentarios anotados en sus reversos, y también de su actividad profesional como docente. Como cualquiera. Pero en su caso la fotografía se convirtió en un método y en una estrategia ante la tragedia; una de sus primeras acciones fue ya registrar, con un fotógrafo del barrio, el estado en que había quedado la casa de su hijo al día siguiente del secuestro.

“Empecé guardando por tener memoria, de que si presenté una cosa ver cómo evoluciona, o cómo la tengo que seguir. Eso es una práctica que una hace en la escuela, en la oficina”, cuenta Adelina en una entrevista con los investigadores del Archivo Histórico Provincial. Si en principio estaba sola, ya pensaba en el sentido de transmisión que impulsa su archivo: “Yo guardaba para que se conociera después, determinadas cosas para que Carlos pudiera verlas y otras porque la historia por ahí alguien la iba a escribir”.
Los expedientes que inició por averiguación de paradero no recibieron más respuesta que negaciones y evasivas pero “cada publicación fue un acto de memoria, una forma de hacer visible lo que el Estado quería borrar”. Adelina consiguió por sí misma un testigo de la desaparición de Carlos y más tarde supo por una sobreviviente que su hijo había sido visto por última vez en el centro clandestino La Cacha, contiguo al Penal de Olmos. Robert Cox publicó el hábeas corpus y una nota en el Buenos Aires Herald; “no es que te vas a salvar ni nada sino que es una forma indirecta de protección”, le dijo el periodista al que según Adelina las madres llamaban “cuando veíamos que iba a haber represión”.
El riesgo era doble, porque Adelina tomaba fotos. “Escondía su cámara entre las ropas, disimulada bajo el abrigo, a la altura del pecho. Durante las marchas y actos de denuncia, disparaba sin mirar, sin levantar el aparato ni encuadrar: apretaba el botón a ciegas, con los brazos pegados al cuerpo, confiando en el azar y en su intuición”, cuenta Los martes Adelina.

No era investigadora, pero junto con otras madres indagó en las actas de la morgue de La Plata y reconstruyó la participación de médicos policiales en las inhumaciones de víctimas de la represión en el cementerio de la capital provincial. “Adelina revisó minuciosamente actas de entierro y certificados de defunción, y habló con los sepultureros. Así descubrió que existieron enterramientos como NN (nombre desconocido) de más de 400 tumbas”. De allí vinieron el apodo de “la madre que buscaba a su hijo en los libros de la morgue”, una prueba judicial presentada ante distintos tribunales y durante el Juicio a las Juntas, y el libro de su autoría, La marca de la infamia. Asesinatos, complicidad e inhumaciones en el cementerio de La Plata (2008).
Una mirada nueva
La cámara de Adelina registró la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos el 6 de septiembre de 1979, un hito en la denuncia de los crímenes de la dictadura; las rondas de las madres en Plaza de Mayo desde junio de 1977 y en la Plaza San Martín, de La Plata, desde 1979; el acto multitudinario en el que el presidente Néstor Kirchner anunció la transformación de la Esma en un sitio de memoria, el 24 de marzo de 2004.
Adelina produce un registro nuevo y también una forma de mirar que desbarata el terror. Con la reapertura de las causas, en 2006, se presenta en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata y desde las primeras filas observa al acusado Miguel Osvaldo Etchecolatz, ex Director de Investigaciones de la Policía bonaerense:



Adelina: la Madre fotógrafa, fotos de Daniel Muchiut. La Plata, 2015.
-Este usa medias de seda negras, bien visible. Notá vos que es seda. Y ahí le colgaban los pies. Y yo dije, “¡Qué poca cosa que es!”. Demostró siempre que su interior no es mucho más grande que su contenedor, el cuerpo. Y me hizo gracia y le saqué las patitas colgando, por eso atrás creo que puse algo en relación. Los pies de un cana, Etchecolatz. Este sí que no pisa más a nadie.
La desaparición de Carlos Alaye fue juzgada dentro de la causa La Cacha, a partir del 18 de diciembre de 2013. Etchecolatz terminó condenado a prisión perpetua. Hubo otros dieciocho sentenciados, por más de un centenar de víctimas; un imputado fue absuelto y otro se mantiene prófugo, en Israel. El proceso de búsqueda e investigación de Adelina cerró así una etapa mientras comenzaba otra, en el camino que siguió el archivo desde el garaje de su casa, apilado en cajas de cartón, hasta el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires.

Los martes Adelina se vuelve todavía más valioso ante el desmantelamiento de las políticas de memoria y los obstáculos para acceder a testimonios y documentación en repositorios oficiales. La edición del Archivo Histórico Provincial muestra que el archivo no define solo una tarea de conservación sino que implica pensar y realizar modos en que los materiales se conozcan y actúen. El libro es un paso decisivo como soporte de las experiencias, las militancias y los aprendizajes de las Madres: “se trata de mantener a Adelina en presente”, dicen los editores.
“Qué difícil que es tener la dimensión total de lo que dejó la dictadura, de las marcas, de las huellas, de cómo marcó definitivamente y para siempre a tantas familias”, reflexiona Adelina en una entrevista. Muchas madres salieron al espacio público en busca de sus hijos, “pero hubo otras madres que no pudieron nunca hablar, ¿y cómo se vive con todo eso silenciado, con todo ese dolor?” El archivo es la fuente de las historias por contar y de las preguntas que siguen abiertas.

Imagen de portada: Adelina en París, 1980 (FID4939).
Todas las imágenes son gentileza Ediciones Bonaerenses y están incluidas en el libro Los martes Adelina. Archivo Histórico Provincial.
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