Acuerdos de precios: de carne somos

Por Jorge Devincenzi, especial para Causa Popular.- Desde la escena clásica de una Isabel Sarli extenuada y a medio vestir, que ¿contra su voluntad? espera las embestidas del próximo matarife en el fondo de la caja refrigerada de un camión, la carne no había vuelto a tener el protagonismo que adquirió en el mes de enero. Es que las carnicerías se han convertido en campo minado, y el aumento de los precios empuja la tasa de inflación, lo que a su vez genera expectativas de mayores aumentos a futuro, y eso tiende a hacer subir el resto de los precios incluyendo el del dinero, y así hasta el infinito.

El coro ultraliberal aduce que la inflación es producto del costo argentino (¿otra vez sopa?), y toma como una afrenta toda limitación al libre comercio.

Su base teórica sigue insistiendo con eso de que la mayor demanda achata los precios, cuando la realidad, la de hoy y la de cien años atrás, aquí o en la China, demuestra que es precisamente lo contrario. Y otra creencia económica sigue en pie, aunque sus detractores la creíamos sepultada: el mágico derrame.

La película de Armando Bó y el sufrido consumidor argentino están unidos por un ansia común, la de gratificarse con un buen lomo. Pero no se trata solo de deseos y expectativas. Para calcular el costo de vida, las carnes tienen una gran incidencia en la canasta ponderada del Indec, por lo cual un estornudo en el Mercado de Liniers corre el riesgo de convertirse en una pulmonía nacional.

Como si en la Argentina las rutas no hubieran sido otorgadas a concesionarios que asfaltaron medio país a su costo y riesgo, las tradicionales subas en agosto, el mes de las lluvias, se siguen explicando como hace cien años por la dificultad de transitar caminos de tierra.
Esta historia de las carnes, como cualquier otra, puede soportar uno o varios principios convencionales.

Uno de ellos, cuando Roberto Lavagna fue reemplazado en Economía por Felisa Miceli, con lo que se especuló que el Presidente Kirchner, un conocedor de la teoría económica (lo que lo diferencia de otros mandatarios anteriores), quería tomar personalmente las riendas de los precios, el costado flojo de su política y, previsiblemente, el que podría hacerla naufragar, arrastrando todo su proyecto.

Más atrás en el tiempo, una serie de decisiones fueron definiendo un perfil productivo que amplió la superficie de siembra, sobre todo de soja y maíz transgénicos, a expensas de ganaderos y tamberos. Ese es el escenario en el que se mueve el gobierno. Limitarse a una monumental exportación de commodities sin valor agregado es muy preocupante para el futuro del país, pero entretanto aporta la mayor parte de las divisas que, guardadas en el Banco Central, constituyen uno de las conquistas de este gobierno. Y se hace todavía más necesario luego de que el pago al FMI en diciembre redujo notablemente las reservas. ¿Las reservas son de la Nación o propiedad del Banco Central?

La otra pata es un monumental superávit fiscal de casi 20 mil millones de pesos.

El intríngulis de Kirchner consiste en bajar el precio de la carne sin tocar el modelo agroexportador, algo que a primera vista parece imposible o sumamente difícil.

Los ganaderos se defienden argumentando que prefieren exportar porque el precio internacional es más atractivo que el interno, y en todo caso, presionan para que este último suba hasta alcanzar al primero, algo disparatado en un país con los niveles salariales de Argentina.

Al fin y al cabo, si los productores sojeros y Repsol tienen derecho a exportar commodities a precios internacionales ¿por qué no lo tendrían los ganaderos, caramba, que como las fuerzas armadas y la Iglesia, son anteriores a la patria misma?

Visto así, el problema de la carne está por el lado de la oferta, pero no es razonable olvidar el resto de las variables, entre las cuales los hábitos de consumo inciden notablemente, además de la capacidad del salario.

Lo primero no es un chiste y hace a la identidad de los pueblos. La codicia infinita de los mercados no puede modelar éstos hábitos a su antojo. No hace mucho, algunos habían sugerido que el argentino reemplazara las carnes por presuntas leches, yogures y quesos fabricados con porotos de soja, a fin de exportar libremente los valiosos productos del campo, otro de los disparates que se suelen escuchar en este país. La avidez por vender en el exterior, y los aumentos, redujeron el consumo interno a 61 kilos anuales por habitante, y el gobierno se propone volverlo a 63, más o menos cerca de los valores históricos, limitando las ventas internacionales, mientras el salario no logra recuperar los niveles anteriores.

Enfrentados con el gobierno, uno de sus representantes (de Carbap, y que al parecer integró las listas electorales de López Murphy) clamó por un inmediato y masivo aumento de sueldos que nos permitiera comprar la colita de cuadril a precio internacional, luego de sostener que Kirchner tenía poco seso.

Advertidos del dislate, que significaría equilibrar los salarios internos con los de la Unión Europea, otros dirigentes más compenetrados con la verdadera naturaleza del poder local lograron parar la mano sin cortar líneas de diálogo con el gobierno, para diluir en un mar de palabras su objetivo principal: bajar las retenciones a las exportaciones, uno de los impuestos más equitativos vigentes en el país, y que los dueños de las vaquitas consideran algo así como una exacción de inspiración soviética.

La firma del acuerdo fallido con el gobierno había sido una puesta en escena típicamente justicialista, dejando en promesa lo que para los ganaderos era una exigencia. Advertidos, dos de los grupos más poderosos -Sociedad Rural y Carbap- se retiraron sin poner la pezuña en el papel.

Los dirigentes de ambos sectores tienen afiatadas relaciones con el Pro (tener vaquitas es muy pero muy pro), López Murphy y la gerontocracia menemista. Desnudada de matices, el tema carnes parece menos una pulseada que un chantaje.

Una política similar -la de las retenciones- fue aplicada con singular éxito durante el onganiato, cuando la economía estaba a cargo del ultraliberal Adalbert Krieger Vasena, un descendiente directo de los Vasena de la Semana Trágica que hablaba inglés con acento de Eton y a quien luego se le descubrirían negocios turbios en el rubro cárnico como representante de Deltec -empresa off shore con un escritorio y un teléfono en las Bahamas-, acusada de vaciar el gigantesco frigorífico Swift de Rosario, lo que no bastaría para enturbiar su amistad con el Presidente Menem en los 90.

Su denunciante no había sido un subversivo izquierdista sino un Holmberg Lanusse, de familia de origen pastoril relacionada con los consignatarios de hacienda, una de las patas de esta cuestión (las otras son los criadores, los invernadores y los frigoríficos), cuya exigencia actual se limita a que no se traslade el Mercado de Liniers.

Un mes antes de la tormenta, el gobierno había intentado tomar al toro por las astas, prohibiendo el faenamiento de terneros con el objeto de aumentar los stocks, medida que pegó en el hígado de todos los involucrados, productores y carniceros.

Luego inauguró un registro de exportadores para presionar una baja de 170 mil a 150 mil toneladas, esperando que esa diferencia se volcara al mercado interno, mientras amenazaba con aumentar las retenciones.

El diablo metió la cola dando a los virus un papel protagónico: un brote de aftosa descubierto por el Senasa en uno de los campos correntinos de la familia Romero Feris tuvo la virtud de convertir la discusión anterior en una cuestión académica. Los Romero aducen que era un rodeo sobre el que se habían hecho mejoras mediante cruza e inseminación y niegan que haya habido contrabando de ganado contaminado desde Paraguay.

El Senasa desmintió que hubiera fallas en las vacunas fabricadas por Biogénesis, un laboratorio que funciona con los más altos estándares de calidad. Las sospechas se cruzan: para los ganaderos, se trató de una maniobra del gobierno con el fin de cortar abruptamente las exportaciones y bajar el precio interno.

Las autoridades, luego de recordar que los Romero tienen una fuerte actividad en las organizaciones que se retiraron de la firma del acuerdo y en las huestes neoliberales, lo explican como una treta para golpear al gobierno en uno de sus costados más sensibles: las retenciones ganaderas son (o eran) un componente importante del superávit fiscal.

Por otra parte, la cuestión de la carne está obviamente relacionada con la de los precios de la leche y sus derivados, que también sufrieron un aumento importante y es un sector oligopólico, y todo eso produjo algunos cruce de puños entre el secretario Campos y su segundo Urquiza, a quien los periodistas suelen identificar como perteneciente al riñón del kirchnerismo.

No es solo una sensación de que los alimentos subieron mucho más que el índice inflacionario, ya que, con un 45% de los trabajadores en negro con ingresos cercanos a 500 pesos mensuales y una masa de jubilados con ingresos inferiores a $ 400, un aumento de entre el 30 y el 45% anual en alimentos es una enormidad. Desde la devaluación, los precios subieron un 75% y los salarios en negro, la mitad.

Mientras todo esto sucedía, el gobierno multiplicó acuerdos con supermercados y fabricantes para intentar frenar los precios en todos los rubros que integran la canasta familiar.

Es temprano para poder evaluar sus resultados, pero las idas y venidas de los empresarios, con las cámaras de televisión coronando cada cierre de negociaciones ante el Presidente y su sonriente ministra de economía, indujeron, quizás prematuramente, a pensar que, una de dos: o los gestos desmesurados no se condicen con lo que se tiene que pagar en la caja del supermercado; o todo es prueba del escaso poder del Estado realmente existente para cambiar las condiciones que imponen los famosos mercados, que en el rubro alimentación, como en casi todos, están profundamente concentrados.

Nada se puede decidir sobre leches y derivados sin pasar previamente por el despacho del señor Mastellone, porque no son los tamberos los que imponen los costos.

Así, se vieron compromisos para mantener precios de productos que no existían en las góndolas, de esos que las empresas mantienen en un segundo plano por poco competitivos, y de otros cuya incidencia en la ponderación es casi nula, como trapos de piso y desodorantes de ambientes. O se inflaron las listas detallando cada fragancia, sabor o color de un mismo artículo.

O se limitaron a las segundas marcas; con la poderosa yerbatera Las Marías, por ejemplo, se incluyó el producto Mañanita de 500 gramos, cuando la marca preferida por los consumidores es la tradicional yerba Taragüí, y luego de que la totalidad de la producción de esa empresa aumentara un 20%.

El resultado de estas estrategias empresarias es que el propio aumento de la demanda de esos productos de segundas marcas por tener precios acordados, será el principal aliciente de su aumento a futuro, transformándolos en primeras marcas.

Con los productos escolares, los minoristas sostienen que el aumento respecto del año pasado es del 5%, acompañando al dólar. En los supermercados (que también están muy concentrados) las alzas fueron mayores.

El acuerdo más singular fue el protagonizado por Kirchner con el titular de una firma quebrada (Taselli – Parmalat) cuyos obreros protagonizarían unos días después un publicitado corte de la ruta 2 en pleno recambio turístico, y que se limitó a un queso crema y un yogurt en el ambiente recoleto del Salón Blanco de la casa de gobierno.

Parmalat (una multinacional en bancarrota cuya sucursal local fue comprada al valor simbólico de 1 €, equivalente a unos $ 3,60 de curso legal) no paga salarios desde hace cuatro o cinco meses y los operarios denuncian su vaciamiento. ¿Cömo se sienta a dialogar el Presidente con semejantes antecedentes, o es que la Casa Rosada no tiene suficiente información?

Otro acuerdo involucró a los operadores turísticos, ya en febrero, cuando el tema de las vacaciones estaba jugado.
Aunque es incuestionable que la modalidad del Presidente es la de salir a pegar bifes en su misión contra el agio y la especulación, hay muchas dudas sobre los resultados. Las fichas son movibles: Coto es por la mañana el enemigo del pueblo, y a la tarde pasa a ser un empresario solidario y responsable.

Que el índice de precios de enero sea del 1.3 % es una prueba de que la cuestión está resuelta parcialmente, y que el tema nos seguirá desvelando en los próximos meses ya que la canasta de alimentos se encareció por encima de ese índice.

De alguna manera fue un alivio para el gobierno, que esperaba un aumento mayor, aunque no para el grueso del pueblo, porque sus ingresos se retrasan cada vez más. Ni las autoridades ni la CGT están dispuestos a dejar que los salarios se disparen..

Habrá que atacar más a fondo el misterio revelado del derrame: no fue suficiente la tragedia del 2001 como para sacudir ciertas ideas fijas que siguen flotando en el aire.

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