A 54 años de la muerte de Eva Perón

El fin de siglo XX y el comienzo del XXI dibujan un escenario caracterizado por el predominio de las banderas del libre mercado, la globalización, el capitalismo salvaje y la entronización de un feroz individualismo, aunque se percibe una saludable reacción incipientemente organizada contra un modelo planetario irracional y profundamente injusto. En ese contexto, a cincuenta y cuatro años de su muerte, el recuerdo de Evita adquiere proyección universal.

Provenía de la marginalidad extrema: hija extramatrimonial, mujer, provinciana y pobre, el futuro carecía de puertas en la sociedad argentina de la tercera década del siglo XX. Dejó atrás su Junín natal, buscando el ascenso y la popularidad en el radioteatro. Encontró en un naciente movimiento popular, el peronismo, el papel histórico que superaría largamente su interpretación de mujeres famosas que representaba en mediocres radioteatros. Con sólo veintiséis años, realizó una gigantesca obra, que a través de la Fundación que llevaba su nombre llegó a todo el país para suplir las carencias temporarias de un proceso de redistribución del ingreso y nacionalización de la economía.

Fogosa, tenaz, sus discursos de barricada identificaban con precisión al enemigo.

Sus mensajes viscerales la identificaban con los sectores más plebeyos del peronismo.

Tenía un techo señalado por la devoción incondicional a su esposo. Su obrerismo trocaba de signo si algún sindicato se oponía a Perón.

En una sociedad dividida profundamente, tuvo apoyos incondicionales y animadversiones insuperables. Ningún cabecita negra, sus hijos y nietos olvidarán jamás las máquinas de coser, los colchones, las dentaduras, los zapatos, los juguetes, las casas, el trabajo, las campañas de salud pública, las colonias de vacaciones, los torneos infantiles, la protección, la defensa de los sectores postergados que quedaron asociados a su incesante batallar. Sus enemigos convocaron a los calificativos más peyorativos para denigrarla.

A tantos años de distancia, en sus discursos emerge con nitidez su lucha inclaudicable en favor de sus “grasitas, su intemperancia, sus adjetivos durísimos, la devoción a Perón, pronunciados ante multitudes que la vitoreaban. Evita, antes que el cáncer abatiera su fogosidad y vitalidad increíble convirtió en ley el voto femenino. No fue feminista, pero concretó la posibilidad que en el cuarto oscuro las mujeres accedieran a su condición de ciudadanas y al ejercicio de la política.

No pudo llegar a la vicepresidencia por una relación de fuerzas desfavorables, pero su renunciamiento en la 9 de julio tiene el dramatismo y la belleza de las tragedias griegas, donde el coro es sustituido por una multitud enfervorizada exigiéndole que aceptara un cargo que la realidad le arrebataba. Antes de morir, consecuente hasta el final, compró armas para defender las conquistas conseguidas y las entregó a la CGT.

Mientras en millones de hogares humildes se rezaba por su vida que languidecía, en una pared quedó estampado “Viva el cáncer”.

Su muerte es la exteriorización de un dolor profundo y es también, innecesariamente la burocratización imperativa de un sentimiento que se tradujo irracionalmente en el duelo obligatorio.

Sólo tenía 33 años.

María Elena Walsh, en su hermoso poema Eva lo describió así: “Calle Florida. Túnel de flores podridas/ Y el pobrerío se quedó sin madre/ Llorando entre faroles con crespones/ Llorando en cueros. Para siempre. Solos.”

Su desaparición acentúo la pendiente de declive del peronismo, derrocado el 16 de septiembre de 1955 por la Revolución Fusiladora.

El cadáver embalsamado de Evita, sometido a flagelaciones inconcebibles, realizó un largo y novelesco peregrinaje, hasta que fue devuelto a Perón en septiembre de 1971, como parte de la política de seducción emprendida por Alejandro Agustín Lanusse, el último presidente de facto de la dictadura autocalificada de “Revolución Argentina”.

A cincuenta y cuatro años de su muerte, junto al justo reconocimiento, hay un intento del establishment de pasteurizarla, de matarla elegantemente en forma de homenaje, de momificar su vida con la misma pasión con que vejaron su cadáver. Pero los adversarios quedan delatados finalmente, con los pelos de gorila que asoman por doquier.

Junto a ellos están aquellos presuntos seguidores que actuaron como si fueran sus herederos políticos y que practicaron las relaciones carnales y la sumisión extrema con los enemigos históricos, los que la traicionan diariamente y la mentan de vez en cuando en las campañas electorales.

Para ellos, Evita le reservaría su ira y su desprecio más profundo.

Más allá de su autoritarismo, de la arbitrariedad, y de la intolerancia de Evita, su recuerdo gana significación con el paso del tiempo. En el páramo del posmodernismo, su figura, expresión de ideales colectivos, se yergue asentada en sus méritos, al tiempo que los años diluyen sus aristas más conflictivas. Desde algún lugar de la historia el futuro avizorado por Evita es una utopía imprescindible, en un siglo XXI que nos encontró dominados y unidos a falacias sostenidas por muchos, pero lamentablemente desde el partido que ayudó a consolidar.

La Argentina menemista le hubiera producido un dolor mucho más intenso que el de su larga agonía. Sus obreros se convirtieron en marginales, sus descamisados en desocupados, los niños de ser “los únicos privilegiados”, pasaron a ser chicos en la calle, cartoneros, atravesados por el hambre y la desesperanza.

Hubiera montado en una furia colosal al saber que durante décadas, los únicos privilegiados fueron los mercados y los acreedores, a los que se le ofreció la vida, el futuro y las esperanzas de los argentinos.

No saldría de su asombro al escuchar la teoría del derrame. Nada menos que ella que afirmaba : » Donde hay una necesidad hay un derecho»

Comprendería con estupor que los que bombardearon a un pueblo inerme el 16 de junio de 1955, los que profanaron su cadáver, los que fusilaron en los basurales de José León Suarez, los que arrasaron y asesinaron bajo las etiquetas de “La Revolución Libertadora”, “La Revolución Argentina” o “Proceso de Reorganización Nacional”, los que vaciaron la democracia con promesas falsas y traiciones permanentes, son los que se adueñaron del país, y que cada tanto realizan una gigantesca fiesta con cargo a los descamisados.

Muchos hijos y nietos de aquellos obreros que llegaron a participar del 50% de la renta nacional, tuvieron que salir a cortan rutas y se convirtieron en piqueteros.

En los últimos tres años, un viraje se ha producido. Tímido en algunos aspectos, audaz en otros, el actual gobierno es una mezcla de continuidad y ruptura con la década de los noventa.

Evita no es muy mencionada.

Pero su llama pasionaria se transmite como un legado, de generación en generación, en los sectores populares.

Con ese amor que despertaba Evita en sus corazones tratando de avanzar hacia un mañana repleto de futuro

En palabras de María Elena Walsh: “ Cuando hagamos escándalo y justicia/ el tiempo habrá pasado en limpio/ tu prepotencia y tu martirio, hermana. /Tener agallas, como vos tuviste/fanática, leal, desenfrenada/ en el candor de la beneficencia/ pero la única que se dio el lujo/ de coronarse por los sumergidos/ Agallas para defender a muerte/ Agallas para hacer de nuevo al mundo./ Tener agallas para gritar ¡ basta!/ Aunque nos amordacen con cañones.

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