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Las lecciones de la historia: una interna brutal puede ser un crimen

Una historia de enfrentamientos internos, rupturas y traiciones que atravesaron momentos decisivos del país y dejaron una lección persistente sobre el costo de las divisiones irreconciliables. Por Hernán Brienza

1820.

Cepeda. José Gervasio de Artigas es el Protector de los Pueblos Libres: la Banda Oriental, en manos de los portugueses, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba responden a su liderazgo. El gobierno directorial a cargo del Partido del Orden está en franca descomposición. Juan Martín de Pueyrredón ha renunciado. La constitución unitaria del año anterior ha fracasado. Su reemplazante José Rondeau acaba de perder la batalla de Cepeda. Los ejércitos federales al mando de Francisco Ramírez y Estanislao López ocupan Buenos Aires. Se produce la anarquía. El 20 de junio, el día que muere Manuel Belgrano, también muere el gobierno emanado de la Revolución de Mayo y tres gobernadores se disputan la cabeza del Estado. Pero el nuevo gobernador, Manuel de Sarratea, para calmar las aguas y frenar a las fuerzas federales, firma con Entre Ríos y Santa Fe el Tratado de Pilar. En ese documento, las provincias se comprometían a respetar la unidad nacional y el sistema federal de gobierno, el llamado a un congreso constituyente y un pacto ofensivo y defensivo y disponían, además, el despacho de una comunicación a Artigas para que firmara el tratado en nombre de la Banda Oriental.

El pacto fue una maniobra engañosa por parte de Buenos Aires, sobre todo contra Artigas, quien recientemente había sido derrotado por las fuerzas imperiales portuguesas en la batalla de Tacuarembó. Ramírez y López, sabedores de la debilidad del oriental, se apresuraron a firmar la paz con los porteños. Artigas se sintió traicionado por no ser consultado de antemano y, luego de refugiarse en Entre Ríos, desafió a Ramírez en su propio territorio. La provincia era muy pequeña para los dos caudillos. El Oriental venía en decadencia y el entrerriano en franco ascenso. Los dos hombres se desconfiaron, se desentendieron, y las ideas de la federación pagaron el precio de las vanidades y las desinteligencias. Se enfrentaron en un par de batallas y, finalmente, en Las Tunas, el 24 de junio de 1820, en el interior de esa provincia acuchillada por la geografía, Francisco derrotó a su ex protector político.

Seis meses después, mientras Ramírez intentaba recuperar la Banda Oriental, López, a espaldas del Supremo Entrerriano, firma el pacto de la estancia de Benegas con Martín Rodríguez, el nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Ramírez se siente traicionado y arremetió contra López. La acusación más fuerte era que en el nuevo tratado no figuraba ninguna cláusula que estableciera la recuperación de la Banda Oriental, ya desde hacía casi cinco años en manos de los portugueses. Como si se tratara de un perro que se come la cola, los caudillos litoraleños se fueron traicionando unos a otros: Ramírez a Artigas, López a Ramírez, en una sinfonía interpretada por quien se llevó la mejor parte en esta danza de enfrentamientos: la porteñada centralista que fue deshaciéndose uno por uno de los políticos que lo molestaban.

1852.

Caseros. Nunca antes dos ejércitos tan voluminosos se iban a enfrentar a las puertas de la presuntuosa Buenos Aires. El Ejército invasor —llamado Grande—, comandado por Justo José de Urquiza y financiado por el Imperio del Brasil, contaba con 28.500 hombres, entre ellos 3.500 brasileños y 1.500 uruguayos, 50 mil caballos y 45 piezas de artillería. Más de un tercio de esa formación estaba integrada por extranjeros, sobre todo brasileños deseosos de vengar la vergüenza de Ituzaingó. El Ejército del gobierno nacional de la Confederación Argentina, liderado por Juan Manuel de Rosas, formado por 23 mil hombres y 50 piezas de artillería, esperaba a las fuerzas de la Primera Triple Alianza —formada por una extraña unión entre federales y unitarios argentinos, a la que se sumaban los colorados orientales y las tropas brasileñas— en el campo que iba desde El Palomar hasta Morón.

Nunca antes dos ejércitos de esa magnitud iban a definir la historia argentina como esa jornada del 3 de febrero de 1852. Ya nada sería igual luego de ese enfrentamiento. El Río de la Plata, el Paraná y el Uruguay teñirían sus aguas con la sangre de las guerras civiles del medio continente; en una de las cuencas acuíferas más grandes del mundo se iba a sellar el dominio de unos y la derrota de otros, se iba a definir si el rol preponderante lo iban a tener los imperiales brasileños o los republicanos confederados argentinos. Y todo ello, bajo la atenta mirada de las potencias europeas como Gran Bretaña y Francia.

Urquiza, gobernador de Entre Ríos y segunda espada de la Confederación Argentina, había tirado las fichas del tablero en los primeros días de mayo de 1851 con su célebre Pronunciamiento. Apenas unas semanas después, el 29 de mayo de 1851, firmó con los uruguayos colorados y el Imperio del Brasil una Triple Alianza para vencer al presidente legal y legítimo de Uruguay, Manuel Oribe, y, posteriormente, derrocar a Rosas. Hacia fin de ese año, el entrerriano cruzó el río Uruguay con una tropa de 7.500 hombres, cercó a Oribe, que continuaba con su sitio a Montevideo, y lo obligó a rendirse. Una vez ocupado el Uruguay por Urquiza con las tropas que el propio Rosas le había otorgado, el gobernador mesopotámico decidió retrotraer su ejército para alzarse con el premio mayor, es decir, derrocar al primer mandatario de la Confederación Argentina, su ex jefe político. El federal Urquiza derrocaba al federal Rosas. Unos meses después, la porteñada liberal unitaria, liderada por Valentín Alsina y Bartolomé Mitre, segregaba a la provincia de la Confederación.

1862.

Pavón. El mejor general de la Confederación se enfrenta contra el peor militar de la historia de Buenos Aires. Un federal sereno y liberal y un furioso e implacable liberal unitario. Pero, por sobre todas las cosas, son dos países los que se miran a los rostros: el puerto rico y jactancioso, anhelante del comercio ultramarino, liderado por Bartolomé Mitre, por un lado, y las provincias desfavorecidas, humildes, laboriosas y, tal vez, sin destino, conducidas por Justo José de Urquiza, por el otro.

Con las primeras luces del día, comienzan los tiroteos entre las vanguardias de ambos ejércitos. Pero hasta el mediodía no se inician las acciones de importancia. Urquiza cuenta con 17 mil hombres: cinco mil son infantes, 11 mil jinetes y mil artilleros, que dispone de la siguiente manera: a su derecha, las divisiones de caballería entrerrianas y cordobesas, al mando del general Galarza, bajo la supervisión exclusiva del capitán general confederado; al centro, las malas tropas de infantería enviadas por el presidente Santiago Derqui, bajo las órdenes del general Franco; y a la izquierda, comandada por el general Juan Saá, el grueso de la caballería donde militaba, entre otros, el coronel López Jordán.

Los porteños contaban con un número similar de fuerzas, pero poseían más infantería que caballería. Dividido en dos grandes divisiones, Mitre dispuso en el centro a la primera bajo las órdenes de su hermano Emilio y la segunda a cargo del inefable general oriental Wenceslao Paunero. A su derecha puso al general oriental Venancio Flores y a la izquierda al experimentado general Manuel Hornos.

Nada quedó en la batalla de Pavón. Ni los confederados ni los porteños podían atribuirse la victoria. Mitre tenía deshechas las alas, pero Urquiza había sufrido la desbandada del centro formado por la infantería derquicista. Desde el puesto de comando, dolorido, angustiado, con sabor a hiel en la boca, el entrerriano, sin noticias de su izquierda victoriosa, con el panorama desalentador de la infantería en dispersión, decidió replegarse y retirarse del campo de batalla, entregándole así la victoria a su adversario. En el terreno dejaba 300 muertos, 1.700 detenidos, 32 piezas de artillería, 57 carretas del parque, municiones y la caballada. Los porteños habían sufrido 175 muertos.

¿Pero por qué Urquiza abandonó la batalla? ¿Por qué se expuso a quedar en la historia de los pueblos como un verdadero traidor de la causa federal? ¿Qué mal lo aquejaba? ¿Es cierto que hubo un pacto anterior con Mitre en el que intervino un norteamericano de apellido Yateman? ¿O que la suerte de la Confederación se resolvió en una tenida masónica? ¿Qué tan misteriosa fue realmente la defección de Urquiza? ¿Hubo fuerzas ocultas o simplemente se trató de las leyes inevitablemente racionales de la política?

Hay un episodio que no fue lo suficientemente explicitado: el comportamiento de la infantería derquicista durante ese combate, es decir, el centro del Ejército Confederado. Urquiza, quien ya se sabía traicionado por el presidente federal Derqui —cuando pactó con Mitre el recambio de los legisladores urquicistas e incluso había prometido la comandancia del ejército al puntano Saá—, contempló azorado en medio de la batalla cómo la inexperta infantería del llamado Ejército del Centro comenzó una inexplicable desbandada ante el primer ataque de las tropas mitristas. ¿Fue impericia por parte de las noveles tropas o el generalísimo también había sido traicionado por Derqui en el campo de batalla? Sin noticias de Virasoro ni de López Jordán, sus hombres de confianza, y viendo el desastre de sus fuerzas en el campo de batalla, Urquiza toma la peor decisión de su vida: retirarse.

Urquiza nunca lo supo. Pero ese 17 de septiembre de 1861 comenzó a escribir su sentencia de muerte. Días después, López Jordán comenzaría a transitar un camino de recelos y desconfianzas hacia su protector que lo iban a llevar a esa fatídica tarde del 11 de abril donde Urquiza fue asesinado en su Palacio de San José. Una vez más, un perro se muerde la cola: el federal Derqui traiciona al federal Urquiza, quien a su vez traiciona al federal López Jordán, quien años después asesinaría a su jefe. Por supuesto, los beneficiados, una vez más, son los liberales porteños quienes, a la cabeza de Bartolomé Mitre, comienzan su sangriento Proceso de Organización Nacional.

2027.

No es necesario agregar mucho más. La historia argentina nos ha demostrado sobradamente que las internas irreconciliables hacia el interior del movimiento nacional y popular pueden llegar a ser criminales para los intereses de las mayorías.

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