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Gozosas al escribir, un antídoto

¿Qué nos hace escritores/as? ¿Una profesión? ¿El ejercicio de un oficio? ¿Quién se “siente” de esa condición? Aquí una ¿escritora? ensaya respuestas… mientras escribe. Por Victoria Daona

Semanas atrás fui invitada a participar del XX Argentino de literatura, un evento organizado por la Universidad Nacional del Litoral en el marco de la Feria del Libro de Santa Fe. Me invitaron por la publicación de mi libro Dientes de Leche, en una co-edición entre la editorial universitaria Vera Cartonera y Ediciones Mandarinas bajo el sol.[1] Un testimonio en el que digo algunas cosas sobre lo que fue crecer sin mi padre, las tareas de cuidado que asumió mi madre, el descubrimiento de la crítica literaria como puerta de entrada al mundo laboral y mi maternidad como experiencia trascendental.[2] La propuesta de aquel convite era conversar sobre mi método de escritura y también sobre las estrategias que despliego para combatir la resignación en estos tiempos de maldad organizada.

Una convocatoria que verdaderamente me conmovió porque me reconozco una buena lectora, me presento como investigadora y también como tallerista, pero no me autopercibo escritora. Y eso sin tener en cuenta que gran parte de mi tiempo laboral lo ocupo en escribir resultados de mis investigaciones y gran parte de mi tiempo de ocio también. Lo curioso es que conozco otras mujeres que, como yo, escriben de forma regular, dan a leer sus textos, asisten y dan talleres de escritura, se autopublican o son publicadas en editoriales más o menos independientes y tampoco se presentan como escritoras.

No quiero pensar aquí cuáles son las formas de consagración de una escritora o un escritor, ni qué es una autora, ni cuáles son las instituciones, tradiciones y formaciones que colaboran en esa consagración y para las que la sociología de la cultura tiene más de una respuesta. Porque no creo que la negativa a considerarnos escritoras vaya por ahí, al menos no en una primera instancia, y lo digo a partir de un pequeño sondeo que hice con colegas y amigas sobre este asunto. No se trata de una muestra estadística, sino de un ejercicio que me ayudó a pensar qué hago con la escritura y contra la resignación, ideas sobre las que se había instalado una niebla mental en la que solo podía recordar un verso que escribí en mi diario íntimo de 1996 que decía: “contra la resignación, tan solo escribo” y de la que necesité salir en conversación con otras.

Así es que me comuniqué con 15 amigas de entre 40 y 90 años, de distintos lugares de la Argentina y el mundo, todas con una carrera profesional destacada en las áreas de las letras, la educación, la psicología, la sociología y la biología, y con al menos un libro publicado (es decir, todas con dinero y un cuarto propio como nos pidió Virginia Woolf), diez de ellas ya jubiladas, cinco aún en actividad y dos de esas cinco con hijas pequeñas. Me sumo también entre los resultados, porque fui respondiendo junto con ellas las tres preguntas, y digo de mí que estoy en actividad, que tengo dos trabajos estables, uno en relación de dependencia y otro como monotributista, más los que van surgiendo para poder sostener mi vida y la de mis dos hijos, uno de ellos con una discapacidad severa.

Sobre la primera pregunta, ¿Cuándo y cómo descubriste que disfrutabas de escribir?, destaco seis respuestas, aunque las 15 entrevistadas y yo coincidimos en señalar que la escritura y el goce de escribir estuvo presente desde siempre, pero hubo circunstancias que habilitaron o silenciaron esa escritura. En el caso de Cristina Q., resistirse a copiar la palabra de otros y escribir las propias fue el comienzo de un descubrimiento. En el caso de Pila G. y Carmen P., la dictadura fue un bloqueo para mostrar la escritura, aunque paradojalmente fue también el motivo de esa escritura secreta; en el caso de Silvia O., el temor a que un novio violento encuentre sus fantasías fue lo que la llevó a quemarla. A la inversa, en los testimonios de Fabiana G. y Maru M., el tiempo distópico de la pandemia, habilitó la escritura poética y el estímulo a explorar otras posibilidades.

En cuanto a la pregunta dos, ¿Sobre qué temas te gusta escribir?, todas coincidimos en que nos gusta escribir sobre las genealogías y memorias familiares, sobre los vínculos y obsesiones personales que insisten en aparecer: la casa, el cuerpo, la enfermedad, el sexo, la maternidad, tal como lo sugirieron Alejandra K., Chuchi Ch. y Mari C., por mencionar algunas respuestas. Los mismos temas sobre los que yo también escribo y que están ligados a eso que Borges ofensivamente denominó “las chillonerías de las comadritas” para referirse a la poesía de Alfonsina Storni, cuyos poemas, decía “el gran escritor”, ventilaban sus sentimientos personales, sus ilusiones y decepciones. Me gusta el remate de María de Zarrabeitia que comparto completo: “no sé qué pensarán mis estoicos lectores, pero yo me revuelco de felicidad”.

Para la tercera pregunta,¿En qué momento comenzaste a mostrar tu escritura y a sentirte una escritora?,elegí seis respuestas, pero las 15 coinciden en no percibirse escritoras plenamente. Martina L.C., dice “definitivamente nadie me presentaría como escritora”, y después dice “creo, no sé”. Lo afirma y lo pone en duda en el mismo momento. Rossana F., prefiere hablar de “escribidora”, Johanna L., dice animarse a mostrar su escritura en un idioma que no es el propio, Claudia P.P., dice que esa sensación la tuvo en dos momentos de su vida, como si fuera una cuestión transitiva, Dolores M., habla del estímulo y Silvia G.S., del disfrute. Algo que las seis destacan es su participación en distintos talleres de Tucumán, como Animarse a gritar, el recordado taller coordinado por Mercedes Chenaut, y también mencionan a Mandarinas bajo el sol,[3] entre otros. Como si fuera allí, en ese intercambio con otros y otras, en donde la escritura cobra un cuerpo autónomo y ellas ganan confianza. Pero, también, como si fuera en esa comunidad que son los talleres, donde se habilita la escucha y la circulación de nuestros textos.

A mí me pasa igual que mis amigas, escribo desde siempre, escribo sobre los mismos temas, y cuando me presento a mí misma puedo decir que soy tallerista, que soy investigadora, incluso que soy docente (que es una actividad que ejerzo muy esporádicamente), pero no digo que soy escritora. Y, sin embargo, en nosotras la escritura literaria insiste, irrumpe, se queda. De hecho, yo podría decir que una vez que termino de escribir un libro, comienzo a merodear el siguiente. Me gusta divagar por mis propias ideas sin exigencias hasta encontrar una sensibilidad y una experiencia que me convoque nuevamente. Me divierte pensar de mí misma que soy perezosa, porque no quiero apurarme para escribir, porque ya me apuro para llegar a horario a los colegios y las terapias. Por el contrario, en la escritura me gusta ir descubriendo lenta y profundamente eso que está pasando allí, sin la sensación de que estoy demorada.

La escritura literaria se presenta en nuestras experiencias, como un ejercicio que supone un tiempo propio que hoy hay que arrebatarles a las casi 12 horas diarias que estamos trabajando y escribiendo otras cosas para subsistir. Por eso entiendo y celebro a mis amigas jubiladas que aprovechan ese tiempo que viene después de la vida que se considera “productiva” para revolcarse de felicidad. Y aplaudo a mis amigas que, como yo, buscamos los umbrales que habilitan la noche, la pandemia o la puerta de la escuela mientras esperamos que salgan los chicos, huequitos para escribir poéticamente en el medio de una rutina en la que sobre todo somos trabajadoras, madres e hijas y nos empeñamos en no ser escritoras. Quizás, y aquí está mi hipótesis, porque asumir ese lugar sería asumir una responsabilidad más, un profesionalismo —como dice Martina L.C.—, que ya ejercemos en otros espacios y que supone nuevas demandas.

Quiero pensar que es eso, que contra la resignación a los sistemas de exigencia, censura, control y evaluación que estamos viviendo en este presente inmediato en donde cada día despertamos con un nuevo femicidio, en el que reprimen a las jubiladas, a las personas con discapacidad y a sus familias, en el que empobrecen a las trabajadoras, con especial saña a quienes integran los planteles docentes en las universidades y a quienes somos investigadoras del CONICET; y ante un discurso presidencial que nos señala como las culpables por la caída de la tasa de maternidad y, al mismo tiempo, nos embarazamos por un plan; mis amigas y yo somos gozosas al escribir ficción, ensayo y poesía. Y así vivimos los procesos de escritura, lecturas compartidas, edición y publicación de nuestros libros, en la libertad de no tener que rendir cuentas de eso que escribimos. Porque como dice la canción “gozar, es tan necesario mi amor” y perder el goce, sería quizá resignarnos a eso que Betina Gonzales llamó “la obligación de ser genial”. Entonces vuelve a mí aquel verso que escribí en 1996 y lo completo con mi experiencia actual: “contra la resignación tan solo escribo, porque en esa escritura hoy encuentro mi goce”, el único antídoto genuino para combatir tanta maldad organizada.


[1] El libro puede leerse a través del siguiente link: https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar/handle/11185/9048

[2] Mi especial agradecimiento a Analía Gerbaudo por convocarme a escribir para Vera Cartonera e invitarme a conversar en Santa Fe y también mi agradecimiento a Daniela Gauna, editora de Dientes de leche.

[3] Mandarinas bajo el sol es un proyecto de producción, publicación y difusión de relatos autobiográficos, talleres de escritura, podcasts y ediciones de libros, ideado y coordinado por Pedro Noli y Victoria Daona. En abril de 2024, el proyecto llegó a la Universidad de Harvard, donde impartieron talleres para 120 estudiantes.

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