Ese viejo moreno, flaco y estrecho, que ahora yace en un ataúd de madera liviana debajo de la enramada, ahí en el patio de ese rancho en Azara, donde los Álvez vivieron toda la vida, dicen que nació en 1862 por Cruz Alta, un pueblo de Río Grande del Sur cercano a Passo Fundo, cuna de guerreros, contrabandistas y otra gente de armas a la cintura. Ese Teodoro Álvez, al fin muerto después de tanta vida azarosa y endemoniada, siempre aseguró haber nacido incluso unos años antes, desmintiendo la fecha de esa partida de nacimiento, otorgada por el mañoso cura de la iglesia de ese poblado brasileño.
Hasta el 13 de mayo de 1888 vivió como esclavo en la fazenda de Bentos Álvez. A partir de ese día, en el cual, gracias a luchas y revueltas sangrientas, fue abolida la esclavitud y entró en vigencia la llamada Ley Áurea, firmada por la princesa regente Isabel. Parece ser que el emperador Pedro II andaba en otros asuntos y no se tomó las cosas con la seriedad debida. Motivo por el cual una muchedumbre de negros vagaba por campos y ciudades sin saber bien qué hacer, pues sus antiguos dueños los expulsaban y el Estado los abandonaba a una nueva incertidumbre. Teodoro tuvo otra suerte: ese Bentos Álvez, un mocetón de ojos de agua, alto y respetable, le tiró unos reales y lo contrató como parceiro. Qué hombre con cierta fortuna e interesado por las luchas políticas iba a despreciar los servicios de Teodoro, hábil rastreador, arriero, experto tirador de máuser y carabina y más que habilidoso en el arte de manejar la fariñera, cuando se trataba de degollinas.
Apenas un lustro de distancia separó ese hecho de otro que teñiría los campos de sangre. Hablamos de la Revolución Federalista, en la cual se enfrentaron Maragatos contra Pica Paus o Chimangos, es decir, aquellos que deseaban restablecer el orden monárquico y los que defendían la constitución republicana. El ejército maragato estaba conducido por Gumercindo Saraiva, hermano del caudillo oriental y blanco Aparicio Saravia. Según de qué lado de la frontera se encontraran, los Saravia eran nombrados así en pagos de Cerro Largo o Saraiva en territorios brasileños. Lo cierto es que tanto Bentos como Teodoro Álvez terminaron unidos a las tropas de Gumersindo, quien terminó muerto y vencido al cabo de dos años de montoneras y entreveros. Ya en el fin de la contienda, que concluyó con diez mil muertos, Teodoro fue hecho prisionero por una partida de chimangos, junto a tres o cuatro de sus compañeros. El comandante enemigo, un tipo flaco, huesudo y de fría mirada azulada, no tardó en reconocerlo.
La situación se impregnó de venganza y resentimiento. El chimango vengativo se sintió un dios dueño de aquellas vidas y a cada una le asignó un destino oprobioso. Fue así que Teodoro pasó a degüello a sus infortunados compañeros a cambio de salvar su propia vida. Nunca más cierto el axioma de que un hombre vale por otro. Cuando el último de los degollados expiró en el suelo polvoriento, el otro estalló en una carcajada violenta y ordenó maniatar de nuevo al desconcertado Teodoro. El pica pau, que se movía como un títere desvencijado, tomó la fariñera aún manchada de sangre y comenzó a deslizarla por el cuello erizado y sudoroso del moreno.
—¡Vai morir maragato, vai morir! ¡Vai morir, morto con sua propia faca! ¡Cuántos homenmatou con esta faca, cien, mil, perdeu a conta, no importa maragato, o último será voce! —El chimango con su estrafalario uniforme no dejaba de vociferar y dar saltos alrededor de ese Teodoro aterrado.
La tarde se fue adentrando con sus visos sombríos. Teodoro también comenzó a preguntarse a cuántos había despenado y si todas aquellas muertes habían tenido alguna utilidad. Imposibilitado de responder esos interrogantes, decidió no desaprovechar la menor ocasión y fugarse. Ya en el corazón de la noche y sus palpitaciones, sentía el sonido del correr del agua del río a no mucha distancia, sentía el ronquido de sus captores abrigados por sus ponchos y también el ardiente deslizarse de sus manos entre las cuerdas ásperas que lo maniataban. Cuando se liberó de las ataduras, respiró profundamente y, con el sigilo del más cauteloso yaguareté, abandonó ese funesto claro de la selva, donde los otros ya le habían cavado una tumba.
El día comenzaba a despuntar cuando Teodoro comenzó a adentrarse en la espesura de la selva. Podía sentir en el aire las vibraciones funestas del andar de sus persecutores. Caminaba sin pausa en busca de un amparo que le diera tregua al jadeo extenuante. Al cabo de un rato se tendió en el resguardo de unos matorrales, pero, temeroso de quedarse dormido, emprendió de nuevo la marcha. Tuvo suerte: a no mucha distancia descubrió un rancho donde pastaba algún ganado y una mujer joven realizaba unas tareas. La observó prudentemente durante un tiempo, el necesario para llegar a la conclusión de que esa gringa laboriosa se encontraba sola. No se equivocó. Precavido, se acercó con cautela. Pausadamente, fue ganando la confianza de la mujer, quien lo anotició del fin de la guerra. Continuaron dialogando y ella se alejó para volver unos minutos después con agua y comida. La joven restañó sus heridas y, anoticiada de los infortunios del huidizo visitante, decidió ayudarlo. El día pasó lento, pero no exento de nerviosa calma. Al llegar la noche, esa Sonia le preparó un catre en un galpón y, después de muchos días corridos, Teodoro pudo pegar los ojos y dormir como cualquier cristiano.
A la mañana los despertaron los gritos amenazantes del siniestro pica pau, que interrogaba a Sonia faca en mano. Se irguió con presteza y, con el Colt en una mano y el cuchillo en la otra, se aprestó a sorprender a sus perseguidores y liberar a esta Sonia trémula de una muerte segura. El golpe planeado fue preciso y certero. Con un mínimo de movimientos rápidos como un rayo, Teodoro fulminó de dos disparos a los laderos del chimango y a este lo sorprendió con una certera puñalada en el corazón. Al fin todo había cesado. Los tres esbirros amenazantes yacían en el piso como títeres desarticulados. Ya se aprestaba a limpiar la escena escabrosa cuando ella lo tomó del brazo y lo condujo hacia la galería. Allí se sentaron ambos mirando en silencio el verdor del monte y los retazos del angustioso cielo azul. En algún momento ese sosiego dejó de tener sentido. Entonces él se levantó y comenzó a marchar hacia la espesura de donde provenía la sonoridad del agua. Al llegar a un montículo elevado sobre el nivel del río, contempló la otra orilla, midió la distancia y se zambulló en la corriente. Al cabo de unos segundos salió a flote en un bañado donde otra vez volvió a ocultarse.
Al cabo de unos días, un polaco de apellido Zukowicz lo descubrió entre el barro y rodeado de camalotes. Al principio lo movió la curiosidad, pues no se podía distinguir si esa presencia acuática era un hombre, un animal o una planta. Al acercarse descubrió que quien estaba a su frente era un hombre aterrado. Los gestos y las palabras los fueron acercando y, al final, Teodoro accedió a trepar a la orilla argentina. El polaco trabajosamente le explicaba que el pueblo donde había caído se llamaba Azara, que la mayoría de los pobladores del rancherío eran míseros mensúes, y agregó:
—Es tan pobre este pueblo, Teodoro, que ni siquiera vive un judío, si voce quiere ficar, as portas están abiertas.
En la situación de infortunio en la cual se hallaba, no estaba en condiciones de rechazar ningún gesto hospitalario por mínimo que fuera. Fue así que ahí, en Azara, gracias a la benevolencia de ese polaco, Teodoro Álvez inició una nueva vida. El hombre fue generoso con el moreno: le cedió un lugar en la chacra donde se construyó un rancho y, viendo sus virtudes de rastreador, poco tiempo después le consiguió trabajo como policía. Gracias a su pericia, se pudo detener a un cuatrero de poca monta apellidado Morales, que asolaba con variada suerte los escasos corrales de los colonos. Esa captura lo convirtió en un tipo respetable y no solo fue ascendido a cabo, sino que lo enrolaron en una partida que perseguía a Segundo David Peralta o Mate Cosido, el célebre bandido anarquista y asaltante de empresas forestales como La Forestal, Bunge & Born y Dreyfus.
Esa persecución no solo lo alejó de Azara, sino de la misma Misiones, y lo llevó por pagos correntinos, entrerrianos y bonaerenses. Tan lejos lo llevaron esas andadas que algunas veces se internó en la llana desolación de la pampa. Influido por lo escuchado en los boliches de los pueblos y por comentarios de la misma milicada en las mateadas, de pronto comenzó a simpatizarle el mentado Mate Cosido. Eso de robarle a los ricos y repartir con los pobres no le resultaba algo malo. Excusándose en dolencias imaginarias y otras ciertas, pidió la baja y regresó, meses después de una marcha azarosa, a los montes y selvas misioneros.

A esa altura Teodoro andaba por los ochenta años y monedas, como le gustaba decir. Aun con ganas de hacer cosas, el tal Zukowicz le consiguió un conchabo como portero en la escuela, donde barría el patio y realizaba alguna que otra tarea, como dar las campanadas de entrada y salida de los turnos de alumnos. Algunas tardes solía sentarse bajo la sombra de un lapacho y contar historias asombrosas a quien quisiera escucharlo. De ese modo los años se fueron sucediendo uno tras otro, sumándose como cuentas a un collar infinito. Lo cierto es que Teodoro hacía ya un tiempo que no lograba conciliar el sueño y deseaba morir. Ninguno de ambos deseos parecía tener posibilidades de cumplirse. Apenas pegaba un ojo se le aparecía el albino desesperado e implorante de que le perdonara la vida. Una y otra vez el desdichado “aubino” era degollado y, una y otra vez, Teodoro volvía a despertar desesperado. Su hijo Andrés comenzó a interrogarse sobre el asunto. ¿En qué ocasión lo había matado? ¿Era otro africano o un indio? Ese interrogante podía dar cuenta de la muerte de un ser maldito o la de un simple inocente. Teodoro tampoco era claro en aclarar las circunstancias y el motivo. Solo sabía que el albino tenía el poder terrible de impedirle morir y descansar.
Andrés consultó al polaco, quien durante años había escrito varios cuadernos con los hechos más sobresalientes de la vida de Teodoro. En su memoria no había ni el menor indicio que tornara verídica la muerte del desdichado albino. Ante eso, Andrés dejó de preguntarse si el hecho que alteraba la vida de su padre había acontecido realmente y concluyó que esas fulguraciones inconscientes no eran otra cosa que la culpa. Al día siguiente, llevó a Teodoro a la iglesia y lo dejó hablando con el cura. Pasado el mediodía pasó a buscarlo. Antes de irse, el sacerdote lo bendijo y lo despidió con cierta solemnidad. Teodoro caminó con su hijo rumbo al rancho. A la noche se tendió en la cama, respiró profundo y cerró los ojos. Poco antes de clarear el día, con cien años y monedas, como él gustaba decir, Teodoro Álvez se despidió de este mundo.
