Constanza Venturelli llega a Marea Emocional,[1] a los talleres mano a mano con la editora, queriendo escribir su tesis y obtener el título de la Maestría de Teatro que había cursado en la Facultad de Arte de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Al principio hablamos de biodrama, de teatro documental, de memoria. Leímos, buscamos referencias, pensamos qué podía hacer el teatro con aquello que una vida guarda y que, sin embargo, nunca termina de pertenecerle del todo. Hablamos de Tucumán como si habláramos de un territorio atravesado por grandes y gruesas capas de historia, desde las encomiendas coloniales y las luchas por la independencia hasta las huellas de los ingenios azucareros, el vaciamiento ferroviario, el terrorismo de Estado de la última dictadura, la devastación liberal de los 90. Decir Tucumán es hablar de las historias familiares y de las historias que exceden una familia, de aquello que una persona recuerda y de aquello que una época consigue inscribir en una vida.
En el trabajo de Conti había una casa, la casa de su infancia. La casa de su abuela, de sus tías, de su mamá, de sus primas. La casa de las navidades, de las reuniones, de los cuerpos entrando y saliendo, de las voces que alguna vez estuvieron ahí y que ahora solo podían volver como relato. Pero la casa de la Marina Alfano al 900 estaba más caída que cayendo. Había dejado de ser una casa para una ciudad. Sus paredes, sus techos, sus pisos, sus colores y los objetos estaban entrando en el tiempo de lo que ya no puede ser habitado. Llevaba en venta muchos años y, antes de desaparecer, la compraron. Había que despedirse de un lugar que había funcionado como una forma de memoria. Quisiera no decir adiós…
La casa de la Marina Alfaro empezó a levantarse de las ruinas nuevamente con un taller de escritura, con una tesis, con un relato[2] publicado, con una obra de teatro y con la construcción de un documento. Para recibirse no solo necesitaba la escritura, también necesitaba la obra de teatro: su presentación y su posterior filmación. Empezamos a construir un archivo emocional más de la ciudad de Tucumán, mientras contábamos la historia de una familia que parecía haber amado esta tierra. Con cada historia que Constanza relataba en el taller, que había sido de su madre antes o de su abuela o de sus tías o de su tío o de algún vecino parecía que íbamos, poco a poco, poniendo cemento a la estructura y levantando las vigas. Luego, el taller se mudó de la computadora al living de mi casa y de aquí a la verdadera e imponente casa. La de las ventanas cerradas con maderas para que no sigan entrando a sacar lo poco que quedaba. Recuerdo ese día: los sillones viejos en la entrada, el ropero solo en ese patio que había sido familiar, las escaleras hacia una terraza con parrilla, la cocina sin cocina, los azulejos con dibujitos viejos, la casa del fondo de madera. Sin agua, sin luz, con humedad y mucha historia. Abrimos cajas con papeles, ropa, juguetes. Encontramos recetas escritas a mano, muñecas que ya no se fabrican, zapatitos de bautismo, videocasetes, recortes de diarios, agendas con números de teléfono y un mundo entero de la abuela de una nieta de los años 90.
El mismo día que entramos fue cuando pensé: ¿qué aporte puede tener esta tesis, este taller, esta obra de teatro en una comunidad? ¿Cómo podría exceder los límites de lo meramente privado esta historia y volverse pública? ¿Cómo la Sara, la Pocha y la Lucy podían hacernos volver a las raíces a todos y no solo a su nieta y sobrina? Me gusta andar por la vida pensando que lo privado nunca está completamente separado de lo público. Tucumán tiene una casa que dejó de ser solamente una casa para convertirse en el lugar donde una nación recuerda haber empezado a serlo. La Casa Histórica es la gran muestra de que un espacio físico puede cargar con una memoria que la excede. Es el mismo lugar donde se declaró una independencia formal que los sectores populares, los peones rurales y las montoneras federales sostuvieron. Pero antes de convertirse en monumento, antes de quedar protegida y desprotegida por el Estado y convertida en patrimonio, fue una casa: un lugar de tránsito, de intimidad, de encuentros y de conflictos; un espacio donde la historia sucedía sin saber todavía que algún día sería historia. ¿Por qué no podríamos encontrarle la res pública a este lugar?
Constanza escribió en un taller: “Me conozco cada rincón de la casa y ver su deterioro me interpela, por lo efímero de la vida, por la gente que da vida a las casas, las casas son frías cuando no hay nadie y las imágenes familiares quedan en loop como fantasmas entre el polvo y el olor a humedad. Así como vi deteriorarse a mi bisabuela, que me dio mucha tristeza. Tantos años y tanta soledad, aunque dicen que la soledad es buena, pero la vi escribir en un almanaque cosas sin sentido y preguntar cuándo se cobraba lo del ferrocarril, preguntó hasta 2021, cuando no existía ni rastros, más que las cañas que lleva algún tren de vez en cuando cerca de mi casa”. Es que, cuando una casa se termina en la provincia un montón de corazones sienten el llanto. Se acaba para un grupo una determinada idea de familia tucumana, de domingo, de tiempo y espacio. Cambia el mapa de Tucumán y la historia de un barrio avanza entre el olvido y el recuerdo. Además, es como que realmente todo apunta hacia un duelo absoluto. Tengo ese sentimiento desde que Cristina fue condenada. Y creo que ese hecho de saberla en una casa, encerrada, saliendo desde un balcón que hoy ya es tatuaje en algunas pieles y muestras artísticas en algunas salas, me hizo pensar mucho más en la casa de la Sara —como le digo yo a la casa de la Marina Alfaro—, en los sueños de una generación y los sueños perdidos de otras. La casa convertida en hecho público. Una casa escenario.
Tucumán siempre tiene la nostalgia de la desaparición en el aire. Una provincia construida sobre el despojo cíclico y una pedagogía del desarraigo. En Tucumán se aprende demasiado rápido que las cosas pueden dejar de estar y, por eso mismo, creo yo, nos aferramos a ellas cuando las tenemos. Somos criados a relatos incompletos y a preguntas sin respuestas. Y nos vinculamos con pasión y orgullo al monte, los ingenios, las estaciones, los patios, los sótanos, los teatros, las casas. Nunca queremos soltar lo que es nuestro. Siempre lo nuestro es de todos. Y todo el tiempo renegamos porque las cosas no cambian y siempre es lo mismo. La casa de la Marina Alfaro al 900, las obras que Constanza fue escribiendo y apalabrando, las memorias familiares me abrieron los ojos para ver, frente a un cartel de “Se vende”, que el arte de narrar, ese que Walter Benjamin[3] definía como “la facultad concreta de intercambiarnos experiencias” es el verdadero acto fundador de memoria. Bastaba con contar la casa para transformarla en hecho público, en cosa de todos.
Con Constanza al mando, y junto a Leandro Ortega, Luciana Torres, Oscar Helu, Santi Guaraz, saltamos el charco de la tesis y armamos una obra de teatro que no busca recuperar el pasado como fue (incluso no creemos en la posible idea de hacerlo), sino hacerlo legible desde un presente distinto. Como dijo Sebastián Fernández cuando presentó su libro Artes escénicas y memorias: “La escena recordada es una y múltiple a la vez. Vuelve a producir el pasado, para preformar y performar la realidad”. Pero para llegar a esa escena hubo que hacer algo menos espectacular y, quizá por eso mismo, más importante: investigar. Preguntar. Volver sobre los documentos. Escuchar versiones. Revisar fotografías. Leer papeles que alguien había guardado sin saber que podían convertirse en un archivo. Reconstruir nombres, fechas, vínculos, recorridos. Preguntarse qué recuerda una familia, qué olvida, qué inventa, qué conserva y qué transforma con el paso de los años. Narrar es también investigar las condiciones que hacen posible que algo pueda ser contado. La casa fue un archivo que hubo que construirlo: decidir qué guardar, qué leer, qué relacionar, qué poner en escena y qué preguntas dejar abiertas. Y un archivo necesita de un equipo.

Los años felices. Ensayo sobre una casa es la obra de teatro resultado de un trabajo colectivo. La dramaturgia, la dirección, la actuación, la fotografía, la asistencia técnica, la edición, la conversación y una lectura posible de una casa y de una provincia. La casa de Sara no representa a todo Tucumán. Una familia no puede hablar en nombre de una provincia. Una memoria personal no es, por sí misma, memoria colectiva. Pero puede abrir una pregunta. Puede permitirnos mirar algo que creíamos conocido desde otro lugar. Puede poner en circulación una experiencia que, hasta entonces, permanecía encerrada en el ámbito de lo familiar. Por eso, cuando se estrene vamos a encontrarnos con el resultado visible de un proceso de investigación, escritura y trabajo colectivo alrededor de algo que estaba a punto de desaparecer. Vamos a ver qué puede hacer el teatro cuando no intenta reconstruir el pasado, sino interrogarlo. Qué puede hacer una investigación cuando decide construir un archivo y protegerlo. Qué puede hacer una historia familiar cuando encuentra una forma de ser compartida sin dejar de ser singular.
La obra está dirigida por Constanza Venturelli y Leandro Ortega, con actuación de Luciana Torres y Constanza Venturelli, asistencia técnica de Santi Guaraz, cuenta con las fotografías de Oscar Helu de la casa y la producción de Marea Emocional. Se estrena el viernes 4 de septiembre, a las 21 horas, en La Sodería (Juan Posse 1141), y estará todos los sábados de ese mes en la cartelera de una de las casas de teatro con más historia de Tucumán. Constanza empezó escribiendo sobre su vida y termina construyendo, junto a un equipo, un dispositivo para despedir una casa; para impedir que las cosas desaparezcan; para preguntarnos qué hacemos con aquello que desaparece, quién tiene derecho a contarlo y qué formas colectivas inventamos para que una experiencia no quede reducida al olvido. ¿Qué hacemos nosotros con las casas que se caen, con las historias que se pierden, con los recuerdos que nadie escribió? Vengo a proponer la necesidad de investigar antes de que sea demasiado tarde, de narrar antes de que desaparezcan las voces y de trabajar con otros para que aquello que parece privado pueda encontrar un lugar en la historia común. Vengo a proponer una producción tucumana, hecha acá, con nuestras preguntas, nuestros archivos, nuestras casas y nuestras formas de recordar. Vengo a proponerles un sueño…
[1] Marea Emocional es un espacio de formación en la lectura, escritura y edición creativa y académica, dirigido por María José Bovi.
[2] Constanza Venturelli escribe “Las Navidades” relato incluido en la antología narrativa Mi memoria me salvará (Monoambiente Editorial, 2026), en donde habla de la casa.
[3] Benjamin, Walter (2010): El narrador, Editorial Metales Pesados, Buenos Aires.
