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Errekaleor: el barrio comunitario del País Vasco que abre caminos

Más de una década de autogestión frente a desalojos, multas y cortes de servicios. Por Martín Pacheco.

Llevan más de una década haciendo carne esa consigna que sostiene que “Resistir es crear”. Entre amenazas frecuentes de desalojo, multas, juicios, intimidaciones policiales y hasta el corte total del suministro eléctrico, la “Okupación de Errekaleor” ha transformado aquel complejo de monoblocks, nacido a mediados del siglo XX al calor de una sociedad en plena expansión industrial, en una auténtica experiencia popular de construcción de una comunidad política de los de abajo, en momentos en que aquel nuevo orden mundial neoliberal nacido en los años noventa mostró todas sus fisuras tras la crisis económica internacional de 2008. 

Situado en la periferia de la ciudad de Vitoria-Gasteiz, capital de la provincia de Álava (“Comunidad Autónoma Vasca”, según el Estado español), es actualmente y desde hace casi una década y media, un barrio sostenido sobre la base de la participación vecinal en asambleas y grupos de trabajo regidos por el principio de la autogestión. De allí que muchos términos que emplean sus habitantes en su cotidianeidad resuenen tanto en el oído argentino que ha vivido los álgidos días de fines de 2001 e inicios de 2002, cuando aquella lengua permanecía extendida en fábricas recuperadas por sus trabajadores, asambleístas de las grandes ciudades, pequeños productores rurales y determinadas corrientes del Movimiento de Trabajadores Desocupados (piqueteros) de las periferias del país. Uno de esos términos es el de “auzolan” (trabajo vecinal comunitario), que a su vez remite a una antigua práctica tradicional vasca, muy parecida a la que en Nuestra América se denomina con el nombre de “La minga”.

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El barrio se llamó primero “Un mundo mejor” y luego fue rebautizado como “Errekaleor” (Río Seco, en referencia al río que pasa por debajo de las casas). Su ocupación se produjo en septiembre de 2013, sobre la base de las ruinas de un barrio que había nacido en momentos de pleno proceso de industrialización de la zona durante los años cincuenta del siglo pasado, y que para entonces se encontraba diezmado. Fue entonces, en este otro contexto de ausencia de apoyo institucional frente al deterioro de las viviendas y progresivo interés empresarial para el desarrollismo urbano, que la juventud alza su voz en reclamo por las crecientes necesidades de vivienda. La ocupación total del barrio (departamentos y espacios aledaños), busca poner entonces en marcha un proceso de organización y participación política popular con eje en la construcción de comunidad que dura hasta el día de hoy, y se ha transformado en una importante referencia para toda Europa. 

El día en que fuimos de visita me topé con una muchedumbre de jóvenes: algunos llevaban adelante lecturas en el patio, otros preparaban un salón para un recital que se realizaría esa misma noche. El humo de parrillas donde se cocinaban los alimentos para la actividad me remitía, tanto por aromas como por la mirada, a un paisaje que encontraba muy parecido al barrio Don Orione, en Claypole –por ejemplo– donde viví y llevé adelante tantas iniciativas como esa a inicios de este siglo. Complementan el panorama un punk alemán, un independentista vasco, una joven de la zona haciendo sus primeras experiencias de vida por fuera del hogar familiar a quienes veo forjar, entre actividades como esa, una camaradería donde cada quien puede sentirse en casa.

Lo primero que me llama la atención al llegar es la cantidad de murales que hay. Me cuentan mientras recorremos las instalaciones que fueron realizados, en algunos casos, por artistas de renombre que apoyaron con su arte este proyecto: el italiano Blu o el valenciano Escif. Algunas de esas pinturas, asimismo, llevan inscriptas consigo algunos de los conceptos que resultan claves para la construcción cotidiana de aquella iniciativa, como “Auzo Boterea” (poder del barrio).

De ese poder barrial nacen distintos proyectos, como el “Herri-gimnasio”, donde las máquinas para el entrenamiento conviven con las clases de boxeo, las prácticas de paleta-frontón y el rincón del “Rocódromo” donde se llevan adelante ejercicios para adiestrarse en el arte de escalar. Son todas actividades gratuitas a las que, además, pueden acudir personas que no vivan allí. También han montado una imprenta donde se fabrican calendarios, agendas y se imprimen algunos libros; un taller de bicicletas; una sala de ensayo para grupos de música locales; una ludoteca; un bar y una biblioteca popular. El antiguo cine del barrio fue reacondicionado y ha vuelto a funcionar y la antigua iglesia se ha convertido en un “Gaztetxe” (Centro Social Juvenil), donde se realizan charlas, presentaciones de libros, recitales. En la “cocina comunitaria”, me cuenta una vecina con la que nos topamos al ingresar a ese rincón de Errekaleor, cenan alrededor de 80 personas cada noche. 

Pregunto por las placas de energía solar, que también me llaman mucho la atención. Enseguida me explican que, tras el corte total de luz que las autoridades locales enviaron a realizar, con la policía a la cabeza en mayo de 2017, lanzaron una campaña de crowdfunding con la que lograron, en menos de dos meses, recaudar 100.000 euros para instalar la isla energética soberana más grande de Euskal Herria. La compra de 270 placas se concretó en pocas semanas y los vecinos se formaron para su instalación y gestión, sustentada en la idea de autosuficiencia energética. 

El abastecimiento de agua, en cambio, es el del servicio público que ya se usaba desde antes de la ocupación: no pagan por ella y no se ponen colorados de vergüenza al decirlo, porque defienden con convicción aquello de que “el agua es un derecho universal” y, por lo tanto, su suministro debería ser gratuito para todos los ciudadanos en todos los lugares. Si bien cocinan con gas, la calefacción en invierno la garantizan con leña. Esa vida en común, aseguran, reduce consumos y promueve una experiencia humana más ecológica. De allí la gestión de residuos y el reciclaje de comida y ropa que realizan, las huertas que impulsan en los alrededores de los edificios, en las que pueden verse crecer verduras y frutas, así como en los almacenes comunitarios se resguardan los alimentos no perecederos para todas y todos los habitantes del lugar (que oscilan en un promedio de cien desde hace más de una década). 

Funcionan con asambleas abiertas a toda la comunidad y con grupos de trabajo, sea para actividades laborales de producción, como imprenta, huerta, panadería, o para tareas específicas como promoción de eventos culturales, comunicación, economía, gestión de fuentes de energía, infraestructura, autodefensa, comisión de mujeres o de bienvenida a nuevas personas, enseñanzas del euskera o gimnasio. Todo el quehacer barrial confluye en una coordinación que integran, de manera rotativa, personas de los diferentes espacios que dan vida a esta experiencia.

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Llego a Errekaleor después de participar de una actividad en el salón de una librería-bar junto a Saúl, investigador universitario, militante de la causa independentista (en defensa de la cual, incluso, pasó varios años tras las rejas) que oficia de anfitrión. 

Llevamos tres días juntos y ya hablamos más de lo que pude haber hablado con cualquier otra persona en los últimos tres meses: le cuento algo de la situación que atravesamos en la Argentina gobernada por la extrema derecha libertariana de Javier Milei, de lo poco o mucho que puedo saber sobre la actualidad latinoamericana, pero por sobre todas las cosas, escucho, y trato de procesar en mi cabeza tanta y tan distinta información respecto de este pueblo ancestral y las referencias permanentes que hace a su complejo idioma, el euskera, la única lengua aislada de Europa en la que, por ejemplo, no se utilizan tildes ni marcas de género; la lengua viva más antigua del continente (de allí que haya quienes hablen de su “enigmático origen”, con palabras que datan incluso de años anteriores a la era cristiana). 

El euskera es, desde 1979 (junto al castellano), la lengua oficial de Euskadi (y desde 1982, también, de la zona vascófona de Navarra). También se habla en buena parte de los Pirineos Atlánticos de Francia, donde están situados tres de los siete territorios del País Vasco, sin ser reconocido oficialmente. Pero durante años, décadas, el euskera fue directamente prohibido por la dictadura franquista, que arrebató a la República sus posibilidades de realización tras el golpe de Estado de 1936 y el inicio y posterior triunfo de la reacción en la guerra civil (posibilidades que también incineraron los caminos de la independencia vasca iniciados en el marco de la Revolución Española). 

Incluso para muchas personas del mundo el País Vasco solo se les presenta en su cabeza por el “Guernica” de Pablo Picasso, esa obra de arte en la que el pintor trabaja luego del trágico pero no menos llamativo dato del bombardeo que una aviación militar extranjera realiza sobre una población civil a pedido de su propio gobierno.

—¿Llegaste a ir a Guernica?— pregunta Saúl. 

—¡Lamentablemente no! De Bilbao me fui para Bergara y, de allí, me vine directo para San Sebastián— respondo. 

—Donostia— remata él, defendiendo con orgullo vasco el nombre de la zona en la que vive desde hace años. 

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Es en Liburutopía Eva Forest, situada en el centro de la ciudad de Vitoria-Gasteiz, donde una argentina que pasa por allí menciona Errekaleor. Saúl me aclara luego que ese es el barrio del que me había estado hablando durante el viaje de ida, porque sobre él había trabajado para sus investigaciones en torno a “Democracia comunal”, nombre que también lleva esa red internacional de organizaciones de la que forma parte. 

Salgo de la librería con un libro de Eva Forest en la mano, junto con una edición bilingüe del poeta vasco Gabriel Aresti (que, como él –me dice Saúl–, es de Bilbao y no fue vascoparlante sino que aprendió el idioma por convicción política) y mi libreta en la que solo llego a anotar oraciones breves de todo lo que escuché sobre la reciente historia de aquel sitio cultural, la más antigua de aquella apasionante mujer (escritora, editora, activista catalana que hace suya la causa de la independencia de Euskal Herria) y algunas palabras sueltas con las que pienso en vano que luego podré reconstruir algo del intercambio que mantuvimos con Xabier, el lúcido empleado (¿administrador? ¿activista? ¿trabajador? ¿una combinación de todos estos términos?) del lugar. 

Tras la recorrida por el barrio, el regreso a Donostia. Ya es de noche. Intercalamos con Saúl algunos momentos de intensa conversación con otros de silencio en el que nos gana el cansancio. Es entonces cuando repaso para mis adentros: aún queda pendiente participar mañana de la charla en Kulturarteko Plaza Feminista de Hernani y, durante el fin de semana, visitar a Iñaki Gil de San Vicente (un viejo intelectual marxista vasco), tomar una cerveza en una de las emblemáticas “Erriko tabernas” (“taberna del pueblo”), esos bares autogestionados por la comunidad que funcionan al mismo tiempo como centros políticos locales de la “izquierda abertzale” y la promesa de conocer, no tanto ese centro moderno donde se lleva adelante cada septiembre el Festival de Cine de San Sebastián, sino la parte vieja de la ciudad. Por supuesto –continúo con mi repaso–, no puede quedar afuera de la agenda hacernos de unas horas para contemplar el mar, ese bello y atrapante mar que he visto en tantas postales. 

Después de escuchar tantas historias de batallas, guerras y revoluciones, no puedo sino anhelar un respiro, un poco de calma, una pausa frente al mar. Es entonces cuando vienen a mi mente las barricadas parisinas de 1968 y las poéticas consignas del “Mayo Francés”. Sobre todo, esa que sostiene:

“Debajo de los adoquines está la playa”.

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