Dolores dulces

COLUMNA La muerte del Indio: una conmoción que recorre el país y promete una nueva forma de persistencia.

La melancolía, para ciertas personas, es un destino al cual se llega fácilmente. Para otras, es un lugar difícil, por no decir indeseable, de acceder. Por eso, este segundo grupo prefiere la primavera. Los melancólicos, en cambio, prefieren la cara fresca buscando un rayo de sol, un sweater enorme y suave, de cachemir. Unas pantuflas con corderito adentro. Un té con miel. Poner las manos sobre la estufa. La vereda de mi nueva casa tiene árboles y ahora hojas en el piso. Mi cara fresca busca un rayo de sol. Mis pies, Agronomía un domingo.

            El otoño es un cliché. Hojas que caen, hojas de otoño. Marrón oscuro y verde a punto de morir. Lugar común, la nostalgia. Mismas imágenes a las que vuelve, una y otra vez, la humanidad. Películas donde se filman las hojas que caen, poemas que le dan la bienvenida a la estación de la muerte. Una chica en su casa escribiendo sobre todo esto; canciones que hablan del otoño en las metrópolis, sin importar qué ciudad sea: el otoño es el mismo en cualquier ciudad. Autumn in New York, Rosas de otoño.

            Lugar infinitamente explorado, explotado, no hay nada nuevo por decir. Sin embargo, se vuelve a hablar de lo mismo. Se vuelven a fotografiar las hojas muertas. Se escribe sobre los tonos dorados, otra vez. Y creo que volvemos a esas imágenes por una razón bastante simple: porque son hermosas. Por eso se vuelve a los mismos lugares. A las mismas imágenes. Es que no se termina de explicar, la belleza del otoño.

            La estación que nos pone melancólicos, que nos hace pensar en la muerte: “Es la roca más pesada que la melancolía puede arrojar sobre un hombre decirle que está en el fin de su vida natural” dice Sir Thomas Browne en Urnas Sepulcrales, ensayo escrito en 1658, publicado en Argentina en Tratados sobre muerte y naturaleza (Ampersand). Y creo que el otoño nos pone, sobre las veredas, la verdad: el fin. Todo muere. Vos también vas a morir, transeúnte abrigado. Las hojas verdes llegan a su fin natural. Aparezco yo. Matándolo todo. Lo mismo va a pasarte, mujer con bufanda tapándole la nariz.

            Sir Thomas Browne fue médico, escritor y coleccionista de rarezas. Lo leyeron y admiraron Borges, Virginia Woolf, John Keats. Nació en 1605, año que Shakespeare estrenaba King Lear. Le interesaban los jardines, los fósiles, las costumbres antiguas y los misterios de la naturaleza. En su ensayo Urnas sepulcrales, recorrió rituales funerarios de distintas culturas para pensar una pregunta simple y enorme: ¿qué hacemos los seres humanos para resistir al olvido? Su respuesta no era optimista. Browne desconfiaba de la idea de que un nombre, una tumba o un monumento pudieran salvarnos del tiempo. Su conclusión fue clara: todo intento de permanecer termina fracasando. Ya sea una pirámide enorme, una llama eterna, o monedas de oro sobre los ojos de un faraón.

            También creía en la magia negra y en el demonio. Era baconiano y cultor de la ciencia nueva. Según Francis Bacon, el estudio de la naturaleza se divide en tres grandes ramas: la ciencia de la naturaleza cuando sigue su curso, la ciencia de la naturaleza cuando se desvía de la norma y la ciencia de la naturaleza cuando viene alterada por el hombre. Browne tenía una preferencia por la segunda: su pasión era la excepción. Se dedicó toda su vida a coleccionar y a describir rarezas. Y estaba obsesionado con lo que desaparece.

            Los japoneses tienen una palabra para aquello que permanece después de la desaparición: nagori. No es exactamente nostalgia, sino más bien la huella de algo que ya no está. El aire que conserva una casa después de que sus habitantes se fueron. La última nieve cuando ya empezó la primavera. Las pocas flores que resisten al final de la estación. Las hojas del otoño son, de alguna manera, nagori. No pertenecen del todo al árbol ni tampoco a la tierra. Son el registro de una transformación que está ocurriendo

            Un día antes de morir, al Indio le sacaron una foto en el jardín de su casa de Parque Leloir. Detrás suyo aparecen los Rhus, árboles que en otoño abandonan el verde y se encienden de rojo. No un rojo de hoja, sino un rojo extraño, como de un coral. Por lo que leí, en su parque tenía tres. Dos crecidos y uno más pequeño. Casi como una suerte de retrato familiar: Virginia, su mujer, Bruno, su hijo, y él.

            La muerte del Indio me hizo pensar en lo que queda después de que alguien del tamaño de su figura se va. No conocía el concepto de nagori el cinco de junio pasado. Lo conozco ahora, gracias a Sekiguchi Ryoko, una escritora, poeta, traductora y crítica gastronómica japonesa.

            “Nagori, sin embargo, posee un significado mucho más amplio. Alude principalmente a la huella, la presencia, la atmósfera de algo pasado, de algo que ya no está. Podemos hablar en este sentido de una ciudad que ha conservado aires de villa medieval o de una vivienda que evoca el gusto y el ambiente de quienes la habitaron en otro tiempo. Nagori designa también las consecuencias, los daños o las secuelas de un acontecimiento, como el nagori de un terremoto o de una enfermedad. Por extensión, nagori puede nombrar «lo que queda», persona u objeto, lo que subsiste en el mundo en el lugar de una persona fallecida, como un niño recuerda a sus difuntos padres. Puede aludir asimismo al momento de la separación o al final de la vida. O al estado de algo que persiste, como esas pocas flores que permanecen en el árbol al término de la estación”.

            Ya sabía que los japoneses tienen una relación particular con las estaciones. Se juntan a contemplar los cerezos cuando florecen, hay casas con grandes ventanales pensadas para mirar caer la nieve. Pero leyendo a Sekiguchi, aprendí que, en el calendario tradicional japonés, el año no se divide solamente en cuatro estaciones, sino también en veinticuatro períodos que, a su vez, pueden fragmentarse en setenta y dos micro-estaciones: la última nieve del invierno, una flor que aparece, otra que desaparece. La luna que todavía puede verse cuando ya amaneció. Hay una atención puesta en las transiciones, en lo que está cambiando. En lo que todavía permanece un poco mientras ya se está yendo.

            “La etimología de la palabra se remonta a nami-nokori, «vestigio de las olas», que designa el rastro que deja el oleaje después de retirarse de la playa. Esto incluye tanto la huella de las propias olas, esos surcos inmateriales dibujados sobre la arena, como las algas, las conchas, los trozos de madera y los guijarros que quedan a su paso. No hay razón ni lógica detrás de esa acumulación de sedimentos, pero, una vez que aparece, se asienta ahí durante un tiempo, efímera. En la actualidad, el término se deletrea na-gori, «el nombre que permanece». Aunque no reflejen el origen de la palabra, me parece que estos caracteres inducen una imagen muy evocadora del nagori. Nuestras emociones no se mueven con tanta facilidad. Por vivas y reactivas que sean, son mucho más lentas que nuestro cuerpo a la hora de desprenderse de una persona o de un lugar. Siempre nos acompañan, unos pasos por detrás de nosotros”.

            La única vez que fui a ver al Indio fue en 2014, cuando tocó en Gualeguaychú. La historia es conocida: había llovido por días y el hipódromo era literalmente un charco de barro que parecía un mar de arena movediza. La imagen que tengo antes del show es de un hombre muy gordo y muy borracho, pero muy contento, intentando sacar sus patas (hundidas hasta las rodillas) del barro. Cuando lo vi, empecé a ver a muchos más en la misma situación. Se reían de la imposibilidad, estaban atrapados, se agarraban entre ellos, una masa amorfa de borrachos siendo hundidos por el barro. Pero no desesperaban, se reían. Y la gente que los veía, también. Esa noche el Indio y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado presentaron el álbum Pajaritos, bravos muchachitos. Tocaron más de dos horas y yo viví una de las noches más extrañas, intensas y folclóricas de mi vida.

            A pesar de solo haberlo visto una vez en vivo, el Indio es algo así como un acompañante acérrimo de mi adolescencia. De mi vida y de la de muchas de mis amigas. Nos sabemos todas sus canciones. Tenemos su cara en remeras, sus frases tatuadas, tardes enteras borrachas cuando no teníamos que estarlo, con su voz cantándonos de fondo. Ahora, muerto, es otro tipo de presencia.

            “Vestigio de las olas que designa el rastro que deja el oleaje después de retirarse de la playa”.

            Indio Solari. Indio Nagori.

Píxel / Revista Zoom

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