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“Yo no sé por qué soy el Indio”

¿La presencia depende, necesariamente, de la proximidad física o es posible pensarla como la capacidad de inscribirse de manera duradera en la experiencia de otro? Por Carlos Díaz

Años atrás, en una entrevista con Pergolini, Carlos Alberto Solari dijo: “Yo no sé por qué soy el Indio”. La frase puede leerse como un gesto de modestia, como una provocación o como el reconocimiento de una opacidad más elemental. Hay algo que no termina de explicarse mediante una biografía. Podemos reconstruir los acontecimientos de una vida, enumerar discos, recitales, decisiones estéticas y episodios públicos. Sin embargo, nada de eso alcanza para explicar por qué alguien llega a ocupar un lugar tan persistente en la experiencia de millones de personas.

La noticia de la muerte del Indio Solari produjo una movilización inmediata. Durante horas comenzaron a multiplicarse en las redes sociales las fotografías, los fragmentos de canciones, los recuerdos de recitales y las historias personales. Muchos de esos mensajes repetían una misma formulación: “me acompañó en mi adolescencia”, “estuvo en mis momentos difíciles”. Desde distintos puntos del país aparecieron mensajes dirigidos a su familia, expresiones de condolencia y relatos de encuentros que, en muchos casos, nunca habían ocurrido. La mayoría de quienes escribían jamás había compartido una conversación con él. Muchos ni siquiera lo habían visto fuera de un escenario. Sin embargo, la idea del Indio como compañero aparecía una y otra vez. ¿De qué modo alguien puede acompañar una vida sin haber formado parte de ella? ¿Qué significa decir que estuvo presente en momentos decisivos de la existencia?

Con frecuencia asociamos la presencia a la proximidad, está “presente” quien comparte un espacio y un tiempo. Sin embargo, la reacción colectiva frente a la muerte del Indio extendió la definición hacia otra dirección. Lo que se manifestaba en los mensajes no era simplemente el reconocimiento de una trayectoria artística ni la admiración hacia un músico, era la constatación de un vínculo. La idea del Indio como compañero parece surgir en la capacidad que tuvo para inscribirse en la experiencia de alguien y permanecer activo más allá del momento en que fue producido. La presencia, en este sentido, no depende necesariamente de la cercanía espacial y temporal. Entonces, la presencia puede definirse como la potencia de un elemento para inscribirse de manera duradera sobre la realidad, es decir, sobre una superficie sobre la cual se proyecta el mundo. Ahí queda escrito, ahí se inscribe. El Indio es una presencia que produce una relación: “Los quiero mucho y los respeto como público. Son de los mejores públicos del planeta”.

Abundan las interpretaciones sociales que anuncian una degradación de los vínculos a causa de las tecnologías digitales. Sin embargo, la falta de interés por lo que les sucede a los otros difícilmente pueda atribuirse de manera lineal a la tecnología. Más bien parece responder a ciertas modalidades contemporáneas de vinculación que encuentran en los medios de comunicación una vía de comunicación, pero no su causa exclusiva. La insistencia en los discursos sobre el éxito individual, la autorrealización constante y la obligación de gestionar la propia vida fue alterando la forma habitual de encontrarnos.

Es la función del compañero la que exige una capacidad de permanencia en la realidad del otro, una marca duradera que la pura inmediatez física es incapaz de garantizar. Compartir un mismo lugar físico, estar al lado de alguien en una habitación no alcanza para acompañar. La presencia es una inscripción. Por eso, la figura del Indio excede cualquier explicación biográfica.

La reacción frente a su muerte exige, entonces, desplazar el eje de los diagnósticos actuales. Pensar la presencia en el escenario contemporáneo requiere abandonar la oposición binaria que asume el contacto físico como única garantía de lo colectivo y a la mediación tecnológica como sinónimo inevitable de aislamiento. El fenómeno demuestra que la formación de comunidad no exige de un territorio espacial compartido, sino de un elemento capaz de organizar el lazo social. Asumir esta reconfiguración conceptual de la presencia resulta importante para dejar de leer el presente bajo el lente de la pérdida y comenzar a explicar los mecanismos materiales mediante los cuales, aún hoy, un vínculo logra fijarse en la realidad del otro.

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