¿Se dieron cuenta de cuánto nos repetimos que no pensamos por la fragmentación de la atención provocada por el algoritmo de Tik Tok? ¿Por el microtexto en X? ¿Por la incapacidad generacional de sostener la mirada sobre una página impresa durante más de unos pocos minutos? ¿Por no poder mirar una película sin revisar simultáneamente otra pantalla? La idea de que las pantallas nos arruinaron el cerebro circula por absolutamente todos lados (aunque en algunos espacios más que en otros). Y es que sí, culpar a las pantallas es el movimiento perfecto para desplazar el verdadero problema hacia una supuesta “degeneración cultural” abstracta, casi natural. Como si simplemente hubiéramos evolucionado hacia versiones cognitivamente defectuosas de nosotros mismos. Lamento informar algo a todos los que seguimos leyendo, y es algo que todos sabemos y aun así no terminamos de comprender: la producción masiva de superficialidades es un proyecto político y económico perfectamente funcional. Y la incapacidad social para sostener complejidades, relaciones causales y pensamiento crítico, es el prerrequisito indispensable para la gobernabilidad del libre mercado absoluto.
La taradez de nuestra época es un régimen cultural, una estructura que rompe sistemáticamente la relación entre las preguntas y las respuestas. Nada tiene que ver con el coeficiente intelectual, y mucho menos con discapacidades biológicas. Nos volvimos acríticos cuando la velocidad del scrolleo empezó a ser más importante que la comprensión de la información. Y lo hacemos cada vez que vemos una noticia y, antes de entender qué ha ocurrido, ya tenemos culpables, bandos y eslóganes listos para publicar. Todo aparece previamente interpretado. Un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT hackea correos electrónicos y alguien responde “porque es peronista”. Baja la natalidad y automáticamente es culpa de “las pañuelo verde”. Un crimen, una inundación, una crisis económica, cualquier acontecimiento encuentra enseguida enemigos rápidos, causas simples y explicaciones emocionalmente cómodas. Incluso los memes y las imágenes hechas con inteligencia artificial buscan producir impacto instantáneo, reafirmar prejuicios y circular rápido para evitar cualquier verificación mínima. Estamos viviendo la época más tarada de nuestra historia —como dijo Gabriela Ivy al hablar sobre la “batalla cultural”—, porque la anti intelectualidad dejó de ser una reacción marginal para convertirse en política cultural de época. ¿Qué dijo, señora? Dije que vivimos en una época donde tener argumentos parece pedantería y gritar boludeces, autenticidad. Nos venden el progreso, y la libertad, como velocidad, optimización y consumo instantáneo. ¿Quién nunca fue ni será compatible con esto? Quien se toma el tiempo de desmontar un discurso para entender cómo funciona fue desplazado por quien produce certezas brutales para audiencias agotadas, sobre estimuladas y emocionalmente dopadas por algoritmos. ¡Ay, pare, señora, por favor! ¿Qué dijo ahora? ¡A la mierda los procesos! ¡Muerte a los intelectuales!, parece decir el clima de época. ¡Reaccionarios instantáneos o muerte!, versa el nuevo Matadero que se escribe con comentarios, memes y hashtag listos para viralizar cualquier cosa, hasta un mapa sin provincias.
Miremos bien cómo es la jodita para dejarnos atrapados en las cavernas. No nos confundamos, acá no hay ningún accidente, todo es una puesta en escena con los actos perfectamente sincronizados.
Primer acto. Desmantelar la infraestructura material que potencia el pensamiento crítico. La potencia no surge de la nada; se financia, se edita, se distribuye y se enseña. Lo que hoy presenciamos es un ataque coordinado a los núcleos de resistencia del sentido. Para que podamos sentarnos a leer un libro y nos dé la cabeza para dudar de lo que dice el gobierno, primero alguien tuvo que financiar la imprenta, un editor tuvo que corregir el texto, un distribuidor tuvo que llevarlo a la librería de tu barrio y un docente tuvo que haber enseñado a interpretar el texto. Rompiendo cualquiera de estos eslabones, el pensamiento se apaga. No es magia, es presupuesto. Segundo acto. El estrangulamiento de la democratización del libro con el intento deliberado de derogar la Ley 25542 de Precio Uniforme de Venta al Público (PVP). Hoy, por ley, un libro sale exactamente lo mismo en una librería de San Miguel de Tucumán que en la calle Corrientes en Buenos Aires. Si derogan esto bajo la bandera del libre mercado absoluto, los hipermercados, las multinacionales de comercio electrónico como Mercado Libre o Amazon, y las grandes cadenas concentradas van a liquidar los libros al costo para quebrar a las librerías y editoriales independientes. El resultado: leer está siendo un lujo. Tercer acto. Asfixiar la lectura comunitaria vaciando la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), congelando sus subsidios y desmantelando el programa “Libro%”. Este programa permitía que cualquier bibliotecario —el de la biblioteca popular de nuestra zona o el de la otra punta del país— pudiera incrementar su material bibliográfico, puesto que les resulta imposible pagar una novela de treinta lucas. Cortar este fondo no es “eficiencia estatal”, clausura el último refugio donde se puede ir a buscar un libro gratis porque su realidad material no entra en la lógica del consumo masivo. Cuarto acto. El apagón pedagógico masivo. Dar de baja la compra anual de 14 millones de ejemplares del programa «Libros para Aprender», cerrar Educ.ar y asfixiar a las universidades nacionales violando la ley de financiamiento universitario. Si un Estado deja de repartir manuales en las escuelas públicas, está fabricando obediencia en serie. Deserción planificada. El mapa es tan obsceno que da terror. Quieren escuelas convertidas en guarderías que preparen mano de obra precarizada y universidades desiertas donde solo puedan investigar los tres que tienen la vida resuelta. Quinto acto. La persecución institucional a obras de escritoras internacionales como Dolores Reyes, Aurora Venturini o Gabriela Cabezón Cámara, y la caza de brujas contra canciones como “Hay secretos” de los Canticuénticos. Dicen que defienden a los chicos del «adoctrinamiento» y la «sexualización», pero lo que realmente quieren es que nadie nombre el dolor, el abuso o la disidencia. Infinitos actos.

Quieren que seamos incapaces de leer las estructuras de poder que nos están precarizando la vida mientras escroleamos una pantalla. Y lo más alarmante de esta degradación es la fisonomía del discurso que vino a ocupar el vacío del pensamiento. No estamos asistiendo al triunfo de una derecha pensante, congruente, portadora de un proyecto de país alternativo pero articulado sobre tradiciones filosóficas respetables. No hay un debate contra el liberalismo clásico de cuño alberdiano o una discusión económica de alta escuela. Lo que gobierna es una derecha vacía de biblioteca, cuyo único método de argumentación es el reduccionismo del nosotros contra ellos; una derecha profundamente eficaz en inutilizar las mediaciones que posibilitan a una sociedad pensar(se). Claro, la crítica política y cultural ha sido reducida a un glosario de términos clausura. “Peronchos”, “kukas”, “zurdos”, “feministas”, “aborteras”. El debate intelectual no existe porque los interlocutores no buscan refutar una idea, sino liquidar a los emisores mediante el escarnio público y la difamación algorítmica. ¿Ah? Ahora sí que no la entiendo, señora. Quiero decir que agarran cualquier tema y lo envuelven en dos palabritas. Se declaran obsoletos: la escritura, la reescritura, la búsqueda bibliográfica, la confrontación de datos, la socialización crítica y todos los rituales que sostienen la cultura académica, científica y tecnológica.
Y en el medio de este páramo, los sectores biempensantes de la sociedad seguimos apelando románticamente a la palabra “diálogo”. Pero apelar al diálogo en una sociedad donde las condiciones materiales para sostener la palabra han sido dinamitadas es una ingenuidad o una complicidad cínica. Existe una diferencia abismal entre dialogar y negociar poder. El diálogo exige la alteridad, presupone que el otro tiene una verdad posible, que hay una escucha activa y que ambos sujetos pueden salir transformados del encuentro. Requiere, además, cierta equivalencia. Sin embargo, los sectores hiper concentrados de la riqueza y el poder político nunca usan la palabra “diálogo”. Ellos negocian. Miden fuerzas, evalúan activos, compran voluntades y quiebran resistencias. Venderle la ilusión del “diálogo” a una sociedad civil a la que previamente se despojó de sus universidades, de sus libros escolares, de sus bibliotecas populares y de su tiempo vital para el pensamiento es la estafa perfecta. Es invitarlos a jugar una partida de ajedrez donde una de las partes ya se robó todas las piezas de la mitad del tablero.
¿Pero cómo hacemos para conversar entonces, señora? Entendiendo la trampa final. Como nos están vaciando de educación, quedamos expuestos a una dieta infame de contenidos armados, plástico visual y datos alucinados que adoptamos como verdades absolutas simplemente porque brotan de manera instantánea en nuestras pantallas. La ecuación de la época es perfecta y perversa: a menor presupuesto universitario y menor cantidad de libros en las casas, mayor dependencia de la respuesta empaquetada por una máquina. La lectura es el territorio de la sospecha. Y no hablo acá del romanticismo de agarrar un libro de papel; hablo de la lectura como una mirada situada y crítica del mundo. Del lector que interrumpe el flujo, vuelve atrás, subraya y duda. Quien lee es capaz de proyectar un futuro a largo plazo, de organizar una resistencia con fundamentos y de demandar explicaciones sólidas. Hay que hacer un trabajo de curaduría e intervenir las producciones para producir sin copiar y pegar.
