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El “chupadero” de Massera a la vuelta de su hogar

Una nota olvidada, una dirección y una intuición: así se reconstruyó un engranaje oculto del horror. Por Ricardo Ragendorfer

El 21 de marzo recibí por WhatsApp este mensaje: “Me llamo Marisa González de Oleaga. Soy catedrática de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de Madrid. En 2024 escribí el libro El Silencio—La dictadura en el Delta. Me gustaría entregarte un ejemplar. Y podríamos tomar un café”.

También aclaró que los datos para ubicarme se los había facilitado Carlos “El Sueco” Lordkipanidse, un sobreviviente de la ESMA, quien es vecino mío.

Lo cierto es que su libro me interesaba sobremanera, dado que se refiere a un asunto de la última dictadura que, hasta ahora, no había sido abordado con la profundidad que merece. Porque “El Silencio” —nombre que no pudo ser más propicio— era una isla del Tigre perteneciente al Arzobispado de Buenos Aires, donde los represores del Grupo de Tareas 3.3.2. de la Armada ocultaron a sus cautivos en septiembre de 1979, durante la visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). 

Dicho sea de paso, se trata de una investigación minuciosa y fascinante. Claro que eso lo supe luego de leerla. 

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. 

La cuestión es que, al día siguiente de su mensaje, me reuní con Marisa en el bar El Biógrafo del barrio de San Cristóbal. 

Allí reveló el motivo de su interés en que nos viéramos: un artículo que escribí en la revista Gente hacía casi 27 años sobre el arresto domiciliario del ex almirante Emilio Eduardo Massera en una quinta de General Pacheco, a raíz de una causa penal por el robo de 194 bebés, ya que —según ella— su contenido le había servido en otra pesquisa. 

Recién entonces recordé, vagamente, el contexto de esa cobertura, cuya realización tuvo, por momentos, visos algo lisérgicos.   

Revista Gente

La furia del “Almirante Cero”

Fue en 1999, tal vez durante el atardecer del último viernes de mayo, cuando la secretaria del director de la revista, Jorge Luján Gutiérrez, me comunicó que él me aguardaba en su despacho. Al ingresar allí, su saludo fue un leve cabeceo, señalando una silla vacía. 

A su lado, con gesto adusto, estaba Constancio Vigíl, el jefe máximo de Atlántida, la editorial que publicaba Gente. Y me encargaron esa nota. 

Fue extraño que estuvieran tan interesados. Porque los temas inherentes a los años de plomo no eran los predilectos en aquel semanario.  

Durante la mañana siguiente partí en un vehículo de la editorial hacia esa 

localidad del conurbano bonaerense con tres fotógrafos: Alejandro Carra, Jorge Bosch y Diego Soldini. 

No fue fácil llegar hasta aquella quinta de, aproximadamente, unos nueve mil metros cuadrados. Su frente de ladrillos a la vista, coronado de punta a punta con alambre de púas (un toque decorativo digno de su morador), tenía un portón de madera. También había ligustros muy parejos que, oficiando de murallones laterales, se extendían hasta el fondo del terreno.  

Ante Marisa me fue imposible acordarme de su dirección. Pero acudían a mi mente otros detalles, como la coreografía inicial de nuestra tarea.  

Mis compañeros se ubicaron en ángulos equidistantes entre sí, metiendo los teleobjetivos de sus cámaras a través de tres orificios hechos en los ligustros con una tijera de podar prestada por un vecino. Parecían cazadores al acecho.

A la hora y media, Soldini exclamó: 

—¡Ahí está! ¡Acaba de salir!

Y comenzó a disparar su Nikon D1. 

Desde sus posiciones, Bosch y Carra también gatillaron sus cámaras. 

Recuerdo que, en ese preciso instante, pensé que liquidar a ese individuo no hubiera resultado difícil. 

Massera se encontraba en el porche del chalet con un diario bajo el brazo, y lucía un pullover color salmón. El chasquido de las cámaras lo enfureció y, al alzar la vista hacia los ligustros, maldijo en voz alta. El resto de la escena fue casi un blooper: el tipo giró para volver sobre sus pasos, pero tropezaría con un peldaño. Al final, pudo conservar la vertical y se perdió tras la puerta. 

La editorial me había provisto de un celular; era uno de esos Movicom con forma de ladrillo, y se me ocurrió llamar al abogado del genocida, el doctor Miguel Arce Aggeo, para pedirle el número telefónico de Massera. Y, dado que ese sacapresos ávido de fama solía ser muy condescendiente con la prensa, me lo dio a cambio de que no revelara la fuente. 

Al tercer intento, se oyó a Massera desde el otro lado de la línea.  

—¡Yo no hablo con la prensa! Tergiversan todo lo que digo. Y no dejan de asediarme —adujo de mal modo, con voz aguardentosa.

Le solté con rapidez una pregunta, para evitar que cortara la llamada. Pero él, en ese instante, quiso saber por cuenta de que medio estábamos allí. Cuando se lo dije, montó en cólera. Y gritó: 

—Decile de mi parte a tu jefe, a Constancio, que es ¡un cornudo! –y colgó. 

Tal fue la veloz reconstrucción que pude hacer de aquella cobertura luego de que, en nuestra mesa de El Biógrafo, Marisa la mencionara.

También me proporcionó una copia en PDF; así pude llenar sus casilleros olvidados; a saber: la fecha de publicación (2 de junio de 1999). Su título (“Una cárcel con parque, pileta y cancha de tenis”); una omisión por razones —diríase– corporativas (la frase de Massera sobre el señor Vigíl); sus fotos (la de apertura, una imagen del sujeto en el porche del chalet al advertir nuestra presencia; en otra se ve el portón de la propiedad; la tercera muestra una vista panorámica del parque; en la última está él tirándole huesos de asado a un perro). Y en uno de sus párrafos estaba dirección del inmueble (Figueroa Alcorta 468). 

—Encontrar esa dirección en tu artículo tuvo una importancia crucial para nosotros —diría Marisa durante nuestro encuentro.

Se refería a la investigación efectuada por ella, junto a los sobrevivientes Lordkipanidse, Liliana Pellegrino y Blanca García Firpo, para localizar, durante la segunda mitad de la década pasada, un “chupadero” que integraba el circuito bonaerense de Centros Clandestinos de Detención (CCD) de la Armada; o sea, una sucursal de la ESMA. Se trataba de una quinta emplazada –según se decía– en un sitio impreciso de General Pacheco. El Sueco, durante unos días, estuvo secuestrado allí. 

Pues bien, ¿qué diablos tenía que ver mi añejo artículo con esto? 

No está de más, entonces, reconstruir aquella epopeya. 

Revista Gente

La aguja en el pajar

“Esa búsqueda —me diría Marisa— fue por iniciativa del Sueco. Pero solamente teníamos tres datos de tal quinta: un tanque de agua sostenido por una estructura de hierro medio rara, una piscina con forma arriñonada y un techo de tejas”. 

Los testimonios de sobrevivientes sobre ese sitio se remontaban al Juicio a las Juntas, en 1985, aunque sin más precisiones que esas tres características.

Su utilización como CCD poseía, a todas luces (o sombras, en este caso), una intencionalidad perversa: llevar desde el inframundo de la ESMA, en plan de week end, a los cautivos para compartir semejante “esparcimiento” con sus verdugos, infundiéndoles así una (falsa) expectativa de vida. 

De hecho, entre quienes languidecieron allí resaltan los integrantes del Grupo Villaflor (menos Raimundo, que ya había muerto), el matrimonio Daneri Ruíz, Juan Carlos Anzorena, Pablo Lepiscopo y Hugo Palmeiro, entre otros. Todos están desaparecidos. 

Algunos “huéspedes” incluso se toparon en aquel lugar con muebles que les habían robado durante sus secuestros. Tal era la atmósfera que flotaba entre los barrotes invisibles de ese paraíso.   

Al comenzar su investigación, Marisa no tuvo más que una corazonada: la psicología gregaria de los uniformados. Borges ya decía que “la mente militar es poco compleja”. En ese sentido, ella había notado que los marinos actuaban como una secta. Y qué, entre otras pulsiones endogámicas, solían vivir en zonas habitadas por otros marinos. Pero tal teoría, por sí misma, no valía demasiado.  

Entonces llegó a sus manos —no se acordaba cómo— mi artículo sobre el arresto domiciliario de Massera, en el que figuraba la dirección de su quinta.

La corazonada que, desde Madrid, latía en ella siguió su camino; de modo que, sin otra referencia que ese texto, se enfrascó en el recurso del Google Earth.  

Era una tarea nada sencilla y, posiblemente, improbable. 

Lo primero que advirtió fue que la calle Figueroa Alcorta había cambiado de numeración y, tras descubrir la nueva, se lanzó a un relevo topográfico del lugar y sus alrededores, a través de esa vía remota.

No tardaría en observar que aquel inmueble estaba rodeado por una vasta vegetación (mi artículo señalaba un parque de nueve mil metros cuadrados). 

Después, estableció que, además, había otros pulmones con esas mismas características. Es decir, con viviendas solitarias, mientras que del otro lado de los espacios verdes, existían numerosas casitas muy próximas entre sí.

En esas circunstancias, Marisa se acordaría que algunos sobrevivientes habían mencionado que dicha casa quedaba “cerca” de la planta fabril de Ford en General Pacheco. Pero que uno de ellos, Víctor Basterra, fue más específico al declarar —durante el Juicio a las Juntas— que aquel inmueble estaba “detrás” de la fábrica automotriz.   

En efecto, con uno de los tres pulmones —de acuerdo con Google Earth— ocurría exactamente eso. 

—Pocas veces —diría Marisa en El Biógrafo— una sola palabra, un adverbio de lugar, tuvo tanta trascendencia en una búsqueda.

Su siguiente movimiento fue retomar el rastreo por Google Earth.

—Es en este punto donde cobra importancia tu artículo —me dijo. 

Entonces agregó que, a falta de la numeración callejera actual, le había servido la fotografía del portón de madera publicada en Gente para compararla con su imagen en Internet, identificando así la quinta que había sido de Massera.  

A partir de tal hallazgo, empezó a buscar, siempre a través de la pantalla, una casa cuyo tanque de agua y su pileta de natación tuvieran las características ya descriptas. En la zona había nueve quintas que, curiosamente, formaban una especie de corona en torno a la de Massera. Y en una se veía a simple vista esa piscina arriñonada. Era la más cercana a la suya. 

Revista Gente

Ese sitio, además —según un cartel en la entrada—, estaba en venta. Y ella, diciendo ser una inversionista europea, se contactó con la inmobiliaria, la que no demoró en hacerle llegar fotos de su interior a Madrid.

Marisa, de inmediato, se las reenvió al Sueco. 

Su respuesta, por un audio de WhatsApp, fue:  

 —Hay, Marisa. Creo que esa es la casa… 

En su tono, entre anhelante y apesadumbrado, se deslizaba –según ella– una “expresión de vulnerabilidad”. Y agregaría: “Como si este hallazgo fuera la prueba irrefutable de una recuperación. Pero también, de todas las pérdidas”.

Poco después, en virtud del registro catastral, se supo que esa propiedad había pertenecido a Enrique Peyón, padre del oficial Fernando Eneique Peyón (a) “El Giba”, uno de los más bestiales esbirros de la ESMA. 

En enero de 2019, ya en Buenos Aires, Marisa González de Oleaga fue con Lordkipanidse y otros sobrevivientes a recorrer ese sitio maldito.

Desde entonces, el caso está en manos de la Justicia Federal. 

Ahora, con aquel artículo de la revista Gente ante mis ojos, pienso que, a veces, los textos tienen vida propia, más allá de la voluntad del autor. 

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