Luego de 29 días de volteretas verbales cargadas de las amenazas más tremendistas, de parte de un jefe imperial embebido de poder, pero irresoluto, la realidad le impuso una solución intermedia. Dos semanas de negociación en la capital de Pakistán. Esta guerra imperialista terminó como la última novela que García Márquez dejó inédita: En agosto nos vemos.
Solo que, en vez de una cita amorosa furtiva, será para que Irán y Estados Unidos resuelvan sus destinos con misiles o en una postergación del conflicto. Porque lo único cierto es que, para ambos, esta —como otras guerras— tendrá carácter de existencial, se juegan la vida o la muerte.
En todo caso, por ahora se sabe, hasta nuevo aviso, que hay un alto el fuego y desmentidos mutuos sobre lo que ambos gobiernos dicen y hacen. Irán impuso por 24 horas una información falsa para un acuerdo sobre la base de sus 10 puntos. Estados Unidos lo desmintió a las 24 horas y acusó a la prensa de ser la que vendió la mentira.
Se sabe por la historia de la lucha de clases, de pueblos y naciones, que lo más difícil es valorar el resultado, definirlo. El mecanismo interno de toda historia social basada en la explotación humana y las guerras es la dialéctica entre las victorias y las derrotas, no la lucha en sí misma. Solo se avanza con las victorias.
Pero entre unas y otras suelen aparecer resultados anómalos, irregulares y rarezas que desafían la convención. Esto lo hemos aprendido en la lucha obrera y sindical, un campo privilegiado de experimentación política y teórica. Pero es más difícil aprender en una guerra.
En el caso de que Irán logre imponer su pliego de 10 puntos en la mesa de Islamabad, se podría definir como media victoria, transitoria y condicionada. Es decir, no hay derrota, no hay victoria, de ninguno… todavía. Aunque nos guste el resultado porque se frenó al enemigo imperial. Pero eso no es su derrota.
En la cultura del fútbol argentino es conocida la expresión “un empate con sabor a victoria”, cuando sientes que algo faltó, aunque disfrutes del resultado.
Como advierte con inteligencia el español Pablo Iglesias en su programa La Base, es recomendable no fiarse de un “delincuente fascista que por su edad cuenta a su favor con la impunidad de quien sabe que va a morir pronto”. Aunque la cosa sea más compleja que la ancianidad maligna del personaje, es útil la admonición.
Trump pasó de anunciar la devastación total de la civilización iraní, a buscar un acuerdo sobre los 10 puntos de la Guardia Republicana. El mecanismo es un Alto el fuego, un recurso de la guerra que no define ningún final. Solo abre una negociación.
Esa es la novedad, pero es una novedad transitoria, en proceso. Esto es lo que la Deutsche Welle llama “una guerra asimétrica”.
La asimetría impuso la intermediación del Estado nuclear pakistaní, casi seguro en nombre de China, como insinuó la portavoz de la cancillería china Mao Ning en RT este miércoles 7 de abril. El problema es que un cable quedó suelto y puede electrificar todo: Israel. Su gobierno obedece más a la fracción más nazi del poder sionista en Tel Aviv. Continúa atacando en el Líbano con decenas de muertos.
Esa asimetría en términos militares entre Estados Unidos e Irán no tiene correspondencia en lo social y lo político.
En estos dos planos de la guerra, el gobierno norteamericano está en serios problemas. Irán no. Esta diferencia presiona a Trump a buscar (o aceptar) algún tipo de acuerdo, siempre que no lo condicione a decir que se rinde. Para Trump, un mega millonario de cuna nunca se rinde.
A pesar de esa condición de clase, dos elementos decisivos lo presionan cada día. Muchos miles de iraníes salen a las calles para sostener a la Guardia Republicana, mientras que en las ciudades de Estados Unidos salen, pero contra él y su gobierno.
Esa diferencia social ya tiene expresión política y algunos indicios militares en soldados remisos o ex coroneles que arman escándalos en actos oficiales. Lo más avanzado, hasta hoy, es la declaración del periodista ex trumpista y conservador Tucker Carlson. Este hombre envió por TV este mensaje a los soldados: “Digan no a las órdenes de Donald Trump o renuncien”.
Yo contra mi
El presidente estadounidense logró deslegitimar su poder en casi un mes. El asunto es serio porque el sistema institucional yanqui se ordena alrededor de ese eje presidencial. Es tan grave, que en la propia tolda republicana ya hay senadores que proponen separarlo del cargo con un juicio, mientras varios demócratas invocan la Enmienda 25 para destituirlo. Antes del 7 de abril Trump se había desdicho y contradicho unas veinte veces en menos de treinta días. Amenazó tantas veces sin cumplir sus amenazas, que en el vertedero de las redes lo tipificaron con el cliché TACO: “Trump Always Chickens Out”, algo así como “Trump siempre se raja”. Bajo esa superficie tictociana late un magma amenazante de profundo carácter social y un aspecto militar determinante.
Mentir y marear
Los vaivenes discursivos de Donald Trump, tan calculados como sus apuestas a una superioridad militar o alguna intervención calculada de Beijing o Moscú son esenciales a la conducta de su imperio. En este escenario incierto, mentir no es una pose de ocasión ni la desmesura de un payaso en la Oficina Oval. Es un recurso del poder imperial, tan antiguo como su origen en los inicios de la Guerra Fría. Los nazis lo llevaron al límite, los norteamericanos lo adaptaron desde 1945.
El creador de la mentira como recurso imperial de privilegio fue George Kennan, arquitecto del Plan Marshall y uno de los creadores de la CIA. En 1947 introdujo en el sistema de poder el concepto de “la mentira necesaria”, componente vital de la diplomacia norteamericana de posguerra “para combatir el comunismo”.
Olor a Vietnam
Desde las marchas anti guerra de Vietnam de 1967, la sociedad norteamericana no había vivido un ambiente político de similar quebradura. Una señal es que las masas en las calles lograron adherir a grandes figuras convocantes. Durante los 60 y los 70, ganaron el compromiso de figuras fuertes como el predicador Luther King, los cantantes Joan Baez y John Lennon y la escritora Susan Sontag. Solo Luther King se adhirió de inmediato y se convirtió en la figura líder del movimiento. Esta vez, en apenas un mes, lograron la adhesión militante de estrellas globales del cine como Robert Del Niro, Angelina Jolie, Jane Fonda, Arnold Swarzenegger, Michael Moore, Amanda Palmer, o la del puertorriqueño Bad Bunny, entre otros. Bunny se atrevió a más: Usó un show tradicional de Norteamérica para desafiar la figura y el discurso de Donald Trump. A algo similar solo se había atrevido el boxeador Casius Clay, Muhammad Alí. Ahora bien, hay una diferencia…
Contra Trump, buena parte del pueblo llano norteamericano mezcla en sus cabezas cosas distintas: un poco de anti guerra con algo de anti inflación y anti desempleo y una buena cuota de asquete contra un “viejo verde” fotografiado como pedófilo de niñas y adolescentes. Al parecer, Estados Unidos ingresó a una de esas coyunturas excepcionales en la que el sistema de gobierno puede despistarse.
Grietas
Los imperios nunca dominan solos, igual que su clase al mando necesita de sindicalistas corruptos y políticos opositores complacientes. Los imperios siempre conforman sistemas de poder regionales y subregionales para gobernar el mundo. Esos sistemas han comenzado a resquebrajarse.
En primer término, en Medio Oriente donde una parte ha volado bajo fuego iraní. Pero es más grave en su base europea. Sin ella no podría gobernar África, Australia, Asia meridional y lo que le sacó a la ex URSS en Europa del Este. La decadencia de Europa tiene carácter civilizacional.
Estados Unidos maneja al mundo desde 1944 mediante pactos de varios tipos, firmados tras la derrota nazi, en Yalta, Potsdam, Teherán y Nueva York. Son más de 120 pactos alrededor de pocas instituciones de control, como el FMI, el BM, la OTAN, la OIT, la UNESCO y un organismo decisivo de la ONU: el Consejo de Seguridad. Eso no era posible sin la vieja estructura imperial europea reconstruida toda con préstamos yanquis desde 1943. A un imperio se le evalúa por lo que hace o deja de hacer dentro y fuera del país. A un país oprimido, se le mide, sobre todo, por lo que pasa adentro, salvo excepciones. Eso explica, en buena medida, que la ocupación pactada con los hermanos Rodríguez para Venezuela desde el 3 de enero, no tenga efecto serio en el orden internacional.
¿Cuál es el tamaño de la crisis imperial?
Una docena de expertos ex funcionarios del propio aparato administrativo, intelectual o militar norteamericano, sostiene desde hace un tiempo en canales de YouTube que el imperio al que sirvieron está en una crisis irremediable, ya se quebró y que hemos ingresado a una nueva era de multipolaridad con China y los BRICS en el centro. Expertos tan autorizados como Lawrence Wilkinson, Jeffrey Sachs, Larry Johnson, Alastair Crooke, el juez Napolitano, Gilbert Doctorow, John Mearsheimer, o los periodistas Lena Petrova (norteamericana) y Pepe Escobar (brasileño). También sostiene la misma certeza el académico iraní Mohamad Sayed Morandi, asiduo del espíritu intelectual del mismo circuito de canales.
Es temprano aún para asegurar categóricamente que la Casa Blanca dejó de gobernar el mundo. Aunque sean ciertos los indicadores que señalan su debilitamiento.
Por supuesto que, si un imperio global como Estados Unidos no tiene libertad de navegar por el Estrecho de Ormuz, no se parece a un imperio. Por eso la Casa Blanca exige que sea reabierto para sus barcos.
Que haya reculado en Medio Oriente, y desarmado sus bases, y que deba observar impotente el bombardeo de sus estaciones de vigilancia en Dubai, Qatar, EAU y Arabia Saudita, también autoriza la idea del deseable final del imperio.
También es verdad que Washington debe mirar en sus pantallas el derribamiento de sus casi invencibles Cazas F15, y enterarse de que Teherán es capaz de misilistear sus bases en el océano Índico. No hay duda que la suma de esos hechos induce el deseo de definir a ese imperio como caído, semi caído o a punto de caer. Pero los deseos no preñan.
El problema es que un imperio es más que este sumario de problemas, por muy importante que sean. Un imperio es también, expansión y control territorial, poblaciones bajo control y sobre todo es una entidad nacional con un sistema político sostenido por su propia población interna. Y el actual gobierno yanqui se apoya en más de la mitad de los gobiernos de nuestro continente, incluida Caracas con otro formato.
Basta mirar Argentina para saber que el imperio yanqui no necesita invadir o amenazar para expandir su control de los recursos y territorio de este país, el cuarto más grande de Latinoamérica y el que más había avanzado en industrialización y cohesión social. El poderoso imperio británico no pudo consolidarse hasta que corrompió a la capa alta de sus obreros, trasladó al exterior sus costos sociales internos y logró hacer feliz a una amplia capa urbana de la población.
Donald Trump cuenta con el favor, la complicidad o el silencio del sistema regional de potencias reunido en Bruselas y con la abstención calculada de tres potencias grandes: China, Canadá y Rusia. Este aspecto territorial de la decadencia imperial marcha más lento que lo demás.
Pero No Kings
Felizmente ya existe un sentimiento social masivo contra esta guerra y sus dos promotores. Una parte de la población norteamericana está muy enojada con las ínfulas de mandamás sin control de su presidente. No Kings es el símbolo de una memoria democrática difícil de quebrar en una sociedad muy estable, acostumbrada a dos siglos sin alteración de su sistema político basado en el voto e instituciones de contrapeso, excepto en dos ocasiones (1865 y 1975).
Eso podría cambiar en noviembre, pero habrá que esperar.
De hecho, el actual presidente yanqui no cuenta con el favor que tuvo Bush hijo en 1991 para llevar su maquinaria de guerra a Irak. Libia, Afganistán o al resto de Oriente Medio.
Un estudio publicado por el diario The New York Times en marzo de este año, muestra que las guerras imperiales de George Bush contra Afganistán y la primera en Irak, o la de su padre contra Panamá y Kosovo, todas contaron con la aprobación de casi la mitad (el 47%) de la población norteamericana.
El apoyo social a las agresiones sobre Irak, Libia y Panamá superaron el 80%. La de Afganistán alcanzó un 92% de aprobación popular. En esos momentos estaba de moda la campaña tóxica contra las poblaciones árabe musulmanas, facilitada por las perversiones de los muchachones del Estado Islámico.
Al mismo tiempo, el “estado de la Nación” conservaba, aún, buenos niveles de cohesión interna, con inflación y desempleo controlados.
Bush tuvo como ayuda externa la sensación dejada por la implosión de la URSS, el derrumbe del Muro de Berlín.
Ambos fenómenos diluyeron las utopías socialistas. Un espeso ambiente de distopías y extravíos reaccionarios alimentaron las conciencias urbanas del mundo, sobre todo en las sociedades norteamericana y europea.
Sólo a un loco solitario llamado Chávez, en un pequeño país del Caribe, con escasa tradición socialista a cuesta, se atrevió a desafiar aquel humo maloliente, aunque no pudo mucho en su soledad nacional y con las deficiencias culturales de su propio movimiento y gobiernos. Hasta febrero, apenas el 41% de la población norteamericana sostenía a su gobierno en la guerra contra Irán (NYT, marzo 2026). Estos 41 habitantes de cada 100 eran en su mayoría hombres adultos de piel blanca, semi empleados y con bajos ingresos, según la misma fuente, lo que debilita ese apoyo en términos sociales. Es sospechoso que un estudio tan completo sobre las guerras yanquis, oculte las dos derrotas militares de ese imperio en el siglo XX: Vietnam y Bahía de los Cochinos.
Riesgo de bonapartismo
Esta es la guerra norteamericana menos aprobada, sostenida o apoyada por su pueblo. Y aunque eso no se corresponda con alguna simpatía por la antigualla teocrática persa, representa un serio problema para que el “presidente naranja” imponga los costos sociales de la guerra a la población. Uno de los soldados que se negó a marchar a Irán, y fue detenido, invocó esos costos sociales, que se componen de una gama amplia de padecimientos. Desde el precio de cualquier combustible hasta el de los alimentos o productos que se distribuyen con sistemas de transporte basados en el gasoil, el gas licuado o la gasolina.
Esto es más grave para las poblaciones europeas. Deben soportar lo mismo que la sociedad yanqui, pero multiplicado varias veces. Por el militarizado estrecho de Ormuz pasan los fertilizantes que usan España, Reino Unido, Irlanda, Polonia, Hungría o Francia, para sembrar y cosechar alimentos.
Hasta donde llegará esta desaprobación a la guerra actual no se sabe. Trump tiene a favor que son pocos los cadáveres que vuelven del Golfo Pérsico. Hasta ahora 11 o 13 admitidos. En Vietnam pasaron de los 500 en la segunda semana y de los 60 mil en enero de 1975.
Lo que se puede avizorar es que el rechazo a la guerra ya impactó en el sistema político de Estados Unidos. Ya existen dentro del grupo gobernante dos sectores enfrentados. Uno, dirigido por Bannon y Stephen Miller, dispuesto a suspender las elecciones y gobernar sin parlamento. Es decir, una forma de bonapartismo como paso previo a alguna opción fascista.
Para esto último ya tienen la ideología necesaria, el sionismo cristiano y el odio al migrante, un asunto que por su catadura y peligro merece un trabajo aparte. Tienen ideología y tiene una base social en una parte de ese 41% que sostiene esta guerra. En Israel, esa base social pronazi supera el 90% de la población, si damos crédito a Jefrey Sachs en una reciente entrevista con el profesor noruego Glen Diesen.
El otro grupo, con Hegset a la cabeza, prefiere continuar como hasta hoy, procurar un acuerdo con la Guardia Republicana y convencer a Netanyahu de no usar esta vez la bomba nuclear y pactar alguna retirada… aunque no se llame retirada.
La clase social anidada en el sistema imperialista de los últimos cien años, comienza a adoptar conductas no humanas, no empáticas con la especie de la que es parte. El genocidio en Gaza y la amenaza del multimillonario Donald Trump de reducir a Irán a “la edad de piedra”, son los dos últimos síntomas de esa peligrosa patología social en marcha.
A nadie en su sano juicio le cabe duda de que el mundo está ante un personaje extraño, enfermizo y distópico, psicopático en toda su vida pública y privada.
Pero lo mismo dijeron de Fidel Castro en los 60 y de Hugo Chávez en los 2000, siendo lo opuesto a Trump. Es un argumento que se pervierte cuando se usa para todo. Ese rasgo psiquiátrico no funciona solo, especialmente cuando estamos ante un poder tan complejo y perfeccionado como el del imperialismo analizado por Hilferding y Lenin.
Es fácil apostar a las teorías de conspiración o explicaciones psicopáticas de un personaje. Nueve expertos norteamericanos en psiquiatría descalificaron a Trump y alimentaron las variadas versiones conspirativas y sicologistas del problema.
Descuidan que Estados Unidos es un imperio como cualquier otro, solo que más poderoso en armamentos convencionales, bombas nucleares y capacidad financiera, aunque no en su estructura industrial y comercial en las que China lo supera.
Para ello, como sugiere Laura Arrollo, la periodista peruana-española, de Canal Red, hay que blindarse contra la técnica de mareo y divertimento tictociano usado por Trump.
