Las primeras páginas del libro que llegó al Booker

FRAGMENTO. Finalista del International Booker Prize 2026, “Así en la tierra como debajo de la tierra” confirma a Ana Paula Maia como una de las voces más singulares de la literatura brasileña contemporánea. Publicamos el inicio de esta novela breve y feroz.

Cada año, solo seis libros traducidos al inglés llegan a la lista corta del International Booker Prize. En esta edición, uno de ellos es la novela Así en la tierra como debajo de la tierra, de Ana Paula Maia, traducida al castellano por Cristian De Nápoli (Eterna Cadencia). Se trata de un relato breve y contundente, ambientado en una colonia penal donde la violencia es norma y la civilización, apenas una capa frágil. El jurado destacó su tono austero e implacable y esa cualidad rara de las historias que no terminan cuando se cierran. Acá, sus primeras páginas:

Poco quedó, ya sea contando hombres o animales. Todavía hay azadas y guadañas tiradas al borde de las plantaciones resecas por la falta de lluvias. Un arroyito angosto y apestoso surtía de agua, pero el caudal que hoy tiene no es el mismo, visiblemente más menguado día tras día, chupado por el calor intenso que lo evapora y deja el aire húmedo y pesado. Sigue habiendo actividad en el gallinero y se escucha algún que otro gruñido en el chiquero, lo que asegura que en los próximos días no faltará la carne en la olla; a la larga, la escasez preocupa. Todos esperan una orden, un camión despachado para buscarlos y llevarlos a otra parte, pero la angustia crece desde que se cortó la comunicación con el otro lado del muro. Las líneas telefónicas llevan días sin tono, y la última noticia que les llegó es que un oficial iba a presentarse para hacer una inspección final del predio y conducirlos a nuevo destino. Según los cálculos, el oficial lleva un atraso de por lo menos siete días, y eso acrecienta vertiginosamente la sensación de angustia. Lo único que pueden hacer es esperar.

Valdenio espanta con su sombrero de paja a las moscas que revolotean sobre los restos del perro seco. Con las costillas al aire, el animal hace días que está tirado ahí, sirviendo de alimento. Una enfermedad lo mató, una úlcera en la panza que fue expandiéndose y pudriéndolo gradualmente. Los últimos tiempos miraba con tristeza y algo de asombro cómo su cuerpo iba quedando escuálido, mientras se daba lengüetazos en la herida. Al principio era chica y como una verruga bronceada. Poco a poco, el perro se fue poniendo más tranquilo y perdió esa impaciencia que tenía por las sobras de la cocina. Valdenio le preparaba un revuelto has-ta que el animal dejó de alimentarse; de tan flaco, su dentadura fragilizada ya no podía triturar. Para la herida el viejo le hacía un ungüento mezclando pólvora y algunas plantas, pero no alcanzó. Un día dejó de rondar, y hubo que buscarlo. Para morir, se había tirado al pie de un árbol de poco follaje. Valdenio ahora se agacha, levanta del suelo una aza-da y cava un pozo poco profundo donde coloca al animal esquelético, y lo tapa con tierra.

De lejos alguien grita su nombre y le hace señas. El viejo, de cuclillas, termina de clavar en el suelo colorado una peque-ña cruz hecha con dos ramas. Se levanta y camina arrastrando el pie izquierdo, apoyándose en un bastón de madera.

–Sí, señor –responde Valdenio.

–Melquíades quiere hablarte –dice Taborda. Valdenio encara hacia el despacho de Melquíades cuando Taborda le saca el tema del perro.

–Ya lo estoy extrañando a ese bicho –comenta Taborda.

–Estamos todos en la misma, señor.

–Nunca pensé que me iba a encariñar con un perro tan bandido.

Valdenio guarda silencio, atento al semblante doloroso del agente penitenciario. Espera a que este alce la vista y le dé permiso para ir a la oficina de Melquíades, director y autoridad máxima dentro de la unidad.

–Uno se pone así de tanto estar en un lugar como este. Al final uno termina apegándose a cualquier cosa.

Llega el momento en que Taborda alza la vista y ahí sí Valdenio, ayudándose con el bastón, se pone en marcha a paso lento hacia la oficina del director, localizada en el pabellón central.

Encuentra a Melquíades sentado a su mesa, las mangas de la camisa alzadas y el botón del cuello suelto. Cruzado de brazos y de piernas, pareciera estar esperando vaya a saberse qué cosa.

–Señor.

–¿Qué hay de almuerzo, Valdenio?

–Gallina, señor.

–¿Otra vez?

–Es que es lo que hay y…

–¿Y el lechoncito? –lo interrumpe Melquíades.

–El lechoncito…

–Podríamos cocinarlo.

–Sí, señor, pero es que Pablo ya mató a la gallina y la desplumó.

–Yo en realidad estaba pensando que podemos dejar el lechón para cuando llegue el oficial de justicia. Porque va a haber que recibirlo con un almuerzo.

–Como usted mande.

Melquíades se levanta de un salto y choca las palmas de las manos en un único aplauso. En los últimos días su entusiasmo fue poniéndose cada vez más extraño, y en la colonia tiene a todos preocupados por su modo de actuar. De cara a Valdenio con su mirada temblorosa, lo agarra de los hombros y le dice:

–No tengo dudas, Valdenio, que vas a hacer el mejor lechón a la parrilla de todo este maldito lugar.

–Voy a esforzarme, señor.

–¿Y de aguardiente cómo estamos? ¿Queda algo?

–Bronco Gil todavía tiene dos botellas.

–Excelente. Vamos a prepararle un banquete al oficial. Suelta los hombros de Valdenio con la misma intensidad con la que los había agarrado, haciendo que el otro tambalee y busque la ayuda del bastón para recuperar el equilibrio.

–Se me ocurre que también sería bueno que haya un poco de música. Pablo sigue con la armónica, ¿no?

–Usted se la confiscó.

–¿Se la confisqué? ¿En serio?

Melquíades frunce el ceño y se pregunta dónde puso la armónica de Pablo.

–¿Y por casualidad usted sabe dónde la puse?

–La tiró del otro lado del muro.

–¿La tiré? –se frota la palma de la mano contra el pecho, sorprendido–. ¿Cuándo pasó eso?

–La semana pasada.

Melquíades vuelve a plantarse delante de Valdenio, tras avanzar con paso lento y taimado, como si fuera a robarle los pensamientos.

–¿Y usted se acuerda por qué le confisqué la armónica a Pablo?

Valdenio baja la vista hasta clavarla en su pierna mala. No sabe si decir la verdad o hacer como que se olvidó del episodio.

–Si usted se la confiscó, habrá tenido sus razones.

–Muy buena respuesta, muy bien. Evidentemente debo haber tenido mis motivos. Igual, me gustaría saber si usted está de acuerdo con mis motivos.

Valdenio sigue sin animarse a alzar la vista.

–Señor, discúlpeme, pero yo nomás trabajo en la cocina, de leyes no entiendo nada.

–No es un tema de leyes, es un tema de justicia. Yo le di una orden a Pablo y él la desacató. Cuando hay desacato tiene que haber castigo, ¿no le parece?

–Sí, señor –es la respuesta de Valdenio entre dientes y con un nudo en la garganta.

Melquíades, de frente al otro, tensa los ojos y crispa los músculos de la cara, en un esfuerzo por investigar minu-ciosamente a Valdenio sin tocarlo, escudriñándolo apenas.

–Siempre digo que usted es el mejor cocinero que tu-vimos acá. ¿Quedan papas todavía?

–Sí, señor.

–No se olvide que me gustan bien crocantes. Melquíades da media vuelta y se acomoda en su escritorio. Abre un cajón, saca una pila de hojas y las esparce prolijamente sobre la mesa en una distribución que para él tiene su lógica, pero que a Valdenio le resulta extravagante.

–¿Qué hace ahí, recluso?

Valdenio abre la boca sutilmente con la intención de hablar, pero apenas emite un balbuceo. Su mirada trémula se desplaza sin punto fijo hasta que encuentra un pedazo de suelo y ahí se estanca, tras lo cual los pies dan un leve paso atrás.

–¿Qué hay hoy para almorzar?

–Gallina.

–¿Otra vez? ¡Van a terminar saliéndome plumas! ¿Y el lechoncito?

–Usted había dicho que lo guardáramos para cuando venga el oficial.

–Pero claro, Valdenio. Es una muy buena idea. Haga-mos eso, entonces. ¿Y ahora qué?

–¿Cómo dice, señor?

–¿Y ahora qué está esperando acá?

–Nada, señor. Ya me estaba yendo a la cocina. Con permiso.

Foto de portada: Marcelo Correa

Píxel / Redacción Zoom

Compartí el artículo