A menos de un mes del bestial ataque militar en Caracas, y cuando el mundo latino aún lloraba la muerte de su salsero más clásico, el gobierno norteamericano y el Estado sionista bombardearon la capital de Irán.
Además de las víctimas mortales (entre ellas más de cien niñas de una escuela primaria), Estados Unidos decidió apostar por la “segunda decapitación” de un gobierno soberano. Lo logró, asesinando al patriarca Hamenei y casi veinte jerarcas militares y policiales iraníes, agresión imperialista que subordina la opinión que se tenga sobre la terrible teocracia chiita de los Ayatola.
Con todos sus defectos y máculas medievales, siempre será menos riesgosa para la humanidad que la principal potencia del sistema mundial que, en un solo siglo, hizo dos guerras mundiales devastadoras, quebró el equilibrio ecológico del planeta, degradó a media sociedad mundial con la miseria de sus trabajadores, el pánico urbano y la drogadicción, y mantiene a la humanidad en una inminencia de extinción nuclear.
Sin escalas, Trump intenta repetir en Teherán el experimento colonizador de Caracas. No tiene muchas posibilidades. Hay causas materiales como el peso geopolítico varias veces superior de la nación iraní respecto de la pequeña nación caribeña. Ese peso geopolítico relativo aumenta su valor de mercado ante China y Rusia.
Además, el petróleo iraní, por valioso que sea, está varias veces más lejano e inseguro que el venezolano, controlado y a cuatro horas de los puertos de Texas.
En su actual estado de declive absoluto ante la imponente China, las clases dominantes de Estados Unidos entienden como prioritario —de sobrevivencia— cortar la fuente de energía que la imparable potencia asiática tiene tan cerca, al sur, en las costas del Golfo Pérsico.
Además, Estados Unidos necesita romper el vínculo riesgoso de la relación estatal y comercial con la Rusia de Putin, quien, además de haber ganado la guerra en Ucrania, se postula como la fuente competidora más seria para disputarle el aquilatado mercado europeo de amplias clases medias.
Teherán no fue Caracas
Los problemas comienzan donde terminan las bombas. Donald Trump y Marco Rubio no cuentan en el Estado islámico con las condiciones favorables encontradas en el gobierno bolivariano el 3 de enero.
Múltiples informes calificados de origen sindical, comunal y militante, informaron desde aquella fecha, que la sociedad venezolana fue sorprendida y asustada por los bombazos gringos. Sin embargo, la sorpresa y el temor no se transformaron en rechazo al bombardeo imperialista.
Esta realidad es la opuesta a la manifestada en Irán desde el 28 de febrero. Aunque algunos analistas europeos pronosticaban desde enero que la represión del “régimen iraní” en diciembre favorecería un ataque norteamericano, eso no ocurrió.
El sentimiento anti yanqui de los iraníes no cambió tanto como se esperaba por los efectos de las últimas represiones gubernamentales de diciembre. En Venezuela ocurrió lo opuesto.
El odio anti norteamericano se manifestó el mismo día 28 de febrero cuando las bombas israelíes hicieron volar varios edificios públicos de la capital persa. Al contrario que en Caracas, decenas de miles salieron a las calles en Teherán, una acción que se repitió al día siguiente en Irak, donde pobladores intentaron asaltar la Embajada norteamericana.
Ahí radica la primera diferencia entre ambas situaciones.
En sentido opuesto, una medida de prueba de esa conducta inesperada y dolorosa en Venezuela, fue la soledad de las calles caraqueñas el día del ataque y los siguientes. Hubo que esperar a que el gobierno organizara su primera marcha oficial de rechazo. Pero fue una marcha oficialista, bajo control, no una reacción popular como la de Teherán.
La población venezolana de enero de 2026 asumió con sentimientos de desdén y desidia el ataque imperialista a su propio país, a pesar de la gravedad que representa para la soberanía nacional y el peligro grave para su propia economía familiar.
Se sabe por la experiencia histórica que estas dos reacciones anímicas condujeron a fracasos y derrotas horrorosas en varias poblaciones de varios países. Y que tal fenómeno ocurre cuando la sociedad se siente hastiada de la gobernabilidad y la economía. Lo vimos en el Panamá de Noriega y en la Nicaragua que prefirió a Violeta Chamorro en 1990 que a los héroes de la revolución de 1979.
No son los únicos casos; en realidad es un fenómeno más frecuente. Como de fiasco político, esos dos son los más conocidos. El siglo XX, ese gran laboratorio mundial de política, muestra decenas de casos similares al desdén del 3 de enero en Venezuela. Hobsbawm registró varios casos similares en sus relatos sobre el siglo XX. El más clásico fue el de agosto-septiembre de 1914. Otro, el de 1933 en Berlín.
La desidia y el desdén dominaron el estado emocional de la sociedad venezolana el 3 de enero de 2026. No estaba obligada a saber que las multinacionales petroleras que se apoderaron del país no incluirán en sus cálculos las necesidades sociales de ella. De la misma manera que al Pentágono le importará un carajo las preciadas soberanía y democracia bolivarianas.
El drama histórico venezolano comenzó ese día de enero cuando la población decidió que era preferible el control yanqui del gobierno, el Estado y el petróleo, que el bailantero gobierno de Maduro, Delcy y los demás.
No compartir esa conducta de la población no exime del deber de comprender las causas de esa desidia. Es criminal ignorarla o negarla, tan criminal como condenarla porque vota al enemigo de clase o se exilia para sobrevivir. Como aconsejaba Marx, hay que dudar y dudar para poder investigar.
La población venezolana intuyó que cualquier cosa era preferible a continuar con un gobierno que la mantenía en estado de impotencia, sometimiento y sobrevivencia económica. Los profetas y salvadores providenciales surgen de la misma lógica social cargada de impotencia.
¿Qué razón podía tener un asalariado venezolano para defender al presidente que le congeló su salario mínimo por decreto en 2022 y los dejó impotentes ante los empresarios para que violaran todos sus derechos laborales y legales?
Esa impotencia social tendrá costos, pero también tiene su historia acumulada en los últimos años del tercer gobierno de Maduro, Delcy y los demás. El origen conduce a los responsables, los responsables conducen al desastre histórico del 3 de enero.
Este estado de sensación poblacional fue reseñado en términos de encuesta fría por el diario imperialista The Economist una semana después del ataque imperial a Caracas. En esta encuesta sobre tres mil personas de la capital venezolana, se registró el mismo desdén y desapego de “no me importa” que la gente sintió sobre el gobierno de Maduro y de su continuadora.
A falta de un estudio oficial serio, solo queda la encuesta de la derechista Datanálisis, que le da a María Corina Machado más del 70% de favor electoral, si hubiera elecciones en el primer trimestre de 2026.
Si eso fuera más o menos cierto, sería la medida del desastre histórico provocado en el país de Hugo Chávez.
Otro estudio del 4 de diciembre de 2025, realizado por la misma fuente en plena crisis política y represión gubernamental en las calles de Irán, muestra a la sociedad de ese país de 90 millones de habitantes, con una actitud más activa y anti yanqui que la venezolana del día que los gringos bombardearon Caracas.
Esa es la primera diferencia de monta entre Caracas y Teherán, un vuelo sin escalas temporales, pero con serias diferencias.
La segunda es militar. Irán es una potencia mediana desde hace tres décadas. Con apoyo ruso y de Pakistán logró desarrollar una estructura militar de alto volumen defensivo. Sus misiles hipersónicos son reconocidos desde el año pasado, pero también sus drones fueron usados por Rusia contra la OTAN en Ucrania.
Además, Irán desarrolló una fuerza de infantería ofensiva calificada, conocida como la Guardia Revolucionaria. Ha sido usada para reprimir disidentes, kurdos y mujeres sin velo medieval, Pero también puede ser útil para hacerle frente a un ingreso militar imperialista. Eso no era posible en la Venezuela de Maduro.
Esa fuerza militar fue desarrollada desde hace más de tres décadas cuando Estados Unidos colocó a ese país en el centro de sus ataques y asedios. Fue con Rusia y Venezuela, el país más sancionado por Estados Unidos.
En un sentido Irán y Cuba tienden a parecerse en lo militar y policial, en escalas distintas. Igual que Cuba tuvo que desarrollar un aparato bélico desproporcionado para defenderse de Israel y Estados Unidos.
La otra explicación de la calidad militar iraní es social y en eso también se acerca a Cuba y se aleja de Venezuela.
Mientras las Fuerzas Armadas iraníes se desarrollaron acentuando su carácter profesional, con experiencia guerrera en terrenos como el de la guerra defensiva contra Irak en 1980, Cuba debió hacer lo mismo en la África de los años 60 y 70.
Venezuela es casi lo opuesto. Sus fuerzas armadas fueron modernizadas durante los dos últimos gobiernos de Hugo Chávez. Cuentan con una fuerte Universidad y privilegios materiales, pero los soldados bolivarianos no se han probado en ningún escenario bélico.
La Universidad de las FANB forma profesionales en varias áreas, pero con una tasa de formación universitaria de rango medio. Al revés de Irán y Cuba, donde la formación académica ha sido más rigurosa y sistemática.
Otro fenómeno social diferencia la base militar venezolana de las de Irán y Cuba. El militar venezolano, incluso el de ideología bolivariana contiene elementos lúmpenes en su conducta. Eso se manifiesta en el conjunto de la sociedad urbana y se expresa en el alto grado de informalidad de sus dirigentes y cuadros intermedios.
Una tercera diferencia de monta es la colaboración China. Pekín garantiza que los ojos planetarios de su poderosa industria satelital le brinden al Estado Mayor iraní la información necesaria para sus mapas militares frente a Israel y Washington. Eso no lo hizo con Venezuela.
Un cuarto elemento es el sostén de una potencia militar mundial como Rusia. Aunque esa alianza no fue evidente al inicio del conflicto, es, sin duda, el factor que salvaguarda a Irán de un previsible ataque nuclear de Israel o Estados Unidos. Además de Pakistán, Rusia es la garante atómica de Irán.
Otra diferencia es la de la transición. Rubio pudo prometer a la Oficina Oval una transición venezolana en orden y bajo control sin tropas yanquis, porque contó con personajes como Jorge Rodríguez y su hermana, además de Diosdado y Padrino.
Ese plantel de socialdemócratas acólitos no existe en Irán. El país de los ayatolás es una monarquía autocrática basada en la religión islámica.
Venezuela es una república católica, pero no teocrática. Con Maduro se fueron los principales rasgos de autocratismo y lo que resta se concentra en el Ministerio de Diosdado Cabello. Ni Delcy ni su hermano cuentan con el placet hereditario que el comandante dejó colgado en el cuello de Maduro.
El vuelo trumpista desde Caracas a Teherán será sin escalas, pero los peligros comenzaron al descender. Allí comenzó una realidad mundial compleja, peligrosa y de pronóstico incierto. Podría terminar en una derrota militar flagrante del imperialismo dominante, o en la primera guerra atómica de la historia de la especie.
Que será la última.
