La historia de la Patagonia es profunda y espesa como las montañas que la conforman. Capas y capas de historias como las capas de los pinos en el bosque. Austríacos, mapuches, alemanes, tehuelches y uno de los lagos más profundos del planeta: el Nahuel Huapi. Repito desde hace años que no se conoce su profundidad. Pero no es cierto. El otro día me la dijeron: 464 metros. ¿Por qué siempre le dije a la gente que su punto más profundo era un misterio? Repetí lo que me dijeron alguna vez y nunca me puse a averiguarlo o, en verdad, me sonaba más poético el hecho de que no se conociera la profundidad de una masa de agua.
Una de mis crónicas favoritas es El álbum blanco, de Joan Didion. Y empieza con esta frase: “We tell ourselves stories in order to live”, algo así como “Nos contamos historias para vivir”. Ahora bien, ¿qué pasa cuando empezamos a dudar de esas historias? Didionrelata el momento en que empezó a pasarle a ella, más o menos cuando tenía treinta años: “El único problema era que mi educación entera, todo lo que me habían enseñado o que yo me había enseñado a mí misma, insistía en que ninguna producción debía ser improvisada: yo debía tener un guión, y lo había perdido. Yo debía escuchar mi marca, pero ya no la escuchaba. Yo debía saber la trama, pero todo lo que sabía era lo que veía: flashes de imágenes en secuencias variables, imágenes sin ‘significado’ más allá de su ordenamiento temporal, no una película sino una experiencia de montaje. En lo que probablemente sería la mitad de mi vida todavía quería creer en la narrativa y en la inteligibilidad de la narrativa, pero saber que uno podía modificar el sentido con cada corte era empezar a percibir la experiencia como algo más eléctrico que ético”.
La idea de que nuestra identidad está conformada por un montaje de imágenes e historias. La sensación de que somos un cúmulo de narraciones, nombres, anécdotas y lugares, todas mezcladas, fusionadas en la afirmación “esto soy yo”. La dificultad o incapacidad para ponerle un orden lineal a nuestra vida. El momento exacto en el que lo que repetimos por tantos años empieza a calar de otra manera y queremos saber más o, por lo menos, otras versiones, a Didion le llegó cumpliendo los treinta. La misma edad que tengo hoy, y debo decir que me está pasando lo mismo.
Me veo ahora buscando la historia de mis antepasados, quiero ver imágenes de esa Patagonia de 1950, dudo de afirmaciones que siempre sentí como inamovibles y que ahora se van resquebrajando. Ya no confío en la gente sentada en el Congreso.
Voy a Bariloche desde que nací. Escuché las mismas historias en la boca de mi bisabuelo, mis abuelos, mi papá. Me encanta relatarlas a mí también. Como esa anécdota en que mi bisabuelo guardaparques se negó a ensillarle el caballo a su superior porque era domingo, y él los domingos no trabajaba: lo mandaron castigado al LagoFrías, el lugar de la Argentina donde más llueve. Me gusta escuchar cómo mi abuelo fue a buscar a mi abuela en el Tren Patagónico cuando no había teléfono y solo podía avisar de su llegada por carta. Y la clásica historia de la trucha gigantesca que se les escapó de la red justo antes de agarrarla. En cada relato, la trucha es más grande.

“Mi bisabuelo fue vecino de Priebke” cuento. Y eso sí que es verdad. A través del cerco, él cortaba verduras de su huerta, cerca de la Plaza Belgrano, y la nuera del alemán le pasaba tortas caseras a cambio. Erich Priebke fue un oficial alemán de las SS durante la Segunda Guerra Mundial, conocido por su participación en una de las peores masacres cometidas por los nazis en Italia, la Masacre de las Fosas Ardeatinas (1944), en Roma.En represalia por un ataque partisano contra soldados alemanes, las fuerzas nazis ejecutaron a 335 civiles italianos. Priebke fue uno de los oficiales responsables de organizar y llevar a cabo las ejecuciones. Tras la derrota nazi, escapó de Europa y se refugió en Bariloche, donde vivió cincuenta años, hasta que un periodista yanqui lo increpó por la calle y él, a pesar de estar siendo filmado, confesó su participación en las Fosas. En 1995 —año en que nací yo y fui a Bariloche con tres meses de vida— fue extraditado a Italia y finalmente condenado a prisión perpetua. Por su edad, cumplió arresto domiciliario y murió en 2013, a sus cien años.
No fue hasta hace poco que esa oración, “mi bisabuelo fue vecino de Priebke”, me empezó a interesar en serio. En mi imaginario siempre pensé que el alemán había pasado desapercibido entre la población barilochense, con su humilde fiambrería Viena,donde mi papá dice que comió el pan más rico que alguna vez probó. Pero no, no fue así. Me puse a investigar: Priebke llegó a ser el director de la escuela más conocida de Bariloche, el Instituto Primo Capraro, también conocido como Deutsche SchuleBariloche. Fue una de las figuras más conocidas dentro de la comunidad alemana local.Y esto me asombra y a la vez no.
Investigando sobre el tema encontré el documental Pacto de silencio (2006), de Carlos Echeverría. Dura dos horas y se puede ver acá: https://www.cinemargentino.com/films/914988664-pacto-de-silencio. Echeverría es barilochense, y en el documental, con su voz en off, narra su historia, la de Bariloche y la de Priebke. Tiene imágenes grabadas en súper 8, de aquella época que tanto me narraron y yo no había visto nada. La plaza Belgrano, el Centro Cívico, la calle Mitre en 1940. Los autos viejos, el bosque bordeándolo todo, la chocolatería El Turista. Pero lo más interesante del documental es el modo en que aparece la sociedad barilochense alrededor de la figura del alemán, el entramado cotidiano entre ellos y él, entre todos: vecinos, instituciones, sobremesas, actos escolares. Lo inquietante es la normalidad del asunto.
El montaje que hace Echeverría entre archivo de video, voz en off, fotos y entrevistas a vecinos y vecinas que vivieron esa época (también los hijos e hijas de esas generaciones), es la forma que él encontró para relatar la historia de su vida, de su pueblo, de sus contradicciones. Pienso en el montaje que nombra Joan Didion, y también en el que genera una sociedad para generar esa identidad compartida. Esto somos, esto pasó, esto no se cuenta, esto no pasó. Tal vez en el montaje colectivo se privilegien las escenas que consolidan un nosotros y se dejan en suspenso aquellas que lo tensan o lo vuelven menos claro, al igual que solemos hacerlo con nuestras historias individuales.
En el ensayo Sobre tener un cuaderno de notas (1966), Didion llega a una conclusión iluminadora sobre el tema de los recuerdos y los relatos: “Ahora cuento lo que algunos llamarían mentiras. «Eso simplemente no es verdad», me dicen a menudo los miembros de mi familia cuando me oyen rememorar algún acontecimiento que compartimos. «La fiesta no era para ti, la araña no era una viuda negra, eso simplemente no pasó así». Y lo más seguro es que tengan razón, porque no solo he tenido siempre problemas para distinguir lo que sucedió de lo que simplemente pudo haber sucedido, sino que sigo sin estar nada convencida de que esa distinción, de cara a lo que a mí me ocupa, importe en absoluto”.
No todo montaje necesita reedición. A veces alcanza con registrar los cortes, las omisiones, lo que quedó fuera de cuadro, pero no para reemplazar una versión por otra más “correcta”, sino para entender que esas versiones, las que repetimos durante años y las que aparecen después, dicen, en su conjunto, algo verdadero sobre nosotros, algo más hondo sobre el lugar del cual venimos.
