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¿Qué querés ser cuando seas niño?

Niñeces y pobreza: ese dolor callado que corroe, corroe, corroe. Por Carlos Zeta

El primer relámpago de memoria que tengo de mi infancia es una larga calle de tierra, sin esquinas, y el pasto escarchado de una gélida mañana de invierno. Aunque está fuera del cuadro que mi cabeza recompone en el deshilachado territorio de lo que fui, siento la presencia de mi madre, de cuya mano es seguro que haría ese recorrido para llegar hasta “el ropero”, que era como mi padre llamaba a la casilla que (apenas) nos guarecía de la intemperie en aquellos años impiadosos.

“El ropero” se agotaba en cuatro pasos; el baño era un excusado que atrasaba varios siglos y al que accedíamos después de desandar unos diez metros desde nuestro palacio. Aquel era un mundo sin libros. Toda la imaginación, todos los sueños, todos los mundos lejos de ese mundo giraban en el capricho incontrolable de una pelota. Jugar a la pelota era jugarlo todo: en ella confluían las formas incipientes de la emoción, con ella construíamos nuestras precarias ilusiones y, con el efímero espejismo del gol, desahogábamos las penas que el corazón acumulaba sin que siquiera nos diéramos cuenta.

La expresión más espesa del dolor

Nuestra infancia de niños pobres viene ahora a mi memoria porque hace días me acosan preguntas sin respuestas, dolores que me asedian como relámpagos de angustia que no acierto a contestar.

¿De qué estaba hecha aquella pobreza? ¿Cuáles eran las luces y las sombras de esa patria a la que nadie regresa? ¿Cuáles nuestros fantasmas, nuestras soledades, nuestro dolor, nuestras ilusiones?

La pobreza infantil en la Argentina del desamparo libertario presenta niveles dramáticos. Las estimaciones señalan que más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes (aproximadamente entre el 45% y casi 60% según diferentes mediciones, con picos de casi el 70%) viven en hogares pobres, lo que se conoce como la “infantilización de la pobreza”. Precariedad laboral, inflación, ingresos por el piso en hogares informales, falta de acceso a servicios básicos. Los hogares monoparentales con jefatura femenina y los barrios populares (claro) son los más afectados.

Los años de mi infancia estuvieron signados por la pobreza, la migración y un feroz disciplinamiento, en un país todavía atravesado por la industrialización sustitutiva y las migraciones internas. Miles de familias —entre tantas, la nuestra— llegaban al conurbano de Buenos Aires escapando de economías regionales en crisis. Las villas crecían como expresión visible de una marginalidad urbana en expansión. Las carencias eran concretas y materiales: desnutrición, alta mortalidad infantil, hacinamiento y acceso desigual a la salud. La escuela primaria funcionaba como institución integradora, pero no lograba revertir la reproducción intergeneracional de la pobreza. La segunda mitad de la década agregó un componente decisivo: la violencia estatal. La dictadura cívico-militar iniciada en 1976 no solo reprimió militancias; también impactó en las infancias pobres a través del miedo social, la fragmentación comunitaria y la apropiación de niños. La pobreza se combinó con el silenciamiento y la ruptura de lazos sociales.

Cinco décadas después, la pobreza infantil es hoy más extensa y persistente. El rasgo distintivo ya no es la marginalidad externa al sistema, sino la integración precaria. La pobreza dejó de ser transitoria para volverse crónica.

La crianza como supervivencia

En los barrios populares, la exclusión adopta nuevas formas: inseguridad alimentaria; deterioro educativo vinculado a la desigualdad en aprendizajes; expansión de economías ilegales que disputan territorio y socialización juvenil; crecientes problemas de salud mental.

Falta de ingresos, sí, pero, además, circuitos separados de vida. Escuelas, servicios de salud y oportunidades laborales funcionan en universos paralelos según el nivel socioeconómico. La desigualdad, cuando no se naturaliza, se celebra.

En los años de mi infancia, la pobreza infantil aparecía como un problema asociado al “subdesarrollo” o a la transición económica. Hoy, en cambio, es un dato estructural. La diferencia es cultural y simbólica: mientras antes existía una expectativa extendida de movilidad social ascendente —la idea de que la escuela y el trabajo formal podían integrar—, en amplios sectores actuales esa promesa se derrumbó. Carencias materiales y horizontes clausurados. Ya ni en una pelota es posible descifrar los sueños soterrados.

¿Qué tipo de comunidad política se construye cuando una parte significativa de sus niños crece sin derechos?

La crisis argentina no es solo una cuestión de índices macroeconómicos o de inflación. Detrás de las estadísticas hay niños que aprenden a callar, adolescentes que no encuentran futuro y familias donde la preocupación por el plato de comida está erosionando los vínculos más elementales del cuidado y el amor.

Para entender el drama de las infancias basta mirar los ojos de los padres. Y de las madres. Trabajos informales (quienes tienen aún la “suerte” de tenerlos), malabares para llegar a fin de mes y un Estado que se retira de las políticas sociales: la mochila de la angustia les impide ver a sus propios hijos. Emergen los malos tratos, la fragilidad en el rol de ser adulto cuidador y una desorganización familiar que no es más que el reflejo de una sociedad que se desarma.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA habla de una «pobreza escondida» que va más allá de la falta de una vivienda digna o de una comida. Es la pobreza que lastima el alma. Los números son desgarradores: al 40% de los chicos nunca le leyeron un libro y carecen de un ejemplar infantil en su casa. El 22% comparte el colchón para dormir, un dato que revela hacinamiento y, sobre todo, la pérdida de la intimidad, de un espacio propio, de la posibilidad de soñar a solas.

De la posibilidad de soñar.

Ni el cumpleaños feliz… y los hijos otros

El 17% de los niños nunca festejó su cumpleaños, que es mucho más que una torta; es el día en que la comunidad le dice a un/a niño/a «existís, sos importante, merecés alegría». Negar eso es condenarlo/a a la invisibilidad, a crecer con la sensación de que su vida no es un acontecimiento digno de celebrarse.

La crisis construyó una distopía silenciosa (sí: una más). Mientras la tasa de natalidad se desploma (muy por debajo del reemplazo generacional), la pregunta es si hemos dejado de creer en el mañana. En una ronda de amigos, una muchacha de 31 años expresa lo que parece el reflejo de una generación que renuncia a la paternidad/maternidad como un acto de protección: “Antes soñaba con tener dos hijos. Hoy, apenas puedo pensar en mantener a mi perra. Ella me da un amor que no me exige lo que el mundo no me puede dar: seguridad”.

Mientras los nacimientos caen, la tenencia de mascotas explota. El 82% de los hogares tiene una, y 7 de cada 10 jóvenes consideran a su perro o gato como «su hijo». Este fenómeno, que algunos llaman «sustitución sintomática», es el termómetro de una sociedad que se repliega sobre lo privado porque lo público se ha vuelto hostil. Es más seguro amar a una mascota —que no requiere escuela, ni hospital, ni un futuro incierto— que traer un niño aquí donde el «principio de realidad» se ha vuelto una amenaza.

Una vez más: la salud mental

El sufrimiento no entiende de edades, pero golpea más fuerte a quienes están construyendo su identidad. Las internaciones por motivos de salud mental crecieron más de un 60% y lo más alarmante es que la niñez y la adolescencia pasaron del 9% al 13% del total de esas internaciones en solo un año. Son chicos y chicas que llegan a un hospital porque el malestar ya no cabe en sus cuerpos.

A esto se suma el aumento de la mortalidad infantil por causas prevenibles en provincias del NEA y en barrios vulnerables. No son muertes inevitables; son el resultado del desabastecimiento de medicamentos, de la subalimentación y de un sistema de salud que, para los más pobres, es un laberinto sin salida.

Los especialistas coinciden en que el camino no es separar a los niños de sus familias, sino fortalecer a esos adultos que están solos, desbordados y asustados. La solución no es solo económica, es social, cultural y profundamente emocional. Requiere reconstruir ese tejido social que el «sálvese quien pueda» está destrozando. Este suelo que habitamos —que alguna vez fue un país— les debe a sus niños/as una respuesta que no puede agotarse en un índice de pobreza, sino que necesita configurarse como una política del alma. Porque cuando un niño no festeja su cumpleaños, no es solo pobre: es un poco más invisible. Y cuando se invisibiliza a los/as niños/as, se clausura el futuro.

¿Qué huellas tajean las almas de estos/as pibes/as si este es el espeso aire que respiran? ¿Con qué categorías pensamos la familia, si tomamos distancia (apenas, un poquito) de las romantizadas nuevas constelaciones familiares que ahora necesitamos (re)pensar conforme las coordenadas destructivas del experimento criminal de Milei, su runfla libertaria y la cohorte de genuflexos gobernadores? ¿Cómo volver a jugar con una pelota en la que vuelvan a rodar todos los sueños, todos los mundos, para que en ella confluyan formas recién nacidas de la emoción, y, en el efímero espejismo del gol, podamos corregir el título de esta parrafada?

Marrón, marrón/ por las calles de la villa/ se me astilla mi canción/ dos niños se pelean/ por un rayo de sol/ miseria, está muy fea/ ¿miseria qué pasó?/ no dejes que te vea/ tu espejo de cartón[1]


[1] La canción «Marrón», fue popularizada por Mercedes Sosa, y compuesta por el poeta Jorge Sosa y el músico Damián Sánchez. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=9agGCfq60H4&list=RD9agGCfq60H4&start_radio=1

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