TODOS ME MIRAN

A partir de las protestas en Irán por el asesinato de Mahsa Amini, reflexionamos sobre las cuestiones que atraviesan el pelo, a las mujeres y los sistemas patriarcales que oprimen de diferentes maneras.
PELU

La semana pasada fui a la peluquería a hacerme corte y color. Voy muy cada tanto por dos motivos: uno, suelo estar más de 4 horas para que mi peluquero me deje fantástica y dos, porque el balayage, la iluminación que me hago, es carísima.
Toda mi vida el pelo fue un tema. No tengo ni rulos ni es lacio, no es ni oscuro ni es claro. Cuando iba a la secundaria me levantaba una hora antes de salir para poder hacerme la planchita. Hoy en día, cuando viajo, sea cual sea el destino, en la funda de mi guitarra, además del cancionero, viaja invariablemente mi planchita. Por este motivo se me ha tratado más de una vez de frívola, superficial, insegura: “¡¿en serio te estás trayendo al campo la planchita?!”. Sí, en serio, les contesto. ¿No te parezco lo suficientemente feminista? Exactamente lo mismo me sucede con respecto al maquillaje. Pero eso es tema aparte. Y, en todo caso, les recomiendo la nota de Tamara Tenenbaum sobre el asunto (https://www.eldiarioar.com/opinion/maquillarme-mirar-miren_129_9305607.html).

El pasado 14 de septiembre, en la ciudad de Teherán, Irán, una mujer fue detenida por la policía. El motivo: llevar mal puesto el velo que cubría su cabellera. A los dos días, salió de la comisaría en una ambulancia y en estado de coma. La ingresaron en el Hospital Kasra, pasaron dos días más y la mujer se murió. El escuadrón de policía que la detuvo se llama “Policía de la Moral”. La mujer se llamaba Mahsa Amini y su nombre en kurdo era Zhina. Tenía 22 años. El motivo de su muerte fue un traumatismo grave en el cráneo recibido por parte de la policía durante su detención.
Casi un mes después, en Argentina, la nieta de Mirtha Legrand sube una historia cortándose unos milímetros de sus puntas florecidas en señal de protesta, imitando a las actrices del primer mundo que hicieron lo mismo. La verdad es que es bastante gracioso verlas desde sus mansiones de Hollywood o sus pisos de París agarrar unas puntitas florecidas, cortándose diminutos mechoncitos de pelos, intentando formar parte de una lucha. Muchas de ellas miran a la cámara antes de cortarse para cerciorar que el corte no termine de arruinar sus cabelleras. ¿Visibiliza el tema? Quizás. ¿Tiene alguna consecuencia política, un accionar con asidero? ¿Acaso corresponde? Lo dudo mucho.

Justamente fue el otro día en la peluquería que escuché a una de las clientas defender a Juana Viale y decir que le llamaba la atención que “ninguna de las supuestas feministas de nuestro país haya salido a hacer lo mismo y bancar a las mujeres de Irán”. Me quedé en silencio, no tenía ganas de arruinar mi momento de relajación. Ahora bien, todo este asunto me hizo pensar, otra vez, en el catalogado “feminismo blanco” y por qué las mujeres blancas de occidente creemos que tenemos derecho y que es una obligación opinar sobre las realidades de otras mujeres que, en su cotidiano, en sus creencias, en su historia y conformación como colectivo, son bastante diferentes a nosotras.
Estuve leyendo muchas notas al respecto y fue así que conocí a Karina Bidaseca, una investigadora de la UBA, especialista en estudios de género y poscolonialidad. En un artículo para el diario Página 12, Bidaseca explica:

“(…) Mi trabajo de investigación ha sido en la dirección de cuestionar la retórica salvacionista de los feminismos hegemónicos, cuyo discurso y práctica revictimiza a las mujeres del sur, en este caso, a las iraníes. Lo que observamos es que, ante la represión extrema del apartheid de género, que causa la muerte, las jóvenes no temen: ellas no son en absoluto víctimas, sino que están desafiando, con sus acciones, los poderes opresivos religiosos y las políticas que consagran los abusos del patriarcado y vulneran sus derechos, para alcanzar la ansiada igualdad de género(…) Es imprescindible desoccidentalizar los prejuicios de las feministas hegemónicas que representan a todas las mujeres ‘oprimidas’ a través de dispositivos racistas que ubican la supremacía blanca occidental otrificando y exotizando identidades no occidentales y traducir las revoluciones feministas que, como entre las iraníes, se dan en el seno mismo de la religión(…) Es preciso descolonizar, despatriarcalizar y desorientalizar nuestra mirada que se formó bajo los ojos de Occidente(…)”.

Así también lo entendieron en nuestro país el Comité de Mujeres en Solidaridad con Kurdistán, integrado por colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos. En un comunicado, sostuvieron:

“No vamos a ser nosotras, blancas, occidentales, cristianizadas desde que nacemos, quienes vamos a discutir ni a decidir sobre lo imbricado en torno a las costumbres de vestimenta de las mujeres musulmanas, incluso aunque podamos tener una posición al respecto. Son las mujeres y las niñas islamizadas desde que nacen, quienes lo están haciendo. Son ellas las que particularmente en Irán, hace más de 43 años están enfrentando las fuerzas contrainsurgentes, quemando en sus caras los velos y arrancándose los alfileres invisibles que los sujetan a sus cráneos”

Ni bien pasó todo lo de Irán, me sentí frívola imaginándome con un velo y sin la ventaja de poder utilizar mi pelo como un accesorio más, como un agregado de belleza para mi cara. Es que siempre lo sentí así. Pero había algo en mí que me inhibía a hablar del tema: no sé nada sobre la cultura islámica ni tampoco sobre la historia del feminismo islámico. Tampoco creo que el eje de la cuestión sea el pelo para las mujeres iraníes, sino más bien sospecho que su lucha se encamina a conseguir otro tipo de condiciones de vida, en todos sus aspectos. Y, sobre todo, al ver las imágenes de las protestas, no creo que desde mi lugar pueda hacer algo mucho más valiente de lo que ya están haciendo ellas.
En otro orden de cosas, y no tanto, hace unos días terminé de leer Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez. Uno de los capítulos que más me fascinó fue el 4, donde el narrador entrevista a Julio Alcaraz: el peluquero personal de Eva Perón. En el año 1940 se conocieron, pero recién en 1948 Alcaraz le recomendó decolorarse el pelo, en busca de marcar sus facciones. En la segunda o tercera sesión le quemó las puntas y como Evita estaba apurada por ir a inaugurar un hospital, el peluquero lo resolvió peinándola hacia atrás, con un rodete bien tirante a la altura de la nuca. A partir de un accidente y un apuro, sin saberlo, creó la imagen reproducida hasta el infinito de Evita: dorada, con el pelo recogido y la frente despejada. Hay algo en esa imagen que me hace creer que las Evitas anteriores no son las verdaderas.
Le pregunté a mi peluquero sobre el pelo y las mujeres. Me contestó que es una muestra evidente de cómo el sistema hetero-patriarcal sigue poniendo en tela de juicio la elección de las mujeres: no sólo en la religión islámica que lo tapa, sino también en las formaciones judeocristianas, o en la crítica hacia una mujer cuando se deja las canas, o en la creencia de que si lo tiene muy corto es lesbiana, o si se tiñe de rubio platino es falsa, etc., etc. Terminó su monólogo diciendo: “El pelo tiene que ser una elección, no una exigencia”.
Por casualidades de la vida, o no, en la facultad el otro día me dieron para leer un cuento de O. Henry, “Cuento de Navidad”, donde los dos protagonistas resignan sus cosas más preciadas para complacer al otro: él vende su reloj para poder comprarle a su novia un broche de oro para el pelo, y ella vende su larga cabellera para regalarle una cadena para su reloj de bolsillo. Cuando llega Nochebuena, ella aparece con el pelo muy cortito, y él sin su reloj. La vida nisman.
A ya más de un mes del asesinato de Mahsa Amini, las protestas siguen. Me gusta ver a las mujeres quemar sus velos en hogueras inmensas, en la cara de la policía de la moral. Me gusta ver a mis amigas saliendo felices de la peluquería. Me gustan las pelucas en las travestis de mi barrio. Lo que no me gusta es ver que Juana Viale corte otra puntita de su pelo en vivo, y que lo recoja su empleada Moni, pidiéndole por favor que no lo tire al piso.


Martina Evangelista (1995, Bs.As). Es estudiante de la Lic. en Artes de la Escritura (U.N.A), escritora y poeta. Miembro jurado en diversos concursos literarios y redactora de artículos, reseñas de arte, crónicas y notas. Premio en categoría “Poesía en Voz Alta” en el festival Poesía Ya! edición 2022 (Ministerio de Cultura). Actualmente, está preparando la publicación de su primer poemario.

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