Protesta social: nunca nos fuimos pero ahora volvimos

De la Marcha Federal a los piquetes: una reflexión sobre el "regreso" de algunas expresiones de lucha de los años 90
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“Nunca nos fuimos pero ahora volvimos”. La canción de Flema -la banda punk liderada por Ricky Espinosa- no expresa la resistencia social que fue creciendo durante la segunda mitad de la década del 90, pero sí el “asco” ante aquello que sucedía: “salarios de hambre, locura y ambición”.

 

“Nunca nos fuimos pero ahora volvimos / porque nunca entendiste, lo que te dijimos”. La segunda parte del estribillo sí expresa, tal vez, la incapacidad de los modos tradicionales de entender la política de entonces de dar cuenta de las respuestas inéditas que “la prole” de esta patria comenzaba a producir ante las inéditas situaciones a las que se veía expuesta. O no, pero en todo caso, serán el punto de partida de las reflexiones que este cronista quiere compartir hoy con sus lectores.

 

Cuando el pasado oprime el presente como en una pesadilla

En estos meses de ofensiva conservadora, desarrollada desde la cúspide misma del Estado nacional, ha primado, genéricamente, una especie de actitud autista por parte de las amplias masas de la población. En el mejor de los casos, se produjeron respuestas de minorías intensas, que buscaron dar cuenta de que no venimos de un vacío histórico, sino que somos parte de un torrente de experiencias que nos precedieron. La pregunta que surge es cuánto ese pasado opera como legado (“inspiración de nuevas rebeldías”), o como tradición (en el sentido negativo de pasado que se impone como autoridad). Ya lo hemos señalado en otras notas publicadas en Zoom: no somos, tampoco nosotros, originales si recordamos aquella frase de que la historia acontece como tragedia, pero se repite como farsa.

 

La reciente “Marcha Federal” (que toma su nombre de la movilización de 1994), o la anterior, “de la Resistencia” (que las Madres de Plaza de Mayo sostuvieron durante décadas y luego suspendieron, por considerar que en la Casa Rosada ya no estaba el enemigo, pero que este año decidieron volver a realizar), buscan recuperar memorias del corto plazo. E incluso hubo otras, como la protagonizada por los trabajadores de la economía popular, que en agosto marcharon de Liniers a Plaza de Mayo rescatando la consigna de “Paz, Pan y Trabajo” esgrimida por la CGT en 1981 con la famosa “Marcha de San Cayetano”. Son claros ejemplos de esta búsqueda de continuidad histórica, que sin embargo, transita sobre el delgado hilo de la repetición.

“Pensar que el macrismo es un retorno al menemismo y que sus impugnaciones son una suerte de revival de la protesta social de los noventa es de una enorme pereza intelectual, y por lo tanto, de una profunda falta de vocación política transformadora”

Así y todo, resulta interesante ver cómo, por ejemplo, ya hubo en estos meses conflictos en donde se encendieron neumáticos y concentraciones populares que “hicieron ruido”, situando a estas luchas más cerca del fuego de los piquetes y el ruido de las cacerolas de 2001, que de los paquetes enojos de quienes se manifestaron en 2008 y 2010 en defensa de algunos de los sectores más poderosos de este país. También resulta interesante ver cómo el movimiento obrero organizado parece no querer quedar afuera de las “protestas sociales”, más allá de sus reacomodamientos y la pujanza de sus fuerzas conservadoras internas.

 

Lo complejo (y fuertemente conservador) es cuando desde los sectores progresistas, de izquierda o nacional-populares se piensa en los marcos de esquemas de repetición: pensar que el macrismo es un retorno al menemismo y que sus impugnaciones son una suerte de revival de la protesta social de los noventa es de una enorme pereza intelectual, y por lo tanto, de una profunda falta de vocación política transformadora.

 

Resistir es crear

Que la resistencia implicaba también creación, y no solo mera respuesta ante el poder, lo aprendimos con claridad durante las batallas contra el “Estado de malestar”.

 

La de los noventa fue la década en la que, por primera vez en cincuenta años, los trabajadores de este país -que entonces comenzaban a ser nombrados genéricamente como “la gente” y, de a miles, como “desocupados”- se vieron expuestos a una profunda ofensiva conservadora, ya no desarrollada por una dictadura militar o por un gobierno civil sostenido sobre la proscripción del peronismo, sino llevada adelante por el escudo justicialista y dirigentes políticos que hablaban en nombre de Juan y Eva Perón.

 

Si el telón de fondo del gobierno de Carlos Saúl Menem fue la desocupación y la ruptura de las políticas sociales de Estado, las reservas de dignidad popular se vieron expresadas en las iniciativas ensayadas por hombres y mujeres de todas las edades. Cuando el Estado de Bienestar (retirado en sus facetas sociales pero no en sus aspectos represivos) comenzó a derrumbarse sobre sus hombros, los humillados y ofendidos empezaron con rapidez a dar respuestas a los urgentes problemas que acechaban sus hogares.

 

Tal vez sin siquiera reparar en ello, mujeres de los sectores populares más golpeados por las regresivas políticas económicas del modelo neoliberal tomaron en sus manos el aspecto más creativo de la política de “los de abajo”. Como las Madres de Plaza de Mayo en su momento, las mujeres pobres oficiaron como dique de contención de la ofensiva menemista. Y parieron aquello que comenzó a ser nombrado como “nuevos movimientos sociales”.

 

Una de las características de estas experiencias fue, justamente, que lograron organizar a aquellos sectores que hasta entonces nunca habían sido organizados. Y sus repertorios de protesta, sus modos de organización, sus nombres y simbologías, no tenían demasiado que ver con lo hasta entonces conocido: los sindicatos y partidos políticos (ni siquiera con los clubs de barrio o alguna “institución intermedia” similar).

 

Luciano Thieberger | Clarín
Luciano Thieberger | Clarín

No fue el movimiento obrero, con su rica historia de lucha y organización sindical, quien dio entonces respuestas y ensayó modos de enfrentar la adversidad, sino las nuevas instancias de participación y organización que los condenados de la tierra supieron gestar, a veces con poca o casi nada de instrucción y prácticamente nula vivencia directa previa, aunque sí con amplia imaginación. Por supuesto, hubo sectores específicos del ámbito gremial que enfrentaron en lugares puntuales la maquinaria burocrática de la dirigencia sindical, entonces devenida empresaria. El caso más emblemático fue el los trabajadores del Estado y de la educación, que construyeron la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) o experiencias regionales concretas como el del Sindicato Único de Obreros y Empleados Municipales (SUOEM), liderado en Jujuy por el maoista Carlos “Perro” Santillán. También hubo sectores provenientes del mundo sindical más clásico, que sin habilitar espacios de participación democrática de los trabajadores para adentro de sus organizaciones, no fueron -sin embargo- parte del “festín” del menemato, e incluso lo enfrentaron en las calles, como fue el caso del Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA), liderado por el camionero Hugo Moyano.

 

Pero más allá de algunos momentos de “unidad en la acción”, las organizaciones de trabajadores desocupados y el resto de nuevos movimientos sociales (las fábricas recuperadas por sus trabajadores fueron seguramente las más emblemáticas), que dieron nacimiento a novedosas prácticas de organización popular (entre ellas, las de autogestión en el trabajo, con fuerte anclaje territorial y matriz comunitaria), permanecieron al margen de los sindicatos y, pasados los años, se vieron con enormes dificultades para recrearse en el nuevo contexto de la década kirchnerista (más allá de casos puntuales, en los que desde esas experiencias se dieron nacimientos a otras de trabajo cooperativo o de intervención educativas y culturales, como es el caso de los Bachilleratos Populares).

 

Sur, paredón y después…

Del sur del país (con Victor Choque primero y Teresa Rodríguez después), al sur del conurbano (con los asesinatos de Javier Barrionuevo en febrero de 2002 y de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en junio del mismo año), pasando por el norte del país (Aníbal Verón en Salta en 2001), el ciclo de luchas contra el modelo neoliberal no se cerró sin regar de sangre joven nuestra patria (los nombres son muchísimos más).

 

La lucha tenaz de los organismos de derechos humanos durante décadas, sumado al amplio repudio a las políticas represivas sostenidas por el presidente Fernando De la Rúa primero (que contó decenas de vidas solo en los días del 19 y 20 de diciembre de 2001), y del presidente interino Eduardo Duhalde después, fueron el suelo sobre el que el Estado argentino sostuvo como política nacional, durante algunos años, su reserva de responder con represión a los reclamos sociales.

“La nueva era macrista no es como la menemista y sus complejidades son aún mucho mayores. Así y todo, el retorno de la protesta ya se hace sentir”

La nueva era macrista no es como la menemista y sus complejidades son aún mucho mayores. Así y todo, el retorno de la protesta ya se hace sentir, por más que el tan anunciado “Protocolo de Actuación de las Fuerzas de Seguridad en Manifestaciones Públicas”, impulsado por la ministra de Seguridad Patricia Bullrich Luro de Pueyrredón, no haya avanzado demasiado. Los casos de represión y judicialización de la protesta, aunque aislados, no dejan de ser un dato de la realidad. Y un dato alarmante.

 

La represión desatada por Gendarmería Nacional hace pocos días contra los integrantes de la CTD Aníbal Verón, mientras levantaban una medida de protesta que bloqueaba la autopista Buenos Aires-La Plata, tal vez activó más el alerta por parte de numerosos sectores, no solo por la vía estratégica bloqueada para reclamar por puestos de trabajo y aumento en el pago de programas sociales, sino también porque su nombre remite inmediatamente a episodios trágicos. Pero antes, también, se había reprimido ya -entre otros- a los trabajadores azucareros de Salta, quienes habían cortado la ruta 50, en medio de un conflicto por aumento de salario y otros reclamos, en un ciclo que a la claras comenzó con la detención de la dirigente de la organización Tupac Amaru en Jujuy, cuando protagonizaba una protesta frente a la gobernación.

 

Queda claro que los movimientos sociales nunca se han ido, así como también que ahora han vuelto y parecen no estar dispuestos a que la situación se siga empeorando. Para algunos, esto es un claro ejemplo de que “a los noventa no volvemos más”. Para otros, los noventa son también el reverso del neoliberalismo, en sus expresiones de resistencia. “Los que cayeron son nuestra memoria, desde la resistencia a la victoria, la victoria”, solía cantarse en marchas como “La Federal” de 1994 y las de “La Resistencia” que ya se venían realizando cada año desde 1980. Tal vez hoy, también recuperando consignas del pasado -por qué no-, podríamos afirmar, que ante la ofensiva macrista, resistir… es vencer.

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