«Los ensayos de Cortázar vienen bien para discutir este presente»

ENTREVISTA | Saúl Sosnowski, director durante 55 años de la mítica revista “Hispamérica”, recupera su intercambio epistolar con Julio Cortázar y reúne ensayos y entrevistas que iluminan la obra y el pensamiento del escritor.

“Quizá más que con cualquier otro intelectual latinoamericano de nuestros días, en Cortázar se entrelazan cariño, convicción y ternura, admiración por su rectitud ética, por el compromiso y la solidaridad, palabras que rápidamente se han teñido de nostalgia y cinismo en el desmembramiento de las comunidades”. Saúl Sosnowski escribió estas líneas un cuarto de siglo atrás, en un ensayo titulado “Cortázar, necesario”, y tanto el título como esas palabras tienen hoy plena vigencia. El texto forma parte de Julio Cortázar, cartas y (otras) lecturas, un libro publicado por Eudeba que reúne correspondencia entre ambos, un puñado de ensayos sobre sus cuentos y diversas narrativas, y un par de entrevistas que este académico y motorista cultural argentino, radicado desde hace seis décadas en Maryland, le hizo a nuestro jinete hermoso del llamado Boom de la literatura latinoamericana. “Una lectura de su variada dimensión literaria atraviesa la inocente caricia cargada de erotismo, el encuentro de los cuerpos y el amor en glíglico, el sueño de revancha del boxeador caído y la duda entre los piolines y la mancha en el asfalto, la denuncia de los asesinos y la seguridad del burócrata, la exaltación del individuo y la recuperación de lo abandonado por un lejano error de la especie –anota Sosnowski–. Y a lo largo de las décadas de amores y travesías, siempre la búsqueda de alternativas, de otro modo de decir y de escribir; lo cual es también otro modo de ser”.

            Sosnowski nació el 20 de junio de 1945 en Buenos Aires y se crió en La Paternal, a dos cuadras de Juan B. Justo y Avenida San Martín. Hizo el secundario en el Nicolás Avellaneda, en Palermo, especialización en física y matemáticas. “¿Conclusión? Por ahí no era”, dice risueño desde su estudio en Maryland. Tenía 19 cuando arrancó para Estados Unidos: “La idea era estar uno o dos años… Fue pasando el tiempo, y aquí estamos”. Para 1970 obtuvo un doctorado en Lenguas y Literaturas Románicas en la Universidad de Virginia y ese mismo año se mandó para la de Maryland, donde es desde entonces profesor de Literatura y Cultura Latinoamericana. “En casa había una biblioteca multilingüe: castellano, hebreo, yiddish. Durante la adolescencia leía lo que leíamos todos, mucho de la colección Thor, literatura americana, francesa, rusa. No existía acá la categoría ‘literatura latinoamericana’; mi entrada a eso se dio en Estados Unidos. Borges en el pregrado y Cortázar en el posgrado”.

         -¿Y qué fue lo primero que leyó de Cortázar, a qué está asociado el descubrimiento?

            -El primer libro fue Las armas secretas. Y escribí un trabajo que publiqué, “La intuición de la muerte en Las armas secretas de Julio Cortázar”. El profesor de esa materia, un chileno, me dijo: “Aquí tienes la semilla para desarrollar una tesis”. Así que me quedé, para doctorarme en Virginia, la universidad que creó Thomas Jefferson. Por entonces el patriciado creaba universidades, ahora ya vemos lo que hacen los presidentes. La tesis se llamó “Julio Cortázar, una búsqueda mítica”, que fue el primer libro que publiqué, en 1973, por Ediciones Noé: se agotó y nunca se reeditó. Muchas páginas de ese libro están en este que aparece ahora”.

            Cuenta que suele decir, en sus clases, que tiene dos santos: Borges y Cortázar. ¿Puede decirse que, con el paso del tiempo, en términos de consenso, Jorge Luis está en el paraíso y Julio en el purgatorio? “Bueno, Borges es como una institución inamovible –dice Sosnowski–. En el buen sentido, es también un buen producto de exportación, ¿no? Su bandera navega bien por todo el mundo. Cortázar, habiendo sido un intelectual que habló de política y se jugó políticamente, obviamente será seguido por algunos y no tanto por otros. Esas referencias políticas con Borges, esto de ‘bueno, fue a saludar a Pinochet’, a esta altura son como lugares comunes. Borges es el que cambió toda la literatura de occidente, de eso no hay duda, y eso seguirá”.

            Empezó a escribirse con Cortázar en la víspera de lo que es, a esta altura, también, una revista mítica: Hispamérica. El primer número, publicado en julio de 1972, contenía en sus cien páginas cuentos inéditos de Adolfo Bioy Casares, Alicia Steimberg y Bernardo Kordon, un testimonio de Bernardo Verbitsky sobre Marechal, un ensayo de Noé Jitrik y una entrevista a David Viñas: ¡fabuloso! Sosnowski atesora la respuesta de Cortázar a su invitación: que se alegra por la iniciativa, le dice, y le cuenta que un accidente automovilístico le descalabró el cuerpo y el trabajo, que solo pudo mandar cuentos inéditos para las revistas Libre y Plural, y le anticipa que más adelante colaborará con gusto. “Buena suerte en la aventura”, escribe. Vaya: Hispamérica lleva 55 años publicándose. En aquel primer número hay un ensayo de David Lagmanovich sobre los relatos cortazarianos y una diatriba de Viñas contra Cortázar por su “esquizofrenia lingüística” y su “marxismo de festival”, consideraciones a las que responderá en el próximo número. Su presencia es constante y vital en la revista, cuyo nombre es un homenaje al “ispamerikano” antinormativo que mentaba Cortázar. “A esa variante le había agregado la ‘h’, reemplazado la ‘k’ (que para mí evocaba lo siniestro) por la ‘c’, y quitado el ‘no’ a lo ‘hispanoamericano’, porque ya sobran los ‘no’ en el mundo”, explica Sosnowski, que por pudor nunca le contó de ese parentesco: “Sigo creyendo que hice bien, que no era necesario contarle todo eso; algunos afectos enhebran su propia trama y así se dejan oír”.

Saúl Sosnowski en el programa Los siete locos, conducido por Cristina Mucci. Captura de pantalla.

            Años de cartearse con centenares de escritores derivaron en un frondoso archivo de correspondencia. “De entre todos los intercambios que tuve con grandes figuras de las letras, el que tuve con Cortázar fue un privilegio singular –dice–. Así que pensé en armar como un diálogo, cómo se estableció ese primer contacto, cómo lo mantuvimos durante años, cuál fue la relación. Es una cumbre, para mí, ese intercambio. Quise compartirlo en el primer ensayo del libro, que es la crónica de la relación, las cartas, las veces que lo entrevistó, su paso por Washington junto con Carol Dunlop, su última compañera: ‘Salgamos a cenar los cuatro’, me dijo (yo en esa época estaba casado). No quería verse con nadie más, ni dar conferencias, nada. Fue una noche muy especial. Y siempre cargué con la culpa de no haberlos llevado a Blues Alley, a escuchar jazz”.

         –¿Se lo sigue leyendo a Cortázar?

            –Aquí, en el mundo académico, es uno de los autores que se sigue leyendo, sí. Y alguien con conocimiento en la materia me dijo que a pesar de que suele escucharse esto de “Bueno, Rayuela, ya…”, en la Argentina se siguen vendiendo diez mil ejemplares anuales. Si tenemos en cuenta que esto pasa después de sesenta años… Aquí sigo haciendo seminarios de posgrado sobre él, y se lo lee en las universidades de Estados Unidos. Sin duda es una figura central.

            Le hubiera espantado a Cortázar el presente de Latinoamérica, y del mundo, la creciente concentración de la riqueza y el resurgimiento de cepas de fascismo por doquier. “Hoy no veo las discusiones que había en los 60 sobre el intelectual y el estado, o la revolución, o cuál debe ser el papel de los intelectuales –dice Sosnowski–. Deberíamos preguntarnos ¿dónde están, cómo se expresan, dónde? ¿Por qué ya no hay?” Se le aparecen algunos nombres sueltos: Martín Kohan, Luisa Valenzuela, Mempo Giardinelli. “En otros momentos uno sumaba enseguida una constelación de personas, sin pensarlo demasiado –sigue–. Y no veo, hoy, una mirada latinoamericanista como tenía Cortázar. Más allá de que sabemos dónde está el enemigo, que es el de siempre, ¿no? No se dan mucho los intercambios: nos preocupa qué pasa en nuestro lugar, pero eso está conectado con lo que pasa en la otra orilla, y sin embargo no la cruzamos”.

         –Hace unos días Lucrecia Martel llamaba la atención sobre cómo las novelas o las películas distópicas se habían hecho realidad, e instaba a largar la imaginación hacia otro tipo de narrativas, que no terminen conduciendo hacia lo siniestro.

­            –Todo lo que tenía que ver con el llamado realismo mágico, la ruptura de cierta tradición literaria y demás, esa nueva manera de ver el mundo, se quedó corta frente a lo que estamos viviendo. Las novelas de dictador de García Márquez, o La fiesta del chivo, son nada comparado con lo que se está viviendo día a día, la impunidad junto con la hipocresía, la pretensión de que vivimos en una democracia. Lo distópico es lo contemporáneo. Sí, hay que buscar otras fórmulas. Que no tengo: creo que estamos shockeados: ¿cómo es posible que estemos viviendo esto?

            Sosnowski refiere al gobierno de Trump, a las persecuciones del ICE, a las deportaciones, al hostigamiento a las universidades. “Estoy en un grupo de lectura en el que hay dos personas con hermanas desaparecidas, que saben del padecimiento durante la dictadura, que dicen ‘esta película ya la vi en nuestro país, ¿cómo es posible que se dé aquí?’ Gran parte de la ciudadanía norteamericana no se da cuenta de lo que está viviendo: todavía cree que a través de la ley se puede arreglar todo. Yo creo que no habrá elecciones aquí, en noviembre, y que si hubiera y el gobierno no llegara a ganar, no serán respetadas. Hay serios problemas con la libertad de expresión, profesores que se autocensuran en las universidades, universidades que navegan con bandera neutral para no llamar la atención del régimen. Es muy seria la situación. Hay gente que se está yendo del país por cuestiones políticas. Es un retroceso gravísimo a lo peor de los regímenes autoritarios de los años 30. Se asocia este contexto con la Alemania de aquella época. Se habla abiertamente de un estado fascista”.

            Los ensayos de Cortázar, justamente, su ideario y su postura intelectual, plantea, vienen bien para discutir este presente. “¿Te vas a dedicar simplemente a la ficción y no vas a hablar sobre lo que estás viviendo? –plantea–. ¿Nos vamos a volver a encerrar para ‘proteger el aura de la literatura’ mientras nos están tocando la puerta? Lo que hay que hacer es jugarse, y lo que veo es que hay mucha gente que no lo hace. Que está feliz con un libro que vendió mil ejemplares y piensa en el siguiente. Bueno, no quisiera parecer cínico. Pero insisto: este es un momento para jugarse abiertamente”. ¿Cómo sobrevivir en este mundo distópico? Excede a lo literario, no es sólo cómo representarlo: es un tema cotidiano. ¿Cómo se sale de esto? ¿Y cómo se restaura otro tipo de orden? Me refiero en el sentido solidario, comunitario: ¿cómo se vuelve a eso? Con todas las brechas que tenemos: la tecnológica, por caso. Y acá pienso que Cortázar es un acicate, porque estamos hablando de esto a partir de lo que él pensaba, de cómo actuaba. Es una referencia para pensar sobre la relación literatura y política, sociedad, distopía. También escribió Fantomas contra los vampiros multinacionales, ¿no? Así que estamos en una misma galaxia. No siempre en la misma rotación, pero sí en la misma galaxia”.

Píxel | Revista Zoom

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