La tecnología adelanta una barbaridad

Nahuel Coca es argentino y periodista. Nació en 1984. Su hobby es la fotografía y su pasión las novelas policiales. Desde su blog Pidan whisky «trata de combatir el fascismo y la falta de fraternidad que padece mi pueblo, aunque a veces me sienta quijote.» Este artículo oficia de presentación a sus futuras intervenciones en ZOOM.

El domingo pasado me encontré con esta nota en la tapa de La Nación. A medida que leía el artículo escrito por Stephen Castle (para el International Herald Tribune) un tábano se acercaba más y más al lóbulo de mi oreja, hasta que no pude más y me pegué un sopapo en un estúpido intento de matar al bicho.

Lo que el tábano me quería decir al oído era “esto no puede ser nuevo”. «Los emails y mensajes de texto están disponibles desde hace tiempo en aerolíneas como Emirates, Quantas, JetBlue, Virgin America y Alaska Airlines. Pero el mes pasado Emirates se convirtió en la primera aerolínea que permitió las llamadas por celulares«, asegura don Castle, autor de la nota.

Yo recordaba con claridad que el 11 de septiembre de 2001, once pasajeros de uno de los vuelos secuestrados por terroristas de Al Qaeda habían llamado a sus parientes desde sus teléfonos celulares, antes de estrellarse contra el suelo y desaparecer. ¿Cómo era posible que esta tecnología funcionara en 2001? Con el increíble avance que tuvo el mundo de las telecomunicaciones en el último lustro, se me hace difícil de creer que una tecnología claramente 3G haya estado disponible para equipos tan antiguos (desde nuestro punto de vista) como los que tenían a bordo del vuelo 93, en 2001.

No sólo era imposible establecer llamadas desde aviones. Empecé a averiguar, y me encontré con las transcripciones de las llamadas telefónicas. Eran incongruentes hasta la comedia con una situación de peligro. Por ejemplo, uno de los desaparecidos, Mark Bingham, llama a su madre y dice estas palabras para iniciar el último diálogo de su vida con ella. «Mom, this is Mark Bingham»(sic) («Mamá, este es Mark Bingham»). Como si de un extraño se tratara.

Otros familiares no entendían por qué las voces no sonaban desesperadas (sólo algunos llamados lo fueron) ni por qué en algunas llamadas se oía un fuerte silencio de fondo, como si nada de lo que relataban los supuestos pasajeros estuviera pasando realmente. Todos se referían a los terroristas y describían a uno como el líder, que usaba una bandana roja.

Lo cierto es que el vuelo 93 de United es una de las patas más cortas del 11 de septiembre. El estrellato del avión no sólo dejó un gran cráter en la tierra, sino que al igual que el «avión» que chocó al Pentágono, tampoco dejó ningún tipo de fuselaje visible. No existe ni siquiera un caso en toda la historia de naves del tamaño de un 757 que desaparezcan al estrellarse contra la tierra. Ni el fuselaje, ni los motores, ni ninguna otra pieza: nada hace pensar que allí cayó un 757.

Los cuerpos nunca aparecieron. Aunque, gracias a la increíble capacidad de la policía que investigó el siniestro, las autoridades pudieron entregar a cada familia de las víctimas una cajita con cenizas. Supuestamente, pudieron reconocer por el ADN cada pedacito identificable de carne y repartir cada muerto a su familia (o al menos todas las fracciones disponibles).

Sin embargo, todos los supuestos restos humanos son más chicos que el mouse que sostengo al escribir esta nota. ¿Cómo pueden reducirse a pequeñísimas fracciones 60 cuerpos humanos?

A pesar de que el metal que componía el avión se esfumó, y a pesar de que la gente que viajaba dentro también se evaporó, las autoridades pudieron encontrar entre los escombros el registro de conductor (un poco chamuscado) de un pasajero, y la identificación en árabe de uno de los secuestradores, donde claramente se observaba su cara y su turbante rojo, que también sobrevivió a las llamas, probándose más fuerte que el acero.

Me pregunté cómo era posible que en 2001 se pudiera llamar desde vuelos de cabotaje en aviones chicos, cuando la tecnología recién se encuentra disponible en aerolíneas de lujo en 2008. Y me encontré una vez más con esto.

Ya es hora de que La Nación deje de publicar notas de agencia sin sentido, y empiece a pagarnos a los periodistas argentinos para hacer un poco de periodismo de verdad.

http://nahuelcoca.blogspot.com/

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