Humor forense

Un aguafuerte nacional y popular

El martes de carnaval de 1937, tras un violento tiroteo que tuvo lugar en el barrio porteño de Mataderos, la policía de la Capital acabó con la vida del peluquero Rogelio Gordillo, más conocido como “El Pibe Cabeza”.

Asaltante de perfiles hollywoodenses, Gordillo había organizado una banda que, montada en dos lujosos automóviles y armada con ametralladoras Thompson y rifles Winchester, protagonizó espectaculares asaltos a comercios y entidades bancarias del interior bonaerense, sur de Santa Fe y norte de La Pampa. Había sido en Colón, su pueblo natal, donde a los 18 años perpetró su primera hazaña: balear a la madre de su novia.

Como todo bandido, El Pibe era un romántico incurable: fue al salir de la casa de la joven María Romano, quien esperaba una hija suya, que lo sorprendió la policía. Resistió parapetado detrás de un árbol, disparando con dos pistolas, hasta caer abatido por los certeros disparos del oficial Carlos Antequeda.

Su lugarteniente -y verdadero cerebro de la banda-, Antonio Caprioli, alias «El Vivo», herido en un brazo y una pierna, camuflado entre las comparsas, consiguió burlar a los policías protagonizando una fuga de características cinematográficas, que le valió el bien ganado mote de “El Fantasma”.

Caprioli reorganizó la banda pero, tiempo después y luego de espectaculares asaltos, fue cercado en una chacra en las inmediaciones de Junín -propiedad de la familia Grau- junto a Florián Martínez (“El Nene”) y Juan de la Fuente. También los perdió una mujer: la joven Ana Magadán, de quien el “Nene” Martínez se había prendado y a la que enviaba apasionadas cartas de amor, invariablemente interceptadas por la policía, para solaz y jolgorio del personal interviniente.

El primero en ser abatido fue De la Fuente. Le siguió Caprioli, quien debía creerse un auténtico fantasma, ya que intentó huir cubriéndose con un colchón. Cercado, el “Nene” bebió una botella de veneno, a la que los efectivos policiales no le dieron tiempo a actuar: lo acribillaron a balazos antes de que exhalara el suspiro final. Los tres recibieron sepultura en el Cementerio del Oeste, actualmente conocido como “Chacarita”, en tres tumbas contiguas, bajo una misma lápida que reza “Los Amigos”.

Durante décadas, ante ellas, una misteriosa mujer depositaba periódicamente una flor. Dícese que se trataría de una niña, hija de un chacarero del pueblo bonaerense de General Arenales, arruinado por una manga de langostas. Al pasar la banda por el lugar, enterado Caprioli del infortunio del esforzado labriego, habría ordenado a Martínez entregarle el producto del asalto a un pagador de la cerealera Bunge y Born. El hombre se negó a recibir el dinero, argumentando su imposibilidad de devolverlo.

–Usted no tiene nada que devolver, mi amigo –respondió Caprioli–. Es una atención que tengo con su familia. Esto se lo saqué a los ricos. Yo sé –añadió, dirigiéndose a la niña– que a nosotros nos van a matar. Sólo les pido que, cuando anden cerca, nos lleven una flor a la tumba.

La última oportunidad en que fue vista, la anciana mujer iba en una silla de ruedas.

Rogelio Gordillo no tendría tanta suerte: si bien quien -aparentemente- sería la hija de María Romano dejaba flores en el cementerio de Colón, el cadáver del bandido no estaba ahí (o por lo menos, no del todo): su cráneo, conservado en un recipiente con formol, se encuentra en el Museo del Poder Judicial, sin nada que lo recuerde, fuera de un pequeño cartelito con la leyenda “El Pibe Cabeza”.

El humor forense es así, siniestro.

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