Decadencia de una familia

Un aguafuerte nacional y popular

Cuando el 9 de abril de 1963, cuatro días después de que la facción Azul del Ejército se impusiera sobre la de los Colorados, el general Enrique Rauch fue designado ministro del Interior del gobierno de José María Guido -a instancias del general Onganía, nuevo hombre fuerte del país-, todo el mundo supo que la Caballería había llegado finalmente al gabinete. Lo que no quedaba tan claro era si lo hacía en la persona del caballero o en la del caballo.

Bisnieto del mercenario prusiano Friedrich Rauch, Enrique Isidro había nacido en Salta en 1914. Egresado del Colegio Militar, tras pasar por diferentes destinos -entre los que destaca su actuación en la Secretaría de Inteligencia del Estado-, llegó al grado de general de división en 1961. Se encontraba decididamente alineado con los azules, defensores del estilo de vida occidental y cristiano que, aún compartiendo con sus enemigos colorados el alineamiento con los Estados Unidos y la urgencia por combatir la infiltración marxista atea y apátrida, disentían respecto al peronismo: mientras los unos se mostraban al parecer proclives al diálogo con los sectores más descafeinados, aunque excluyendo definitivamente al Tirano Prófugo, los otros eran partidarios de arrancar de raíz la peste peronista, en todas y cada una de sus posibles formas y variantes.

En apariencia, también disentían respecto a la política económica y a la política en general: mientras los colorados eran más afines al radicalismo del pueblo de Balbín, los azules contaban con la simpatía de los radicales intransigentes, si bien unos y otros habían acabado de consuno con el gobierno de Arturo Frondizi, a quien instalaron en la isla Martín García. Lo que ambos bandos en realidad pretendían era tutelar al gobierno de Guido y a todos los que le siguieran, imponiéndoles sus propios (y confusos) criterios en todos los temas.

Hacía exactamente un año que, en su condición de jefe de la Guarnición Campo de Mayo, Enrique Isidro había dado inicio a los enfrentamientos al exigir la renuncia del comandante en Jefe del Ejército, teniente general Raúl Poggi, ordenando al entonces coronel Tomás Sánchez de Bustamante marchar con sus columnas de tanques sobre la Plaza de Mayo. Finalmente llegaron a un acuerdo: renunciarían ambos.

Este desenlace daría pie a la victoria ráuchica, variante grotesca de la pírrica. El caso es que Poggi fue reemplazado por el general Juan Bautista Loza y Rauch por Juan Carlos Onganía, quien le devolvería el favor recomendándolo un año más tarde para ocupar el ministerio de Interior.
O bien Onganía era un estratega tan hábil como Enrique Isidro o quería acabar de una vez por todas con el gobierno de Guido.

La primera medida de Rauch fue promover la sanción del decreto ley 2713, que extendía la proscripción que regía para el Tirano Prófugo a todos los que le mostraran alguna simpatía, lo elogiaran, no lo criticaran suficientemente o mantuvieran con él cualquier tipo de contacto o comunicación. Acto seguido, ordenó la detención de empresarios y políticos vinculados al execrable Arturo Frondizi, tildandolos de “delincuentes económicos” y “marxistas leninistas de formación latinoamericana”. Y ya que estaba, pidió la renuncia de sus colegas de gabinete, el ministro de Educación Alberto Rodríguez Galán y el de Trabajo Rodolfo Martínez, ambos de larga trayectoria libertadora y democrática, por no ser lo bastante antiperonistas.

Unos y otros serían “plausibles de prisión o de suspensión de sus derechos cívicos”.

La más amplia variedad de peronistas, comunistas, frondizistas y apolíticos acabaron en prisión por “antidemocráticos”, incluyendo a los insospechables Ricardo Rojas y Ernesto Sábato. Finalmente, Rauch redactó un plan político para los comandantes de las Fuerzas Armadas, que llenó de asombro y horror al secretario de Guerra Benjamín Rattenbach y hasta al propio general Onganía.

En medio de este arrebato de demencia y descontrol (que no se prolongó más de un mes, pues Enrique Isidro fue eyectado del ministerio el 13 de mayo), el historiador ácrata Osvaldo Bayer no tuvo mejor ocurrencia que viajar a la localidad bonaerense de Rauch. Habiendo arriado las banderas de la revolución social para desplegar las del reformismo toponímico, Bayer propuso cambiar el nombre del pueblo por el de “Arbolito”, el jefe ranquel que le había quitado la vida al mercenario prusiano, expresando que “Este pueblo lleno de niños y árboles no merece llevar el nombre de un genocida”. En represalia, Enrique Isidro lo metió preso en la cárcel de mujeres.

Lo que es la decadencia de una familia. El bisabuelo Friedrich no hubiera vacilado un instante en talar todos los árboles y acabar con todos los niños. Hombres eran los de antes.

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