Belleza. ¿Qué es la belleza? Para mí, es el loro viejo de la verdulería de Avenida Gaona que, solamente cuando él tiene ganas, grita: ¡Señorita! ¡Señorita! a viva voz, haciéndose escuchar más allá de los autos y camiones que pasan, parado sobre el cartel que anuncia el precio de las frutillas. También la belleza es dejar que crezca una planta que nadie plantó en tu terraza, y que crezca y que le salgan unas florcitas violetas con puntitos amarillos muy hermosas. Porque así lo quiso, y porque no mataste el yuyo. Algo en sus hojas y en sus ramas te decía que era fuerte, algo más. La belleza también es hacerle caso a eso.
¿Y qué es la no belleza? Lo auténticamente feo, lo que no genera “el anhelo del alma hacia el bien y la verdad”, como decía Platón. Un ejemplo. La calle ahora está llena de carteles hechos con inteligencia artificial. A las panaderías les bastaría con anunciar el precio de la medialuna y el kilo de pan, pero en cambio pegan carteles con demasiada información, dibujos de facturas que no existen verdaderamente en el local, promociones con oraciones tan largas que no llegamos ni a leer. Y todos hechos con la misma tipografía. ¿Saben de qué carteles hablo? No veo belleza en ellos. Tampoco en esas publicidades en las que somos reemplazados por familias de gatos y perros que bailan sonriendo en un auto camino a un mayorista. No entiendo ni siquiera el significado de todo eso.
Hay un supermercado chino cerca de casa que se llama Sonrisas, y su cartel es muy viejo y en él hay un emoji de una cara con gafas sonriendo, con el fondo de un campo parecido al viejo fondo de pantallas de Windows. Se nota que el diseño lo plasmó un humano por esa manera aleatoria de ubicar los elementos en el plano, porque a la vez hay algo ya anticuado en la tipografía: SONRISAS. Me encanta ese cartel. Una IA no podría haberlo hecho. Busquen “imágenes hermosas hechas por ia”. Vean los resultados.
Todo esto me hace pensar, ¿hay algo intrínseco entre los seres humanos y la belleza? ¿en nuestro ADN, en las capas mitológicas e históricas? ¿Por qué me gusta el cartel de SONRISAS y no los de los locales que usan ahora? ¿La belleza está en el objeto o en la relación que establecemos con él? ¿En la cosa misma o en la huella de una vida humana que conseguimos reconocer en ella? Un verso de Keats, en «Oda a una urna griega», sentencia: Beauty is truth, truth beauty («Belleza es verdad, verdad belleza»).
No sé si soy la única que siente que estamos en una época en la que predomina la fealdad. Todo está muy feo, acá y en el mundo. En la “estética” de las cosas, en la manera de manejarse de la gente, en los ánimos colectivos. En la situación de la calle, hasta en la ropa que usan los que pueden comprarse ropa. ¿Tendrá que ver con la fealdad de Trump? ¿Y con la de Milei? Y, si están relacionados, ¿es causa o consecuencia? Perdón, es que son hombres categóricamente muy feos.
Por eso celebro la belleza del siguiente acto: que el pasado 8 de octubre una mujer muy arisca, antipática y profundamente inteligente, de 76 años haya ganado el Premio Nobel de Literatura. Cuando la llamaron para comunicarle la noticia, le preguntaron:
—¿Cómo va a celebrar la noticia?
Y ella respondió:
—Vamos a salir a caminar por el bosque para no tener que atender el teléfono, para ser honesta.
Conocí a Anne Carson en la facultad, a través de sus traducciones de Safo, aquella poeta griega de la isla de Lesbos que le dedicó sus versos a lo divino y a las mujeres.
Anne Carson, en un pequeño resumen: nació en Canadá en 1950. De chiquita se disfrazaba de hombre y quería ser Oscar Wilde. Más o menos a sus quince años, en un shopping de Ontario, se cruzó con un libro de Safo. Se hizo fan. Un profesor de su escuela se ofreció a darle clases de griego antiguo durante los recreos. Y el resto es historia. Su primer libro, Eros, el agridulce, lo publicó a los 36 años, a partir de su tesis de doctorado sobre Eros, el dios del amor. Carson señala que solemos confundir a Eros con el amor alcanzado, cuando en realidad es el deseo, el anhelo, la carencia. Nunca terminamos de decir exactamente lo que queremos decir, ni las personas que amamos coinciden del todo con las que deseamos. Y si llegamos a conseguir lo que anhelamos, ¿no es cierto que después queremos otras cosas?

No voy a llegar a decir nada más interesante que lo que ya escribió ella, ni que lo que escribieron los estudiosos de la cultura griega y de la propia Anne Carson. Pero sí quiero hablar de lo que conozco mejor: su libro La belleza del marido, con el que ganó el premio T. S. Eliot en 2001 y que convirtió a Carson en la primera mujer en recibirlo. Hace poco, ¿no?
El libro es un híbrido entre poesía, ensayo, es medio inclasificable. Pero está clara la tesis: la narradora hizo todo por la belleza:
Leal a nada
mi marido. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia
hasta entrada la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No tiene mucho secreto. No me da vergüenza decir que le
amé por su belleza.
Como volvería a hacerlo
si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible
el sexo.
La belleza hace al sexo sexo.
La narradora cuenta las múltiples infidelidades de su marido, los destratos, también los gestos amorosos. Y todo lo soporta por la belleza del hombre. Qué hipótesis simple y a la vez compleja. ¿Cuánto hacemos, soportamos, sentimos, por la belleza? La manera en que narra las escenas más desgarradoras, también está llena de belleza:
Una esposa está atrapada por el ser.
Fácil decir ¿Por qué no dejarlo?
Pero supongamos que a tu marido y a cierta mujer oscura
les gusta verse en un bar por la tarde temprano.
El amor no es condicional.
Vivir es muy condicional.
La esposa se posiciona en una veranda cubierta al otro lado de la calle.
Observa a la mujer oscura
levantar la mano hasta tocarle la sien como si quisiera filtrarle algo.
Le observa a él
inclinándose levemente hacia la mujer y luego echándose atrás de nuevo.
Están los dos serios.
Su seriedad la destroza.
Las personas que pueden estar serias juntas; eso es algo profundo.
Tienen una botella de agua mineral en la mesa entre ellos
y dos vasos.
¡No les hace falta alcohol!
¿Cuándo ha desarrollado él
este nuevo gusto puritano?
Un barco frío
sale de puerto en algún sitio dentro de la esposa
para deslizarse hacia el horizonte gris y liso,
ni un pájaro ni un soplo a la vista.
Que Anne Carson haya ganado el Nobel también me hace pensar en el lugar que ocupa la poesía, un género históricamente menospreciado, que suele quedar al margen de las conversaciones sobre literatura. Siempre escribí poesía, pero ahora que estoy terminando la carrera, muchos me dijeron: “Animate con la narrativa”. Y algo dentro de mí también me lo decía: “Animate”. Como si escribir una novela fuera un desafío mayor, como si la poesía fuera para cobardes.
Ahora pienso que quizás lo cobarde fue no haberme quedado en la poesía, por sentir que tenía que animarme a escribir otra cosa, como si la poesía no alcanzara. Como si en algún momento hubiera que pasar a algo más serio.
¿Qué es, en todo caso, lo más serio? Ayer le dije a mi terapeuta que estaba preocupada: últimamente, el exterior me importa cada vez menos y, de manera inversamente proporcional, cada vez me interesan más las plantas e intento no matar las arañas que aparecen por mi casa. Me compré un kit de plantas atrae mariposas.
Mi terapeuta me felicitó.
Imagen de portada: «A Cool Retreat» (1910) de John William Godward.
Píxel | Revista Zoom
