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“La oposición brasileña se está desbolsonarizando”

Una entrevista con el académico Fabio Luis Barbosa dos Santos sobre el inédito escenario de Brasil y lo que le espera ante un mundo más desafiante. Por Lea Ross

Fabio Luis Barbosa dos Santos es profesor e historiador de la Universidad Federal de São Paulo. Es coautor, junto con Daniel Feldmann, del libro Brasil autofágico. Aceleración y contención entre Bolsonaro y Lula (Tinta Limón, 2022). Allí se plantea que la crisis financiera del capitalismo de 2008 y 2009 empujó al gigante sudamericano a corroer su tejido social en medio de la alternancia de gestiones presidenciales progresistas, basadas en la contención con escasos recursos, y reaccionarias, que aceleran las demandas del capital con mano dura. Si para la Argentina eso se asemeja a un péndulo, para ellos es una espiral corrosiva.

En esta entrevista para Zoom, dos Santos subraya el rol de las reacciones callejeras ante el triunfo de Lula da Silva, qué implica para las extremas derechas este inédito escenario y cómo analizar el contexto global ante un Occidente cada vez más convulsionado.

—Lula logró sumar 10 millones de votantes entre la primera vuelta y el balotaje. Algunos señalaron que eso se debió a un cambio radical e inteligente en la estrategia de la campaña oficialista. Otros lo ven como una reacción de miedo colectivo ante el posible retorno de los Bolsonaro al poder. ¿Cuál creés que fue el factor más importante?

—Creo que el factor fundamental fue el miedo, porque sacó a la gente a la calle, sobre todo a los jóvenes. Al día siguiente de la primera vuelta hubo una depresión completa. Eso empezó a cambiar a los pocos días con una manifestación espontánea de estudiantes en la ciudad de Niterói, pegada a Río de Janeiro. Y enseguida ocurrieron otras manifestaciones que culminaron en São Paulo una semana después de la primera vuelta. Luego, en Río, en Belo Horizonte y en Curitiba, incluso en ciudades grandes que no tienen tanta tradición de manifestarse. En ese contexto, gana fuerza lo que se denominó “el ejército de Lula”, que fue la articulación digital que armó [André] Janones [diputado que juntó millones de usuarios en un grupo de WhatsApp]. A mi modo de ver, la movilización callejera fue la que impulsó la movilización digital. Lo fundamental fue la calle, que incluso cambió la esfera pública. Antes, la gente se sentía cómoda expresando públicamente su apoyo a Bolsonaro y no tanto a Lula; eso cambió. Lo fundamental fue eso: el miedo. Una juventud que sentía que su futuro se cancelaba salió a la calle, impulsó la campaña, que tomó cuerpo, creció y generó eso que vimos.

Fabio Luis Barbosa dos Santos es coautor, junto con Daniel Feldmann, del libro Brasil autofágico.

—Ahora, Jair Bolsonaro continuaría preso. Su hijo Eduardo sigue sin volver. Y de Flávio ni siquiera se conoce su paradero. Todo lo que es oposición de derecha o derecha extrema, ¿estaría perdiendo su identidad? ¿Se estaría “desbolsonarizando”?

—Eso es muy probable. Desde el punto de vista personal, el apoyo más fuerte que tienen los Bolsonaro es Trump. Pero en la dinámica política doméstica salen muy debilitados. Y es posible que la derecha o la extrema derecha vaya a reordenarse. La extrema derecha es mucho más grande que los Bolsonaro. El carisma de Jair fue lo que capitalizó el resentimiento social, y él intentó transmitírselo a su hijo. Eso reabre la disputa sobre quiénes van a ser los herederos del bolsonarismo. Y hay alguien de quien no se habla mucho, pero que es muy peligrosa: Michelle Bolsonaro, la esposa de [Jair] Bolsonaro, que es senadora electa, que tiene diferencias con los hijos de Jair, porque son de matrimonios anteriores, y tiene el mismo carisma. Incluso, se comenta que podría lanzarse si se desvincula del nombre “Bolsonaro”. Habrá que esperar, pero se reabre la disputa en el espacio político de la extrema derecha. El desafío más grande que va a tener Lula para gobernar es el congreso, porque crecieron las extremas derechas y perdieron los sectores de centro y centroderecha, con los que Lula dialogaba para tener gobernabilidad. Ese margen de diálogo prácticamente va a desaparecer, pero, como no hay un liderazgo claro en el campo de la derecha y la extrema derecha, se van a abrir posibles brechas en las que Lula pueda encontrar la manera de manejarlo.

—¿Entonces es posible que las derechas no la tengan tan fácil como se pensaba?

—Seguro que Bolsonaro tenía pensado un golpe de Estado o un plan B en caso de una derrota por escasa diferencia. En la ocasión anterior, no lo habían esperado y entonces el intento golpista del 8 de enero de 2023 fue muy improvisado y el militar más importante no los apoyó [general Marco Antônio Freire Gomes], no por demócrata, sino porque sabía que iba a fracasar por la falta de apoyo de Estados Unidos, donde en aquel entonces gobernaba [Joe] Biden. Pero ahora el contexto de movilización social y popular que se generó hace que eso sea imposible, porque sería un baño de sangre. Por eso me dan ganas de llorar, porque fue muy linda la movilización. Entonces, desde las derechas intentarían desestabilizar al gobierno mediante un impeachment, como lo hicieron con Dilma Rousseff, pero en el corto plazo Lula gana un respiro con el vacío de liderazgo de ese sector.

—En tu libro Brasil autofágico, subrayás lo corrosiva que es la alternancia entre la contención progresista y la aceleración reaccionaria. El cuarto mandato de Lula, ¿continuará esa espiral?

—Yo lo que creo es que será una extensión, porque existe un biombo, o una pared de papel, que está conteniendo una avalancha. Se verá de manera muy concreta a la hora de maniobrar en ese congreso tan hostil. Las condiciones de la contención son cada vez más difíciles. Pero la movilización callejera es una novedad muy importante. En los últimos diez años, la calle estaba dominada por la extrema derecha. Y también lo digital. Y eso cambió en solo tres semanas. Ahora, el campo “lulista”, que no lo voy a definir como de izquierda porque es más amplio, tomó las calles y el espacio digital. Pero prosigue la tendencia a la degradación social, que definimos como dinámica autofágica, porque eso no se vota. El PT (Partido de los Trabajadores) ganó la presidencia por el carisma de Lula y perdió estados y ciudades. Sin Lula, la pelea entre el PT y el PL (Partido Liberal) sería entre derechas con algunos matices. En el mejor de los casos, el escenario sería que Lula termine sus cuatro años con un sucesor progresista y enfrentándose a cuatro o más alternativas derechistas. Pero es un drama mundial: el resentimiento del que se nutren los Bolsonaro y los Milei no se cambia con el voto. Entonces, la tendencia de la espiral corrosiva continúa.

—Ahora, vos señalás que esa corrosión se debe al panorama delicado que está viviendo el capitalismo financiero. En ese marco, ¿cómo ves las revueltas que ocurren en Europa? En Serbia, por ejemplo, una lista respaldada por estudiantes ganó las elecciones legislativas.

—Sí, pero el drama es que hay mucho odio hacia lo que existe y no hay un horizonte de cambio radical en el sentido emancipatorio. Lo que descubrimos en la última década es que la gente puede odiar en nombre de algo peor. La extrema derecha sigue capturando el imaginario político del cambio. Son especialistas en crear imágenes. Tanto la motosierra de Milei como el bitcoin de Bukele convocan a la imaginación. La importancia del bitcoin en El Salvador no está en la economía, sino en proyectar una tecnoutopía de vanguardia para un país que solo es noticia cuando hay un trágico terremoto. Flávio intentó cruzar la agenda económica de Milei con la militarización de la vida de Bukele. Y ahora, la imaginación política brasilera más radical es evangélica y tiene como horizonte un Brasil cristiano. Y eso es una imaginación apocalíptica. Algunos pensaban que Bolsonaro era malo, pero que, si ganaba, podía explotar y que después de eso vendría algo mejor. Las derechas ofrecen imaginaciones políticas, mientras que el campo opuesto sigue en la contención y pensando en el pasado. Si eso no se renueva, la espiral corrosiva sigue. Por eso, en Francia es posible que elijan a Marine Le Pen el próximo año, como hicieron en 1968 al votar por los gaullistas.

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