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O que será, qué será

El triunfo de Lula es también el resultado de una larga historia de desarrollo, soberanía y construcción de poder que vuelve a plantear el futuro de Brasil y Sudamérica. Por Eric Calcagno

…Oh qué será qué será
Que todos los avisos no van a evitar
Porque todas las risas van a desafiar
Y todas las campanas van a repicar
Porque todos los himnos van a consagrar
Porque todos los niños se han de desatar
Y todos los destinos se irán a encontrar…

Chico Buarque, 1976.

No sabemos si fue en el golpe cívico-militar que derrocó a Frondizi en 1962 o en el golpe militar cívico-militar que desalojó a Illia en 1966, que a ciertas tropas las sacaron a la calle con la excusa de una guerra inminente contra Brasil. Esa hipótesis de guerra habitó los estados mayores de ambos países durante demasiado tiempo. De hecho, creemos que es posible distinguir cuatro modalidades distintas.

La primera es clásica, y se inspira en Clausewitz. Después de las reyertas del siglo XIX que asolaron ambas naciones en conflictos internos y externos, cada país supone al otro como un posible enemigo que debe ser derrotado. Son los tiempos en que importa ser potencia naval, contar con vastas generaciones de jóvenes con instrucción militar y pensar a la luz de la masacre en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Las mesas de arena piensan en alianzas con países que también pueden ser adversarios o neutrales. ¿Cuenta Brasil con Chile? ¿La Argentina con Uruguay, seguro Bolivia, tal vez Perú?

Perón convierte las dos “amenazas tradicionales” de Brasil y Chile en sendos aliados, no ya en un improbable deseo de hegemonía argentina, sino en la construcción de un proyecto continental. A prueba de ello la visita del General Carlos Ibáñez del Campo, a la sazón presidente de Chile, así como la atestigua la abundante correspondencia de nuestro General con el presidente brasileño Getúlio Vargas. Eso se llama política. Pero esa articulación “ABC”, por “Argentina, Brasil, Chile”, era tan peligrosa para los Estados Unidos como la amenaza comunista, o incluso peor, ya que no era comunista, y buscaba la independencia regional. Por supuesto, el suicidio de Getúlio en 1954 y el golpe de Estado cívico-militar de 1955 contra Perón terminan con tales ideas.

Llegaba el momento de las hipótesis de conflicto ideológicas, magnífico producto de la guerra fría elaborado en la Escuela de las Américas. Sí, la misma que entrenaba golpistas y torturadores. Con pleno éxito, hélas. Se retoman las elucubraciones de la primera etapa, pero sólo y sólo si un determinado país viraba al comunismo. Cada país debía ser vigilante del otro en materia de pureza ideológica, lo que además permitía venderles armas. Por supuesto, la principal hipótesis de conflicto es interna. En 1964 y con el apoyo de Estados Unidos, fue derrocado el presidente João Goulart, quien fuera ministro de trabajo de Getúlio. También desde Brasilia surge el “plan de 30 horas”, o la invasión y ocupación brasileña del Uruguay en caso de un triunfo electoral del Frente Amplio en 1971. Asumió Bordaberry, del Partido Colorado. Por entonces estamos en un inocente juego de TEG sobre fondo de golpes, torturas y desapariciones propias del Plan Cóndor I.

Sin descuidar la “amenaza brasileña”, la dictadura cívico-militar argentina que derroca a Isabel Perón en 1976 apunta hacia Chile y se rearma. Parece que por entonces los militares brasileños realizan un análisis de las capacidades de combate contra la Argentina y no la encuentran a la altura de las circunstancias. Temen el desarrollo nuclear de la Argentina y las capacidades de la fuerza aérea. Con lucidez, observan que ellos están tan desorganizados como los argentinos. Es que ser la fuerza represiva contra el propio pueblo parece amenguar el adiestramiento necesario para la guerra en serio. Eso vale para los militares argentinos, frustrados por la intervención papal del Cardenal Samoré que les impidió la guerra con Chile. ¿Cómo permitir un conflicto entre Videla y Pinochet, verdaderos faros de occidente?

Así que será Malvinas, que al principio fue pensada como una operación limitada para recuperar las islas y reabrir las negociaciones. Pero los vencedores de “la guerra antisubversiva”, pues así se presentaban, se cebaron y pensaron que Estados Unidos los ayudaría. En tal asunto la dictadura brasileña respetó los códigos, e internó un bombardero Canberra británico que tuvo que aterrizar en Brasil, que luego fue canjeado por el prisionero Alfredo Astiz a pedido de Buenos Aires, pese a contar con pedidos de extradición por parte de Francia y de Suecia.

En Argentina, la dictadura termina en 1983 con la elección de Raúl Alfonsín. En 1985, la dictadura brasileña termina con la asunción de Tancredo Neves, quien fuera ministro de justicia de Getúlio, aunque fallece antes de asumir. Así que será Alfonsín con el vice de Tancredo, José Sarney, quienes firmarán los acuerdos de Foz de Iguazú. Y es así como gracias a las democracias recobradas que terminan las veleidades guerreras de un lado y del otro. La política. Es el tiempo de la cooperación en variados ámbitos, incluso el militar, sobre todo el comercial, que a la larga dará nacimiento al Mercosur. Que es una unión aduanera imperfecta, pero que es mejor que nada y abre posibilidades para todo.

Sí, por supuesto tanto Alfonsín como Sarney presiden países que salen de dictaduras militares, sí, también estaban endeudados. Pero las trayectorias no pudieron ser más diferentes. Es cierto, en la Argentina hubo un proyecto de industrialización planificado y cuantificado, con apoyo político y leyes acorde sancionadas por el Congreso. Fue el “Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional” de 1973, durante la última presidencia de Perón. Política. Todo eso desapareció en 1976. Pero ni la Argentina ni Brasil eran los mismos, aquellos de antes. Antes, y hasta 1962, Argentina representaba el 38% de la producción industrial de Sudamérica y Brasil poco más del 26%. Para 2022, Argentina bajó al 15,5% mientras que Brasil está en más de 50%.

Y así, mientras que Brasil profundizaba la industrialización sobre la base de lo realizado por los anteriores gobiernos democráticos, en Argentina se buscaba transformar la modalidad de acumulación económica, que para eso sirvió la represión. Sin industria no hay obreros. Allí donde los brasileños dirigían el crédito hacia las importaciones industriales, bienes de capital y proyectos de desarrollo, los argentinos financiaban la fuga de capitales, el consumo de lujo y las importaciones comerciales.

Es que Brasilia buscaba aprovechar la expansión económica para alcanzar mayor diversificación productiva, Buenos Aires se complacía en la desindustrialización y la pérdida de competitividad. Brasil realizó la transición de la industrialización sustitutiva de importaciones de la etapa “fácil” (bienes de consumo) a la “difícil” (bienes de capital), sobre la base de un articulación entre inversión pública, empresas privadas y empresas multinacionales, en dictadura con salarios deprimidos y sin derechos sociales. Quizás el endeudamiento externo marque la gran diferencia entre ambos países. Cuando Brasil utilizó gran parte de la deuda externa para completar la mencionada transición industrial característica del capitalismo periférico, con la cual también generaba los medios de repago, Argentina financió la especulación financiera y la fuga de capitales. Y que lo repague el presupuesto nacional. Gracias a la apertura indiscriminada con la que Argentina condenó a la propia industria nacional. ¿Todos tuvimos una remera “Hering”? Florece Blumenau, marchita Buenos Aires.

Y no es que los sucesivos gobiernos brasileños estuviesen inmunes a las fatales sirenas del neoliberalismo. Por supuesto, experimentaron momentos de crisis, a veces graves, por instrumentar las recetas del “Consenso de Washington”. Pero Argentina les llevaba una ventaja: lo aplicaba antes. Es así como surge el “efecto Orloff”. Se trata de una propaganda brasileña de los ochenta. La misma persona está sentada frente a sí misma en la barra de un bar. ¿Quién sos? Le dice aquel de semblante serio. Yo soy vos mañana, le contesta el otro, el mismo, ya de canchera remera. Ante tal situación borgeana, el atildado intenta apurar un vaso de vodka, ante la horrorizada mirada del otro, el mismo, que lo detiene y le recomienda beber Orloff, de triple distilación, así puede tener una noche exitosa. Es el momento en que aparece una agraciada joven que sonríe al atildado mientras que el mozo ya le pasa el llamado de mañana de la misma mujer al de remera. Yo soy vos mañana. “Orloff, pídalo hoy”.

Digamos que la fase neoliberal de Brasil, que existió, no afectó en demasía los pilares habituales del desarrollo brasileño, ni las desiguales relaciones sociales existentes. No tanto por virtud, siempre variable, sino por interés. Además se abrieron nuevos campos para hacer negocios, como la soja, la deforestación del Amazonas, la minería, que se adjuntaron a las modalidades económicas existentes más que reemplazarlas. En lo que hace al Estado, es lógico que los estados mayores militares examinen hipótesis de conflicto, para eso están. Que se la crean ya es un problema de los políticos. Lo mismo le cabe a las relaciones exteriores, con la diferencia que Itamaraty ostenta con algo de justicia una reputación de profesionalidad tan efectiva en la defensa de los intereses nacionales brasileños como para hacer que Jair Bolsonaro no retire a Brasil de los BRICS y salude en cada cumbre a Vladimir Putin y Xi Jinping. También hay grupos empresarios como la FIESP, la Federación Industrial del Estado de São Paulo, poco virgen pero muy vestal en la defensa de los intereses sectoriales. En Argentina tenemos a la UIA, de la que Perón decía que no era Unión, ni Industrial, ni Argentina. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso, un tipo que tradujo Montesquieu al portugués, lo enfrentó y le ganó dos veces a Lula en elecciones presidenciales (1994 y 1998). Y apoyó a Lula en 2022 contra Bolsonaro. Lo mismo podemos decir de Geraldo Alckmin, que fuera derrotado por Lula en 2006 y que hoy es el vicepresidente.

De allí que establecer comparaciones o peor, generalizaciones, sobre el devenir político de Brasil en relación a la Argentina sea un ejercicio peligroso de dudosa verosimilitud política, con escaso valor explicativo. Sí, la política es una y sólo busca el poder. A algunos se les olvida, es cierto. Pero también es cierto que la política se expresa de manera distinta según los países, los modos, los gustos. Es lo que se llama cultura. Entonces tendremos que analizar según la cultura política de cada sociedad, y no proyectar los propios deseos o limitaciones de la propia realidad local, ya de por sí bastante triste como la Argentina, cuando sucede en cualquier otro lugar, que también es otro tiempo.

Antes que nada, Flávio Bolsonaro es el candidato de Dios, así lo dicen los evangelistas pentecostales, capaces de convencer a los pobres del Brasil que voten por los ricos del mundo en nombre del Evangelio de la Prosperidad. Rockefeller ya había sugerido que esa Iglesia católica brasileña debía ser descartada. Es que por entonces Dom Hélder Câmara, obispo de Olinda, decía que cada vez que se ocupaba de los pobres lo calificaban como un santo, pero cada vez que preguntaba por qué son pobres lo trataban de comunista. Eso fue borrado, con la ayuda de un tal Juan Pablo II. Flávio Bolsonaro fue el candidato de todos los sectores que, llegados a un cierto nivel de comodidad, prefieren predicar el cambio para que todo siga igual. Para ellos es imprescindible el apoyo constante de una potencia extranjera dominante, como los Estados Unidos, o una coartada mística, como el Estado de Israel. Flávio Bolsonaro fue el candidato de las BigTech, como Meta que traficó las redes contra Lula. Fue el candidato de los monopolios extranjeros, que esperaban hacerse de los integrales brasileños para integrarlos en la propia cadena de valor. Flávio Bolsonaro fue el candidato del “Escudo de las Américas”, el nuevo invento del norteamericano Marco Rubio para establecer un nuevo Plan Cóndor II, que por falta de “subversivos” en el continente pretende acusar a cualquiera y a todos de ser narcoterroristas.

Después de todo, Lula es el candidato de Dios. Al menos según el Vicario de Dios en la tierra, un tal Papa Francisco -nuestro Bergoglio- que predicó la teología de los pueblos, y que abrazó a Lula como se ama al prójimo destinando a obrar por los demás. No está mal para un hijo de la pobreza brasileña, lo que es mucho decir, que fue trabajador metalúrgico, sindicalista, líder de largas huelgas contra la dictadura con estadías en la cárcel como preso político. Ah, y también en democracia. Varias veces fue candidato a presidente, y en algunas perdió. Pero en la política brasileña el perdedor puede volver a presentarse, al estilo francés. No es el caso de la Argentina, donde el perdedor ya no debería presentarse, a fuer de perder de nuevo, más acorde al estilo inglés. Pero de a poco, esa figura del Partido de los Trabajadores, sin diploma, comenzó a crecer.

Quizás por convencimiento, tal vez por interés o por simple suerte -que es esencial- Lula supo convocar más allá de sus orígenes, y sin negarlos. Por el contrario. En las elecciones conviene ser más verdadero que falso. Y es así como la larga marcha lleva a la primera presidencia de Lula en 2003. Cuando también asume Néstor Kirchner en Argentina. Por acaso, la primera parada brava de Lula en política internacional fue la Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata, era 2005. Allí la Argentina de Néstor, el Brasil de Lula y la Venezuela de Chávez liquidaron el área de libre comercio que los Estados Unidos de George W. Bush. Política. Veinte años después Lula dirá en Naciones Unidas que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. Buena sangre no miente.

Al final, provisorio final, ya que la historia dura mucho, el reelecto presidente Lula supo articular sectores diversos a lo largo de una carrera política ejemplar. El poder es una carrera, pero no de 100 metros llanos, sino una maratón de 42 kilómetros. Por un extraño capricho de la historia, Lula convoca hoy a los sectores que fueron artífices del desarrollo brasileño, sin beneficio de inventario, pues así se conduce. Y a la vez esboza un proyecto donde el “orden y progreso” de la bandera no puede existir sin justicia social. Todo un desafío para un joven estadista de 80 años. Getúlio sonríe, contento. Ahora las hipótesis de conflicto no son más los países limítrofes, y menos que menos la Argentina, sino las corporaciones digitales que quieren convertir al Brasil en otra oportunidad de negocios más, o el clásico imperialismo que busca imponer objetivos ajenos a los nacionales. El conflicto existe, pues es parte de la vida política, no es cómodo, pero es la consecuencia de las convicciones. Pero esta lucha hecha de territorio y de ideas, Lula, como otros antes, deberá hablar por toda Sudamérica. Hasta que volvamos. Espero.

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