¿Quién tiene derecho a hablar?

LECTURAS | A partir de la reedición de “La noche de los proletarios”, de Jacques Rancière, Federico Lorenz reflexiona sobre la expansión de las nuevas derechas, el debilitamiento de las experiencias colectivas y la mirada política que cree comprender a quienes, en realidad, subestima.

En estos tiempos de destrucción del empleo y de acelerada reformulación de las relaciones sociales, algunos ejercicios retrospectivos resultan especialmente útiles. No sólo porque permiten volver sobre momentos críticos de la historia, sino porque recuperan miradas capaces de formular preguntas relevantes para el presente. La noche de los proletarios. Archivos del sueño obrero, publicado originalmente en 1981 y reeditado ahora por Tinta Limón, pertenece a esa clase de libros que sobreviven a su época porque continúan desordenando certezas.

            A primera vista, el tema parece acotado: las experiencias de artesanos y obreros franceses durante las décadas de 1830 y 1840. Rancière reconstruye sus lecturas, periódicos, cartas, poemas y reuniones nocturnas. Pero rápidamente queda claro que su preocupación es otra. Lo que le interesa no es sólo qué pensaban esos trabajadores, sino qué sucede cuando quienes han sido destinados a trabajar comienzan a comportarse como si también tuvieran derecho a pensar, escribir, imaginar y soñar.

            Durante mucho tiempo, la historia obrera se concentró en reconstruir condiciones materiales de existencia, organizaciones, conflictos y formas de conciencia colectiva. Rancière desplaza la mirada. Allí donde otros observaban salarios, sindicatos o programas políticos, él encuentra obreros que leen de noche, artesanos que escriben poesía, costureras que aspiran a convertirse en escritoras o tipógrafos que discuten filosofía.

            La “noche” del título no es una metáfora. Es una experiencia concreta. Después de jornadas agotadoras, algunos trabajadores utilizaban las horas destinadas al descanso para leer, escribir o debatir. Ese tiempo robado al sueño era también una transgresión. La sociedad industrial descansaba sobre una división aparentemente natural: unos estaban destinados al pensamiento y otros al trabajo manual. La noche interrumpía ese reparto.

            Por eso el concepto central del libro no es la clase sino el tiempo. La emancipación, sostiene Rancière, no comienza necesariamente cuando los trabajadores toman conciencia de su explotación. Comienza cuando cuestionan los lugares que les fueron asignados. Cuando un carpintero escribe poesía o un obrero redacta un periódico, demuestra con su práctica que la frontera entre quienes piensan y quienes ejecutan no es natural sino histórica.

            En este punto reside una de las mayores innovaciones de la obra. Rancière polemizaba tanto con ciertas tradiciones académicas como con algunas versiones del marxismo. No discute la existencia de la explotación, sino la tendencia a considerar que la experiencia obrera sólo puede comprenderse a través de categorías producidas por otros. La pregunta que recorre el libro es sencilla y radical: ¿por qué los sujetos del trabajo no podrían ser también sujetos del pensamiento sobre él?

            De allí deriva una apuesta metodológica que conserva plena actualidad. Rancière rechaza tratar cartas, diarios o poemas como meros síntomas de una estructura social más profunda. Se resiste a convertir las palabras de sus protagonistas en ilustraciones de una teoría previa. El resultado es un libro poblado por voces que conservan contradicciones, dudas y ambigüedades.

            La cuestión es también ética y política. ¿Quién tiene derecho a contar una experiencia? Durante mucho tiempo la historia social habló sobre los trabajadores. Rancière intenta escucharlos hablando por sí mismos. Toda representación implica una relación de poder: alguien selecciona, interpreta, ordena y explica. El desafío consiste en evitar que la voz del historiador sustituya a la de quienes produjeron los documentos que analiza. No se trata de eliminar la mediación, algo imposible, sino de preguntarse constantemente quién habla cuando se escribe historia.

            Por eso La noche de los proletarios resulta tan diferente de muchas historias de movimientos sociales. No es una historia de organizaciones ni de dirigentes. Es una historia de trayectorias individuales. Entre ellas sobresale la figura del carpintero Gabriel Gauny, aunque el libro está lleno de personajes que aparecen y desaparecen dejando rastros de una extraordinaria riqueza humana.

            Muchos de aquellos trabajadores no luchaban solamente por mejorar sus condiciones materiales. También buscaban escapar de la identidad exclusiva que la sociedad les imponía. No querían ser reconocidos únicamente como obreros. Querían leer literatura, escribir filosofía, participar de conversaciones reservadas para quienes habían recibido educación formal. Aspiraban a vivir más allá de los límites que su condición les imponía.

            Esta es una de las ideas más fecundas de toda la obra de Rancière: la igualdad de las inteligencias. Mucho antes de desarrollarla explícitamente en El maestro ignorante, el filósofo encuentra en estos archivos la evidencia de que no existe una diferencia natural entre quienes piensan y quienes trabajan. La desigualdad no es un punto de partida sino una construcción social constantemente reproducida.

            La pregunta por la narración de la experiencia atraviesa todo el libro. Los obreros que escriben cartas, poemas o memorias no son fuentes pasivas para futuros investigadores. Son autores de interpretaciones sobre sus propias vidas. Rancière les concede algo que la historiografía no siempre estuvo dispuesta a otorgarles: la capacidad de producir conocimiento sobre su propia condición.

            Tal vez por eso el libro puede ser leído mucho más allá de los estudios sobre el movimiento obrero francés. En el fondo, propone una forma diferente de entender la política: la irrupción de sujetos que alteran el reparto de lo visible y de lo decible. La política aparece cuando alguien ocupa un lugar que no le estaba destinado. Cuando una voz considerada insignificante reclama ser escuchada.

            El libro obliga a preguntarnos: ¿Quién tiene derecho a hablar? ¿Qué experiencias son consideradas dignas de ser escuchadas? ¿Qué voces quedan atrapadas en categorías que terminan simplificándolas? Son preguntas muy relevantes para estudiar cualquier momento histórico pero también -y sobre todo- cuando pensamos en la política del presente. Y quizás sea allí donde adquiere una resonancia inesperada. En los últimos años, buena parte de las discusiones públicas estuvieron atravesadas por la sorpresa. La expansión de nuevas derechas fue presentada muchas veces como una anomalía o como el resultado de la manipulación. Pero esa explicación suele decir más sobre quienes observan el fenómeno que sobre quienes participan de él.

            La tendencia a subestimar el voto popular cuando no coincide con nuestras expectativas encierra un problema conocido: supone que algunos ciudadanos comprenden la realidad mientras otros simplemente son engañados. Rancière desconfiaba de esas jerarquías. Su pregunta sigue siendo incómoda: ¿qué ocurre cuando quienes no esperábamos escuchar toman la palabra?

            La cuestión interpela especialmente a las tradiciones progresistas. Mientras las redes multiplicaban voces e intercambios, muchas de las experiencias colectivas que habían sostenido la vida política fueron debilitándose. Nunca fue tan fácil comunicarse y nunca pareció tan difícil construir un nosotros duradero.

            La pandemia acentuó esa paradoja. Muchos imaginamos que fortalecería los valores de solidaridad y cuidado colectivo. Sin embargo, cuando terminó, una parte importante de la sociedad pareció buscar algo diferente: menos mediaciones, más autonomía, menos confianza en las instituciones. No supimos leer del todo esa transformación. Mientras discutíamos la emergencia sanitaria, se modificaron sensibilidades más profundas. La oleada libertaria no surgió de la nada: encontró allí parte de sus condiciones de posibilidad. Nada de esto obliga a compartir esas respuestas políticas. Pero sí a tomarlas en serio.

            La pregunta que atraviesa La noche de los proletarios sigue siendo actual. ¿Cómo construir experiencias comunes en sociedades cada vez más fragmentadas? ¿Cómo imaginar horizontes colectivos cuando predominan las trayectorias individuales? Si los obreros que estudia Rancière robaban horas al sueño para ensayar otras vidas posibles, hoy el desafío pasa por recuperar ese espacio de imaginación. Ya no se trata de la revolución nocturna de aquellos proletarios, sino de restablecer un cierto orden humano tan básico como volver a separar el día de la noche, para entonces, poder volver a conspirar.

Píxel | Revista Zoom

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